narrativa

COMPAÑEROS DE TRABAJO, DE ARTE Y DE SUERTE

Hay en la infancia algo que no pasa, que no salva
cierta barrera misteriosa de la juventud: el niño tiene
una frescura que el hombre no hereda. Lo raro es que
este don se trasmita primero a la adolescencia...

GILLET

Tadeo Aralda y Rinaldo Llosa acaban de salir de la oficina. Ambos comenzaron a trabajar ese mismo día, casualmente, en una empresa de compra y venta de terrenos. Al ir a comer algo al bar de la esquina, se encontraron. Tadeo leía. Rinaldo se asomó a ver qué libro leía, curiosidad de lector:
- ¡Qué casualidad! Estás leyendo el mismo libro de poesías que yo – y lo mostró.

Sentate – dijo Tadeo, efusivo -. ¿Te gustan los versos?
- ¡Mucho!
- A mí también. Me gustan y... ¡los hago!
- Yo también.
- ¡Qué suerte encontrar un compañero de trabajo como vos – exclamó Tadeo Aralda, confraternizando con él. Volvieron a la oficina conversando animadamente. Ya el uno al otro se habían recitado dos o tres composiciones de cada uno. Amigos, como si hiciese veinte años que se conocieran. Por eso ahora, al salir del empleo, en lugar de tomar un tranvía, van despaciosamente tomados del hombro, contándose el uno al otro las más notables incidencias de sus breves vidas. Y sus proyectos. Tadeo Aralda tiene un libro de poesías inédito, por supuesto, se llama: Luz taciturna. ¡Precioso nombre!, según Rinaldo que proyecta escribir otro al cual titulará: Horizontes penumbrosos. ¡Un hallazgo de título, una “trouvaille”! – lo juzga Tadeo. Se recitan uno al otro. Termina Tadeo Aralda y Rinaldo comenta:
- ¡Brutal! Un soneto que podrían firmar Tetrarca y Garcilazo. Termina Rinaldo Llosa y Tadeo exclama:
- ¡Por supuesto! Algo que Darío y Almafuerte no podrían imaginarse. Nuestra generación, recordá .lo que ahora te digo, va a superar a todas las anteriores. Es una generación excepcional.
- Sí, yo conozco por lo menos, dos docenas de muchachos de nuestra edad con poesías que, a reírse de Machado y de García Lorca, de Paul Elouard y de Maiakovsky! Tadeo se detiene en la vidriera de una agencia de lotería y señala un número:
- Mirá: 07777. ¡Qué lindo número! ¡Estoy seguro que ganará la grande!
- Compremos un décimo a medias. ¿Dos pesos cada uno? – propone Rinaldo. Tadeo consulta su billetera magra:
- No me alcanza.
- Yo lo compro – soluciona Rinaldo –, mañana me das tu mitad.
- ¡Bueno!

Al salir, discuten sobre quién debe guardarlo. Cada cual quiere que el otro sea el depositario. Una moneda al aire y la suerte decide: Tadeo. Este habla:
- El 7 es un número cabalístico, misterioso. Es mi número. Siete son los días de la semana, siete los colores del iris, siete los órganos de la nutrición, siete los planetas del sol, cuando se quiere decir que uno ha llegado al colmo de la felicidad, se dice: está en el séptimo cielo. El 7 es mi número. Tal vez sea porque yo soy sietemesino o cuando tengo una gran suerte cuando juego al siete y medio... ¡Estoy seguro , con este 07777 vamos a ganar la grande!

No la ganaron. Ni terminación siquiera:; pero decidieron seguir comprando ese número todas las primeras jugadas del mes. El 07777, a pesar de los pronósticos de Tadeo, se mostraba esquivo. Pasaron meses.

Sin falta al cobrar el sueldo compraban el número y una nueva decepción: el 07777 no tenía tratos con la suerte caprichosa y casquivana. Entretanto, la amistad de los compañeros de trabajo se anudaba fuertemente. Todos los días salían juntos y conversaban de cosas bien ajenas a su trabajo. Conversaban de libros, de poetas sobretodo, de ellos, de Tadeo Aralda y Rinaldo Llosa, de lo que ellos soñaban ser, de lo que ellos escondían en sus cajones. Tadeo comenzó a colaborar en El Pensamiento, un quincenario de Chivilcoy, e hizo que Rinaldo también colaborara. Ansiosos, más ansiosos que cuando iban a consultar el extracto para ver qué había ocurrido con el 07777; esperaban la aparición quincenal de El Pensamiento de Chivilcoy, infaltablemente decorado con sonetos de ambos amigos.

Para la jugada de la lotería de Navidad, el costo del vigésimo se elevó a veinte pesos y Rinaldo, que ya venía cansándose de seguir el 07777, declara a su socio que no va a jugarlo más.
- ¿Por qué, Rinaldo? – pregunta el otro, molesto.
- Te diré: mi madre está enferma y con su enfermedad hemos tenido gastos de farmacia. Ya sabés que no tengo padre, mi sueldo se necesita...
- Pero este mes cobrás el aguinaldo.
- A pesar del aguinaldo no podré comprar el billete. Mi padre, antes de morir, ¡nos recomendó tanto que no hiciéramos deudas! Para gastar los diez pesos que me corresponden tendría que pedirlos prestados.
- ¡Yo te los presto! – Soluciona el otro – me los pagás cuando ganemos una grande.
- No. Eso es como querer regalármelos. En el juego también hay leyes y quien las viola se expone a no ganar nunca.
- ¿Vos no tenés fe en que algún día el 07777 nos va a hacer ricos?
- Te lo confieso: no tengo fe. No tengo fe en el 07777 ni en ningún otro número. Jugué por jugar, por ser tu compañero de suerte, pero ni la lotería, ni las carreras, ni los naipes, me gustan. No nací jugador.
- A mí, en cambio, todo eso me encanta – confiesa Tadeo
-, si yo fuese rico tendría caballos.
- Te arruinarías.
- Yo sé de alguien que ganó cien mil pesos en la ruleta.
- Sí, pero ese alguien no habla de los muchos cien mil que le habrá devorado la ruleta. Así son los jugadores: Todos hablan de lo que ganaron, no de lo que perdieron. Yo te dejo solo con tu 07777. No juego más.

Pero al día siguiente, Tadeo le muestra el vigésimo comprado y le dice:
- Vamos a medias.
- ¡No acepto!
- Es un regalo. Te lo regalo para Navidad.
- ¡No acepto!
- Es una ofensa.
- Si fuese un libro, no lo rechazaría; un billete no lo acepto.
- Hasta hoy hemos sido compañeros de trabajo y de suerte. ¿Por qué no seguir siéndolo?
- Desde hoy – responde Rinaldo – seguiremos siendo compañeros de trabajo y de arte. Te abandono a tu suerte. Y en esa jugada el billete 07777 fue premiado con mil pesos. Al vigésimo de Tadeo le correspondieron doscientos pesos.

Tadeo le da la jubilosa noticia a su compañero de trabajo y de arte. Y agrega:
- Mañana vamos a cobrar los doscientos. Ya podrás comprarte el diccionario. El otro lo interrumpe:
- ¿Y por qué voy a comprarme el diccionario?
- Porque la mitad de estos doscientos pesos son tuyos.
- ¡Yo no he jugado!
- Pero jugué yo y, al jugar yo, lo hice con la intención de que la mitad sería tuya, de cualquier premio que obtuviese.
- ¿Y si no sacabas?
- ¡Si no sacaba no sacaba, pues! Yo soy buen jugador, buen perdedor.
- ¡No acepto!
- Tenés que aceptar. Acordate que la tarde que compramos el primer décimo yo acepté, y apenas te conocía, que me prestaras los dos pesos.
- Dos pesos no son cien pesos. Los dos pesos me los pagaste al día siguiente; estos pesos yo no te los podré pagar nunca.
- Si yo no quiero que me los pagues. No te los presto. Son tuyos.
- ¡No! Tadeo Araldase irritado, lo increpa:
- ¡Empecinado! ¡Soberbio! ¿De dónde te viene tanto orgullo? ¿Quién sos? ¿Te crees un Whitman, un Baudelaire?
- Baudelaire, que era un gran pechador, te los hubiese aceptado.
- No estoy para chistes. Si no los aceptás aquí mismo... – se detiene amenazante
-, ¡Se me ocurre una idea! ¡Peleemos! Si yo gano me los tenés que Aceptar. Si vos ganás. Los doscientos pesos son míos. ¿Vamos?
- No.
- ¿Tenés miedo?
- No.
- ¡Cobarde! Tadeo cierra los puños. La obstinación del otro lo irrita, lo enceguece. Llega a empujarlo, perdida toda mesura. Rinaldo lo detiene, sereno:
- Escuchá: yo podría aceptar tu desafío, podría dejarme vencer y ganarme los cien pesos.
- ¿Y por qué no podría vencerte yo?
- Te aseguro que no me vencés, Tadeo. Yo, cuando mi padre vivía y estábamos en otra posición económica, tenía profesor de boxeo. He sido subcampeón de mi club. ¿Nunca tocaste mis músculos? Tocá.

Tadeo palpa los bíceps, los dorsales, los músculos del estómago que Rinaldo pone en tensión y, aún cuando no amengua su cólera, sí se le evapora el proyecto de confiar a esa especie de “juicio de Dios” medieval, a trompis, la solución del entredicho.

- Muy bien – dice-, pero te advierto que si no aceptás tu parte, no cobro el billete. Lo dejo perder. A los tres meses caduca. Cuando decidas aceptar, me lo decís. ¡Adiós!

Y le da la espalda, furioso.

Con tristeza, Rinaldo lo ve alejarse. No comprende tanta cólera. Cierto que otras veces pudo comprobar en su amigo un temperamento autoritario, ante el cual cedía por condescendencia y porque el motivo no era importante. Pero ahora no está dispuesto a ceder. Aceptar los pesos que Tadeo le adjudica lo juzga una humillación. “Por justicia no me pertenecen – se dice Rinaldo-. El dice que su intención, al jugar el billete, fue siempre la de compartir su posible premio. Si hubiese sido así, también debió aceptar que yo... ¡Pero si yo desde el primer momento le dije: ¡No juego más, no!”

Rinaldo cavila. Va por la calle hablando solo. Quiere entender la actitud de su amigo, la encuentra ilógica. “Es absurda – se dice – es arbitraria, es despótica... ¡No cederé!”

Pasa el tiempo. Ya no se buscan al salir de la oficina. En una ocasión en que él se había detenido a conversar con otro empleado, reparó en que Tadeo no salía, seguramente para no encontrarlo. “Es capaz de no saludarme” – piensa.

Van pasando los días, las semanas. Rinaldo no olvida que el plazo para cobrar los billetes con premio caduca a los tres meses. Está seguro que el caprichoso de Tadeo no ha cobrado y dos días antes de cumplirse el plazo, entra a su oficina. Al verlo agacha la cabeza, “para no saludarme”, se dice Rinaldo:
- Aralda – lo llama por el apellido -. Quería preguntarle si cobró el premio del billete – lo habla de usted, ceremoniosamente.
- No lo cobré – responde Tadeo, ceñudo.
- Me lo imaginaba. Al salir lo espero en el bar de la esquina. Me parece que he encontrado solución para esa tontería.
- No es una tontería – protesta el empecinado, más ceñudo aún -, para mí es un asunto de dignidad.
- Bien, aquí no podemos discutirlo. ¿Lo espero esta noche en el bar?
- Voy a ir sin falta.

Al entrar Rinaldo, ya está allí Tadeo esperándolo. Aquel dice:
- Usted es capaz de perder los doscientos pesos por salirse con la suya...
- La mía que usted llama – interrumpe Tadeo – es simplemente lo que yo llamo justicia.

Rinaldo sonríe, entre desdeñoso y escéptico.
- Seamos un poco prácticos – esquiva Rinaldo la discusión -. A mí me parece una locura dejar perder esos pesos, más en nuestro caso, cuando no nos sobran. Se me ha ocurrido algo.
- ¡Diga! – lo azuza Tadeo, impaciente.
- Hemos sido compañeros de trabajo, de arte y de suerte, ¿por qué no confiamos a la suerte la equis de esta ecuación?
- A ver.
- Así como la primera noche que nos conocimos confiamos a la suerte la decisión de quién guardaría el décimo, ¿por qué ahora también no se la confiamos? Una caja de fósforos al aire...
- ¡No! – interrumpe Tadeo, y mueve obstinadamente la cabeza. Rinaldo se impacienta, pero se contiene. Sonriendo, habla:
- Hay muchas cosas que parecen difíciles, sin solución, y resultan fáciles poniendo buena voluntad, cediendo uno algo y otro algo.
- ¡Yo, frente a lo que creo justo, no cedo nunca! Rinaldo, como si el otro no hablara:
- Yo creo que no me corresponde el premio de ese billete, sin embargo, por buena voluntad...
- ¡O por debilidad!

Una pausa. Rinaldo no tiene en cuenta la interrupción:
- Por buena voluntad, cedo. Cedo algo. Pongo en manos de la suerte la solución.
- ¡ Yo no cedo!
- ¿No querés tirar a cara o ceca? – tuteándolo de nuevo, amigablemente, pone una moneda sobre la mesa.

Tadeo dubita un segundo, pero se afirma nuevamente:
- ¡NO!

Se hace un silencio. Rinaldo es quien habla nuevamente, siempre cordial, conteniendo el ímpetu, animal bravío que pugna por saltar, hacerse una erizada bola de epítetos e injurias. Dice:
- ¿Conocés a Álvarez Junco, el escritor?
- Lo he leído.
- Yo lo he leído y lo conozco. ¿Qué te parece si lo nombramos juez, si le llevamos este asunto? ¿Nos sometemos a su decisión, sea la que fuere?
- No... – responde Tadeo; pero duda y al fin se decide
-: ¡Lo acepto! Rinaldo habla por teléfono y viene con la nueva:
- Hablé con él. Nos está esperando.

Alvarez Junco, hombre canoso ya, los recibe afectuosamente:
- ¡Adelante, chicos!
- Lo hemos tomado de Salomón – comienza Rinaldo. Le explica el asunto y la solución que ambos propusieran: Tadeo, algo semejante a un duelo: trompis; Rinaldo, abandonarse al capricho de la suerte...
- La pelea, el duelo – opina el escritor – hubiese sido una solución lamentable, nada que se parezca menos a la justicia que el solucionar conflictos a espada, pistola o trompis. La violencia nunca resuelve los conflictos, los aplaza. En cuanto a la suerte... La suerte es tan estúpida como la violencia, aunque es más educada. La suerte es como esas damas de sociedad que se han criado con institutrices inglesas o francesas y por eso saben inglés y francés para leer novelas policiales. Parecen instruidas. Sólo son educadas, que no es lo mismo. La suerte no posee sabiduría. Es ciega o miope, o pasa apresuradamente, pega y regala sin discernimiento. En el caso de ustedes, lo primero es ir a cobrar el billete. Vayan y vuelvan mañana a esta hora con los doscientos pesos. Entretanto yo, un Salomón que no tiene la vivacidad del Salomón bíblico quizás porque me falta su oficio de juez; pensaré una solución al asunto.

Al otro día, los dos muchachos y Alvarez Junco:
- ¿Cobraron los doscientos?
- Sí, aquí están.
- Excelente. Cien son de Tadeo...
- ¡Yo, yo no! – inicia una protesta el obstinado.
- ¡Chist! – impone Alvarez Junco-. Estás frente a Salomón, juez y déspota: Al que no aceptaba su fallo, ¡la muerte1 Cien pesos son tuyos. Los otros cien pesos, Rinaldo, serán tuyos como lo es el agua de un afluente de un río al cauce de ese río. Es decir, lo serán transitoriamente. El cauce del segundo río desemboca en el mar y su misión es llevar a éste el agua que el primero le aporta. Esos cien pesos que Tadeo te entrega, tu afluente, en seguida me los das a mí. Han pasado por ustedes, nada más que pasado. Ha sido un río que desemboca en el mar, y el mar soy yo. ¿Qué hace el mar con las aguas que de los ríos recibe? A veces hace nubes y las deja caer en forma de beneficiosa lluvia sobre plantaciones y árboles sedientos. Yo, mar, haré nube estos cien pesos que dejás caer en mis manos: los entregaré al comité de ayuda a los Aliados en la guerra contra el nazismo.

Rinaldo:
- ¡Muy bien! Y aplaude, feliz. Tadeo dice:
- Entregue también estos otros al comité. Y alarga sus cien pesos.

Al acompañarlos hasta la puerta, Alvarez Junco los contempla. Van conversando animadamente, otra vez compañeros de trabajo y de arte. En cuanto a la suerte, preferirán, tal vez, no volver a tentarla. La suerte es bella; pero peligrosa, es un hada con malignidad de bruja.