narrativa

EL GORDO Y EL FLACO

"No todos los niños son niños"
NOVALIS

Zoilo y Basilio son estudiantes. Cursan 4o. año del colegio nacional; pero deben alguna materia de 3o.

Ambos son inteligentes, aunque estudiantes mediocres por distintas causas. Zoilo, el gordo, porque se dispersa y se desconcentra, pensando en algo ajeno a los estudios. Es lector de novelas y seguidor de dramas en la televisión. Basilio, el flaco, es carrerista. Todas sus preocupaciones se hallan en estudiar perfomances de caballos y hacer cábalas sobre los posibles ganadores. El poseer dinero lo obsesiona. A la inversa de Zoilo, que cuanto dinero recibe de los padres o del hermano mayor, médico, se le va de las manos, pródigas. A él lo preocupa en cuanto a deportes, el fútbol y el boxeo. Hubiese querido ser un gran boxeador. Tiene cuerpo y estatura. Le falta voluntad. El gimnasio lo aburre. Además, la gula lo domina. Vive masticando. No le faltan sandwiches o caramelos en los bolsillos. Basilio, por el contrario, casi no come, siempre desganado.

Son amigos pese a tantas diferencias. La circunstancia de vivir cerca uno del otro, los ha aproximado más. Quijote y Sancho a la inversa, aquí el flaco tétrico es pequeño de estatura y mustio, el gordo sonriente es alto y expansivo. Hasta en el vestir se diferencian, Basilio, pulcro, siempre blanca la camisa, la raya del pantalón impecable, los zapatos lustrados; el amigo, a la como sea, despeinado, los pantalones hechos una bolsa, los zapatos, a veces sin cordones. Además, a Zoilo se le van los ojos detrás de los encantos femeninos; Basilio, indiferente.

- ¿Viste esa piba?
- pregunta el gordo.
- ¿Cuál?
- Aquella, mirala
- y al gordo le chispean las pupilas.
- ¡Bah!
- hace el flaco, despectivo. Hoy, lunes 2 de agosto de 1971
- es importante consignar la fecha por lo que va a ocurrir en las vidas de estos dos muchachos. Zoilo bullicioso, empujándose y bromeando con otros compañeros y Basilio serio, aislado, como protegiéndose con su mutismo de la alegría de los demás, salen del colegio. Comienzan a andar uno al lado del otro, rumbo a sus casas. Se les dice, en broma, el gordo y el flaco, recuerdo de Laurel y Hardy, el flaco y el gordo de las películas que a tantos hicieron disfrutar con sus aventuras cómico
-dramáticas. El gordo y el flaco, apartándose de los demás compañeros, van, esquivando automóviles y ómnibus, atravesando la calle. Van callados.
- ¿Qué pensás?
- pregunta Zoilo.
- Pienso en mi yeta. Ayer le iba a jugar cinco ganadores a Cleopatra; pero como papá le jugaba a Cima, yo, por seguirlo a él...
- ¿Perdieron?
- Sí.
- ¿Y quién no pierde en las carreras? El juego no hace rico, dice mi padre siempre.
- Pues mi abuelo se enriqueció jugando.
- ¿A qué? ¿A las carreras?
- No, a la lotería: Ganó dos grandes.
- ¡Ah! me hiciste acordar
- y el gordo se detiene con los brazos en alto.
- Anoche soñé que compraba un billete de lotería.
- ¿Te acordás el número?
- No, sólo recuerdo que terminaba en siete.
- Compremos.
- Sí, compremos. ¿Cuántos pesos tenés?
- Yo, pocos. A ver: ciento cincuenta y cinco.
- Yo, ciento sesenta. Compremos un quinto entre los dos. Alcanza.
- Es poco un quinto.
- ¿Querés comprar un entero? ¡Son mil ochocientos pesos, ché!
- ¿De dónde los sacás?
- Pedile a tu hermano.
- ¡Qué esperanza, no! Hoy me dio doscientos, si le pido otra vez, me corre a gritos. ¡No! Pedile vos a tu viejo.
- No podría hoy. Ayer perdió no sé cuánto en las carreras. Anda como si tuviese púas en todo el cuerpo. Está hecho un puercoespín. Así estará hasta el domingo, y si vuelve a perder... ¡No quiero decirte lo que será la casa! Mi pobre madre...En fin, ¿para qué hablar de eso?
- ¿Has visto? Por jugar a las carreras.
- Carreras o lotería, todo es lo mismo.
- Quizás no, pero no discutamos. ¿Compramos un quinto? Si se da la grande son 18 millones, con el descuento del 20 por ciento que saca la lotería, quedan 14 millones 400mil pesos.
- Sí, si hubiese jugado un entero.
- ¡Es verdad! Son 14 millones cuatrocientos mil pesos divididos por 5, dan 2 millones ochocientos ochenta mil pesos, ¡La fortuna, che!
- ¡Bah! ¿Fortuna eso?
- ¿Te parece poco?
- ¡Por supuesto! ¡Ya que jugamos, tirémonos a fondo en un entero! 14 millones 400 mil no los tiene cualquiera. ¿Quién no tiene 2 millones?
- Yo no los tengo, ni mucho menos. Mirá, casualmente
- y Zoilo se para ante una agencia de lotería
- aquí tenés un número terminado en siete. ¡Lindo número! 34.917. Se juega el viernes. El 6 de agosto tenemos 2 millones, 880 mil pesotes.
- Que para mí, en realidad es 1 millón 440 mil, porque me tocaría la mitad. La otra mitad es tuya. No me seduce el negocio. Sigamos.
- ¿Cómo no te seduce? ¿Gastar ciento cincuenta pesos para ganar 1 millón 440 mil no te seduce? ¡Vamos a comprar ese 34.917! ¿No le ves una luz a ese número? Pensá en mi sueño.
- No creo en esas macanas de los sueños.
- Pero crees si viene un pillastre cualquiera y te dice: jugale a este caballo, es una fija y... ¡paf! Pierde. Te vas a arrepentir, flaco. Acompañame. Mirá, ahora voy a estar pensando en ese número toda la semana.
- ¡No!
- Si no me acompañás voy a buscar a otro...pensá en lo que estás haciendo, flaco. Basilio duda, y se decide:
- Bien, te voy a acompañar, gordo.
- Vengan los papeles. Compran un quinto del 34. 917. Al salir, Zoilo pregunta: ¿Quién lo guarda?
- Mejor está en mis manos
- responde Basilio
- yo soy más cuidadoso. Vos lo podés perder. Siempre andás perdiendo libros.
- Los presto y no me los devuelven. Eso no es perder. El libro corre. Basilio saca la billetera, dobla el billete y lo guarda.
- Pensá que en ese papelucho de color tenés 2 millones 880 mil pesotes.
- ¡Bah!
- y Basilio se encoge de hombros, siempre pesimista
- 28 mil ochocientos de los nuevos, ley, como dicen ahora. Con eso no se compra ni un caballo. ¡Bah!
- vuelve a hacer Basilio
- Hasta mañana, gordo. Y seguí soñando números para hacerme perder dinero. Entra a su casa. Pasan los días. No recuerda ya ni el número del billete que han comprado a medias. El sábado, Zoilo se levanta jacarandoso, según su costumbre. No hay clase, y esto lo torna más charlatán y alegre. Toma dos tazas de chocolate, pan y manteca y se va a la calle. ¿Dónde va? Iré a la plaza, a tomar sol, a ver chicas lindas
- se dice
- ¿Por qué habrá tantas chicas lindas en Buenos Aires?
- continúa segismundeando
- si fuera dictador, las metía presas a todas. Lo atrae una vidriera de una agencia de lotería. Se asoma al extracto. Alza una exclamación y dice en alta voz:
- ¡Bien! La grande terminó en 7. No me falló el sueño. No recuerda el número.
- Iré a lo del flaco
- se propone. Lo encuentra en su escritorio. Grita:
- ¡Terminó en 7! ¡Se cumplió mi sueño!
- Sí. ¿Y qué?
- ¿Cómo qué?
- ¿Pero no lo sabés, entonces?
- ¿Qué debo saber?
- Sacamos la grande.
- ¿Me estás cargando? ¿Bromeás?
- No bromeo.
- ¿Y lo decís tan tranquilo como si dijeras: Encontré un peso en la calle?
- ¿Y por esos pesotes me voy a enloquecer, acaso?
- ¡Yo sí me enloquezco! ¿A ver el billete? Mientras Basilio, parsimonioso, saca la billetera y de ésta el billete, lo desdobla
- Zoilo habla a los gritos:
- Somos millonarios, flaco, ¿Qué me decís?
- Saltá, reí, bailá, pegá alaridos. Basilio lo interrumpe:
- Aquí tenés tu locura
- y le alarga el quinto. El gordo lo mira, lo observa, lo hace girar en sus manos temblorosas. Canta:
- ¡Viva la suerte de dos malos estudiantes! ¡Viva! ¿A que a Galíndez no se le da la grande? ¿Sabés por qué? Porque saca todos diez el muy cretino. La suerte ayuda a los malos estudiantes.
- ¡Buena moral la tuya!
- ¿Vas a hablarme de moral, vos, carrerista, burrero? El lunes vamos a la administración de la lotería, y cobramos. ¡Viva Zoilo, el gordo y Basilio, el flaco!
- No grites, chiquilín. No quiero que mi padre se entere.
- ¿Por qué?
- Porque me va a pedir prestado y es capaz de irse a Mar del Plata, a la ruleta, y dejarlo allá. Mi viejo es un timbero sin grupo.
- ¿Y no le vas a decir nada a tu mamá?
- Tampoco, ella se lo contaría al viejo. ¡El millón 440 mil me lo trabajo yo solo! ¿Y vos? El domingo me mando cien ganadores a Clareta.
- Hasta el lunes no cobramos.
- Le pediré a Justo Pérez Urquijo, el usurero que le presta mi padre.
- Te vas a fundir en las patas de los caballos.
- Hago mi gusto.
- Yo ahora mismo voy corriendo a darle la gran noticia a mamá. Siempre le he dado disgustos como mal estudiante, alguna vez tenía que darle un buen momento. Le voy a mostrar el billete, si no va a creer que son fantasías, ella sabe que soy colifato.
- ¿Te llevás el billete?
- ¿Me tenés desconfianza?
- ¡Flaco! ¿Podés suponer eso de mí?
- Llevalo, no más. El lunes no vamos a clase. Te voy a buscar. Pero sentate: oíme: estoy bromeando con vos, gordo.
- ¿Conmigo, flaco?
- Sí, me hiciste perder 14 millones 400 mil pesos. ¿Por qué no le pediste a tu hermano para jugar el entero?
- No podía. Ya me ha dado mucho. Lo tengo hecho un colador a sablazos. ¿Además, por qué te hice perder 14 millones 400 mil pesos? Hablás como si te lo hubieras ganado vos solo. La mitad de esos millones... Basilio queda un instante contemplando a Zoilo. Sonríe. Una rara sonrisa, casi una mueca, una sonrisa puro dientes careados, Y habla:
- Veo que tenés más picardía de lo que parecés, gordo. Sos intelijudo.
- Sé franco, ¿te hubieses ido con los 14?
- ¿Y vos?
- Yo, nunca ¡jamás!
- grita Zoilo.
- Te creo. ¡Tan grandote y tan criatura! Andá a ver a tu mamá, pichón, andá a darle una alegría.
- Ya lo creo que voy. ¡Hasta el lunes!
- ¡Vení a almorzar y lo festejamos!
- No. Estoy amargado.
- ¿Cómo amargado? ¡Si ganaste!
- Pienso en lo que perdí.
- Escuchá, Basilio. ¿Querés que te diga una verdad, una gran verdad?
- Decila.
- Te tengo lástima, una gran lástima, sos un desgraciado, un infeliz, un alma seca. Sos un hijo'e... sin que lo sea tu madre, tu pobre madre. Zoilo sale a la disparada y da un furibundo portazo.