narrativa

ADOLESCENTES

Un joven, aquel que todavía no ha mentido
JULES RENARD

La luz se rompe contra la brillante cristalería que está sobre la mesa; se ven varias botellas de champagne. Están todas vacías. La excitación que en los jóvenes provocan el vino y la comida exquisita se traduce en carcajadas y conatos de discusiones. Ha llegado la hora de las confidencias, ya se habló de estudios, se evocó horas pasadas, desde el primer año del Colegio Nacional hasta el último, pues aquellos cinco muchachos se acababan de recibir de bachilleres. Desfilaron profesores y compañeros. Se habló de amor, naturalmente. Se tuvo un recuerdo para Lucio Solar, eximio estudiante, muerto al comenzar el quinto año. Cada uno expuso su proyecto: Januario será doctor en letras; Gerardo médico; Goyo ingeniero; Ignacio estudiará bellas artes, será pintor; Palmiro no sabe aún lo que hará. Es hijo de millonarios y no tiene proyectos. El alcohol que les calienta la sangre joven los vuelve a la vida, al presente, y se habla de libros, deportes, juegos. Hablan todos a la vez. Palmiro es el anfitrión, el dueño de casa; para festejar el bachillerato de los cinco los reunió frente a la bien abastecida mesa, a pasar un instante feliz, voluptuoso.

Ha llegado el momento de las confidencias, epílogo fatal de toda comida abundante en vinos. Januario cuenta que ese mismo día presenció en una librería, el arresto de un ladrón de libros. Gerardo exclama:
- ¡Ladrón de libros! ¿Quién de nosotros no ha robado libros? La pregunta flota un instante, sin respuesta; pero Goyo dice:
- Yo no he robado libros.
- Yo tampoco – agrega Palmiro, tristemente.
- ¡Lo decís de un modo! Pareciera que te arrepentís de no haber robado.
- No es arrepentimiento – aclara Palmiro-.

Es quejumbre por no haber experimentado esa emoción. ¿Para qué iba a robar libros? Ya lo ven ustedes – y con el gesto, señala los ricos muebles que los rodean
-. Soy hijo de ricos y nieto de ricos. Mi padre, al morir dejó millones. Además, hijo único. He estudiado porque mi padre quería que fuese bachiller por lo menos. El, lo confesaba., era ignorante. No había llegado a terminar la escuela primaria. Eso no impidió que acrecentara inmensamente la fortuna recibida. Pero sufría por ser ignorante. Quiso que yo, por lo menos, me asomara a algo. Quiso que supiera que Alejandro de Macedonia no era “cochinchino”, y terminé el bachillerato. ¿Qué he aprendido? Ahora me dedicaré a administrar los bienes de la familia. Les hablo de esto desganadamente. Januario, hijo de obrero, Gerardo que conoció la bohemia, Goyo con sus estrecheces, no me comprenderán tal vez; pero ya los envidio. Ustedes han vivido más que yo. Y vivir es hallarse expuesto a los vaivenes de lo imprevisto, es sortearlos y vencerlos. Ya me ven: un gordo tranquilo, sonriente; pero no feliz, ¡qué esperanza!

Se hace un pesado silencio. Lo rompe Gerardo:
- Contemos nuestras historias como ladrones de libros. Empezá vos, Januario. Januario duda un segundo, pero habla. Es un muchacho pequeño, color oliva, hijo de calabreses:
- Mi padre es albañil, mi madre es analfabeta. Yo estudié a fuerza de sacrificios. Siempre me dio por la lectura, tanto es así, que voy a estudiar doctorado en letras. Los libros me atraen como la luz a las mariposas. He leído siempre, y siempre sin comprar libros. ¿Cómo comprarlos? En casa somos siete a comer. Prestados o robados, siempre tuve libros. Mi principal víctima entre los libreros era el popular Palumbo que todo estudiante conoce por haberle comprado o vendido libros usados. Una noche, por casualidad, tenía yo cincuenta centavos y le compré un libro. Cuando fui a pagarle me dijo: “Es un peso”. “¿Cómo un peso?” – Protesté
-, si en el libro está marcado cincuenta centavos. “Sí – respondió él impasible – cincuenta éste y otros cincuenta el que tienes en el bolsillo”. Así era. Yo tenía un libro robado. “Se lo devuelvo”
- dije, y saqué el libro.”Acompañame” – ordenó un hombre que estaba por allí haciendo como que revisaba anaqueles. Era un policía. Devolví el libro , y sin embargo, estuve varias horas en un calabozo. Yo tenía doce años.

- ¿Se te quitaron las ganas de robar libros? – preguntó Goyo.
- En la librería del zorro Palumbo, sí. En otras, seguí robando... Y ya que estamos en tren de confidencias, les cuento: sigo robando.
- Pero Ahora Ganás – apunta Palmiro.
-El jornal de mi padre, bastante magro, no alcanza.. Hay tres hermanos menores que yo y mi abuela paralítica a quienes mantener. Con mi sueldo de celadores en mi casa se compra el pan. Mi espíritu se sigue nutriendo del pan que consiguen mis uñas, mi audacia y mi desvergüenza.
- No te pongas melancólico – le dice Genaro al ver la pátina sombría que ha cubierto la faz del otro-.

La aventura que yo voy a contar es peor que la tuya. Mi hermano Federico que murió tuberculoso, ¡pobre!, era sólo un año mayor que yo, pero un padre para mí. Nuestro padre nos educó siempre a lo gallego – Gerardo pronuncia “gayego” con “ye”, como para darle un tono de rabia a la palabra, como si fuese un adjetivo
-. Nos pretendió educar con el viejo aforismo colonial: “La letra con sangre dentra”. Gritos, amenazas, cachetadas, puntapiés. Y un día, teníamos trece y catorce años, nos echó de su casa. Nuestra madre había muerto. Mi hermano Federico y yo comenzamos a rodar, hambreados, friolentos, pechadores. Algunos días, Federica hasta pidió limosna. No sé cómo aparecimos en Montevideo, en tren de bohemia, porque mi hermano ya escribía versos. ¡y qué poeta hubiese sido si la muerte no lo hubiese llevado tan pronto, a los diecisiete años! En Montevideo, entonces, vivía Emilio Furgón, el uruguayo, buen poeta. Lo visitamos en tren de admiradores, aunque nunca habíamos leído nada de él. No nos falló el plan. Fuimos para que nos convidase con algo. Y así fue. Nos hizo servir un té con leche con sándwiches, masas, dulce de ciruelas, budín... Comimos a lo ogro y, al irnos, mi hermano le robó un libro grueso, encuadernado estupendamente.¡Pero qué desgracia!

- ¿Los vio?
- No me apures. La desgracia fue otra; el libro lo robamos para ser vendido; por eso habíamos elegido uno ricamente encuadernado. Ya en la calle nos dimos cuenta que era el segundo tomo de una obra. ¿Cómo vender el segundo tomo sin el primero? “Muy fácil – dije yo
-, la semana que viene lo visitamos otra vez, comemos opíparamente y le robamos el primer tomo”. Aprobó Federico. Visitamos a Emilio Furgón, nos recibió más cariñosamente. Nos hizo servir jamón, pollo frío, queso, varios postres. Comimos a lo Pantagruel. ¡Las bodas de Camacho en un té con leche! Quedamos pipones. Todo muy bien; pero Furgón no nos dejó solos con sus libros y ya nos íbamos un poco decepcionados, cuando él, muy serio, nos llamó: “Eh, jóvenes, se olvidan esto, me parece”. Y nos alargó el primer tomo del libro cuyo segundo tomo le habíamos robado.

Todos ríen.
- ¡Qué momento para ustedes! – exclama Palmiro.
- Sí, yo sentí que me abrasaba de calor. Pero Federico estiró la mano y se llevó el libro.
- ¡Oh! – exclama Goyo, y enrojece como si acabara de sucederle a él.
- Yo hubiera caído allí, muerto – asegura Palmiro.
- Ustedes no han hecho vida bohemia. En la vida bohemia el honor, lo que el mundo llama honor, queda hecho jirones, harapos. A veces, por un café con leche y medias lunas, por un completo, uno le hubiera robado a la madre, no a Emilio Furgón, generoso y comprensivo. ¡Las veces que nos acostamos con un “completo” como desayuno, almuerzo y cena de todo un día!

Januario se pone a recitar:
Café con leche, pan y manteca,
“completo”, oh, salve;
única cena de periodistas
y literatos rabiosos de hambre.

Café con leche del provinciano,
Pobre estudiante,
Pan con manteca que come haciendo
Malabarismos con ideales.

Único almuerzo de modistillas
Sentimentales,
De canillitas y de empleados;
Almuerzo y cena del atorrante.

Vos que por sólo veinte centavos,
Quitás el hambre
De vagabundos y soñadores
Hartos de luna, “completo”, ¡oh, salve!

Salve,¡oh “completo”!, bálsamo y tóxico
Del inmigrante
¡salve, oh “completo”, donde ha aplacado
su genial rabia Florencio Sánchez.

- ¿Son tuyos esos versos?
- No recuerdo el autor, pero serán de algún poeta anterior al 1930 por eso de que el “completo”, valiese sólo veinte centavos. Hoy vale mucho más.
- ¿Y no lo viste más a Furgón? – pregunta Ignacio.
- No – responde Gerardo, y asegura
-:¡Lo veré! Un día cualquiera lo voy a visitar. ¡Qué gran hombre! Por una pavada perdí un amigo excepcional, seguramente. ¡Errores de la juventud! – exclama nostálgico, como si hablase desde sus sesenta años y no desde los diecisiete.
- ¿Y vos, Goyo? – Pregunta Palmiro
- ¿No has robado libros, decías?
- No, pero fui cómplice de un ladrón de libros. Recién llegado de mi provincia, de Entre ríos, vivía en un cuartucho que me prestaba un coterráneo marinero, que aparecía de tarde en tarde pues viajaba continuamente. Esto que les voy a contar ocurrió... no hace tanto. Hará un año más o menos. Goyo se detiene a evocar. El recuerdo no lo hace feliz. Goyo es un muchacho con mezcla de indio, apático. Deja caer las frases parsimoniosamente, haciendo pausas.Ignacio, flaco, nervioso, arquetipo de urbe, se impacienta:
- ¿A que de esa complicidad que tanto te hace sufrir, seguro resultás inocente? Hablá, pero castigá al pingo de tu discurso, no dejes que se te duerma. ¡Qué provinciano éste!
- Algunas noches – continúa Goyo, sin hacer caso
- llegaba a mi cuartucho Luis Fariña, un boliviano, el Coya, como le decíamos. Tiraba una frazada en el suelo y así roncaba diez, quince horas si yo no lo despertaba. El Coya no llegaba nunca solo. Siempre traía libros robados. Robaba en la calle Corrientes y vendía en la Avenida de Mayo, y si robaba en la calle Entre Ríos, vendía en algún boliche de la calle Bolívar. Mi cuartucho era el depósito de sus robos; en él planeaba sus excursiones de compra y venta. El Coya era mayor que yo. Se suicidó tirándose desde una ventana en el Palacio de Justicia, cuando lo llevaban a ser juzgado por robo. Si viviese, ahora tendría veintiún años. Cuatro más que yo.

Quiso la mala suerte, la suerte tentadora, que a ese empedernido ladrón, y ladrón de libros precisamente, lo emplearan en una biblioteca municipal de Belgrano. Una noche entró en mi cuarto pálido, agitado y temeroso. Le dí agua, le hice tragar una aspirina, y después me contó lo ocurrido. Él robaba en la biblioteca y vendía en las librerías de viejo. Esa noche, apurado por la necesidad de dinero pues tenía un programa, era muy enamoradizo, ¡pobre Coya, y tan feo!, se le ocurrió ir a una de esas librerías donde vendiera los libros robados por él. Allí le dijo al librero que era empleado policial y que alguien le había vendido libros robados, que los identificaría por el sello de la Biblioteca de Belgrano. Como empleado policial, él iba a confiscar esos libros. Un cliente que estaba hablando con el librero intervino: ¿Usted es empleado policial? Yo soy diputado. Soy Julio Pereyra Istur – y mostró su credencial-, muéstreme su comprobante”

El Coya se transformó en un relámpago, se hizo luz, salió a la disparada, pero alcanzó a oír la voz del librero: ¡Ladrón, ladrón, atájenlo! El Coya temía que se investigue en la biblioteca, perder el empleo doblemente fructífero. No se investigó. Al librero no le convenía. ¿Acaso él no había visto los sellos de la biblioteca en los libros que, casi por nada, por centavos, le vendía el Coya? Días después el Coya me robó a mí. Me sacó diez pesos de un libro donde yo guardaba el dinero. Eran los únicos que tenía para terminar el mes, y el robo me exasperó. Lo llamé canalla y miserable, le dije que robar a un librero de compra y venta, generalmente tan ladrón como él, o más ladrón, no era lo mismo que robara un amigo, abusando de su confianza. El Coya, llorando, porque era muy sentimental, me juró, me perjuró que él no había robado los diez pesos. No le creí. Lo eché casi a empujones. Y no lo vi más. Poco después ocurrió su suicidio. ¡Pobre Coya!

- ¿Y seguís convencido que fue él quien te robó? – preguntó Gerardo.
- ¿Quién otro pudo ser? Era el único que entraba a mi pieza.
- A veces iban otros, yo, por ejemplo.
- Él sabía donde yo guardaba el dinero, nadie más. Ya ven, no he robado, pero he sido cómplice y encubridor de un ladrón de libros.
- Yo sí robé – irrumpe Ignacio
- .Pero no robé para mí. Escuchen: una noche, en la calle Rivadavia, encontré a Junio Arcos, ustedes lo han conocido, un jorobado, hemipléjico, con dificultades en el habla, en fin, un pobre ser al que la naturaleza, el destino, Dios, lo que ustedes acepten, había maltratado cruelmente. Yo que soy deportista y que me considero buen mozo, al menos así me lo han dicho más de una muchacha linda... Yo sentía por Junio Arcos una compasión enorme. ¡Y qué inteligente era! Hablo en pasado porque hace mucho que no sé nada de él. Esa noche el pobre Junio, un gran lector, un lector ávido, estaba abstraído en la puerta de una librería contemplando una pila de libros sobre la cual se leía: Vente pesos.
- ¿Qué mirás?
- le pregunté. Me señaló el cartel prohibitivo para sus bolsillos, siempre vacíos.
- ¡Lo que deseo leer ese libro! – exclamó. – Hace un año que lo busco. Y aquí está, una pila, pero ¡veinte pesos! Tranquilamente tomé uno de los libros, se lo entregué y le dije: Llevalo.
- ¿Me lo comprás? – Preguntó
- ¿Tenés veinte pesos?
- No, pero llevalo. Yo me quedo aquí. Metió el libro bajo el sobretodo y se fue, apresurado. Yo, calmosamente, quedé mirando las estanterías y luego también me fui, con la alegría de quien ha realizado una buena acción. ¿Qué dicen ustedes? Todos acuerdan en que fue una buena acción, muy buena.

Ignacio continúa con sus aventuras robilibreriles:
- Yo he robado mucho en librerías, pero no para mí. Robé para Rosenda, una muchacha de la cual estuve enamorado hasta el caracú. Noche a noche, durante seis meses, llegué a su casa con un libro... robado. Por fin comprobé que ella no los leía. Encontré os libros, como adorno con las hojas sin cortar, en lo que ella consideraba su biblioteca, aunque no lo fuese. Porque una estantería de libros que no se leen, no es una biblioteca. Y ahora hago esto: robo los libros que Rosenda no lee para regalárselos a Sinforosa, de la cual estoy enamorado. Rosenda ya pasó. ¿Soy un ladrón de libros yo? Creo que no, porque no robo para mí.
- ¿Creés que no robás para vos? Antes robabas para Rosenda, porque la querías, ahora le robás a Rosenda para Sinforosa, porque la querés. Robar para la mujer que uno quiere es robar para uno mismo – sentencia Goyo.
- La mujer que uno quiere – define Januario – ya no es otro ser, es uno mismo.

Tenés razón – dice Ignacio
-.Yo daría la vida por Sinforosa, los libros que le regalo a ella, me los regalo a mí. Y como esos libros son robados, me confieso: soy un ladrón de libros; pero mientras esté enamorado de Rosa, no dejaré de robarle libros a Rosenda, con quien no rompo para poder seguir robándole. Es menos peligroso que robar en las librerías. Lo único malo que tiene Sinforosa es el nombre, yo no la llamo Sinforosa, la llamo Sinfo, y a veces Sinfonía...
- ¿Sinforosa o Sinfonía – pregunta Palmiro
- , lee?
- Por ahora no me interesa averiguarlo. Si la dejo de querer, cosa que me parece imposible, lo averiguaré. Y si no lee, y me he enamorado de otra, le robaré a Sinfonía, que entonces volverá a ser Sinforosa, para dárselos a mi nueva musa.
- ¿Y si la has dejado de querer a Sinfonía, pero comprobás que ella lee los libros que le das, ¿le robarías a ella para la otra? La pregunta de Goyo queda un instante sin respuesta. Al fin, Ignacio responde:
- Sí, se los robaré. Te lo confieso honradamente.
- No pronunciemos esta palabra: “hon
-ra
-da
-men
-te” – grita Genaro, fatídico
-. Todos aquí somos ladrones. Esto no es el comedor de una rica mansión señorial. Estamos en una cueva... La voz se le parte en un sollozo, y bebe para disimular. Hay unos segundos de asombro y expectativa. Palmiro habla:
- Todos somos ladrones, acaba de afirmar Genaro. Todos ladrones de libros. Yo, no. Yo nunca he robado libros. ¿Pero tiene algún mérito el que yo nunca haya robado libros? ¡Nunca he necesitado robar! ¡Siempre he tenido lo que deseaba! Januario y Gerardo son aquí los más culpables, sin duda, pero ellos también son los más pobres. Yo aquí parezco el puro, el ángel limpio, pero yo aquí soy el único hijo de millonarios. ¿Qué les dice eso...? Va a seguir, pero lo interrumpen los sollozos de Genaro. Con las palmas sobre los ojos, convulsivamente, Genaro solloza, parece un niño penitenciado. Palmiro hace señas de que está ebrio. Genaro lo sorprende, y aprueba:
- Sí, estoy un poco mareado, pero de no haber bebido no me atrevería a decir lo que voy a decir: Goyo, esos diez pesos no te los robó el Coya. ¿Fui yo! Estaban dentro de una Biblia...
- Sí, guardo el dinero que me envía mi padre en una Biblia; pienso que como es un libro que nadie lee...
- Yo, como otras veces, fui a visitarte. No estabas – explica Genaro
-. Decidí esperarte. Me puse a revisar tus libros. El primero que saqué fue esa Biblia, la abrí: ¡diez pesos! Los guardé y salí corriendo. Siempre he pensado devolvértelos. Algún día te los devolveré. Te lo juro por mi madre muerta. Y vuelve a sollozar, tirado sobre la mesa. Palmiro interviene:
- ¡Genaro! No nos arruines la comida con tu sentimiento alcohólico.
- Estoy borracho, sí: y me alegro de haberme emborrachado. Me alegro porque así he tenido el volor de confesarte, Goyo, lo que nunca te hubiese confesado. Muchas veces fui a tu cuarto dispuesto a decírtelo. No me animé. Algún día tendré que emborracharme para ir a lo de Furgón, devolverle los siete pesos con treinta centavos que nos dio un librero en la plaza Artigas por los dos tomos de su libro. Y a vos también, Goyo, algún día... Solloza nuevamente.
- ¿Quién piensa ya en eso, Genaro? Si me venís a devolver los diez pesos, ¡te los rompo en la cara! – y Goyo hace un gesto de héroe.
- Harás lo que quieras, ¡pero te los devolveré!
- Aquí están, y con intereses – dice Palmiro, y pone frente a Goyo un papel de cien pesos
-. Yo se los pago por vos, Genaro. Goyo toma el papel de cien pesos, saca un encendedor y lo aplica al papel que arde. Todos lo miran arder mudos, tal vez un poco emocionados. A nadie se le ocurre impedir aquello. El mismo Genaro, al través de las lágrimas que aún le enturbian las pupilas, tranquilo, mira hacer a Goyo. Cuando el papel de cien pesos es una cosa negra y arrugada, Goyo lo deja caer sobre el plato. Palmiro, sonrientemente desdeñoso, dice:
- Se podría haber hecho algo mejor con esos cien pesos. Por ejemplo, se le hubieran podido dar a Juan, el mucamo, de propina... ¡Juan! – levanta la voz a la vez que saca otros cien pesos.
- ¿Qué desea, niño? – Es el mucamo viejo, ceremonioso, de guantes blancos. Los amigos me encargan que le dé esto, así celebra usted también nuestro bachillerato.
- Muchas gracias, niño. Y a ustedes también, jóvenes, muchísimas gracias.
- Y ahora, Juan, tráiganos café, un café bien cargado, para que le despeje a algunos la cabeza. A Genaro, por ejemplo, que le ha subido a los ojos el champán...
- La falta de costumbre – balbucea Genaro
-. Hacía años que no lo tomaba. Yo – agrega Januario
-, es la primera vez en mi vida que lo pruebo. Aparece en la puerta una señora, aún elegante.
- Mi madre – explica Palmiro
-.Muchachos, mi madre deseaba conocerlos. Y viene a tomar el café con nosotros. Ella dice:
- Palmiro viene hablando de ustedes hace cinco años, desde que comenzaron el colegio nacional...