narrativa

EL REVOLVER

Si pudiéramos ser dos veces jóvenes y dos veces viejos, corregiríamos todos nuestros errores.
EURÍPIDES

Suena el timbre. Segundo Gayarro, joven fuerte, de cara angulosa, decidida y ojos acéricos, da un salto. Corre a abrir la puerta. Es su condiscípulo Dalmacio Villacoy a quien está esperando.

- ¿Qué contás, viejo? ¿Venís con muchas ganas de estudiar? Yo me levanté a las cinco y ya repasé varias bolillas. Los exámenes ya están encima. Hay que apurarse.
- Yo en cambio – dice el otro – no pude dormir en toda la noche y estoy como si me hubiesen molido a palos.
- ¿Sin ganas de estudiar?
- Ni de estudiar... ni de vivir – agrega Dalmacio Villacoy, y su cara pálida, sus ojos tristes, su aspecto delicado y enfermizo concuerdan con sus palabras pesimistas. Dalmacio Villacoy es la antítesis de Segundo Gayarro. Éste, brioso, lo palmea y lo anima:
- ¡No se diga, che! ¿Te le vas a acoquinar a la vida? ¡Pensá que la vida es mujer y vos sos macho!
- Mujer, sí, mujer – repite Dalmacio Villacoy melancólicamente
-, mujer...
- ¿Te pasa algo con alguna mujer?
- Sí.
- Contá. Y si te ha aparecido un rival que te hace sombra y necesitás de mis puños, ¡a tus órdenes!
- Gracias, Segundo – responde triste
-, gracias, pero teniendo a éste... Y muestra un revólver.
- ¿Y eso?
- Un revolver.
- Ya lo veo, sí. ¿pero, para qué?
- Para matarla a ella, a él, a mí... ¡qué sé yo! Lo compré ayer, desesperado. ¡Estoy ciego! ¡Qué canalla, qué infame! Segundo medita un instante, y habla:
- Serenate. Contame tu asunto. A lo mejor no es tan grave.
- ¡Es gravísimo!
- Contá. ¿Querés tomar algo para los nervios antes?
- Bueno.
- Después de haber bebido, Dalmacio Villacoy cuenta:
- Te acordás que hace unos veinte días, un sábado, me viste con una chica rubia?
- ¿Quién se olvida de una mujer como esa? ¡Preciosa!
- Y tan canalla como preciosa: Anteayer, a las 15 y 17 minutos, precisé bien la hora para no olvidármela nunca, aunque viva cien años; anteayer la vi del brazo con otro.
- ¡Perra! – exclama Gayarro, y aprieta lospuños.
- La vi con un muchacho de nuestra edad, alto, rubio como ella, con aspecto de boxeador...
- Dejalo por mi cuenta si es boxeador.
- No, Segundo, para los puñetazos compré éste... Muestra el revólver y lo guarda. Prosigue:
- ¡Te juro! Me hubiese pegado un tiro. ¡Pero morir a los diecisiete años! Además, pensé en mi madre, sin su hijo único... ¿Comprendés? ¿Debo darle un disgusto así por una traidora, por una cualquiera?
- ¡No! – responde Segundo
-. Pero dejame el caso a mí, ya me estoy saliendo de la vaina para enredarme a puñetazos con ese rubio lindo.
- Gracias, pero mis enredos los desenredaré yo. ¿No te parece?
- ¡Yo soy tu amigo! ¿Para qué están los amigos, entonces? ¿Solo para ir al cine, para jugar al billar? Los amigos están para exponer el cuero por el lamigo. ¿No es así?
- Así entiendo yo también la amistad, pero...
- ¿Pero, qué?
- Pero si vos sos hombre, Segundo. ¡Yo también soy hombre!
- Tenés razón – afirma Segundo, después de meditar un momento. Dalmacio continúa:
- Quedan dos caminos: ¡O pedir, o imponerse!
- ¿Pedir a quién?
- A Elsa, a la traidora. ¿O creés que yo pude pensar en pedirle a él?
- Pero... ¿Pedir a ella?...
- ¡Tampoco! – lo interrumpe, enérgico, Dalmacio – Dejame terminar: o pedir o imponerse, decía. ¿Pedir? ¡No! Queda el camino de imponerse. Para imponerse hay tres soluciones... Segundo vuelve a interrumpirlo:
- O matarte vos, o matarlo a él o matarla a ella.
- ¡Acertaste! Por eso compré este revólver.
- ¿Cuántos años tiene tu Elsa?
- Quince.
- Es muy joven para morir. ¿No te parece?
- Muy joven y ya tan tramposa. ¿Qué hará cuando tenga veinticinco? ¡Un tendal de corazones destrozados! – termina, patético, dejando rodar su exclamación en los tres pies de un dodecasílabo.
- ¡Un tendal de corazones destrozados! – repite Segundo, enfáticamente, y prosigue – No queda más solución que matarlo a él, al intruso, al que te ha robado el amor de la traidora.
- Sí, matarlo a él – reflexiona Dalmacio
- ¿Pero él es culpable?
- Es verdad. Él no es culpable. Tenés razón. Por algo los compañeros de clase te llaman “el filósofo”, y veo que, en medio de tu drama, sos capaz de razonar. Él no es culpable. Aquí sólo hay un culpable.
- ¿Ella?
- ¡Ella, sí! ¡Ella debe morir entonces!
- ¿Morir ella?
- ¿Te cuesta eliminarla? ¿Todavía la querés?
- ¡Todavía! – gime Dalmacio, y solloza. Callan. Segundo medita. Al fin habla nuevamente:
- Escuchá. Así como a vos los muchachos te llaman “el filósofo”, a mí me llaman “e guerrillero”. Ya sabés que no le escabullo el cuerpo a las peleas. Más: me gusta mover los puños y y hacer que vayan a ubicarse a una naríz. ¿Por qué no dejás el asunto por mi cuenta? Cada cual en lo suyo, muchacho. Acordate cuando yo tuve aquel amorcito vos me hacías las cartas y los versos, ahora vos tenés este lío, es justo que yo te ayude como vos me ayudaste.
- Es diferente. Una cosa es ensuciar papel y otra es pegar tiros.
- ¿Quién habla de tiros? Yo me arreglo con éstos, nada más – y muestra los puños, fuertemente cerrados.
- El otro parece muy fuerte.
- Mejor, ¡nos pegaremos!
- ¿Y Elsa? ¿Qué va a decir Elsa? ¿Qué soy un cobarde que mando a otro?
- ¡Cómo se te ha metido adentro la tal Elsa! ¿Todavía te importa lo que ella pueda pensar de vos? ¡Esa canalla, esa infame, esa tramposa, esa!... Dalmacio contiene la catapulta de epítetos con un ademán. Le duele oir que su amigo la denigre. Con voz quebrada, sentencia:
- ¡Es el amor! – y recita un verso aprendido en una de sus románticas lecturas: “Siempre hay una mujer junto a una pena”. Saca el revólver y lo mira. Segundo, impetuoso, se lo arrebata de las manos. Y habla:
- Dejémonos de hacer cosas de chicos. ¿A qué dar tanta importancia a una mujer? ¡Seamos hombres! Dejemos esta arma aquí y vayamos a buscar al rubio que te robó el corazón de la víbora...
- ¿Qué víbora?
- Tu Elsa, pues.
- ¿Víbora?
- ¿No te gusta que la llame así?
- Como quieras, pero...
-Bien, la llamaré Elsa, nada más. Te propongo que lo esperemos en la esquina de la casa de ella por la noche, en cuanto lo veas salir lo enfrentás y le pedís explicaciones. Si te las da, mejor. Si no te las da, ¡un cachetazo! Lo madrugás. ¿Es más fuerte que vos? No importa. El primer trompazo se lo das en medio de la nariz, en cuanto se vea con sangre, ¡Chau! Y enseguida yo, que voy a estar cerca, completo lo que vos empezaste. ¡Ni paliza se va a llevar el rubio!
- ¿Pero no habíamos quedado en que él no es culpable?
- ¡Es verdad! – reflexiona Segundo. Y al cabo de un silencio, después de sacudir la cabeza como si se sacara pensamientos incómodos, resuelve:
- ¡No importa! ¡Algo hay que hacer! ¿Te vas a dejar robar la novia así como así? ¡No! ¡A pelear! Lo pone de pie y lo empuja. Dalmacio vuelve a tomar el revólver.
- No, Dalmacio. No compliquemos las cosas. Trompadas son trompadas y tiros son tiros. Si le rompemos un par de costillas no es lo mismo que si lo mandás al otro barrio. Dejá el revólver en el cajón. Lo guarda.

Dalmacio, ya dispuesto a seguirlo, expone aún sus escrúpulos:
- ¿Y vamos a pelear dos contra uno solo?
- ¡No! Empezás vos. Te sacás la rabia dándole el primer ñoqui, después lo sigo yo. Dejame a mí, que en estas cosas me tengo confianza. Ya sabés que soy el campeón welter del colegio. ¡Vamos! ¡Ya verás como al rubio no le quedan más ganas de andar robando novias! Lo empuja. Dalmacio se deja llevar, aunque protestando:
- La culpable es ella, ella es la culpable.
- A ella no le vas a pegar, le pegamos a él, entonces.
- Una injusticia.
- ¡Qué le vas a hacer! Ahora que me has revolucionado los nervios, no vas a dejarme sin hacer algo, cualquier cosa, aunque más no sea me pongo a romper vidrios, algo tengo que hacer...¡Vamos, filósofo!
- Eso no tiene lógica: ¿Pegarle a él por ella?
- ¿Lógica? ¡Si en las cosas del amor nunca hay lógica! Además, si le abollamos la cara al rubio también va a sufrir ella. ¡Vamos! Mirá como me hierven los puños! Se me van solos al escracho del rubio ladrón de novias. ¡Vamos!
- ¡Qué guerrillero! – exclama Dalmacio y, después de echar una mirada al cajón, sale empujado por Segundo.

Ya hace un cuarto de hora que Dalmacio conversa con el rubio, a quien después de un largo acecho han sorprendido saliendo de la casa de Elsa. Segundo, apostado en un zaguán, observa, tenso. La conversación dura demasiado. Segundo no aguanta más. Arde en deseos de ver cómo Dalmacio pega su primer trompada, señal de que él debe intervenir. Se muerde las uñas. Golpea los pies, se restriega las manos. Abre y cierra los puños. Los otros dos siempre conversan y, al parecer, amistosamente.
- ¡Este filósofo! – se dice en voz alta – No todo se arregla en conversación. ¡Tanto gastar palabras, perder tiempo!

Y calla, estupefacto. Los otros se despiden ya, dándose las manos afectuosamente. El rubio, antes de seguir su camino, palmea a Dalmacio. ¿Qué ha ocurrido? Sale de su escondite, al encuentro del otro.
- ¿Por qué no le pegaste?
- ¡Qué papelón! – exclama Dalmacio alegremente.
- ¿Sabés quién es el rubio? ¡El hermano de Elsa!
- ¿E hermano?
- Sí, el hermano ¡qué papelón! Es un hermano que hace meses estaba afuera, en La Rioja...
- Elsa me quiere a mí. Él ya estaba enterado de que yo era el novio. Elsa se lo dijo. ¡Qué papelón! Ya me parecía raro que Elsa fuese...
- ¿Qué?
- Lo que dijimos: canalla, traidora, infame, víbora... ¿Te acordás? ¿Vos la llamaste víbora?
- Sí, me acuerdo, la llamé víbora. ¿Y ahora te vas a enojar conmigo por eso? Segundo se detiene, agresivo. La solución del asunto, defraudándolo, también lo embravece. Pero Dalmacio está demasiado feliz para reparar en su tono. Lo abraza. Se deshace en disculpas.
- ¡No te pongas así, hermano! Yo tuve la culpa. La llamaste víbora porque yo antes le dije traidora...
- Y canalla, y también infame ¡Y ramera!
- ¿Ramera dije? No recuerdo...
- ¡Sí, ramera! – asegura Segundo
- ¡y muchas cosas más!
- ¡Estaba loco! Pensaba en morir y en matar. Y, ¿qué hacemos con el revólver? Segundo Gayarro, ya sereno, contesta:

Empeñalo, y nos vamos a comer a un restaurante. Dalmacio aprueba:
- Sí, también podríamos invitarlo a Albino.
- ¿Quién es Albino?
- ¡El hermano de Elsa!
- ¿El rubio?
- Sí. ¿qué te parece?
- Preferiría... ¡Cómo quieras!