narrativa

FLORO JUAN Y JUAN FLORO

No hay página sentimental más bien escrita
que la que se lee a través del primer dolor de un niño.

EDUARDO WILDE

Flora se llamaba la madre y Juan el padre. Por eso, uno de los muchachos, el mayor, se llamó Floro Juan y Juan Floro el menor. No son mellizos, pero lo parecen. Se llevan un año. Ambos, el redivivo retrato de la madre. Poseen su misma belleza rubia, rubia y lánguida. Su mismo temperamento: una serenidad aparentemente fría, una serenidad que no sofoca, pero sí frena las pasiones, voz que no se eleva en interjecciones exclamativas, que no se abre en movimientos desbordantes. En suma, un corazón quizás potente y rico, pero encausado por el cerebro; la meditación que ilumina, rigiendo a la emoción incandescente y humeante.
- Estos son hijos tuyos – bromeaba el padre siempre, y reía, estruendoso.

El, impulsivo, generosamente impulsivo, se veía padre de aquellos dos muchachos tan diferentes a él, aunque ambos tan idénticos a la madre que, alguna vez, siempre en broma, ya que jamás pudo pensarlo tan siquiera, dijo:
- ¿Quién es el padre de estos dos troncos? ¿Yo? Mirame: yo soy todo corazón, ¿y estos? Si no les oyera el latido creería que ni sangre tienen. Son iguales a vos, Flora. De mí no tienen nada.

Ella lo observaba bromear, muy seria. ¿Bromearía solamente? ¿No hablaba su intuición? Pero lo veía tan risueño y expansivo que se tranquilizaba.
- Sin embargo, yo te he querido con pasión – respondía la mujer, muy seria, ya que su temperamento, nada propicio a la jovialidad, se inclinaba a lo patético continuamente -. ¿Olvidás lo que hice? ¿Una mujer sin corazón hubiese hecho lo que yo hice?

El la abrazaba. Así fue. Flora a los veinticinco años, abandonó su casa rica y con la oposición de sus padres, abuelos y hermanos mayores, se lanzó a la aventura con aquel hombre sin porvenir. Se lanzó a manotear en el contradictorio oleaje de la vida, inexperto nadador al que de pronto empujan a las olas de un océano embravecido.
- Mis muchachos son como yo – decía ella siempre -. Son serios. Y así es la vida. ¿O acaso la vida es una continua comedia?
- No es una continua comedia, pero tampoco es una tragedia continua – protesta el padre -. Reír es digestivo.

Floro Juan y Juan Floro, por enfermedad del mayor, estudian juntos. Ambos se hallan en primer año de la facultad de medicina. Esto los ha unido más todavía. Singular compañerismo de hermanos, semejantes en lo físico y en lo espiritual, unidos en el amor y en los proyectos para el porvenir. La vida les reservaba también unirlos en un secreto esencial y terrible: la madre se moría. Una tarde, llegando ellos de rendir la primera asignatura y con la noticia de haberla aprobado brillantemente, encuentran la faz grave de la enfermera, ya alarmada:
- La encuentro muy mal. Está peor que esta mañana. Llamé al escritorio de su padre pero había salido. Llamé al médico, acaba de irse...
- ¿Qué dijo? – preguntan ambos, ansiosos.
- Deben estar preparados para todo, eso dijo el médico. Es inevitable.
- ¿Está sin conocimiento ahora?
- Dormita. Cuando despierta, sobresaltada, pregunta por ustedes.
- ¿Y por papá?
- También. Dice siempre: no quiero morirme sin que ellos lo sepan. No quiero llevarme este secreto.
- Bien, déjenos solos con ella, un instante. Entran. Al oírles, al verles, la enferma se reanima. Extiende los brazos. Ellos le comunican que acaban de aprobar la primer asignatura... La enferma en vez de alegrarse, sonríe tristemente y balbuce:
- Yo no los veré médicos, hijos... Escuchen. Necesito decirles algo antes de morir. La fatiga la postra, habla como en un susurro, acezante:
- No te fatigues, mamá – dice Juan Floro. Y Floro Juan:
- No hables... Después nos dirás... Ella hace un gesto de impaciencia::
- ¡Tengo que hablar enseguida! No puedo morir sin decirlo. Y a Juan también. ¿Cómo irme con este secreto? Si tuviese creencias me confesaría a un sacerdote. El me absolvería. No las tengo. Me confesaré a ustedes tres. Ustedes me absolverán... Se ahoga. Hace esfuerzos por hablar, bisbisa:
- Los dos son hijos míos, los dos no son hijos de Juan. Los muchachos se miran, estupefactos y temerosos. ¿Desvaría? Ya la voz se le hace ininteligible:
- Uno de ustedes no es hijo de él... mi falta... mi falta – repite. La voz se le trunca. Después de una pausa angustiosa, reanimándose, vuelve a hablar:
- ¡Esto tiene que oírlo también él: yo quiero confesar a los tres mi culpa. Necesito descargar mi conciencia!
- ¡Vamos a llamar a papá! – decide Juan Floro. Ella ruega:
- ¡Pronto! Me siento morir... Floro Juan y Juan Floro, tomados de la mano, salen.
- Atiéndala usted – dicen a la enfermera-. Vamos a llamar a papá. Y salen. Ya afuera, Floro Juan, el mayor, detiene al hermano:
- ¿Oíste lo que dijo? ¿Y si fuera cierto?
- Aunque no sea cierto – habla Juan Floro – una vez que papá oiga su confesión, el otro, el que ella diga que no es hijo de él... Silenciosos, se miran. Floro Juan habla:
- Papá tan bueno, tan abnegado, oír esto ahora...
- Luchando a brazo partido con la pobreza, por nosotros. ¡Pobre papá!
- Todo para nosotros, siempre.
- Para nosotros y para ella.
- ¡Es horrible!
- ¡Papá no merece esto, no! Vuelven a quedar silenciosos, meditativos.
- A mi me parece... – inicia Floro Juan, y Juan Floro continúa:
- También a mí se me ocurre... Se miran. Se adivinan uno al otro el pensamiento:
- ¿Qué necesidad tiene él de saberlo? – dice al fin Floro Juan.
- ¡Así es! – asiente Juan Floro.
- Hasta, ¿qué necesidad tenemos nosotros de saber quién de nosotros dos es?...
- ¡Así es! – repite Juan Floro.
- Vamos a pedirle que no hable... No sé que decirle, ¡Pero que papá no sepa!
- Eso es, que papá no sepa... Nosotros sabremos seguir como hasta ahora... El... Vuelven a la casa. Al oír sus pasos, la enfermera les sale al encuentro. Está demudada:
- ¡Ya es tarde! Ya... – y ensaya un gesto de resignación. Floro Juan y Juan Floro se abrazan, fuerte, como si entre los dos estuvieran estrangulando, para siempre, el secreto que ahora sólo ellos sabrán.