narrativa

LAS MEDIAS DE CRISTAL

Casi todos los niños están dotados de genio,
pero este genio, a casi todos, se les cae con los dientes
de leche. Casi nunca sobrevive a la crisis de la pubertad...

LOUIS GILLET

Absalón vino a Buenos Aires desde su provincia para rendir examen en la Facultad de Agronomía. Un párrafo de la carta con la cual su padre lo presentaba a su hermano Alberto, tío de Absalón, dice:”Haceme el favor de tenerlo una semana o quince días en tu casa, hasta que termine los exámenes. Estamos tan pobres que no puedo pagar hotel, ni la más modesta pensión”... El hermano respondía: “Con el mayor gusto te lo tendría en mi casa el tiempo que quisieras, pero hay un pero: tengo una hija de 15 años, no fea – y para mis ojos de padre, hermosa – Tu hijo tiene 17 años, es un muchacho nada dormido y por lo poco que he hablado con él, bien hijo tuyo -. ¿Te acordás que te llamábamos el zorro cuando eras chico? Te advierto lo de tu hijo y mi hija, porque, ¿no es poner la yesca y el pedernal juntos? ¿No saltará la chispa? En fin, una semana o dos pasan pronto, pero...”

No necesitó una semana el recién llegado para entrar en el corazón blando de su prima Laureana. Al segundo día ya le dijo:
- ¿Sabés una cosa?
- ¿Qué?
- ¿Adivinás lo que te voy a decir?
- Ya lo sé.
- ¿Entonces?
- Sí.
- Y se besaron. Todo a espaldas del previsor y prudente tío Alberto. Este emplea sus ociosos días de jubilado en hacer que su sobrino conozca la ciudad. Ahora, acompañados de Laureana, van lentamente paseando por la calle Cabildo, mirando vidrieras. El tío, en el medio de los dos jóvenes que, con el pretexto de mirar cuanto las vidrieras exhiben, se arroban uno al otro por el cristal de ellas. Absalón ambula, por primera vez en su vida, por las calles de una urbe. Es un pajuerano; pero sus oscuros ojillos inquietos se apropian de todo rápidamente. Se acaban de parar los tres ante la vidriera de una tienda:
- ¡Oh, medias de nylon, medias de cristal! – exclama la chica
-. Sólo 50 pesos, ¡qué barato!
- ¿Barato un par de medias 50 pesos? – pregunta el padre, y por el tono, es una protesta.
- Dejá que yo me reciba de agrónomo – dice Absalón – te voy a comprar diez pares.
- Tendré que esperar varios años. Interviene el padre:
- Quizás no. Aquí tengo este décimo de lotería, el 30.003. Si saco la grande...
- ¿Y necesita ganar la grande, tío – interviene Absalón – para hacer un regalo de 50 pesos?
- Bien, cualquier premio que saque te compro las medias de cristal. Vamos a ver el extracto, en la otra cuadra está la agencia donde lo compré. Entran a la agencia y consulta el extracto:
- Mala suerte, hija. En otra ocasión te compraré las codiciadas medias de cristal. Arruga el billete y lo tira. Absalón lo recoge. Se planta frente al tío, casi lo desafía:
- Le juego 50 pesos a que yo me hago pagar este billete.
- No tiene nada.
- El 30.003 no tiene nada, pero ví que el 30.004 tiene terminación: 120 pesos. A ese décimo le tocan 12 pesos.
- El 30.004 no es el 30.003. ¡No te hagas el loco!
- ¿Me juega 50 que me hago pagar el billete? El tío lo observa con curiosidad. Lo ve tan serio que por curiosidad, acepta.
- Bueno, hacé la prueba.
- Ustedes miren, oigan y no digan nada. Si me llevan preso, no chisten. Pero ya verán como cobraré los 12 pesos. Entra al negocio. Hay algunos clientes. Detrás de Absalón se arrinconan, a la expectativa, el tío y Laureana.
- Vengo a cobrar este billete – dice Absalón a un empleado, un viejo. Este consulta el extracto y, arrojando desdeñosamente el billete arrugado sobre el mostrador:
- ¡Nada! – sentencia
- ¿Qué desea usted, señora? Absalón protesta:
- ¿Cómo nada? Mi billete tiene terminación: 120 pesos. Me corresponden 12 pesos, ¿o en esta agencia acostumbran hacer esto, acaso?
- ¿Qué? – grita el viejo, iracundo. Se acercan dos empleados y algunos curiosos. Absalón, dirigiéndose a éstos, grita más todavía:
- Yo le dí a este señor el billete 30.004 con terminación y me lo devuelve diciendo que no tiene nada. Mi billete termina en 4, igual que el número de la grande, tiene, pues, 12 pesos.
- Aquí está su billete – grita el viejo
- , su billete no termina en 4... Absalón lo interrumpe:
- ¡Esto es inaudito! – y les habla a los curiosos que, atraídos por la discusión, llenan el local o atisban desde la puerta
-. Este señor parece un prestidigitador: le doy el billete 30.004 para que me pague la terminación, él me lo cambia, y me devuelve el 30.003 que no está premiado...
- ¡Miente! – grita el viejo
- ¡Sos un estafador!
- ¡Miente usted! No sabía que en Buenos Aires se hacían estas cosas Usted se abusa porque soy provinciano. ¡Sepa que yo soy tan argentino como cualquiera, soy salteño! ¡Soy de la tierra de Quemes y sus heroicos gauchos! Sé defender mis derechos, como los gauchos de Salta defendieron la independencia.

El viejo y los otros empleados intentan hablar; pero la voz de Absalón ya no está sola. Varios apoyan a gritos su demanda. Dos jóvenes morenos, evidentemente llegados de provincias, son los más acalorados. Hablan de porteñismo y extranjerismo. Golpean el mostrador. Una mujer ruge:
- ¡Estafadores! Pero no te van a robar, hijo. Le vamos a quemar el negocio si no te pagan.
- Le vamos a romper las vidrieras – amenaza un chico.
- Vamos a buscar piedras – dice otro.

Tres o cuatro salen apresuradamente. Los curiosos se agolpan. Varios muchachotes gritan:
- ¡Que le paguen, que le paguen!
- ¡Voy a buscar la policía! – amenaza la mujer protectora. Uno de los empleados tiene un gesto salvador del prestigio de la agencia: da los doce pesos a Absalón y rompe el billete con rabia. Los curiosos aplauden. Absalón sale rodeado de público que, palmeándolo, como a un triunfador, comenta el hecho. El viejo se ha tenido que sentar, tembloroso y sofocado. Lleva quizás treinta o cuarenta años detrás de ese mismo mostrador y es la primera vez que le ocurre semejante cosa.
- ¡Esto es insólito! – Exclama
- ¡Insólito! Quiere decir algo más, no puede. Balbucea palabras incoherentes. Absalón, ya en la vereda, se dirige al tío, que lo mira con tamaños ojos:
- ¿Y? ¿Me hice pagar o no? El hombre declara:
- Admirable. Absalón sonríe, glorioso, se siente como si fuera un campeón olímpico. El público se ha desgranado ya, pero la mujer protectora se acerca a ellos:
- ¿Es su hijo este muchacho?
- Mi sobrino, señora.
- ¡Lo felicito! ¡Este es un crioyo que sabe defender sus derechos! De Salta debía ser el muchacho, tierra de héroes, como Jujuy. Yo soy de Jujuy. Por eso cuando vi ese hombre que lo quería robar, intervine...Era capaz de sacarle la piel a tirones al viejo carcamán. Da la mano a Absalón, se la aprieta calurosamente, hace ademán de besarlo, pero se contiene, y le dice:
- ¿Salteño gaucho lindo! Se aleja. Ya están solos. El minuto de gloria para Absalón ya ha pasado. Los nuevos transeúntes lo ignoran.
- ¿Qué me dice, tío?
- Ya te dije: ¡Te admiro! Sos un sinvergüenza, pero te admiro. Absalón se dirige a Laureana:
- Y vos, ¿me admirás?
- ¡Mucho, muchísimo! El padre la mira con desconfiados ojos.
- ¿Los 50? – pregunta Absalón, y estira la palma.
- Aquí están – responde el tío, y se los entrega.

Absalón atrapa de una mano a Laureana, fuerza el paso, apenas seguidos por el padre, y la zambulle en la tienda donde ofrecen las medias de cristal a 50 pesos. Al salir la chica está radiante. El le acaba de decir: tu papá me cree un sinvergüenza. No lo soy. Hice esto por vos. ¿Crees que por mí lo hubiera hecho? ¡No! Lo hice para que no tengas que esperar a que yo me reciba o a que tu papá gane la lotería para tener tus medias. – Y deja caer una frase enfática pero efectiva
-: Un hombre que lucha por una mujer no es un sinvergüenza.

- ¡Es un héroe! – termina Laureana. Llegan adonde está el tío, él también un poco alelado.
- ¡Caracoles con el pajuerano este! – Piensa el tío – Este va a ser capaz de conquistarse el mundo. Y lo observa. Trae de la mano a Laureana que sonríe, dichosa. Absalón es vivaz y fuerte, anda con agilidad de fiera – murmura el tío
-. En sus ojos hay brillo de luz, con tal que no sea luz mala... Ya lo tiene junto a él:
- Esto no ha terminado – dice
- ¡Vengan!
- ¿Cómo? ¿Pensás ir a cobrar otro billete?
- ¡Vengan! Lo siguen. Absalón entra al negocio. El viejo aún está sentado, tomando un té, tal vez para apaciguar su sistema nervioso, al verlo entrar se incorpora, temblequeando. Lo cree un loco, quizás. Seguramente piensa que vuelve para asesinarlo.
- ¡Tome los doce pesos! – le grita Absalón, y sale. En la puerta le explica al tío:
- ¿Sigue creyendo que soy un sinvergüenza? El tío no responde, comienza a andar. Detrás de él, Laureana le aprieta fuerte la mano. Absalón sonríe.