narrativa

EL PERRO ATORRANTE

Cansado de vagar por los suburbios de la ciudad, el perro atorrante se fue a la selva. Llegó hambriento. Desconocedor de sus leyes, mató una oveja y se dispuso a devorarla. Un chimango se lo impidió, chillándole:
- ¡Ha violado la ley de la selva! ¡Ahora mismo voy a denunciarlo! Y emprendió el vuelo, rumbo a la cueva del tigre, señor de la selva. El perro atorrante enterró el cadáver de la oveja, dispuesto a esperar el resultado de la denuncia. Pronto vio llegar al zorro, el secretario del tigre.
- Me envían a prenderlo, amigo - habló el zorro cordialmente -. Usted ha violado la ley de la selva. Lo van a castigar.
- No la conocía.
- ¡No importa! Lo van a castigar lo mismo. La ley de la selva prohíbe a los forasteros matar en ella. ¡Usted ha matado! ¡Lo van a matar a usted (aunque devuelva) ahora!... Pero yo puedo salvarlo...
-¡Dios se lo pague!
- No, quien me lo va a pagar es usted. Yo lo salvo y usted me da la mitad de la oveja que mató. ¿Convenido?
-¡Convenido, sí! Y el zorro llevó al perro atorrante a la cueva del tigre. Interrogó éste; pero el atorrante no respondió: según lo enseñado por el zorro, el perro se hacía el sordomudo. Cansado el tigre de preguntar en vano, ordenó que lo soltasen. El perro, alegre, con más hambre que nunca, salió de la cueva del tigre rumbo al sitio donde había escondido la oveja. Oyó que lo llamaban. Comprendió. Era el zorro que venía en busca de lo ofrecido. No se dio vuelta. Al contrario, comenzó a apresurarse. El zorro, corriendo, lo alcanzó.
- Ya sabe para lo que vengo, amigo. El perro, como si no lo oyera, trotaba... Y el zorro:
- ¿Por qué no me responde, amigo? ¡Hable, pues! El perro trotaba... El zorro se impacientó. Comenzó a recriminarle:
- ¿Qué le pasa? ¿Ya se olvidó de lo que me ha prometido? ¡Había sido ingrato usted! ¿Le acabo de salvar la vida y así me lo paga? El atorrante, como si en ese momento lo acabara de ver, se detuvo:
- ¡Mi querido zorro!- gimió desesperado - ¡Me ocurre una desgracia terrible! ¡Me he quedado sordo de veras! ¡Dios me ha castigado! El zorro lo observó un instante.
- ¿Así que se ha quedado sordo de veras?
- ¿Qué dice?
- ¿Y también se habrá quedado sin memoria?
- ¿Qué dice?
-¡Muy bien! Pero yo no me voy a quedar sin la mitad de la oveja que usted me prometió. ¡Ya va a ver! ¡Querer hacerse el pillo conmigo es ser zonzo! ¡Ya se va a arrepentir! Y salió corriendo. El atorrante quedó meditando... No tardó un papagayo con la orden del tigre escrita en una vaina de algarrobo. El forastero debía presentarse ante el señor de la selva. No había lugar para no darse por enterado, porque el perro sería sordo pero no ciego. Podía leer. Fue allá... Frente al tigre volvió a fingirse el sordomudo. Impaciente, poco apto para sutilezas, el tigre encargó al zorro:
- Bueno, ya que vos decís que se hace el sordomudo, te encargo a vos que lo hagas oír y hablar. ¡Qué más deseaba el zorro! ¡Se vengaría! Lo hizo atar a un árbol.
-¡Aquí estará atado hasta que oiga! ¡Sin comer! El ayuno es muy bueno para la sordera. Pasó un día. El zorro ya de noche, se acercó al prisionero:
- ¿Y? ¿Piensa o no piensa darme la mitad de la oveja?
- ¿Qué dice?
-¡Ah! ¿Sigue sordo? ¡Hasta mañana! Pasó otro día. Por la noche, el zorro se acercó al prisionero.
- ¿El ayuno no le curó la sordera todavía?
- ¿Qué dice?
- ¡Hasta mañana! Pasó el tercer día. Se acercó el zorro. Maliciosamente, le preguntó:
- ¿Y cómo va de su sordera, amigo?
- ¡Muy bien! Estoy sano- respondió el perro atorrante.
-¡Ah, me alegro mucho! Ya sabía que mi remedio era infalible. ¿Puede contestarme lo que le pregunte?
- ¡Cómo no!
- ¿Está dispuesto a darme la mitad de la oveja, según lo convenido?
- ¿La mitad dice usted? ¡Toda estoy dispuesto a dársela! ¡Vamos! Le enseñaré dónde la tengo escondida. El zorro lo desató.
-¡Vamos! Ya en el sitio, el perro desenterró la oveja y le dijo al zorro:
-¡Aquí la tiene! ¡Cómasela toda, amigo zorro! Y se dio vuelta sin respirar. La oveja hedía, estaba putrefacta. El zorro miró al perro atorrante y, sin enojo, le habló:
- ¡Con razón me la daba toda! ¡Me ha engañado otra vez, amigo! Veo que es usted más pillo que un zorro. ¿Quiere ser mi secretario?
- Bueno.
- ¿Sabe que me asombra encontrar un perro así? Los perros no son inteligentes. Estas cosas no son cosas de perro. Usted las tiene que haber aprendido de alguien. ¿Dónde las ha aprendido? ¿De dónde viene usted?
- Del país de los hombres.
-¡Ah, sí! He oído hablar de los hombres. ¿Y por qué ha dejado el país de los hombres?
-Porque me moría de hambre en él. Allá yo no podía vivir. Era demasiado inocente. Tuve que escapar. Todos me engañaban. El zorro frunció el hocico
-¡Me alarma, amigo! ¿Pero qué tienen los hombres que no tengamos los zorros? ¿Por qué han de ser más inteligentes? Tienen ojos, colmillos, orejas, piernas, cola?
- Cola no tienen.
- Ya ve. Les falta algo tan importante como la cola. ¿Ellos ríen?
- Sí.
- Nosotros también. ¿Ellos hablan entre ellos?
- Sí.
- Nosotros también. ¿Qué tienen de más los hombres? ¿Qué hacen que nosotros no hagamos? ¿Por qué han de tener más picardía que nosotros? El zorro se desesperaba. El perro atorrante le explicó:
- Los hombres lloran.