narrativa

PAPELES

Solamente los tontos no se permiten nunca infantilidades.
ANATOLE FRANCE

- Lázaro era distinto a toda la familia.

Cuando la abuela oía decir esto, replicaba, indefectiblemente: - No, mi Lázaro se parecía a uno de nuestra familia. Era idéntico al Abuelo Belarmino. Ustedes no lo conocieron. Era como mi Lázaro. Solamente que mi Lázaro escribía versos para sus novias, y el abuelo Belarmino los cantaba con guitarra. Pero el abuelo Belarmino apenas si sabía leer, y mi Lázaro era muy instruido, hubiese llegado a ser un sabio. Más de treinta años hacía que Lázaro, el nieto de la abuela Justa, había muerto. Ella no lo olvidaba, como no lo olvidaba al abuelo Belarmino. El cantor y el sabio, como ella los llamaba, sobrevivían a todos los familiares en su recuerdo. Para la abuela, los demás seres de la familia, hijos, nueras, yernos y nietos, habían pasado como sombras. A veces olvidaba sus nombres, a veces confundía sus hechos. No olvidaba al abuelo Belarmino, alegre cantor con guitarra que, de pueblo en pueblo, hasta muy anciano, llevaba canto y música a los bailes y velorios. No olvidaba a su nieto Lázaro, “mi Lázaro”, como ella le decía, alegre y estudioso. En sus recordaciones se unían estos dos seres, el que cantaba y el que escribía, los dos arrancados brutalmente de la vida y de su amor. Brutal y misteriosamente. Ambos, aunque con muchos años de diferencia, habían amanecido desangrados, muertos – un balazo por la espalda – el uno en medio de un camino, el otro entre un maizal.

- Valían demasiado para no tener enemigos – explicaba la abuela -. Quizás algún envidioso... ¡Quizás una venganza! ¡Los dos eran tan enamorados, las mujeres gustaban tanto de ellos!
- Sí, abuela, está bien que Lázaro fuese por esto. Tenía diecisiete años cuando murió; pero el abuelo tenía setenta y nueve – argüía alguien, y ella:
- El abuelo pagaría algo hecho veinte o treinta años atrás, quizás. ¡Vaya a saber! Quien es capaz de matar por la espalda, puede también guardar el rencor por veinte o treinta años...

Como recuerdo de su Lázaro, la abuela conservaba un cajón de papeles. Del abuelo Belarmino conservó mucho tiempo la guitarra, pero una noche se la robaron. Los papeles de su Lázaro nadie los codiciaba, y dormían en un rincón del ropero de la abuela; ya algunos bastante amarillentos. De vez en vez, la abuela se calaba los anteojos, sacaba el cajón de los papeles, los extendía sobre la mesa, los doblaba nuevamente y los volvía a guardar, cuidadosa, pulcra. A veces, con dificultad, porque ya se estaba olvidando de leer, recorría con sus cansados ojos, cansados de tejer, cansados de ver desdichas y llorarlas, recorría los papeles de su Lázaro. Mal leía también algunos de aquellos renglones cortos escritos para “la Silvina” o para “la Manola” o para “la “Petra”, muchachas que Lázaro amó y de cuyos amores la abuela fue confidente, la única confidente. Mal leía aquellos renglones cortos, y recordaba. Veía a su Lázaro moreno, fuerte, impetuoso, entrar a su pieza, un rancho medio oculto por las glicinas, y decirle:
- Abuela, ¡viese qué muchacha descubrí ayer en el baile de las romerías españolas del pueblo! Se llama Honoria. Tiene los ojos color de uva moscatel y los labios color de guinda. Yo le digo todo esto y muchas cosas más en este papel, abuela.
- ¿Una carta?
- No, abuela, versos.
- ¿Y quién te enseñó a hacer versos, muchacho?
- ¡Nadie! Eso no se enseña. Se nace sabiendo. Después se leen libros, se estudia. ¿Quiere que se los lea? Supóngase QUE Usted no es mi abuela y yo no soy su nieto. Supóngase que usted es una muchacha y yo soy su enamorado. Escuche... Y la abuela, recordando, casi oía la voz varonil, sonora, de su nieto Lázaro leyéndole los versos que acababa de componer para “La Honoria”, muchacha recién descubierta en el baile de las romerías.

Buscaba aquellos versos, los releía, luego se pasaba un dedo por los ojos, guardaba el papel en el cajón, metía a éste en el ropero y volvía a sus tareas de siempre. Cuando la familia: hijos, nueras, yernos y nietos, decidieron trasladarse del campo a la ciudad, la abuela cargó el cajón de papeles de su Lázaro y con él se vino a Buenos Aires. Allá en el campo quedaban “la Honoria”, “la Petra”, “la Manola”, “la Silvana” y vaya a saber cuántas más, algunas ya casadas y con hijos, las muchachas para quienes su Lázaro llenó de versos los papeles del cajón. Algunas, posiblemente, ya habían olvidado los versos, ya habrían olvidado hasta al vigoroso muchacho moreno de voz sonora que, encendido de amor por ellas, volcó su sentimiento transformado en letras sobre los papeles, ahora amarillos, que guardaba la abuela. Pero la abuela no las olvidaba a ellas. Sin haberlas visto, sólo por la descripción que su Lázaro le hacía, hubiese podido reconocerlas si a alguna, por milagro, se le hubiese dado por aparecérsele en el cuartujo de esta casa de Buenos Aires, tan lejana de los sitios en que Lázaro conoció a aquellas muchachas...

Entretanto la familia continuaba su vida.. Hijos, nueras, yernos y nietos, movían sus afanes, sus dolores, sus anhelos, sus esperanzas, sus alegrías o sus fracasos alrededor de la abuela, cada vez más encorvada, más canosa, más arrugada, más metida en sí, en su silencio, en su mundo de ayer, de antes de ayer.

Una mañana la abuela amaneció sin vida. Otra mañana una de las hijas entra en su cuartujo, abre la ventana, abre el ropero, saca lo que el él se guardaba: ropas de la anciana y el cajón de papeles.
- ¿Qué hacemos con este cajón de papeles? – pregunta.
- ¿Qué son? – dice una nieta.
- No sé. Papeles escritos...
- ¿Para qué guardaría la abuela esos papeles? Meté el cajón en cualquier parte. Aquí estorba. La nieta lo lleva al lavadero que está en la azotea. Pasan las semanas. Una noche sopla un pampero huracanado. Algunos papeles comienzan a salir del cajón y a ensayar vuelos de paloma herida. En otra oportunidad, alguien, arreglando una máquina, se engrasa las manos. Toma algunos papeles del cajón y se las limpia con ellos. Siguen pasando las semanas y los meses. Caen lluvias. Los papeles se mojan. Algún otro saca el cajón del lavadero para que os papeles se sequen. Y allí quedan al aire, a que el sol los queme, a que el agua y el viento hagan de las suyas... Por fin, cualquier otro, necesitando un cajón para guardar algo útil, recuerda que en la azotea hay uno casi vacío. Lo toma. Es precisamente lo que necesitaba. ¿Qué hacer con los papeles que allí quedaban? Los saca y, sin leerlos, los arruga.
-Tome – dice a la cocinera
-, sirven para encender el fuego. ¿Cómo no van a servir para encender el fuego si aún se pueden leer allí los versos que un poeta adolescente y anónimo, adolescente y enamorado, compuso para “la Honoria”, “la Petra”, “la Manola” o “la Silvina”?