narrativa

ELLAS Y ELLOS

"Si existe en la tierra un despotismo supremo e ilimitado,
es el que ejerce el espíritu dominante de un muchacho
sobre los caracteres menos enérgicos de sus camaradas".

POE

Adelaida, el pañuelo en la boca sofocando los sollozos, arrima la cabeza contra un árbol. Rosendo se le acerca:
- ¿Por qué llorás, Adelaida?
- Justino...
- comienza la chica, y calla, temerosa ya de haber hablado. Al oír la palabra Justino se le transforma la faz de Rosendo. Sus pupilas chispean de odio.
- ¿Qué te hizo el muy?...
- y no lo califica, traga el juicio que le merece.
- Me pegó una cachetada
- responde la chica. A Rosendo se le cierran los puños. ¡Si se animara a pelear con Justino! Si se animara, la vengaría. ¿Se animará? ¿Por qué no se anima? Justino tiene doce años como yo
- piensa. No es más fuerte que yo. Es más bajo. ¿Por qué Justino puede con todos? ¿Por qué todos le tienen miedo? ¿Porque grita mucho? ¿Porque cuenta hazañas? Ninguno se las ha visto hacer. ¿Porque el padre es boxeador? ¿Y eso qué importa?
- sigue pensando Rosendo. Mi padre es campeón de tiro al blanco y yo nunca manejé un revólver. ¿Porque el padre de Justino es boxeador él va a ser boxeador?... ¡Veremos!
- se anima. ¡Veremos! Al fin el padre de Justino no es un campeón, más de una vez ha perdido por puntos y dos veces lo han puesto nocaut.
- ¿Qué decís?
- pregunta Adelaida que ya ha dejado de sollozar.

El pregunta:
- ¿Por qué te pegó la cachetada Justino?
- Porque no le quise dar un beso.
- ¡Hiciste bien!
- afirma Rosendo.
- Justino es un...
- ella calla.

El completa la frase. Supone que esto es lo que ella iba a decir:
- ¡Es un cobarde! Le pega a las mujeres. ¿A que a los varones no les pega?
- A los varones también les pega
- lo defiende Adelaida
- todos le tienen miedo.
- Yo, no.
- ¿Vos?... Quizás... puede ser...

La duda enardece a Rosendo. La mira, la observa largamente. Es una verdad lo que ha dicho Adelaida. Justino se impone a todos, si no con golpes, ¿Quién lo ha visto pelear alguna vez?, con gritos, con amenazas, con injurias. ¿Por qué todos le temen?
- se pregunta Rosendo. No se explica muy claramente ese temor de todos. El, Rosendo, ¿Por qué le teme? ¿No es él, Rosendo, más alto, más fornido? ¿Entonces, que?... ¿Porque el padre es boxeador?...
- ¿A los varones también les pega?
- repite la frase de Adelaida
-. ¡A mí no me va a pegar! En cuanto lo vea...
- Allá viene
- lo interrumpe ella. A Rosendo se le arrebata el rostro. Sí, allá viene Justino con otros dos muchachos. Justino siempre anda acompañado de admiradores. Rosendo ya no tiene salida. Acaba de pronunciar una frase comprometedora ante Adelaida. Si no lo pelea, ¿Qué va a decir Adelaida, qué va a pensar de él? Y él necesita que Adelaida piense bien de él, más: que lo admire. Tendrá que pelearlo.
- Te has puesto colorado
- dice Adelaida
- ¿Tenés miedo?
- ¿Yo? ¡Puf!
- se encoge de hombros. Aparece Justino.
- ¿Todavía estás llorando?
- La toma de un brazo, la aprieta.
- ¡Ay, me lastimás!
- se queja la chica. Rosendo se interpone. Ha dudado, sí, pero ya no duda. La voz de ella, lamentosa, su gesto doloroso, lo deciden. Habla:
- Ella no va con vos.
- Qué decís ¡Miren!
- se vuelve hacia sus admiradores y otros muchachos que ya forman coro a su alrededor. ¡Miren con lo que sale éste! ¿Qué decís?
- Digo que ella no va con vos
- afirma Rosendo.
- ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? ¿Andás queriendo perder un par de muelas? ¿Eh? ¡Contestá, che!
- Digo que sos un cobarde.
- ¿Cobarde yo?
- Le pegás a las mujeres.
- ¡Y a los hombres!
- lo empuja, pero Rosendo no se mueve. Resiste: El otro vuelve a empujarlo y él vuelve a resistir, bien plantado. Hay una pausa. Rosendo mira a su alrededor. Allí está el grupo de muchachos, expectantes.

También está Adelaida. Si no estuviese allí Adelaida, quizás él no pelearía; pero los ojos interrogantes de Adelaida lo empujan. Ve sus ojos, solamente sus ojos. ¿Qué? ¿Se atreve Rosendo a pelear con Justino, el capo de la banda? El propio Justino también se asombra. También mira a su alrededor. Ya no hay salida para ninguno. Rosendo no puede quedar disminuido ante Adelaida; Justino tampoco ante la muchachada de su patota. Pero aún no se resuelve a pelear. Recurre a sus habituales injurias:
- ¡Sos un infeliz, un pobre tipo!

No continúa hablando. El puño de Rosendo cae, sonoro, sobre su boca y le parte un labio. Sangra. Ya no ven ninguno de los dos. Los puños se mueven, golpean. El coro de muchachos se abre. Deja paso a Justino que retrocede. Rosendo, decidido, ataca. Ahora sus puños caen otra vez sobre la boca, sobre la nariz, sobre un ojo de Justino. Y siguen pegando. Ya el otro se dobla, sólo se defiende. Rosendo pega, pega, pega. Al fin, Justino, jadeante, da la espalda, va a huir. Rosendo lo alcanza aún con un puntapié en el trasero. Es un final despreciativo, la derrota. Justino cae, se yergue y echa a correr. Dispara, vencido, dispara vergonzosamente. A Rosendo lo rodea el grupo de muchachos, ahora sus admiradores. Comentan. Han presenciado la caída del matón y aún les parece mentira haberla presenciado.

Rosendo se dirige hacia donde está Adelaida.
- ¿Viste cómo no le tenía miedo? Miralo cómo dispara. Adelaida lo contempla, el rostro descompuesto, palidísima. Y grita, ruge:
- ¡Yo lo quiero a Justino!
- Corre detrás de él. No deja de gritar
- ¡Lo quiero! ¡Lo quiero a Justino!