narrativa

LA HERIDA DEL HEROE

Si queréis conocer a los hombres, no dejéis de frecuentar a los niños.
JESCE TORRAY

Dice Adriano:
- ¡Te quiero!
- y agrega, apasionadamente
-, ¡te quiero mucho!
- y hunde su mirada en los ojos de ella.
- ¿Sí? – responde Edgarda, como distraída, y mirando hacia el tumulto de la calle
- . Sí, Adriano, sé que sos un buen amigo.
- ¡Pero yo no te quiero como amigo! – grita él con un dejo de exasperada desesperación,, la voz súbitamente enronquecida.
- Si no es como amigo, no entiendo. No somos hermanos, ni primos siquiera. Yo también te quiero como amiga.
- ¿Amigo, amiga? – balbucea Adriano, y queda hosco. Ella sonríe, siempre como distraída, y habla de cualquier cosa, sigue andando.
- ¿Qué te pasa? – pregunta Edgarda, provocativa.
- Nada. ¿Por qué?
- Te quedaste como si te hubieses tragado un hueso. ¡Tenés una cara!
- La cara de siempre, siempre que hablo con vos de estas cosas. Calla Ella lo aguija:
- ¿Qué? El muchacho intenta hablar. No puede. Verdaderamente, quizás tenga un hueso en la garganta.
- ¿Qué? – insiste ella.
- ¡Nada! – responde Adriano. Edgarda hace una mueca y dice:
- ¡Qué tipo más raro sos! ¿Quién te entiende?
- ¿Raro? ¡Sí, raro! – repite él
- . Así serán tal vez todos los que están enamorados. Edgarda, otra vez distraídamente, habla de cualquier cosa, y siguen andando, en silencio. Al llegar a la puerta de su casa, ella va a despedirse:
- Bueno Adriano, ya llegamos a casa, adiós. El le retiene la mano.
- Esperá un poco. Quiero decirte...
- Estoy muy apurada. Ya es tarde. Papá va a llegar a casa y se disgusta si no me encuentra.. ¡Adiós! El no la deja ir. No le suelta la mano.
- Un segundo Edgarda. Te quiero decir... Ella lo interrumpe:
- Me lo decís mañana – e intenta desasirse.
- ¡No, hoy! – grita él, y le aprieta la mano fuertemente.
- ¡Ay, me lastimás!
- ¡No me importa! ¡Te mataría!
- ¿Estás loco?
- ¡Sí, loco, loco! Ella lanza una sonora carcajada.
- El la mira largamente, y le atrapa la otra mano. Edgarda dice al fin:
- Soltame, me hacés mal. Sos muy joven para estar enamorado.
- ¿Muy joven? Tengo quince años. Vos sos algo menor todavía. Porque yo cumplo el primero de marzo y vos el veinte.
- Pero a mí, a mi edad, no me ha dado la locura de enamorarme. Ante esas palabras, él afloja el apretón de manos y ella se desprende.
- ¿Locura? – repite él, reflexivo.
- ¡Hasta mañana! – dice ella, y le da la espalda. Adriano queda mirándola; viendo como desaparece su delgada y briosa figura; queda allí, plantado en la vereda. Ella reaparece:
- ¿Todavía estás allí? Me alegro. Me olvidaba decirte que mañana voy al Tigre, a remar. ¿Querés acompañarme?
- Sí.
- A los ocho de la mañana te espero en el club. Hasta mañana. Y entra. Adriano vuelve a quedar frente al umbral, inmóvil, después comienza a andar, lentamente. Exclama:
- ¡Desgracia la mía! ¡Venir a enamorarme de ésta!... Sigue andando, silencioso. Y vuelve a hablar fuerte, como si hiciera una confidencia a sí mismo, como si el que hablara fuese otro y el que escuchara fuese él, Adriano:
- ¡Si la pudiera largar! Pegarle una cachetada y decirle: “Ahora, ¡chau!... Andá a enamorar a otro más zonzo que yo”. Pero no puedo, no puedo y no puedo. Al otro día, a las siete y media ya está en el club, esperando, decidido a decirle:
- Bueno Edgarda, ¡o me querés como novio o nuestra amistad se acabó! O me querés como se debe querer o no nos vemos más. ¡Qué amigo ni amigo! Se dispone a pasar un estupendo día junto a ella, solos, remando. Ya al final, a la vuelta, le dirá aquello: ¡O me querés como novio, o se acabó!” Pero queda pasmado viendo llegar a Edgarda acompañada de dos muchachos.
- ¡Madrugaste! – le grita jocosamente – .Te presento a mi hermano Eleazar, le llamamos Bobón, por lo gordo, éste es un amigo, Pedro Zaldivar. Saldremos en un bote de cuatro. Traemos de comer, pasaremos el día en una isla...
- Yo no puedo ir – la interrumpe Adriano
-; te venía a decir eso, nada más. ¡Adiós! – saluda a todos y parte apresuradamente. Puede oír que, quizás ante un pregunta de los otros, Edgarda explica:
- Es un buen muchacho, pero... ¿Pero qué? Ya no oye cual pero puso ella. Camina casi corriendo. Va con las alas caídas, desplumadas, como si a tirón tras tirón, le hubiesen arrancado las ilusiones. Los puños se le cierran. ¡Con qué ganas se hubiera trenzado a golpes con el hermano y el otro! Los hubiese zambullido en el agua. Un sollozo pugna por salir. Y vuelve a hablarse para no llorar:
- ¿Desgracia la mía, venir a enamorarme de ésta...! Busca el epíteto. No lo halla. Dos días más tarde está en la esquina de la casa de ella esperando; pero no a Edgarda. Espera al hermano, ese gordo Bobón, simplote al parecer. Se hará su amigo. Cuando sale, lo ataja. Conversa con él, lo invita a tomar algo. Eleazar responde a su sobrenombre, Bobón. Aprovecha la invitación y se atraca de sándwiches y café con leche. Charlan de cualquier cosa, de fútbol. Bobón es lo que supuso Adriano: un simplote. Tiene un año menos que él pero parece mucho menor. Lo invita con cigarrillos. Bobón no fuma.
- A tu edad yo fumaba un paquete diario – le dice, jactancioso. Bobón lo admira. Se le vé en las pupilas redondas, en la atención con que lo escucha.
- ¿No tenés novia? – le pregunta.
- ¿Novia? ¿Para qué? – responde el gordo, con la boca llena.
- A tu edad ya había tenido varias.
- ¿Y ahora? ¿Cuántas tenés?
- Ninguna. ¿Te parece raro? Así es. ¡Ninguna! Es decir, quiero a una, pero ella...
- ¿No te quiere?
- ¡No me quiere! Y contra su voluntad, suspira.
- Si yo fuera mujer te querría. Sos simpático.
- Ella no piensa lo mismo. Vos la conocés.
- ¿Sí?
- Tu hermana.
- ¿Estás enamorado de ella? ¡Bah! – Bobón hace una mueca despectiva
-. ¡No vale la pena!
- ¿Por qué? ¿No te parece linda?
- ¿Linda? No sé. No me fijé nunca si es linda o fea. ¿Querés que le diga algo?
- ¡No! Te lo dije por decírtelo, nada más. Porque necesitaba decírselo a alguien, y como ella no me deja decírselo, te lo dije a vos. Sos el primer hombre que sabe mi secreto – termina enfáticamente. Bobón pone una estúpida cara de regocijo. Es la primera vez que se le dice “hombre” y que se le confía un secreto. Siguen conversando. Se ven otros días. Adriano regala libros a Bobón, lo hace hartar de sándwiches y café con leche, porque el gordo está dispuesto a masticar a cualquier hora del día. Lo invita al cine. Y le habla de Edgarda. Al otro, la conversación no le interesa mucho, pero la soporta. Es el pago de lo que come.
- ¿Le dijiste a tu hermana que yo la quiero?
- No. Es decir, el otro día le hice unas bromas.
- ¿Qué dijo ella?
- Algo dijo, no recuerdo. De buena gana Adriano le hubiese hundido de un golpe ese sándwich que ahora se sumergía en la bocaza. ¡No acordarse! Pero, ¿por qué un imbécil así es hermano de Edgarda? Ella es fina, ágil, vivaz; él es gordo, pesado, lento de mollera. Me parece que estoy tirando mis pesos a la calle – piensa Adriano. Con ella no se ha podido ver en los días siguientes a la cita en el Tigre. Lo esquivaba. Ya sabía lo que él quería decirle y no quería oírlo. Adriano la espiaba a fin de sorprenderla sola. Inútilmente. Siempre la acompañaba alguien en sus salidas. Una tarde, a pesar de ir ella con una amiga, le sale al paso:
- ¿Estás enojada conmigo?
- No. ¿Por qué?
- Por aquello del Tigre, como no me quedé...
- Salí con mi hermano, con Perico Zaldivar que es tan entretenido y otro muchacho del chub. Hasta pronto, Adriano. Estoy apurada.
- ¡Siempre apurada! – se queda rezongando él, y mirándola haasta que se pierde de vista. Tendrá que resignarse a conversar con el hermano, es decir, a hablar él mientras el otro se llena la boca de sándwiches y traga.
- ¿Hasta cuando durará esto? – se dice una noche Adriano – Ya no soporto más. El no sabe que la solución está próxima, que acontecimientos políticos se la van a dar antes de lo que imagina. Se despierta a la mañana siguiente oyendo cañonazos. Es un 4 de junio. Hay revolución. El ejército se ha sublevado contra el presidente. Se viste casi sin lavarse. Corre a casa de Edgarda, hace llamar al hermano. Está excitadísimo.
- Vení, Eleazar, quiero decirte algo muy importante. Sos mi amigo, sos el hombre que sabe mi secreto. Te voy a hacer confidente de otro: ¡me voy a la revolución!
- ¿Qué?
- Sí, voy a pelear con los revolucionarios. ¡Vamos a tirar al gobierno! – anuncia pomposamente.
- pero, ¿por qué?
- ¿Por qué? Porque quiero morir, morir o ser un héroe.
- ¡No, Adriano! – y Eleazar se abraza a él, casi sollozante
-. ¡No mueras! Muy serio, Adriano deja caer las palabras de la despedida:
- Si muero, decile a Edgarda que muero por ella, que muero por su amor. Dame un abrazo, quizás sea la última vez que nos vemos... Eleazar solloza. Está seguro que no verá más a este amigo tan bueno, tan generoso. Solloza como un chico al que le quitan un juguete.
- No vayas a la revolución – suplica
-. Yo le hablaré a Edgarda, le diré que te quiera. Esperá un poco. Salió con mamá, en cuanto vuelva le digo...
- No hay tiempo. Debo ir a pelear enseguida – lo interrumpe Adriano
- ¡Adiós! Lo abraza. Eleazar lo besa repetidamente. Lo moja con sus lágrimas:
- ¡Qué valiente sos, qué valiente! – balbuce. Adriano ya está corriendo camino de su casa. La primera parte del plan, cumplida. Eleazar, emocionado, contará a Edgarda su despedida. Da una vuelta por la plaza de Mayo a fin de enterarse de los acontecimientos, almuerza en casa de unos amigos, toma el té en casa de otros y al anochecer está en su casa. Lo enterar que Eleazar ha venido varias veces a preguntar por él. ¡Magnífico! – se dice. Entonces se venda la frente, se pone unas manchas de tinta roja, y espera. No tarda en aparecer Eleazar, nuevamente. Cuando lo ve, se abraza a él, trémulo.
- ¿Te hirieron?
- Sí.
- ¿Muy grave?
- No. Apenas me rozó una bala. Peleamos firme. ¡Hay de muertos! A mi lado caían los hombres como moscas. ¡Pero tiramos al gobierno!
- ¡Sos un héroe, Adriano! Te venía a buscar de parte de Edgarda. Ella me mandó varias veces a preguntar. Aquí en tu casa, no sabían.
- No le dije nada a nadie. Vos eras el único hombre que sabía. Eleazar lo abraza nuevamente, halagado.
- Vení.
- No puedo. Estoy citado en el cuartel del tres de infantería.
- Vení un momento, nada más. Edgarda te quiere ver. ¡Está más afligida!
- ¿Sí? ¡Bueno! Como no ir. Ella lo está esperando en la puerta de calle. Ya es noche cerrada.
- ¿Venís herido? ¿Mucho? ¿Dónde? – pregunta Edgarda, y lo envuelve en luminosas miradas de admiración.
- Me raspó una bala – responde él, imperturbable
-. ¡Cómo silban las balas! ¡Ay, no me toques! Todavía me duele bastante. Un milímetro mas aquí, y ¡adiós Adriano Benavídez
- Me dijo Bobón que quisiste morir, Adriano.
- Sí, Edgarda.
- ¡Entonces sos un héroe!
- No sé.
- Sí, Adriano, querer morir por amor es ser héroe. Así lo leí en una novela. ¿Tánto me querés?
- Ya lo ves. Edgarda lo contempla unos segundos, transfigurada. Le estira las manos en una actitud de entrega. Y dice:
- Seamos novios, Adriano. El la mira, transfigurado y responde:
- Los novios se besan. Ella le alarga una mejilla.