narrativa

GONG

Nada influye espiritualmente con una fuerza tan poderosa
sobre el ser humano y en particular sobre los niños,
como la vida de los padres que no ha llegado a ser vivida.

JUNG

Saulo Coto deja el club donde acaba de entrenarse para su pelea de la noche siguiente. Disputará la final de aficionados. Ya ganó cinco peleas, dos por nocaut. Si gana esta última, conquistará el campeonato de los pesos livianos. Y con el título, la felicidad para su padre. Lo encuentra en la puerta del club.

- ¿Cómo te sentís, muchacho?
- ¡Bárbaro!
- Te vi entrenar. ¿Bien, muchacho, bien! ¡Muy bien! ¿Y ojo a los autos! No te pase lo que a mí. Lo palmea, satisfecho. Saulo Coto sigue andando. Camina y piensa:
- ¡Pobre viejo! Toda su felicidad se halla en que yo sea lo que él no pudo ser, lo que mis hermanos no quisieron ser. ¡Ganaré el campeonato! – se propone. El padre en su juventud, estuvo a punto de ser campeón. Un accidente de automóvil le quebró la pierna el día antes del match. De aquí su recomendación. Los dos hijos mayores, altos, fuertes, dos promesas de medio pesados, se resistieron a las esperanzas del padre. “El título de campeón que el accidente me robó de las manos, se dijo él, me lo conquistará el chico”. Y éste le salió bueno. Pequeño, ágil, agresivo, sobrio, con una vivacidad y un coraje de un gallo de riña, cumplió las esperanzas, las últimas, que en él había puesto el padre. La noche siguiente debería pelear con Juan María Terra por la final de livianos. A pesar de que su adversario es dos años mayor que él y que ha ganado las cinco peleas de la eliminación por nocaut, Saulo tiene la seguridad de vencer. Confianza en sí mismo, en la agilidad de sus piernas, en su instinto de peleador. A pesar del los triunfos decisivos del otro, no lo convence. Alguna vez lo vio en el ring. Le pareció duro, indeciso. Sin embargo, aquí lo tiene de enemigo para la final.
- ¡Lo romperé todo! – se promete. Mira a ambos lados de la calle, pues recuerda las palabras del padre: ¡Ojo a los autos! Y va a atravesarla, cuando alguien lo chista. Es Luis Forest, antiguo boxeador, ahora manager de Luis María Terra.
- ¿Qué querrá éste? – se dice Saulo. Y va hacia él.
- ¿Cómo te va, querido? – Saluda el otro y sonríe, melosamente
-, ¿Estás bien?
- ¡Como nunca!
-Dispuesto a noquear a mi pupilo?
- ¿Quién dijo que no?
- ¡Así me gusta, pollo!
- ¡Estoy seguro de ganar! – reafirma Saulo.
- ¡Yo también! – Ratificó Forest
-.¡Ganarás, estoy seguro! Saulo lo observa, sorprendido. El otro ríe con una mueca cínica que hace aún más desagradable su achatado rostro.
-
- ¿Qué dice? ¿Y para qué hace pelear a su pupilo si está seguro de que perderá?
- Vení, hablemos de hombre a hombre – contesta Forest, y lo empuja a un bar
-. ¿Wisky?
- No, leche. Delante de un wisky y de un vaso de leche, reanudan el diálogo.
- Te hablaré con franqueza – dice el hombre
-. Yo no sirvo para rodeos, al pan lo llamo pan y al mal boxeador lo llamo mal boxeador. Y esto es mi pupilo. No abras así los ojos, es la verdad, muchacho. Así como lo ves, con sus dieciocho años y ya un hombre, con su montón de peleas ganadas por nocaut, es un patadura, un crudo.
- ¿Y esas peleas? Luis Forest sonríe, mete la mano a un bolsillo, saca la billetera y hace una pausa. Mira en los ojos del muchacho.
- ¿Comprendés ahora? – y se explaya
- . ¿Sabés quién es el doctor Juan María Terra, el padre? ¡Es un platudo! Senador, amigo del presidente, dueño de media ciudad y de varios yerbales, con cuñas en todos los rincones. Tiene el hobby, como decimos los yanquis, el berretín, como dicen los crioyos, de que su hijo sea campeón. ¡Qué querés, capricho de millonario, chifladura de político prepotente! ¿Comprendés? Si te tirás...
- ¡No! – lo interrumpe Saulo, rojo de cólera.
- ¡No atropellés, pollo! Así me contestó al principio Vázquez, el de la pelea anterior, pero le mostré cinco canarios... ¿Sabés lo que son cinco papeles de a cien? ¡Quinientos mangos! ¿Un purrete como vos, de sólo dieciséis abriles con esa biyuya en la billetera?
- ¡No!
- Además, como se trata de la última pelea, en lugar de cinco canarios, serán diez. ¿Has visto alguna vez tun papel de mil? Sonrosado y suave, como piel de muchacha de quince...
- Como la piel de Cora, que tiene quince – dice Saulo, sin saber por qué lo dice.
- ¿Quién es Cora?
- Una pìba que me gusta.
- ¿Sabés el regalo que le podrías hacer con los mil?
- No los gastaría todos en ella. Le daría a mi madre también. ¡Si oyese las quejas de la pobre! Mi padre gana poco. Mis hermanos no la ayudan, yo estudio...
- ¿Y quién te dice que el doctor Terra no le consigue un buen laburo a tu padre o unas decenas de la lotería a tu madre? Con tal de que su hijo salga campeón...un millonario con hobby es una fiera.
- Ahora me explico por qué el hijo gana todas las peleas por nocaut. Yo estuve en la última. Lo vi caer a Vázquez y me pareció imposible. ¡Lo que se puede hacer con dinero! ¡Con razón todos andan detrás de él, alocados! ¿Cómo es el mundo!
- ¡Qué le vas a hacer! – dice Forest, y se encoge de hombros. Comienza a sacar billetes y a contarlos
-:: Cien, doscientos, trescientos... Aquí tenés, son mil. – Se incorpora y, poniéndole una mano sobre el hombro, familiarmente, como consolándolo al ver su cara afligida
-: No vayas a llorar, pollo. Dentro de unos meses hay otra selección para ir a las olimpíadas de Berlín. Mi pupilo no se presentará. Salís campeón y te vas a Europa. Hasta mañana. En el segundo round te dejás golpear la mandíbula ¡y chau!, hombre al suelo. Te hacés el dormido diez segundos. Le aprieta la mano y sale. Saulo queda meditativo. Maquinalmente toma el dinero y lo guarda. Paga y sale él también. Camina sonambúlico, piensa:
- ¿Y mi padre?¡Pobre viejo! ¡Todas sus ilusiones al tacho! Sí, pero ¿y mi madre? ¡Qué bien le vendrían a la pobre unos cientos de pesos! Ayer la oí quejarse de que no tiene un vestido para salir, que no puede ir a ningún lado. Yo le compraría un vestido, la llevaría al cine... ¡Lo contenta que se pondría la pobre! Siempre cocinando, lavando y planchando. Desde chico la veo hacer esta vida. ¿Y el pobre viejo? ¡Qué problema! Este no lo resolvería ni mi profesor de álgebra. Aunque el viejo puede esperar. Le diré: en la próxima selección para las olimpíadas, gano. ¡Y todos contentos! Cree que su difícil problema ya está resuelto, pero no está resuelto. Nuevas dudas lo asaltan. Aquí la ilusión del padre, allá la madre y su vida de sacrificio, sin satisfacciones. Además, aparece él. ¿No es triste venderse así, traicionarse a sí mismo por unos pesos? ¡Malditos pesos! ¡Siempre los pesos en todo! Allí está ese patadura, ese crudo de Juan María Terra, ese hijo de su papá que, por unos pesos, se da el lujo de llegar a campeón. Saulo entra en una confitería y pide:
- ¡Un wisky! Y después otro. Y otro todavía. Se siente un poco mareado. Sobrio como es, no acostumbrado al alcohol, los whiskies lo ponen mal, casi se tambalea. Necesitaría ver a alguien. Hace esfuerzos por encontrar un nombre. ¿Quién? Sin proponérselo, casi automáticamente, se dirige al club. Su manager Tiburcio Valdino lo recibe:
- Y, ¿qué tal, Saulo? ¿Nos traés el campeonato de los livianos para el club?
- ¡Veremos!
- ¿Veremos? ¡Sí, sí,, sí! Es Juan Ferro, campeón sudamericano profesional quien le habla. Saulo hace un esfuerzo y, sonriente, dice:
- ¡Sí!
- ¡Así me gusta, muchacho! – Prosigue el otro
-, ¿sabés por qué yo he legado a campeón? Porque nunca dudé de mí. Siempre me tuve confianza.
-“Más que el fierro y que la lanza suele servir la confianza que el hombre tiene en sí mismo...” Es Antón Juárez Ferro, hermano del boxeador, quien le recita los viriles versos de Hernández. El otro sigue:
- Si por un momento aceptás que el otro pueda ganarte, perdés. ¡Hay que pisar el ring seguro de vender! Juárez Ferro se pone a saltar a la soga y Saulo queda en un rincón, medita. Pero pronto lo rodean jóvenes aficionados que lo miden con admiración. El más joven le pregunta:
- ¿Qué tal, Couto, ya cargaste de dinamita los guantes? El no responde y se aleja. Oye que alguno, comentando su actitud arisca, dice:
- Es un pillado. Se le subieron los humos de campeón. Y otro:
- Lo encuentro raro, está nervioso. Saulo no se toma el trabajo de responder y sale, se aleja del club, ese ambiente lo daña. Se desprecia a sí mismo. Comprende que está traicionando a todos: a su manager, que tanto interés se ha tomado, a sus camaradas del club, a su padre, a él mismo. Y todo ¿por qué? Por unos pesos. Todo porque el otro es hijo de un millonario y yo de un pobre... Pero si no fuera por llevarle unos pesos a mamá, ¡le devolvería la plata a ese cochino! ¡Con qué ganas lo dormiría al primer cachetazo! Fugazmente, se le cruza la idea de traicionar a su adversario: cobrar los pesos y después pelearlo. Lo merecería, sí. Pero desecha enseguida su mal pensamiento, así lo juzga él, lo desecha avergonzado de haberlo tenido. Saulo vaga como si alguien lo persiguiera. Necesita estar solo. Come en una fonda y vuelve a vagar. Llega hasta el puerto.¡Con qué ganas se iría lejos! Vuelve a andar, entra a una confitería:
- ¡Wisky! Piensa en Cora. La ve risueña, alegre, linda, bulliciosa.¿Qué dirá Cora cuando sepa que ha perdido? – se pregunta – Y, dirá lo que mi madre: me consolará. Sí, pero a mi madre no le gusta que yo boxee, en tanto Cora se enorgullece de mí. ¡Qué contenta se pondría si yo llegara campeón y le dijese: “Cora, gané”! No he de necesitar decírselo. Estoy seguro que ella oirá la pelea por radio, ella y toda su familia. Primer round, segundo round... “Terra aplica un croo a la mandíbula, Couto cae... ¡Nocaut!” Saulo quiere alejar de sí la visión de su derrota, apura el vaso y sale rumbo a su casa. Quiere tratar de dormir una siesta. En su casa encuentra amigos. Todo el afán de la familia se halla en torno de él. Lo reciben jubilosos. Allí está el padre, conversador. Asegura el triunfo. Saulo, tirado en la cama, intentando dormir, escucha el runrún de las conversaciones. El optimismo de todos lo enferma, lo hiere. Por fin logra dormirse. Se levanta a comer rodeado de amigos y parientes. Como si él no fuera el protagonista, oye hablar a los otros, en silencio.
- Nunca te he visto así – le dice en una pausa el padre.
- ¿Cómo, papá?
- Tan callado, casi triste.
- Cosas tuyas, papá.
- ¿Dudas del triunfo, acaso? ¡No!
- ¡Qué esperanza! Tal vez un poco cansado.
- ¿Y si te acostaras? Acepta. Y se va a dormir. A intentar dormir, porque sus cavilaciones lo asaltan nuevamente. Toma una revista, la hojea. Apaga la luz, medita. Vuelve a encender la lámpara. Toma un libro de estudio, una historia. No está como para estudiar. Elige una novela policial. Lee y lee sin conseguir que lo atrape en la red de intrigas. Apaga la luz. Cierra los ojos. Piensa en el padre entusiasta, en la madre ansiosa, en Cora alegre, feliz viéndolo regresar dueño del campeonato, o en Cora compungida, amargada al saber su derrota. ¡Y por nocaut! ¡Y en el segundo round! Ve a Juan María Terra y al juez levantándole el brazo. ¡Campeón! Lo ve saludar al público, sonriente. Y en el público ve a su padre, anonadado, sin poder incorporarse de la butaca. ¡Pobre viejo! Saulo da vueltas en la cama. Cierra los ojos fuertemente. Intenta dormir, tirar sus pensamientos al olvido. ¡No puede! En las sombras aparecen rostros y escenas, oye palabras... Oye a su padre, acongojado:
- ¿Pero cómo te ha pasado esto? Y a su madre, amorosa:
- Querido, ¡no boxees más! Y a Cora, decepcionada:
- Paciencia, ¡otra vez, quizás!... A Tiburcio Valdino, su manager, furioso:
- ¿De qué tenés la mandíbula? ¿De cristal? ¿Ese era un golpe para dormirte, acaso? Después se ve a solas con sus padres, se ve confesándoles la verdad. Contándoles que se vendió, que se traicionó a sí mismo.
- También se lo contaré a Cora – se dice – son los únicos que lo sabrán: Papá, mamá y Cora. Los otros creerán que fui vencido. ¡Vencido! ¿Vencido por quién? ¡Por un crudo! ¡Por un infeliz que se enreda en sus patas! Saulo siente que las lágrimas le ruedan por las mejillas. Enciende la luz y mira el reloj. ¡Media noche! Hace horas que está allí, en la cama dando vueltas, pensando, sufriendo, intentando atrapar el sueño, inútilmente. Salta de entre las sábanas. Se viste y sigiloso, para no ser oído, sale. A vagar nuevamente. Entra a un bar:
- ¡Wisky! Y vuelve a meditar. Ya no piensa en su padre dolorido, ni en su madre solícita, ni en sus amigos y camaradas del club, decepcionados; piensa en Cora, sólo en Cora. La ve triste. La ve mirándolo en silencio, clavadas en él sus grandes pupilas azules. ¿Qué piensa Cora? ¿Qué piensa? Saulo no quiere ni imaginárselo. Sacude la cabeza.
- Mozo, ¡otro wisky! Bebe un trago y sale. Vuelta a vagar. De pronto se halla en la puerta de un baile de sociedad: “Los hijos de Riotorto”. Entra. Vuelve a su casa cuando el sol ya rojea el oriente. Está cansado, la cabeza pesada. Ha bebido de más. Se tira sobre la cama y se duerme. ¡Por fin! Pero es un dormir turbulento, acosado de pesadillas... Lo despierta la voz del padre:
- ¡Saulo! Son las doce. Aquí está el masajista. Pero hijo, ¿cómo te acostaste hasta con los zapatos puestos? Saulo salta del lecho. Se deja masajear, almuerza. Después, por no ver a su padre, por no oírlo, sale. No bien asoma a la puerta ve a Cora que está en la suya, enfrente. Lo espera, de seguro, asombrada por no haberlo visto el día anterior. ¡Él, que no pasa un día sin buscarla! Va hacia ella. La chica lo recibe flameando dos entradas:
- Mirá, las entradas para tu pelea. Voy con mi hermano. Es la primera pelea que voy a ver en mi vida. Tenía que ser la tuya, ¡y la pelea en la que ganarás el campeonato! Estaré en la segunda fila. Buscame. Yo también le pegaré al otro, le pegaré con el pensamiento. ¡Vení! – y lo introduce en el zaguán de la casa
- . ¡Tomá, este beso te dará fuerzas! ¡Hasta esta noche. Saulo ya no duda. No puede perder. ¿Cómo perder. ¡No! De súbito, como si un pampero veloz limpiara de nubes su cielo, Saulo ve aclarársele la vida. Está decidido. ¡No perderá! Su manager, su padre, los amigos del club, ¡vaya! ¿Pero defraudar a Cora? ¡No! ¡Peleará! Ya verá quién es Saulo Coto aquel que quiere ganar campeonatos a fuerza de pesos! ¿Pesos? Y pensando en los pesos, queda aterrado. Si no se tira, según lo convenido, antes tiene que devolver los mil pesos. ¿Cómo devolverlos ahora? Recuerda que gastó. Los cuenta. Faltan ciento veinte pesos. ¿Dónde conseguir ciento veinte pesos? Ni por un momento piensa que su padre puede sarlo del apuro. ¿Le dirá a su manager o a los amigos del club? ¡No! Se avergüenza tener que confesarles sus dudas, que aceptó venderse. ¿Y Juárez Ferro?
- ¡Ya está! – dice, y se le aparece el rostro moreno, radiante de simpatía del hermano del boxeador, de Antón Juárez Ferro
-. ¡Es tan generoso, tan gaucho, siempre haciendo favores, pagando a todos en las ruedas de café! Decide verlo, va a su casa. Para su suerte lo encuentra. Compungido, le narra su caso, “su tragedia”, como él la titula, patético.
- ¡Qué tragedia ni tragedia, muchacho! Aquí tenés los ciento veinte gruyos – lo interrumpe Antón Juárez Ferro.
- Gracias. Se los devolveré...
- ¡Epa! ¡Sujetá el pingo, ché! ¿Sos mi amigo o no sos mi amigo?
- ¡La pregunta! ¿Quién no es amigo de usted?
- ¡Bueno! Yo no soy prestamista, y menos de los amigos. ¿Sabés cómo me vas a devolver esa porquería que te he dado? Si encontrás a alguno que necesite, se los das a él. ¡Y siga la ronda! La gente, en esta sociedad capitalista, forma una mafia para arrebatarse los pesos unos a otros. Yo formé la otra mafia, la de regalarse los pesos unos a otros. ¡La mano, che! Y prometeme que lo vas a dejar dormido al canalla ese hijo de papi millonario.
- ¡Se lo prometo, Antón!
- ¡Un abrazo, entonces! ¡Y viva la verdad! Saulo es otro. Radiante, entra en su casa. Besa a la madre, abraza al padre. Bromea con los amigos.
- ¡Pongan un tango!
- ordena
- ¡vamos a bailar! Pero llega el manager, está iracundo:
- Saulo, ¿es verdad lo que me han dicho? ¿Qué te vieron anoche en un baile?
- Aquí está mi padre que me vio en la cama. Este afirma y el manager queda satisfecho. Ya en el camarín, vendadas las manos, dispuesto a la pelea, dice a su segundo principal:
- Tomá este sobre, cuando nos llamen, se lo entregás a Luis Forest.
- ¿El manager de Terra?
- Sí. Sale al ring saludando, satisfecho. Los aplausos se derrumban sobre él.
- ¡Tengo hinchas! – piensa
- ¡Así da gusto pelear! – Y, por un momento, se imagina si, en vez de salir dispuesto a pelear, hubiera salido dispuesto a tirarse. Busca a Cora. Allí está la chica, pálida por la nerviosidad. El le sonríe. Allí está el padre, concentrado, en primera fila. Antón Juárez Ferro con su abierta sonrisa que le hace brillar los dientes sobre el rostro moreno, tostado por el sol. El juez da las instrucciones. Parado en su rincón, mirando a Cora, descubre la faz conturbada de Luis Forest. Su segundo le dio el sobre con los mil pesos. Está enterado que no se vende. Suena la campana. Saulo se ve frente a su rival. Seguramente no está enterado de la devolución, porque Terra se exhibe sereno, como seguro de vender. ¡Ya verás si la vaca no te sale toro! – se dice Saulo. Amaga el otro un upper, lo esquiva y deja caer un potente uno dos sobre su quijada. Terra se dobla y cae. Saulo debe sostenerlo para que no se aplaste contra el piso. Lo abandona suavemente sobre él y se aleja, mirando a Cora. Esta, de pie, ansiosa, aguarda. El juez cuenta: ocho, nueve, diez... ¡Out! Gritería, aplausos atronadores. Saulo se arrodilla para alcanzar la mano que Cora le tiende. Muchos le hablan. Busca a su padre. Allí está, iluminado de gozo, le grita:
- ¡Campeón, campeón! Baja del ring y abraza a Antón Juarez Ferro:
- ¡Gracias a usted, gracias a usted! Y se lo lleva abrazado al camarín. – Se me durmió en los brazos como un bebé – bromea. Aparece Luis Forest, silencioso, amenazante. La faz contraída de cólera; pero Antón Juárez Ferro lo detiene:
- ¿Qué hace aquí? ¡Váyase! – lo expulsa. El otro duda, pero opta por alejarse.
- ¡Campeón, campeón! – es el padre que entra gritando, lo abraza
- . ¡Ya puedo morirme! ¡Ya he visto el campeonato! – lagrimea.
- ¿Y Cora? ¡Dejen entrar a Cora! – pide Saulo.
- ¿Quién es Cora?
- ¡Allí, aquella! Entra Cora. Saulo va hacia ella. Se besan.
- ¡Viva el amor! – himna Antón Juárez Ferro, aplaude, y vuelve a gritar
- viva el amor de la juventud, mueran los pesos de los viejos canallas compra conciencias! Y aplaude. Muchos, aunque no saben qué dice ni por qué lo dice, también aplauden.