narrativa

PALABRA DE HOMBRE

Lo que uno ha vivido en la niñez permanece toda la vida.
PARACELSO

Nos agrupamos en torno al tío viejo, un gran mentiroso según nuestra madre. Lo sería, pero tan entretenido. Yo le había preguntado: ¿Recuerda algo lindo de su juventud? ¿Por qué no nos cuenta algo, tío? ¿Algo de amor? Dijo él. ¡Por supuesto!, alborozamos todos. ¿Se puede narrar algo de la juventud que no sea de amor? El viejo tío comenzó a hablar, sonriente, dichoso de que le diéramos la oportunidad de iluminarse con recuerdos:

Aunque Rosaura lo ignorase, Cecilio y yo éramos rivales en su amor. ¡Cosas de los catorce años! ¡Esos terribles catorce años en los que se quiere ser hombre y se es aún niño! Pero la estatura, los pantalones largos, la voz ya sonora, la pelusilla que comienza a aparecer sobre el labio superior. Rosaura, nuestro amor, tenía quince años, uno más que nosotros. Es decir, ella era una mujer y nosotros chicos. Sin embargo, coqueteaba con nosotros. Se sentía gata y con miradas y sonrisas que eran como uñas, jugaba con los ratoncillos de nuestros enamorados corazones. Nos hacía sufrir. Encendía en nosotros el odio mutuo, porque un día prodigaba a Cecilio sus sonrisas y sus miradas tiernas, y otro día me los regalaba a mí. Y si ants yo me juraba a mí mismo no volver a ella, bastaba que me mirase para que, olvidando mi juramento, a ella volviese rendido. Igual cosa le pasaría al desdichado Cecilio. Desdichado él y desdichado yo. Y como padecíamos una misma desgracia, nos odiábamos.

Una noche, volviendo de la puerta de Rosaura, después que ésta había jugado con él y conmigo hasta enardecernos, no contra ella, la culpable, sino el uno contra el otro, sus víctimas; le hablé claramente a Cecilio, lo interrogué:
- Decime: ¿vos querés a Rosaura? Me midió de arriba abajo, hundió su inquisitiva mirada en mis ojos, y sólo respndió interrogante:
- Y vos, ¿la querés también?
- Sí. Quedamos en silencio.
- ¿Y ahora? – dijo él.
- Ahora – repuse – me parece que uno de los dos debe quedar y el otro irse.
- Bueno, andate vos, yo la quiero mucho.
- Y yo, ¿creés que yo no la quiero mucho?
- ¡Yo la quiero más que a mi madre! Callé. No me atreví a sostener lo mismo. Me pareció una blasfemia terrible. Argüí:
- Yo la quiero diferente de cómo la quiero a mi madre. Yo a mi madre la beso y no siento nada. Y sólo con pensar de que podría besarla a ella, siento como si me pasase una corriente eléctrica.
- ¿Por todo el cuerpo?
- Sí.
- A mí no. Yo siento la corriente eléctrica aquí.
- Yo también allí. Allí más que en otras partes; pero también la siento en la nuca, en la espalda, hasta en la piernas.
- ¿Y vos la has besado alguna vez?
- No.
- Yo, tampoco.
- Yo una vez le robé un pañuelo y por la noche al acostarme, lo beso, lo beso mucho.
- Sí, ya sé. ¿Y?
- ¿También vos?
- ¡También! Quedamos en silencio nuevamente.
- Bueno – lo rompió él
-. ¿Y qué hacemos ahora?
- A mí se me había ocurrido, ya te dije, que uno de nosotros se fuera y el otro quedase.
- Sí, pero, ¿quién queda, quién se va?
- Tiremos a la suerte – propuse.
- No – respondió, ¡peleemos! Y cerró los uños. Lo imité.
- ¡Pegá! – dijo él.
-No, pegá vos primero – respondí.
- Tiremos a la suerte – propuso él, y sacó una caja de fósforos, porque ambos fumábamos. (yo no recuerdo haberme presentado nunca ante Rosaura sin el cigarrillo en la boca.) ¿Cara o ceca? – preguntó Cecilio.
- ¡Cara! – respondí. Revoloteó la caja de fósforos y nos inclinamos a mirar.
- ¡Cara! – pegá vos primero. Dudé un segundo, pero la visión de Rosaura sonriéndose, tal vez besándome al decirle yo que la había ganado en pelea, me dio bríos: cerré el puño y lo descargué sobre el mentón de mi adversario. Cecilio cayó al suelo. Yo fui el primer sorprendido de la eficiencia de mi golpe, ignoraba que pudiese tener tanta fuerza. Di un paso atrás, Cecilio en el suelo, aturdido, no hablaba.
- ¿Y – le pregunté, seguimos peleando? Negó con la cabeza.
- ¿Entonces Rosaura es mía? Asintió.
- Levantate del suelo.
- Estoy abombado. ¡Qué fuerza habías tenido!
- ¿Querés que te ayude?
- Sí. Lo ayudé a levantarse. Lo arrimé contra el muro. Allí, tomado del barrote de un reja, habló:
- No te vayas, escuchame. Te voy a pedir una cosa: no le digas a Rosaura que peleamos y que vos ganaste. ¿No le vas a decir?
- No.
- ¿Me lo prometés?
- ¡Te doy mi palabra de hombre!
- Bueno, ahora andá con ella.
- ¿Te ayudo a ir hasta tu casa?
- No, me voy solo. Y otra cosa más: no nos hablemos, hagamos como si nunca nos hubiésemos conocido.
- Bien. Como quieras. Se alejó, vacilante. Yo volví a Rosaura, dispuesto a gozar solo, sin rivales, sus miradas y sonrisas. Pasó un tiempo. Muy poco. No más de dos o tres días.. Rosaura era otra. Le preocupaba la ausencia de Cecilio. Además, pareciera que se aburría conmigo sola, que ella era feliz teniéndonos a ambos allí, juntos, encendidos de amor y de celos. Algo aún confuso para mí me hacía entrever la perversidad de la linda muchacha. Ella no hacía mas que hablar de Cecilio, preguntar por él. Al fin me cansó. Una noche, en un descuido de ella, la besé. Se puso furiosa. Me insultó. Sabía ella – lo que ahora, después de muchos años sé yo – que yo le acababa de robar una de sus armas de coqueta, que acababa de obtener algo que ella preciaba mucho como instrumento de su poder. No respondí a sus palabras. Me di vuelta dispuesto a abandonarla para siempre. Así lo hice. Y fui a buscar a Cecilio, le anuncié que había roto con Rosaura y le propuse:
- Si querés, volvamos a hablarnos nosotros... No aceptó en seguida. Me dijo:
- Mañana te contesto. Nos vimos al día siguiente:
- Estuve con ella – me informó
-. Sos un hombre. Tenés palabra de hombre. Hablé con ella para sacarle si le habías dicho algo de la pelea que tuvimos. No sabe nada.
- ¿No te había dado mi palabra de hombre?
- Es cierto, hice mal en dudar de vos.
- Podés volver con Rosaura si te parece.
- ¿No la querés más?
- ¡Me aburre! Sola conmigo se aburre ella y me aburre a mí.
- Yo no voy a volver tampoco. Además, puchero recalentado... prefiero ser tu amigo. Me tendió la mano. Se la apreté efusivamente.
- ¡Ay, como apretás! ¡Qué fuerza tenés! Sonreí, satisfecho. En realidad, yo ignoraba que tenía tanta fuerza. Y en aquel momento se me ocurrió emplearla.
- ¿Qué te parece – le pregunté
-, si no le dejamos a Rosaura que afile con nadie?
- No entiendo.
- ¿Si le espantamos a trompadas todos los muchachos que se le acerquen?
- Yo preferiría no acordarme más de ella. Como si se hubiese muerto. Es más de hombre. ¿No te parece?

Asentí. Nos abrazamos.