narrativa

CHICHIPIA

"Llora el niño perdido, pero
sigue cazando mariposas".

RYUSSI YOSHIDA

Chichipía aparece en Viñedos, pueblucho perdido en la pampa de Buenos Aires, el último día de otoño. Hace frío, pero el sol resplandece sobre el verdor del campo infinito y jugoso, juega sobre las aguas del arroyuelo que cruza el pueblucho y dora los últimos racimos de uva. Chichipía es un poco lo que la gente, bastante desdeñosa, llama una "chinita": pequeña de estatura, flaca, los pelos renegridos y duros cayéndole sobre los ojos mansos y las orejas apantalladas, tímida, atemorizada - quizás por los sufrimientos - insignificante. Con su voz dulce y débil, pareciera que siempre suplica.

¿De dónde viene Chichipía?: De un rancho sumergido allá, en las soledades de la llanura. A dónde va Chichipía? No lo sabe, por cierto. Sólo sabe que, escapando a la brutalidad del padre, pues la ha amenazado con romperle la cabeza porque le volcó la botella de vino, se echó a andar siguiendo el curso del arroyo hasta hallarse en Viñedos. Son las once, las campanadas de la capilla cantan. Hace varias horas que está caminando.

Chichipía tiene hambre y sed. "Pediré una limosna en esa casa" - se dice - "Pediré pan. Es una casa rica - me van a dar un pan no tan duro como las galletas que hace mi madre" - piensa.

La casa a la que se refiere Chichipía es la mejor del pueblo. Tiene dos pisos. Las demás, pobres, la mayoría casi miserables. Chichipía, poniéndose en punta de pie alcanza el timbre. Llama y espera. Aparece una mayordomo, imponente con su traje de botones dorados.

- ¿Qué quieres, chica?
- ¿No me puede dar un pedazo de pan y un vaso de agua? Tengo sed y tengo hambre
- susurra Chichipía.
- ¡Pan y agua no se le niega a nadie!
- sentencia el mayordomo de hablar galaico.
- Espera un segundo, chiquilla. En ese instante se detiene un automóvil y baja la señora.
- ¿Qué quiere esta chinita?
- Pide una limosna
- responde el mayordomo. Le iba a dar un pedazo de pan.
- ¡No, no, Rodrigo!
- grita la señora
-. Ya le he dicho que a los limosneros los cite los jueves de once a doce.
- Ella tiene hambre ahora.
- explica el mayordomo.
- ¡No, no! Si le da a ésta hoy, mañana se me llena la casa de pordioseros. Y dirigiéndose a Chichipía: Vení mañana, jueves. El jueves es el día de mis pobres. Hasta mañana
- la empuja levemente. Entra la señora. El mayordomo saca una moneda a sus espaldas y se la da a Chichipía.:
- Andá, compra un pan, allí está la panadería y allá, en el almacén, pedí agua. Te darán.
- Gracias, señor
- balbucea con su débil, dulce voz Chichipía, y toma la moneda. Sigue andando. En la esquina, tirado sobre unas bolsas de arpillera, un viejo barbudo, estira la mano. Pide:
- ¿Niña, no me da algo? Me llamó "niña"
- se dice ella. Y deja caer en la mano estirada la moneda que le dio el mayordomo. Unos pasos más adelante, una mujer ataja a Chichipía:
- ¿Por qué le das limosna a ese viejo? ¿No ves que está borracho, hecho una cuba ya a esta hora?
- No sabía. La mujer se aparta, rezonga. Chichipía piensa, un poco triste: "Le dí la moneda que tenía para el pan". ¿Qué hacer ahora? Cavila un rato y, al fin, se decide: entra en la panadería.
- Señor. Me da pan. El panadero se lo entrega.
- Gracias, señor. El panadero grita:
-¿Cómo gracias? ¿Lo pedís o lo comprás?
- Lo pido.
- ¡Ah, no! Devolveme el pan. Yo no alimento vagos.
- Por un pan no vale la pena hacer tanto barullo
- interviene una clienta.
- ¡No es por el pan, señora! Es porque no quiero mendigos en mi panadería. ¡No es por el pan! Repite colérico. ¿Ve lo que yo hago con el pan? Lo tira al suelo y lo pisotea. Chichipía huye, asustada. ¿Qué hacer? "Tomaré agua y se me pasará el hambre"
- se dice
- "aunque ya con el susto que me dio el panadero casi se me ha pasado". Entra a un almacén:
- ¿Qué deseas? A la pregunta del almacenero, un hombre gordo a quien Chichipía cree un gigante, no responde
- Nada...este...nada.
- ¿Y para qué venís, entonces? Chichipía sale. Sigue andando sin rumbo. ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¿Volverá al rancho? ¿Y su padre no le romperá la cabeza como ha dicho? Cuando se enoja, su padre es terrible. Una vez a su hermano menor, de un puñetazo casi le vacía un ojo. Se sienta en un banco de la plaza. Y queda mirando la estatua de un hombre vestido con levita, está cansada. El hambre y la sed se le han ido. En el otro extremo del banco se sienta un muchachito. Este saca un cigarrillo, lo enciende y, reparando en Chichipía, le habla:
- ¿Fumás?
- le ofrece el paquete.
- No fumo.
- ¿Qué hacés aquí mirando a ése?
- por la estatua.
- ¿Quién es ese señor de levita?
- Es el que fundó este pueblo. No sé cómo se llama. Sé que tenía mucha plata. ¿Ves aquella casa donde está aquel automóvil parado? Es de la hija de ese de la estatua. La hija tiene también mucha plata, es dueña de una estancia que está aquí cerca. Se llama "La Dulce".
- Sí, la conozco a esa señora.
- ¿La conocés? ¡Buenas relaciones las tuyas!
- Fui a pedir limosna.
-¿Te dieron?
- La señora, no; me dio el señor ese del traje con los botones dorados.
- El mayordomo. ¿No trabajás?
- No.
- ¿De dónde venís?
- de por allá, lejos, un rancho de donde nace el arroyo.
- ¿Y te venís caminando desde allá?
- Sí.
- ¿A qué viniste a este pueblo de fundidos, a pedir limosna?
- No, vine, no sé por qué vine
- quedan en silencio. Chichipía, por seguir conversando, pregunta: Y vos, ¿Trabajás?
- Sí.
- ¿De qué?
- De ladrón.
- ¿Sos ladrón?
- Sí, mi hermano Tiburcio que tiene diecisiete años me enseñó. Se gana más que trabajando. Mis padres trabajaron toda su vida y murieron en la miseria.
- ¿Y si te llevan preso?
- Ya estuve preso dos veces. Uno se acostumbra a todo.
- ¿No les tenés miedo a los policías? El muchachito la mide sonriente, despectivo:
- Me parece que sos...
- busca el adjetivo, quizás insultante; pero los ojos tiernos de la chica lo desarman
- Me parece que sos bastante inocente.
- Y se jacta
- ¡Yo no tengo pavura a nadie! Mirá
- se pone de pie
- tengo doce años. ¿No parezco un hombre? ¡Mirá qué fuerza!
- Tira trompadas al aire
-. Mi hermano también es forzudo. Iba a ser boxeador, pero se cayó de un caballo y quedó rengo. Voy a juntar plata y voy a ir a Buenos Aires a estudiar de boxeador. Me haré millonario. Acordate de mi nombre: Zenón Vallavino, acordate. Ya me vas a ver en los diarios, con fotografía y todo. ¡Chau!
- ¿Te vas?
- ¿Necesitás algo?
- Tengo hambre.
- Esperate. ¿Querés unas manzanas? No aguarda la respuesta, va y vuelve pronto. Le tira un paquete de manzanas sobre el banco.
- Gracias.
- No des las gracias. ¿Para qué das las gracias con esa voz de infeliz? No te traigo pan ni fiambres porque no puedo entrar ni a la panadería ni al almacén. Me tienen desconfianza. Creen que soy ladrón.
- ¿Creen?
- Malician. ¡Son unos pillos esos comerciantes! ¡Me voy!
- ¡Qué lástima!
- ¿Te gusta hablar conmigo?
- Sí, estoy sola.
- ¿No tenés padres?
- Como si no los tuviese.
- ¿Cuántos años tenés?
- Doce años, tu misma edad.
- Parecés un ratón al lado mío. ¿No querés venir a mi casa? Vivo allá, ¿Ves?, al lado de esa estación de nafta. Vivo con mi hermano Tiburcio. Los dos nos escapamos de casa, en Necochea. Cansados de pasar hambre y de oír consejos de los jovies. No nos buscaron. Al fin se murieron cuando nosotros estábamos aquí.
- También yo me escapé esta mañana por miedo a mi padre.
-¡Vamos! Pasan delante de la casa rica.
- Esta es la casa de la estanciera?
- Sí. Te voy a decir algo: Aquí vamos a dar un golpe mi hermano y yo. ¡Y pronto! Hoy a la noche tal vez. Mi hermano entra. ¡Es un púa mi hermano! Lo llaman Rengopuma. Hace un mes asaltamos a un vendedor ambulante, en el camino que va a Tandil. Le sacamos cincuenta mil pesos.
- ¡Cincuenta mil!
- exclama Chichipía, asombrada
- ¿Y qué hicieron con tanta plata?
- Comimos bien, chupamos bien.
- ¿Lo gastaron todo?
- No, guardamos también algo. ¿No te dije que nos vamos a ir a Buenos Aires, yo a estudiar de boxeador? Mi hermano de manayer mío. Seremos millonarios.
- Y cuando sean millonarios, ¿Van a seguir siendo ladrones?
- ¡Las preguntas que hacés! ¡Sos una caída del catre! Entrá.
- ¿Qué traés?
- pregunta Tiburcio que está tomando mate.
- Traigo a ésta que encontré en la plaza. Creo que nos va a servir para algo.
- Por lo pronto, ¿sabés cebar mate?
- Sí.
- ¿Cómo te llamás?
- Me llamo Hildebranda Molloja, pero me dicen Chichipía.
- Bueno, nosotros también te vamos a decir Chichipía
- resuelve Tiburcio
-. Tomá, seguí cebando mate.
- ¿Amargo?
- ¡Por supuesto! ¿Nos has tomado por fifíes? El mate dulce es para los nenes de mamá Nosotros, ¡amargos!
- Chichipía ceba y sirve.
- ¡Rico tu mate!
- la elogia Zenón. Chichipía ceba y medita. Va a hablar, pero Zenón la interrumpe:
- Esta con su voz de infeliz y su cara de chingolo frito nos va a servir de espía. Puede meterse en las casas... No desconfiarán de ella. ¿Qué te parece? Tiburcio pregunta:
- ¿Qué decís vos, Chichipía?
- Yo no sirvo para ladrona. Yo no quiero ir presa.
- Ser espía no es ser ladrona.
- Yo, no...
- Me parece que te equivocaste, che Zenón
- termina Tiburcio
-. Esta es más infeliz de lo que parece. Andá a la cocina
- le ordena
- ¿sabés cocinar?
- Algo.
- Sobre la mesa hay un asado, ponelo en la parrilla. No lo vayas a quemar. Ellos quedan conversando.

Chichipía vuelve. Habla:
- Zenón, vos no debías haberme dicho que iban a robar en esa casa.
- ¿Por qué?
- Porque ahora que sé eso yo voy a ser cómplice, me van a llevar presa por cómplice.
- Andá a hacer el asado
- la interrumpe Tiburcio
-. Después hablaremos. Cuando ella sale, Zenón opina:
- Esta es capaz de denunciarnos.
- ¿Te das cuenta por charlatán? ¿Por qué se te ocurrió contarle? Para ser buen ladrón hay que ser callado. No contarle nada a nadie. Ni a su sombra. Hoy daremos el golpe. A ésta la dejamos encerrada por hoy. Mañana la echamos. No nos sirve.

***

Chichipía comió y tomó vino. Se mareó un poco. A la noche volvió a comer y tomar vino. Tirada sobre un colchón en el suelo, tapada con diarios, de durmió satisfecha, casi alegre. Cuando despierta, aun es de noche, ve que la han atado de una pierna a una de las camas. Sospecha porqué. Ellos temen que los denuncie
- seguramente
- se dice. Y quiere huir. Se empeña en desatarse. Los nudos son fuertes; pero Chichipía es empeñosa. Al fin, logrando desatarse, va a abrir la puerta, está cerrada. ¿Qué hacer? Pone una silla bajo la ventana, hace mover el pasador, éste da vuelta. Chichipía salta al campo. Y comienza a andar. ¿Volverá a su casa? Sigue el curso del arroyo. Estornuda. Tose. Hace frío. Algo le corre por la espalda y algo le abraza la frente. Las piernas se le doblan. Tiene sueño, se tira debajo de un sauce. Y se ve en un jardín lleno de flores, se ve cazando mariposas, ve a la señora de la casa rica con alas de ángel, ve al mayordomo con sus botones dorados que le da monedas, muchas monedas relucientes. Ve panes, montañas de panes...

Cuando despierta no está en la orilla del arroyo, debajo de un sauce, está en una cama. Chichipía se da cuenta, está en un hospital. Hay hombres y mujeres vestidos de blanco.
- ¿Qué te duele? - pregunta uno de esos hombres.
- La cabeza.
- Es un fuerte resfrío - explica un hombre de blanco a una mujer de blanco. Mucha fiebre, la encontraron desmayada... Pasan días y pasan noches. Ya Chichipía es otra. No le duele la cabeza. No tiene hambre ni sed. No sueña que se halla en un jardín cazando mariposas. Se levanta. Un hombre de blanco le explica:
- Ahora vas a ir a tu casa.
- Bueno.
- Llamamos a tus padres, pero no han venido.
- No importa, yo sé ir. Ya afuera, sigue caminando por la orilla del arroyo, corriente arriba. Oye que la llaman:
- ¡Chichipía! Zenón aparece detrás de un árbol.
- ¡Oh, Zenón!
- exclama ella, casi jubilosamente.
- Decime, traidora
- le grita el muchachote
-¿Nos fuiste a delatar, eh? ¿Sabés que Tiburcio está preso por tu culpa? ¡No pudimos dar el golpe! Yo ando fugado. Todo por vos, ¡soplona! ¡Vos te escapaste de casa y nos fuiste a delatar, cochina!
- Yo estuve en el hospital
- comienza Chichipía a explicarse.
- ¡Al hospital vas a ir ahora!
- ruge él, y le asienta un duro puñetazo en la frente. Chichipía cae. Su cabeza da contra un árbol. Zenón huye. Cuando abre los ojos, Chichipía se ve otra vez rodeada de mujeres y de hombres vestidos de blanco. Uno de éstos la habla:
- ¿Sabés quién te golpeó? ¿Quién fue? Chichipía hace un esfuerzo, responde:
- No sé. Cierra los ojos. Y esta vez para siempre.