narrativa

VENGANZA POLITICA

"Los niños no son tan buenos como
suponen sus padres ni tan malos como
suponen los vecinos."

NOEL CLARASÓ

De su nombre, Honorata, la madre, cariñosamente, ha hecho "Honora" y los vecinos, casi todos bastante hostiles, por el carácter de la chica, han hecho "Rata". La madre continuamente la elogia. Tiene sus motivos para elogiarla:
- Honora es buena, para mí, por lo menos, muy buena. Sólo tiene diez años y es la mano derecha de la casa. Honora hace los mandados. Miren como tiene todo relumbrante de limpio. Cuando yo sufro un ataque de reuma, también cocina. El padre dice que cocina mejor que yo. Puede ser. Yo ya estoy bastante cansada y ella ha comenzado a vivir no hace mucho. Le sobran energías. No sé por qué todos la pelean a mi Honora. Le dicen "Rata", "La Rata". No es linda, es cierto. Pero miren qué ojos tiene. Sus ojos son dos luceros. ¡Ya quisiera más de una estrella de cine tener sus ojos! Es flaca, pequeña de estatura; pero ya la ven, ágil, va y viene rápida. Y no hay que decirle dos veces las cosas, las hace enseguida. ¡Ah, eso sí!: Hay que decírselo con buen modo. Le digo: "Honora", yo estoy cansada; ¿Qué te parece si vas hoy al mercado? Sí, mamá, me contesta enseguida. El padre, a veces, sobretodo cuando viene del boliche de la esquina, un poco alterado por haber discutido de política con algunos borrachos, le pide algo con mal modo: "Las traigo porque quiero", y las trae. Honora, para mí, es una hija modelo, una bendición de Dios es mi hija. Sin ella, no sé qué sería de mí con este reuma que, a veces me tiene una semana sin poder dar un paso. ¿Y para el padre? Para el padre es un encanto. La viesen en las manifestaciones gritando con esa voz que le sale desde la planta de los pies: ¡Perón, Perón! En las discusiones, en las que quizás queda un poco ronco porque bebe un poco mucho, ella toma la palabra. ¡Y la oyeran! El padre, encantado de oírla, dice: "¡Lástima que Honora no estudie de doctor!" ¡Qué diputado sería!".

Los vecinos, en cambio, no la quieren. Las vecinas, sobretodo: "Es una entrometida, en todo está ella, todo lo oye, una no puede opinar de nada, ella enseguida contradice, charla como un aguacero, chilla como un loro. Con la poca edad que tiene se cree un personaje. En el conventillo, hasta en el barrio, todos la conocen. Y le temen. ¡Claro! El padre es el presidente de la unidad básica peronista, el tío es sargento"
- así opina la encargada del conventillo, Doña Vicenta; pero opina a soto
-voce, temerosa de ser oída
-. Si no fuese porque el padre ocupa el puesto que ocupa, ya me oiría las verdades que tengo en el buche y no le digo
- prosigue Doña Vicenta, siempre a soto
-voce y confidenciándose con alguna vecina de confianza. El padre de Honorata, pequeño, menudo, ágil, turbulento y vivaz; no sólo es presidente de la unidad básica peronista del barrio, también es "vivador". Su oficio consiste en ponerse a la cabeza de un mitin, y gritar: ¡Viva, viva, viva!, hasta quedar ronco. Cobra así dos sueldos. Las carreras, el truco, el vino, dan cuenta de ambos sueldos demasiado pronto.

Dos anécdotas
- tendría otras muchas
- para acabar de perfilarnos a Honorata u "Honora", según la madre, o "La Rata" según los vecinos: En una oportunidad, volviendo del mercado, cargada de bolsas
- era a comienzos de mes, el padre acababa de cobrar sus dos sueldos
- una patota de muchachones se agrupaba en la esquina, piropeantes y agresivos. Ella gritó:
- ¡Dejen paso, pues! ¿O qué se han creído? ¿Se han creído que la calle es de ustedes? Le dieron paso; pero no faltó quien a su espalda gritase:
- ¡Rata! Honora nada dijo. Vació la bolsa, puso en ella el revólver del padre, y enfrentó a la patota:
- ¿Quién gritó Rata? Todos callaron. Presintieron que su decisión traía algo oculto. Además era la hija de quien era y la sobrina de un sargento de la poli con fama de muy bravo. Ella sacó el revólver. No tuvo necesidad de usarlo. Todos huyeron, abrió el revólver y se los mostró a los transeúntes que se habían detenido, curiosos:
- ¿Ven lo que son esos patoteros? Los corrí con un revólver descargado. Y se fue, triunfante. La anécdota aumentó su fama.

En otra oportunidad, una vecina del conventillo, disidente del peronismo, y con quien la madre de Honora no se saludaba siquiera, tenía una radio y la hacía sonar a cuanto pudiese: tango sobre tango, destemplada.
- La radio de esa socialista me enloquece
- protestó la madre de Honora
- le he dicho que la ponga más baja y me contestó que ella tiene la radio para oírla y al que no le guste, que se aguante. O que se mude. Honorata dijo:
- Dejalo por mi cuenta. Una noche que la vecina salió, a la vuelta, no halló su radio. Habían violado su puerta. Todos sospecharon: Es la Rata. Esto sólo puede haberlo hecho La Rata. Efectivamente, la radio sonaba ahora en la casa del tío, el sargento de policía que festejaba, complacidamente la proeza:
- Es una radio macanuda. Te agradezco el regalo, sobrina. Tal es Honorata u "Honora", según la madre, o "La Rata", según los vecinos, bastante hostiles. Pero llegó el año 1955. Un general de apellido Lonardi
- es importante para este veraz cuento retener el apellido
- se levantó en Córdoba apoyado por otros generales, y el Presidente Perón hubo de huir, corrido por el motín militar, semejante al que lo había llevado a la presidencia.

Honorata, volviendo de la escuela, encontró a su madre llorando.
- ¿Qué te pasa, mamá?
- ¿No sabés? Tu padre está preso. Se lo acaban de llevar. El general Perón ya no es presidente. Tuvo que escapar. ¿Qué haremos ahora? ¡Nos moriremos de hambre! Ya el almacenero o el carnicero no nos fiarán como antes. ¿Qué haremos, Honora? Honorata no responde. Está cegada de odio. ¡Si ella pudiera encontrar a ese general Lonardi y a los otros generales! Rezonga: ¡Traidores! Hacerle eso al general Perón que repartía panes dulces en Navidad. Si viviese Evita la iría a ver. ¿Por qué Evita, desde el cielo, no ayuda al general Perón? ¿Por qué no manda un rayo y lo parte a ese general Lonardi de Córdoba y a los otros generales traidores?, ¡todos traidores! Así reflexiona Honorata y camina, camina sin rumbo, camina porque necesita moverse, camina por hacer algo, ya que no puede ir a la Casa de Gobierno a matar generales, a incendiarla con todos adentro. De súbito en una esquina donde hay un almacén, a la vuelta de su casa; de súbito, en una vidriera ve ese letrero: "Almacén Lonardi". Muchas veces ha pasado por allí y nunca vio ese letrero.

¿Quiere decir que ese almacenero es antiperonista, que le ha puesto ahora "Lonardi" a su almacén en alabanza del traidor que se ha levantado contra Perón, el presidente que regalaba sidra y panes dulces en Navidad, quiere decir que ese almacenero es un canalla como tantos otros que ahora hablan pestes del caído? ¡Ah, no! Ella, Honorata, hará algo, debe hacer algo. Aquel letrero "Almacén Lonardi" la irrita, la obsesiona, la ofusca. Mira a su alrededor. La calle está desierta. De pronto ve un fierro, lo recoge y juntando todas sus fuerzas, lo lanza contra el vidrio que exhibe aquel maldito nombre: "Almacén Lonardi". Estrépito del cristal roto. Gritos. Honorata huye. Corre a refugiarse en la casa de su tío, el sargento de policía. El almacenero, alarmado, sale a ver qué es aquello, quien tiró el fierro contra su vidriera. La gente se apelotona a su alrededor.

El almacenero inquiere:
- ¿Quién ha sido? ¿Nadie vio nada, eh? No falta el chico que vio todo. ¿Qué no ven los chicos? Y habla:
- Fue La Rata. Yo la vi. Salió corriendo para allá.
- ¡Ah, La Rata!
- dice una mujer
- esa es capaz de todo. Y otra:
- ¡Es la piel de Judas! Ya va el almacenero, gordo, congestionado, furibundo, camino de la casa donde vive la delincuente. Un chico lo guía. Una nube de chicos y mujeres lo escolta. Ya está el almacenero en el patio del conventillo en busca de la autora del destrozo. Grita, ruge el almacenero. La madre de Honora ignora. Honorata ha desaparecido. Hace acto de presencia un vigilante a quien un comedido ya enteró de todo. El vigilante toma nota: Los vecinos acuden a informarlo, solícitos.
- Es la hija de Don Torcuato, el peronista que esta mañana llevaron preso. Interviene la vecina a quien le robaron la radio. Veinte, treinta voces se levantan, ensordecen al vigilante que escribe. Al fin, este grita:
- ¡Silencio! ¡No hablen todos a la vez, caracho!
- ¿Usted qué dice?
- pregunta a la madre de Honorata.
- No sé nada, señor. Yo estaba aquí, en mi cuarto, en eso llegó el señor almacenero con los demás, acusando...
- ¡Yo la vi tirar el fierro a la vidriera!
- salta el chico acusador.
- ¡Muy bien!
- resuelve el vigilante
- aquí tiene una citación, preséntese a la comisaría con la menor autora del delito. Y se va, solemne. Detrás de él veinte, treinta curiosos, abejeantes de comentarios, condenadores de "La Rata". La madre, llorosa, contempla la situación. ¿Qué hacer? ¿Dónde estará Honorata?
- ¡Ah, sí!
- se le ocurre
- y sale. Va a casa de su hermano, el sargento de policía. Allí está Honorata.
- ¿Qué has hecho, hija?
- Lo vengué al General. ¿No viste lo que hizo ese canalla del almacenero? En la vidriera puso el nombre del general que ha echado a Perón de la Casa de Gobierno. A su almacén le ha puesto: "Almacén Lonardi".
- No, hija, estás equivocada.
- Sí, mamá. Si yo he visto el letrero con mis propios ojos. Decía: "Almacén Lonardi".
- No, hija, escuchá: Ese letrero no es de ahora. Ese letrero estuvo siempre. ¿No lo habías visto antes?
- No.
- No decía Lonardi, decía Lomardi, "Almacén Lomardi", porque Lomardi es el apellido del almacenero. ¿Qué has hecho, hija? Honorata se demuda un instante, y resuelve:
- ¡Y bueno! ¿Quién le manda llamarse con un nombre parecido al del general ese?
- Tengo una citación para la comisaría. Tengo que llevarte a la comisaría.
- ¡Vamos, mamá! No me va a comer el comisario. ¡Y el almacenero, que le ponga otro nombre mejor a su boliche! ¡Vamos!, a lo mejor el comisario es peronista como nosotros y en vez de meterme a un calabozo me da un caramelo. ¡Vamos!
- ¿Y si ya no es peronista el comisario? - duda la madre. Honorata no responde. Sigue caminando; pero ahora, cabizbaja.