narrativa

LA CONFIDENCIA

"Cuando la infancia todavía no me
había desamparado..."

BERNARDEZ

A pesar de que Mariano Vollman es ya todo un joven, se ve casi todos los días con Onésimo Lué que apenas tiene catorce años. Esta amistad tiene sus causas. Mariano Vollman necesita dinero y Onésimo Lué se lo facilita. La motocicleta de Mariano Vollman, ansiosa siempre de nafta y aceite, necesitando, siempre también, los servicios del mecánico, dada la violencia que Mariano emplea en su trato, es mantenida por la dadivosidad de Onésimo.

También la dadivosidad de Onésimo contribuye a que Mariano pueda saborear, copa tras copa, su vino predilecto, y caro. Ahora están en el café de la esquina de sus casas, conversando y bebiendo.

- ¿Tomamos otro vino? - propone Mariano.
- No, yo ya tomé dos
- arguye Onésimo para evadirse.
- Qué son dos vinos para un bravo como vos
- y grita
- ¡Mozo, otra vuelta! Beben y continúan hablando:
- Sos suertudo
- dice Mariano
- naciste hijo de ricos. Yo, en cambio... hijo de pobretes.
- Tus padres no son tan pobres. La casa es de ellos.
-¡Qué casa! Tres piezuchas con un mal jardín al frente y un gallinero en el fondo. Mi padre va de casa a la oficina y de la oficina a casa; mi madre siempre con la escoba en la mano o en la cocina, entre cacerolas. ¡Casa es la tuya! ¡Y con dos automóviles! Yo no tengo más que la moto.
- Es algo, otros no tienen ni eso.
- Preferiría tener dos autos, uno para pasear y otro de carrera.
- ¡No te pide poco el cuerpo!
- A mí el cuerpo me pide mucho, si no fuera hijo de pobretes, me alimentaría de langostas con champaña, en vez de puchero y vino barato, como ahora. ¿Qué comen tus viejos?
- No creas que langosta. Papá está a régimen porque es enfermo del estómago, y mamá también siempre a régimen, para bajar los kilos que tiene de más.
- ¿Otro vino?
- Estoy medio mareado.
- ¡Vamos!... ¡Mozo, dos vinos! Beben. Onésimo, de repente, siente la excitación del alcohol. Saca la billetera y la tira sobre la mesa. Grita:
- ¡A beber que aquí hay plata!
- ¿Cuánto tenés?
- No sé ni me importa. Nunca sé lo que tengo en la billetera
- afirma jactante.
-¡Feliz de vos! Yo, cuando tengo cien pesos, me parece que soy un Roschild o un Rockefeller. ¿Y por qué te dan tanto dinero tus padres? Onésimo sonríe:
- ¿Me dan? No me lo dan.
- ¿Cómo es eso? Ya ves, yo con mis dieciocho años, nunca tengo mil pesos juntos y vos con catorce... A ver, ¿Cuánto tenés? Cuenta:
- Tres mil doscientos cincuenta
- resume Onésimo. Este papel de mil
- y lo enarbola
- lo gané esta mañana.
- ¿Lo ganaste?
- Sí, se lo saqué a mamá de la cartera. ¿Crees que se va a dar cuenta? Tenía billetes de cinco mil y diez mil, todos hechos una bola juntos con los de a mil y de a quinientos. Es principio de mes. Ha cobrado los alquileres de aquella casa. ¿Ves, esa allá? Tiene treinta y cinco departamentos, seis negocios abajo. ¿Sabés lo que da?
- Supongo.
- A mitad de mes ya se gastó la renta íntegra. Juega a las carreras, al póquer y a la canasta con amigas; pero papá se forma. Cuando la cartera de mamá no tiene mucho, voy a la de papá. La de él siempre está llena. ¡Es dueño de tres fábricas!
- ¿Y sos hijo único? ¿Para qué estudiás? Si yo estuviese en tu lugar, no estudiaría.
- Mamá quiere que sea doctor.
- ¿Para qué? ¿Para ganar más dinero?
- No, a ella no le importa el dinero; quiere tener mi chapa en la puerta; "Doctor Onésimo Lué
- Abogado"...
- ¿Vanidad?
- Sea lo que sea, es su gusto... pero estoy mareado. Todo me da vueltas, me voy a casa.
- Antes pagá y dejame unos pesos para cargar nafta. Yo ando seco, como siempre; ¡mi puerca costumbre!
- agrega Mariano, iracundo.
- Tomá...
- Onésimo tira varios billetes sobre la mesa.
- ¿Vamos a dar un paseo en moto?
- No puedo. Mañana me llama el profesor de álgebra y quiero subir la nota. Voy a estudiar.
- ¡Qué estupidez la tuya! Ser hijo de quién sos y sacrificarte estudiando. Salta a la motocicleta y la hace ronronear.
- Hasta mañana.
- ¡Chau, doctor!
- le grita Mariano, irónicamente. Y parte vertiginoso. Onésimo lo ve alejarse, haciendo gambetas entre los muchos automóviles que se le cruzan. Reflexiona: "Este bárbaro, cualquier día se mata...". Sigue caminando, un poco vacilante por el alcohol que ha bebido. El aire fresco lo entona. De pronto se dice: "¿Para qué le habré contado que le robo dinero a mis padres?" Queda caviloso... Siente ahora que su confidencia lo esclaviza. Su confidencia lo ata a la voluntad de Mariano. Hasta ahora le dio dinero porque sí, porque él mismo no sabe qué hacer con el dinero que tiene en la billetera; pero en adelante, si no le da dinero, Mariano puede exigírselo, puede amenazarlo con descubrir su robo a sus padres, puede también contarle a otros muchachos. ¿Por qué le confidenció eso que a nadie había confidenciado nunca? "Ha sido el vino"
- se dice. "Estaba casi borracho, lo estoy un poco todavía. Me sentí raro. Tuve necesidad de contar eso que no debí contarle a nadie. Mariano, ahora...". Se tira sobre la cama. Piensa. Está arrepentido de haber hablado. "Trataré de no verlo"
- se aconseja y se acusa. "Fui un estúpido; pero el vino... ¿No me haría tomar a propósito para que yo hablase?... No, porque él no sabía mi secreto... ¡Si pudiera no verlo, no lo vería!" Comienza a rehuirle. Se hace negar.
- Cuando venga ese muchacho de la moto
- encarga al mucamo
- dígale que no estoy ¿¿eh?
- Sí, niño. Mariano lo busca inútilmente. Le responden: "No está". Deja dicho al mucamo:
- Dígale a Onésimo que lo espero mañana a las doce en el bar de la esquina. Es un asunto importante.
- Está bien, joven. Y Mariano espera inútilmente. Pero un día lo aguarda a la salida del colegio:
- ¿Qué te pasa? ¿Nunca estás? ¿O no querés ya ser mi amigo?
- ¿Cómo se te ocurre eso, Mariano? Pero estoy ocupadísimo, hay exámenes... Mariano lo interrumpe:
- ¿Tendrías mil pesos? No tengo nafta.
- Sí
- Onésimo se los entrega y medita: Ya no me dice como antes: ¿tenés unos pesos? Ahora me exige: Dame tanto. Antes me pedía humildemente, ahora... Siente odio por su amigo, el dueño de su confidencia. Y esa noche su odio se transforma en miedo. En la mesa, su padre, hablando con un amigo dice:
- No recuerdo de quién es la frase, creo que es de un político, de alguno que la vivió en carne propia. Pero es una verdad. Yo la he experimentado.
- ¿¿Cuál es la frase?
- Esta: "El enemigo de hoy puede ser el amigo de mañana; pero el amigo de hoy también puede ser el enemigo de mañana". Onésimo siente que Mariano es su enemigo. Ya en la cama, desvelado, piensa: "¿Es mi enemigo? Todavía no, porque todavía le doy dinero. ¿Y si no le doy dinero? ¿Qué hará él? ¿Dejará de ser mi amigo? dejará de ser mi amigo y sabe de mí eso que sabe..."

Mariano continúa buscándolo. A veces no lo halla, porque el mucamo lo niega, otras veces lo aguarda, lo espía. Siempre que se ven, Mariano pide dinero."No pide
- piensa Onésimo rencoroso
-. Ya no pide. Antes pedía, pedía sonriendo, pedía como disculpándose. Ahora exige, seco; ahora ordena":
- Pasame mil. Estoy sin un centavo. Tengo que ir a Olivos. Me espera Graciana. ¡Vieses qué chica! Parece un hada de un cuento de Perrault. Quizás Perrault, leído en la infancia, es el único autor que Mariano recuerda. Onésimo siente deseos de gritarle:
- Si no tenés plata no vayas a Olivos. ¡Que se canse de esperar el hada del cuento!

No se lo dice. Teme decírselo. Teme que Mariano de amigo (¿pero aún es su amigo?) se transforme en enemigo, y Mariano enemigo, ¿qué no puede hacer?... Le halla defectos, defectos que antes no veía: Es un desfachatado, un sinvergüenza, un pechador, un charlatán. Seguramente, si me niego a facilitarle con qué comprar nafta o tomar copas, envía un anónimo a mamá contándole que yo le saco dinero de la cartera. Y de súbito, se le aparece el pensamiento: "¡Si se matara con la motocicleta!". Desde ese instante, su pensamiento lo obsesiona. No ve otra manera de librarse. Su pensamiento lo mortifica. Porque él desea que Mariano se mate, y a la vez, lo aterra su propio deseo. Después de haberlo rehuido varios días, una mañana se encuentra con Mariano.
-¡Te pesqué!
- le grita éste
- ¿Dónde te habías metido? Te fui a buscar varias veces. ¿No dormís en tu casa? ¿No te dijo el mucamo? Ayer te estuve esperando dos horas en el bar. ¿Querés que te diga algo? No quería decírtelo.
- Decí.
- No sos el de antes.
- No te entiendo.
- No sos el amigo de antes. ¿O no sos más mi amigo?
- ¿Por qué decís ese disparate?
- ¿Por qué? Se me ocurre, creo que te hacés negar.
- Estoy estudiando mucho. ¿Cómo crees que he dejado de ser tu amigo?
- Me alegro. ¡Así sea! Mirá, te necesito más que nunca. ¿Te acordás de la rubia...?
- Sí. ¿La que parecía un hada de cuento?
- La largué. Ahora tengo una morocha. Hoy la llevo al cine... Y comprenderás, necesito con qué llevarla. Onésimo saca la billetera y le alcanza un papel de mil pesos.
- ¿Recién salido de la máquina?
- bromea Mariano
- ¿O de la cartera de tu mamá? El recuerdo pone una mueca en la faz de Onésimo, pero sigue la broma:
- Tengo máquina, fabrico varios de a mil todos los días.
- Ya que tenés máquina, pasa otro de a mil. Comprendé: El cine, después un té con leche y masas...mil es poco. Onésimo vuelve a sacar la billetera:
- Tomá, y no te empaches con las masas. El otro, canta alegre; canta la estrofa de un tango popular, canta burlesco.
- Siempre tenés redonda la billetera, por algo sos el beibi de mamá y te juntás con gente de alta esfera, porque decís: "Yo soy un niño bian". Salta a la motocicleta. Onésimo le grita:
- Tené cuidado, cualquier día te matás con esa moto. Mariano se queda mirándolo fijo.
- Varias veces me has dicho esto. ¿Deseás que me mate, acaso? No aguarda respuesta y parte, vertiginoso. Onésimo queda parado. Lo ve alejarse entre el tumulto de vehículos rápidos y estridentes. En la esquina, observa, no hace caso del semáforo y su luz roja. Mariano sigue, lo ve perderse a lo lejos... Y es la última vez que lo ve. A la mañana siguiente, encuentra a la madre en el comedor. Esta lee el diario:
- Una mala noticia
- le anuncia, y señala el diario.
- ¿Cuál?
- Tu amigo, ese de quien hablabas siempre, el de la moto...
- ¿Qué pasó?
- Se estrelló contra un auto. El murió. La chica que llevaba atrás... ¿Pero qué te pasa, One? Onésimo ha tambaleado. Cae sobre una silla, tembloroso. Y llora, llora convulsivamente. ¿Por qué llora? Pero no llora por mucho tiempo. Siente la sensación de que le hubiesen quitado un gran peso de encima. Se siente libre de algo. Y está alegre. Se pasea a grandes pasos. Por decir cualquier cosa, dice:
- ¡Pobre Mariano! Yo le dije ayer mismo: te vas a matar, sos muy imprudente. Y sale. Necesita estar solo. Se encierra en su cuarto. Se tira sobre la cama. Piensa: Yo le desee la muerte. Mi deseo lo mató. Vuelve a llorar convulsivamente, desesperado. Salta del lecho, corre al comedor. Allí está la madre y también el padre. Onésimo grita:
- ¡Yo lo mate, yo lo maté, mamá!
- ¿Qué dice este chico?
- pregunta la madre, asombrada. Se alarman. Porque Onésimo llora a gritos, se ahoga. Va de un lado a otro, patea. Toma una copa y la estrella contra el suelo. La madre exclama:
- Hay que llevarlo a un psiquiatra. ¡Está loco! ¿Decís que vos lo mataste? Pero, ¿Por qué decís eso, muchacho?
- ¡Sí, yo lo maté, yo lo maté, mami, yo!
- Quizás un psicoanalista... El padre, impávido:
- O una buena paliza, un baño frío. Onésimo, alejándose, grita:
- ¡Yo lo maté, lo maté yo!... ¡Yo, yo, yo! Se arrima contra la pared, hunde la cabeza entre los brazos, y llora. El padre, exasperado, grita:
- ¡Pero está loco, reloco! La madre:
- Andá, dejame con él a solas. El padre se aleja. Da un portazo. La madre va hacia el chico y lo abraza. Lo atrae. Se sienta. Onésimo se arrodilla, oculta la congestionada cabeza en el regazo materno. Dice, a gritos:
- ¡Tengo que decirte algo terrible, mamá, algo muy terrible!
- Después me lo vas a decir. One, ahora llorá. Llorar consuela. Onésimo solloza. La madre lo acaricia, lo acaricia, lo acaricia...