narrativa

DON

Les narraré por qué causa yo comprendo el idioma de los animales: Iba una mañana muy fría por la linde de un bosque, aún el sol era nada más que un reflejo rosado, y no calentaba. De pronto vi una víbora. Semihelada seguramente, porque había perdido la elasticidad y presteza de sus movimientos, atacada por un chimango, iba a ser devorada. ¡Tan bella la víbora con su piel pintada de amarillo y negro brillantes! Me dio pena que fuese alimento de un pajarraco feo y sucio, devorador de todo, y espanté al agresor. La víbora, lentamente, se arrastró hasta ocultarse en las hierbas. Esa tarde, durmiendo la siesta en el bosque, soñé que volvía a encontrar a la víbora y que ésta, irguiéndose sobre la espiral de su cola, saliendo a mi paso, me decía:
- Quiero demostrarte mi agradecimiento y hacerte un don. Deja que te pique en la lengua. Comprenderás el idioma de los animales. Yo, creyendo en lo que me decía y sin miedo alguno, me incliné ante ella, saqué la lengua y la víbora, rápida, me la mordió. Entonces desperté de mi raro sueño. Me toqué la lengua. Y me sacudió un escalofrío: En ella había una gota de sangre. ¿Me había mordido, en verdad, la víbora? Pero al fin, hombre de ciudad a pesar de ser poeta, hombre razonador y lógico, me dije:
- Ha de ser que yo mismo me mordí mientras dormía. Y en aquel punto oí la voz ronca de un búho, el silencioso:
- Desde ahora comprenderás el idioma de los animales. Y la carraspeante voz de un cuervo, el pensativo:
- Porque creíste. Y la quebrada voz de una enorme tortuga asomada a la orilla del río, una tortuga de trabajado caparazón, anciana seguramente de quinientos años:
- Porque no tuviste miedo.
- ¿Creer? ¿No tener miedo? - medité yo. No son éstos, acaso, los talismanes que nos dan todos los triunfos de la vida? ¡Creer..! ¡No tener miedo..! ¿No son éstas, acaso, las llaves que abren todas las puertas de las maravillas del mundo?