narrativa

DEUDAS

"La imaginación infantil es una de
las formas que adopta la felicidad"

LA MURE

Este cuento, al igual que otros que he narrado, es real. La vida, con su inagotable imaginación de narradora de hechos, dio el tema. Me lo contó Juan Donato, mi amigo, mi muy querido amigo Juan Donato, hombre generoso, apasionado, entusiasta, ardiente y brillante dilapidador de juventud. Y también de sus condiciones de poeta. Sé que abusé de los adjetivos. Cosa no frecuente en mí; pero los dejo correr en gracia al recuerdo del buen amigo. Juan Donato ya ha muerto, joven todavía, fue un amado de los dioses, según el griego. Para darme el gusto de evocarlo antes de narrar lo que él me narró a mí, voy a contar algo risueño que ocurriera entre él y yo hace mucho. El tenía 19 años y yo 29. También relativo a deudas, lo mismo que su relato. Juan Donato comenzaba a escribir versos. Una circunstancia lo relacionó conmigo. Me visitaba frecuentemente. Charlábamos de literatura y de sociología. Yo le prestaba libros que me devolvía y, a veces, dinero, que no me devolvía. Tenía un empleo mísero y vivía sólo en una casa de pensión, pues se había largado desde su Tucumán nativo a conquistar la gloria en Buenos Aires, en la olvidadiza y a veces ingrata Buenos Aires.

En cierta ocasión, visitándome, comenzó a recordar la deuda - no sé si 20 pesos... ¡de entonces! (1918). Lo interrumpí: ¡No me hablés de eso, che! No me debés nada. Cerramos la cuenta.

Calló, hablamos de otras cosas. Ya cuando se iba a ir, me dijo: ¿Hemos cerrado la cuenta? Sí, le respondí. ¿Vamos, entonces, a abrirla de nuevo? ¿Me prestás diez pesos? Tuve que reír a carcajadas.

En otra ocasión discutimos acerca del acto de un anarquista que puso una bomba en un negocio y mató a una mujer. Disentimos. Juan Donato, por su vehemencia y natural desorden, era un anarquista sin atenuante. Yo intenté que entendiera lo inútil y perjudicial de esos actos.

Se arrebató- quizás, o sin quizás - porque tenía alguna copa de más en el cuerpo. Gritó y se fue, asegurando que no volvería más, no quería verme más. Promesa inútil. A los pocos días me llamó por teléfono. Habló sin tutearme: "Necesito verlo. ¿Puedo ir a su casa?" Vení - le respondí, tuteándolo, como si no hubiese ocurrido nada - Vení ya mismo, te espero.

Apareció cejijunto. Y habló: Vengo a verlo como deudor, no como amigo. Muy bien. ¿Qué deseas? - le dije. Y él: Vengo a decirle que no le puedo pagar lo que le debo. Muy bien - dije yo - no me pagués. No te reclamo nada, pero ya que viniste, quedate como amigo. Y como amigos, grandes amigos, continuamos nuestra relación hasta su muerte, años más tarde.

Para concluir la pintura de aquel amigo, dos anécdotas: Era bibliotecario en la Universidad de Tucumán. Explotó el motín militar de 1943 y hubo de huir a las sierras a una estancia que le ofreció un amigo, como refugio. Allí vio la miseria en que vivían los peones. No pocas veces hizo carnear ovejas y les dio de comer. Pasada la crisis, el amigo le reprochó el "abuso de confianza", según dijo: Juan Donato cargó con la deuda y una vez en Buenos Aires, ya empleado, pagó mes a mes cuánto debía.

Enfermo para morir, y habiéndose jubilado como jefe de taller en una importante empresa, necesitó quién le diera sangre para ser operado. Ciento quince obreros del taller se disputaron el gozo de dársela. Era lo único que le podían dar, y se lo daban.

Ya evocado el recuerdo de aquel amigo, inolvidable; vamos a su cuento, a lo que a él le ocurrió en la infancia. Lo veo aún, frente a la mesa de un café de la calle Entre Ríos, una noche de verano. El con su habitual vaso de vino, yo con mi habitual naranjada.

Lo haré narrar a él. Dijo:
- Ya que hablamos de deudas y deudores, te diré que yo soy mal pagador, pero también soy un acreedor sin memoria. Olvido lo que me prestan y lo que presto. Hay una deuda que no olvidaré nunca. Y es una deuda que pagué.

Tenía yo no más de diez años. En el camino de casa al colegio, veía siempre a un viejo vendedor de empanadas. No pocas veces las miré codicioso. Por gula simplemente, no por hambre. Al fin, le confesé a mi madre mi deseo de probar esas empanadas que se llevaban los elogios de algunos compañeros. Mi madre me dio los 10 centavos que valía cada una. Comí la primera empanada y resolví continuar comiéndolas todos los días. ¡Riquísimas! Mi madre continuó dándome los diez centavos que valía la empanada. Pasó un mes, otro mes... Una mañana, al salir para el colegio, mi madre me dice: No tengo monedas. Sólo un papel de diez pesos. Hoy no comés la empanada. La noticia me pareció catastrófica, aunque encontré la solución: le pediría fiado al vendedor de empanadas.

-¿Me fía? Hoy no traje los diez.
- Sí, me respondió.

Pero al día siguiente me encontré con este dilema: o pagaba y me quedaba sin comer o le compraba a otro vendedor que también vendía empanadas a la vuelta del colegio. Opté por esto último. Pasé por otra calle, comprando al otro, no a mi acreedor.

Transcurrieron quince días. Un compañero de clase me informó:
- ¿Te acordás de aquel vendedor de empanadas de la calle Alberdi?
- Sí.
- No lo veo más. Hace días que no está allí, con su canasto. Al día siguiente pasé por la calle Alberdi. El viejo no estaba. Seguí pasando. Una mañana vi en su lugar el canasto, las empanadas, y una vieja delante. Me acerqué:
- ¿Usted vende ahora? Y el señor...
- ¿Mi marido? Murió. Le compré a la vieja. Le seguí comprando.

Pero algo me roía por dentro. Yo debía una empanada a un muerto. ¿Por qué no se la pagaba a la viuda? Resolví pagársela. Llegué ante su canasto dispuesto a decirle:
- Tome estos diez. Yo se los debía a su marido, se los pago a usted.

Pero a la vista de las doradas empanadas calientes, el deseo me dominó. El estómago, algo real y exigente, se impuso a la irreal conciencia. Compré una empanada, la comí, pero no me pareció tan rica. Me pareció que tenía, no se qué, algo... A la mañana siguiente, otra vez dispuesto a pagar y otra vez hallándole a la empanada algo que antes no tenían las empanadas del viejo.

Me dije:
- Ya que las empanadas se han puesto feas, pagaré la que debo.

Y pagué:
- Tome, señora. Yo le debía a su marido una empanada. Se la pago.
-Gracias. ¿Hoy no compra?
-Hoy, no. Mañana le compraré.

Y ese día me quedé sin comer la empanada. Al día siguiente la compré. Mordí, gusté y me dije:
- ¡Qué raro! Las empanadas han vuelto a ser ricas, como las de antes.