narrativa

ODIO

El odio es la consecuencia del miedo,
tememos las cosas antes de odiarlas.
Un niño que teme a los ruidos llega a
ser un hombre que odia al ruido.

CYRIL CONNELLY

- Cabo, haga pasar a esa muchacha - ordena el oficial, y enciende un cigarrillo.

El oficial de policía es un joven gordo y fláccido, cutis cetrino, encapotados ojos, ademanes lentos. Parece que recién se levantara de dormir la siesta. Fuma con placer, arrojando el humo por nariz y boca; fuma contemplando los helicoides del humo, ajeno a lo que hace, como si pensara; pero no piensa. Aparece el cabo que acompaña a una muchacha morocha, menuda, de ojos vivísimos, nerviosa.

- Puede retirarse, cabo. En un rincón, hundido en un sofá, está un niño pequeño, flaco, sucio, más semejante a un mono que a un humano. Mal vestido. Un pie descalzo, en el otro una alpargata rotosa.

La muchacha lo ve y le dice:
- ¿Ya te dejaste agarrar otra vez? Lo insulta: ¡Imbécil! ¡Idiota! ¡Turro!
- ¡Basta!
- se impone el oficial, y pregunta:
- ¿Es tu hermano?
- Sí.
- Se dice "sí, señor"
- corrige el oficial.
- Sí, señor
- corrige la muchacha.
- ¿Cómo te llamás?
- Atanasia del Carmen Figuerola Santos.
- Parecés una millonaria con tanto nombre. No te falta más que casarte con uno que se llame Alzaga Alvear, para llamarte Atanasia del Carmen Figuerola Santos de Alzaga Alvear. ¿Suena bien, no te parece? Esos apellidos y unos millones... La muchacha advierte el tono burlón y lo interrumpe:
- ¿Para qué me llamaron a la comisaría?
- Te llamamos por eso
- y señala al pequeño
-. Lo trajeron por andar pidiendo limosna. ¿Sabés que está prohibido pedir limosna?
- Sí.
- Sí, señor.
- Sí, señor.
- ¿Es tu hermano?
- ¿No le ve la cara de mono, fea, igual que la mía? Parecemos dos gotas de agua, sólo que él es una gota de agua sucia. Yo, por lo menos, me lavo todos los días. El oficial sonríe.
- Charla tenés, ¿Eh? No sos muda.
- Es lo único que tengo. Salgo a mi madre.
- ¿Tu edad?
- Quince años.
- ¿Dónde viven ustedes?
- Usted ya lo sabe. ¿No me mandaron buscar? Vivo en la villa miseria que está allí, a la vuelta.
- No se dice villa miseria, se dice...
- Sí, ya lo se; barrio de emergencia. ¡Bah! Es inútil que lo llamen así, son los mismos ranchos de latas y de cartón entre el barro, con poca agua y sin luz eléctrica. ¡Barrio de emergencia! Eso de "emergencia" me explicó lo que significaba uno que vivía en el rancho al lado del nuestro y al que se lo llevó la poli una noche. Parece que era pistolero. Quiere decir que es un barrio para ir pasando un tiempo. Sí, el tiempo pasa y nosotros sin movernos. Ya hace años que vivimos en ese barrio de emergencia. Allí vamos a morir, seguramente.
- ¡Silencio!
- ordena el oficial
- Hablás demasiado. ¿Tenés padres?
- Padre, sí; mi madre murió hace seis meses.
- ¿De qué trabaja tu padre?
- De paralítico.
- ¿Qué es eso?
- Le dio un ataque de tanto empinar la botella y quedó así. No puede caminar. Mi madre tuvo más suerte. Se murió al primer ataque.
- ¿También bebía tu madre?
- ¡También! ¿Qué iba a hacer la pobre?
- Calla.
- Seguí respondiendo.
- Su diversión era comer y beber. Llegó a pesar ciento siete kilos.
- ¿Trabajó alguna vez tu padre?
- Sí. Era peón de albañil. Mi madre también trabajó. Iba de mucama por horas. Yo cocinaba cuando ella salía.
- ¿Sabés cocinar?
- Desde los siete años cocino. Por eso dejé de ir al colegio.
- ¿Y ahora trabajás?
- A veces. Voy de muchacha por horas.
- A veces, ¿Por qué?
- Porque voy cuando no hay dinero; cuando cobro, no voy hasta que se termina. ¿Acaso me voy a hacer rica con lo que gano? ¡Dos pesos la hora! A veces, uno va al mercado con dos pesos y compra una papa. ¡Está tan caro todo!
- Ese
- señala al chico
- ¿va al colegio?
- A veces. Va cuando tiene zapatos. Ya ve, ahora ha perdido una alpargata. Es medio tarado el pobre. Ahí lo tiene: flaco, feo, enfermucho. Me parece que está tuberculoso. Siempre tosiendo. En el barrio le dicen Lombriz". Está bien puesto el sobrenombre. Parece una lombriz. Sería mejor si cualquier día se lo llevara por delante un automóvil y lo aplastara como a una lombriz. Reíte, Calixto
- se dirige al hermano
-. Este ríe mostrando los dientes. ¿No ve? Ni cuando se ríe es simpático. Se pasa la vida así, sentado en un rincón. No juega, no habla. ¿Para qué vive? ¿Para qué vivimos todos? ¡Si yo fuese linda! Pero ya ve, soy fea. "La Mona" me dicen en la villa.
- Y si fueses linda, ¿Qué?
- En el barrio vivió la Alicia Giraldi, una rubia un poco mayor que yo. ¡Qué linda! ¡Preciosa! La viese hoy: baila en un canal de televisión, anda con un lujo que parece una Anchorena... Yo, en cambio, ¿Qué puedo esperar? ¿Casarme con un pobrete como mi padre? ¿Tener hijos para que salgan lombrices, feos como mi hermano? ¿Quiere que le diga una cosa? Lo he pensado muchas veces. Le estoy tomando miedo a la vida. Y...y... ¡La odio a la vida! De buena gana me haría pistolera; pero hasta para ser pistolera hay que ser linda, tener pinta, vestir bien para engañar a la gente... ¡Qué se yo! Bueno, ¿qué se hace con este chico?
- No puede seguir pidiendo limosna.
- Siquiera con lo que él saca alcanza para la botella y los cigarrillos de mi padre
-¿Quiere privarlo de estas cosas al pobre viejo? ¿Qué le va a quedar al infeliz? Soy capaz de comprar veneno para las ratas, que hay bastantes en el "Barrio de Emergencia"
- y lo subraya, irónica
- y dárselo, así deja de sufrir de una vez por todas.
- Para las ratas tengan gatos.
- ¡Gatos! ¿Gatos dice usted? ¡Cómo vamos a tener gatos! ¡Con lo que cuesta darles de comer!
- Además...
- Vuelve a quedar callada.
- ¿Además?
- Además la gente se los comería. No sé como no se comen a los chicos.
- Bien, si tu hermano vuelve a pedir limosna lo mandaremos a un asilo o a un reformatorio.
- ¡Señor! ¿Y quién queda con mi padre paralítico los días que yo salgo a trabajar? El oficial no responde. Aparece el comisario que estuvo oyendo. Es un hombre canoso, de aspecto fatigado. Seguramente ya ha visto muchas cosas, muchas cosas terribles. Comprende, y dice:
- Vamos a hacer esto: que tu hermano pida; pero no en el balneario, allí molesta a la gente. Lo trajimos porque un señor se quejó de que es un espectáculo triste ver a ese chico rotoso, mendigando.
- Si, claro. Les quita el apetito a los señores de auto y barrigudos.
- Seguramente
- aprueba el comisario, y sonríe
- Que vaya a pedir del otro lado de la Avenida Maipú, pero en el balneario, no.
- Señor Comisario
- exclama ella
- ¿A quién le va a pedir por allá? Si los que viven por allá son todos pobres. De ese lado siquiera algunos veraneantes se compadecen al verlo así flaco, sucio, hecho una mona sin cola, y le dan una moneda. ¿Se da cuenta? El comisario explica:
- El que vino a quejarse es un juez. Si lo ve de nuevo en el balneario nos compromete. Nos obligará a que lo internemos en un asilo. Llevalo, pero ya sabés, que pida del otro lado de la Avenida Maipú... ¿Qué decís?
- Por un tiempo. ¿Después?... ¿Para qué mentirle? No le aseguro... Eh, Calixto, ¡Vamos! Le agradezco la gauchada, comisario. Buenos días. Reflexiona el comisario:
- ¿Qué irá a ser de esta muchacha? Es vivaz. Y el oficial, perezosamente, fatalista:
- ¿Qué va a ser? ¡Ladrona o prostituta!...