Historia

CALFUCURA. La Conquista de las Pampas

PROEMIO

Las inagotables minas del cerro de Potosí, los riquísimos criaderos de aquellas napas enormes de plata maciza que ha dado Guntujaya, ni los poderosísimos planes de oro del río Tipuani, serán nunca comparables con el inagotable tesoro que pueden producir nuestros dilatados campos
Semanario de Agricultura, Industria y Comercio – 1er. Número – Año 1802. Director: Hipólito Vieytes.

Pago Chico es portón; los indios fueron civilizados a balazos y la población quedó compuesta de soldados y de chinas
ROBERTO J. PAYRO.

Este libro, enfoca, coloreándolo, un rincón de la historia americana. En él está la pampa “inconmensurable, abierta, misteriosa” y viva. No un desierto sin hombres, sin bestias, sin vida vegetal. Sí un océano de tierra pintada de verde fecundo, surcada de ríos y arroyos por los que corre dulce agua, sangre de una posible agricultura, y poblada por una raza de hombres salvajes, nómades, vigorosos, valientes, indómitos, astutos, además de una fauna riquísima y bosques de algarrobos y caldenes. Poseen también las pampas la riqueza de sus salinas. Y después que el hombre blanco pisa las costas de su gran río, el tumulto de sus caballadas bagualas y de sus vacunos chúcaros de cuyos cueros, cerdas y carnes el mundo puede abastecerse, tal será su número prodigioso. Desierto es soledad. En las pampas todo nos habla de su pujante vida.

La segunda parte del libro abarca desde los años 1536 hasta 1810. Desde que los “huincas” de Europa, los extranjeros, intentaron establecerse en las riberas del “mar dulce”, hasta que los hijos de aquellos conquistadores levantan su grito propio y proclaman su libertad. Es un periodo este de tranquilidad relativa. Contempla él, es cierto, la primera felonía del conquistador y su castigo: el primer malón de los aborígenes bravos. Pero el conquistador, desilusionado de la pampa que no produce oro, no intenta penetrar mucho en ella. No se establece mucho más allá del río Salado. Y excepto algunos choques sin importancia, inevitables entre hombres de armas llevar, los conquistadores, ya guerreros, ya evangelizantes, cruzan las pampas, desde Buenos Aires, hasta Salinas Grandes, a 100 leguas – expedición de Pedro Andrés García – o desde Chile hasta el territorio de la provincia de Santa Fe – expedición de Luis de la Cruz -, sin ser molestados por los aborígenes.

Pero las relaciones entre los “huincas” de América, hijos de europeos, y los aborígenes, pronto entran en el campo de la epopeya. Los hombres de 1810 necesitan pampa, mejor aún, necesitan su riqueza esencial, sus ganados. La carne, el cuero, la cerda, el sebo de estos ganados constituye una necesidad que Europa exige. El puerto está abierto a los barcos de Europa, el comercio se activa, pues esos ganados que los “huincas” de América buscan, también son codiciados por los indios que los venden a Chile. La guerra se enardece. A las armas superiores de los hombres de Buenos Aires, Santa Fe, San Luis, Mendoza y Córdoba, los aborígenes oponen la distancia que ellos, ya insuperables jinetes, dominan. La distancia y la sorpresa que les da el exacto conocimiento de las pampas inconmensurables, pero para ellos no misteriosas.

Este período termina en 1835 con la expedición de Juan Manuel de Rosas al Río Negro. Los indios son empujados, pero no vencidos. Rosas pacta con ellos. Los contiene con dádivas, a veces cuantiosas. Donde no alcanza su fuerza, estira su diplomacia. Rosas conoce al gaucho – soldado único para esta guerra de valor, audacia y astucia – y conoce al indio, su enemigo, también astuto, feroz y bravo.

Aquellos le proporcionan baqueanos y rastreadores, cifras indispensables para esta clase de guerra. Logra así pisar la orilla del Río Negro en la Patagonia. No es el “conquistador del desierto” pampeano, pues no coloniza, pero impone a la altiva bravura del indio el poder de los “huincas” de América.

En 1835 aparece en las llanuras argentinas Callvucurá – Piedra Azul - castellanizado Calfucurá. Llega del otro lado de los Andes, tierra de Caupolicán y de Lautaro. Y es un digno descendiente de los héroes cantados por Ercilla y Pedro de Oña. Pero además de corajudo y fuerte, es hábil. Sabe esto: no es solo bizarra caballería lo que debe oponer al “huinca”, amo del fuego. Y emplea, como Rosas, la fuerza y la diplomacia. El tirano de Buenos Aires y el cacique de las pampas – capital Salinas Grandes – se entienden. Son aliados. Lanceros de Calfucurá pelean por Rosas en la batalla de Caseros. Huye el tirano de Buenos Aires pero el cacique de las pampas queda. Pacta con Urquiza, el vencedor. Quedará hasta 1873, año de su muerte. Interviene en la lucha entre la Confederación y Buenos Aires. Caballería pampa está con Urquiza en Cepeda y en Pavón con Mitre. El poderío de Calfucurá se levanta y crece. Llega el momento en que constituye el alma de una Confederación de tribus, y sus malones alcanzan a pocas leguas de la ciudad de Moreno y Rivadavia. Su conocimiento de las pampas vivas y sus innatas condiciones de estratega, además de guerrero sin igual, le hacen alcanzar victorias sobre generales de disciplinados ejércitos. Las lanzas y boleadoras de su caballería se llevan por delante a los cañones – “con más rayas que un cotín” – y otras armas de fuego. Calfucurá desaparece en vísperas del exterminio de su soberanía. Ha gobernado treinta y ocho años este fornido y perspicaz señor de las llanuras, bosques, salinas y montañas.

Desde 1810 a 1873, o sea en el curso de dos períodos, el indígena pampeano, ya no es el que describen los cronistas coloniales Sánchez Labrador o Falkner, ni los poetas criollos, Echeverría en “La Cautiva” o Ascasubi en “Santos Vega”. Ahora es el que describe Mansilla en su “Excursión a los indios ranqueles”. El contacto con los “huincas” lo ha corrompido. Además de alcoholizado, el indio fuma, toma mate, come azúcar y se refocila con la mujer blanca. Son sus “vicios”. Los desea imperiosamente. Los blancos también le regalan enfermedades para el indio más temibles aun: la viruela y la sífilis hacen estragos en las tolderías.

Si bárbaro durante sus “malones”, en tiempo de paz – una paz siempre llena de inquietud, por cierto, de desconfianzas y violaciones mutuas – el indio comercia con el “cristiano”. Halla en la codicia y rapacidad de éste, en ocasiones, un socio para sus rapiñas, en ocasiones, un aliado de sus ataques. El político, el juez, el comandante de fortín, el pulpero particularmente (“pulpero y ladrón, dos parecen y uno son”, reza el aforismo popular), según los pintan Hernández en su “Martín Fierro” o Álvaro Barros en su “Fronteras y territorios federales de las pampas del Sud” – contribuyen a que el mal de los indios sea crónico.

Así se entra en el último período de este drama, el que corre desde 1875 a 1885. El país quiere organizarse y unificarse. Sobre los intereses de los pequeños comerciantes de fronteras, de los políticos, jueces de paz y comandantes antipatriotas que se enriquecen con los malones y con sus hurtos en los negocios de proveeduría; están los grandes intereses del comercio ciudadano y de sus socios, de la industria y la banca London-París, accionistas de ferrocarriles. El país ha entrado, desde la presidencia de Mitre (1862-68) con su guerra al feudalismo del Paraguay, en la órbita de la burguesía liberal-progresista. Su poder central tiende a solidificarse, hacerse dueño de la Aduana de Buenos Aires. Necesita los miles de leguas que las pampas le ofrecen para la ganadería y la agricultura, Quiere, pues, una tierra tranquila, sin indios. ¿Qué hacer con éstos? Lo más fácil: exterminarlos. ¿Alguno pensó hacer otra cosa con estos aborígenes maloneros cuya codicia fustigaba el gobierno de Chile, a quien proporcionaban el ganado de que este carecía? Sí, alguien intentó civilizar, colonizar a los indómitos indios pampas. Salvemos los nombres de Cherino, de Cardiel, de Strobel, fundadores de reducciones en el sur de Buenos Aires con propósitos – fracasados – de evangelizar a los nómades. Salvemos los nombres de evangelizadores como Falkner o Azara. Recordemos con singular cariño al chileno Luis de la Cruz que, viajando de Concepción a Melincué, en 1806, dejó un interesante relato de su viaje, en el que hizo amistad con los indígenas (“Habéis sabido tomarnos el corazón”, le dice el indio Puelmac, al despedirse). Recordemos a Pedro Andrés García y a Francisco Ramos Mejía, amigos y abogados en 1810 y 1820 de los derechos indígenas, siempre víctimas de la prepotencia gubernamental; no olvidemos a Chiclana y los Oyuela; recordemos, por fin, a Silvino Olivieri, fundador en el año 1856, de la colonia agrícola-militar “Nueva Roma”, terminada trágicamente.

De la posibilidad de atraer al indio hacia la civilización nos hablan Mansilla, Barros y otros militares de sensibilidad artística que tuvieron contacto con ellos.

En 1875 los “huincas” ya poseen dos fundamentales elementos de superioridad técnica: el rémington y el telégrafo. No hay carga de caballería que, “yéndose sobre el humo”, expresión que significaba atacar contra la infantería, a ciegas, llegue a su destino. A mil metros queda el tendal de jinetes. Ya no hay distancias. El chasque indio – “el bombero” – y la lanza son superados. No hay pingo que corra más que la corriente eléctrica. Ni lanza o boleadora que alcancen lo que un Remington preciso.

Adolfo Alsina, hombre de progreso, gobernante que comprende la exigencia de la hora – como Mitre, como Sarmiento, como Avellaneda – se decide a lograr las miles de leguas de pampas seguras, sin indios, que el comercio y las capitales y los banqueros y accionistas de London-Paris reclaman. Se emprende la guerra de ofensiva que en 1863, ¡lirismos de poeta!, Mármol, con más visión que los militares y hombres de Estado, proclamaba como la única eficaz contra el indio malonero.

En 1875 comienza Alsina su labor, tenaz y fuerte, de cara a toda crítica. La muerte deja inconcluso su propósito. Surge otro hombre de voluntad y progreso. Es Julio A. Roca. El año 1879 suena el clarín de muerte para el poderío pampa. Roca llega a Río Negro, sus capitanes a Neuquén. Soldados admirables de valor y estoicismo, vencen a la naturaleza hostil y bárbara, y el indio que huye, sólo es un elemento de ella. Los herederos de Calfucurá, impotentes, ven como sus últimos guerreros caen peleando, perseguidos. Las pampas ya no son misteriosas. Ya no hay distancias para el “huinca”. El año 1885, la epopeya comenzada por el conquistador Don Pedro de Mendoza a orillas del Plata, termina al pié de los Andes. Además, durante ella, hubo que pelear con portugueses, contrabandistas y piratas durante la colonia. Después las invasiones inglesas, las guerras de la independencia en medio continente, las guerras contra los caudillos del interior, la guerra contra el Brasil, las guerras civiles y los bloqueos franco-inglés durante la tiranía, la guerra del Paraguay, la revolución de 1874 y la del 80, y Chile, factor de perturbaciones, nidal de indios maloneros. En 1885 la epopeya está finida. Los indios pampas, admirable raza de salvajes, indómitos, inteligentes; no ha sido exterminada. Sólo desaparece su poderío. Los chadiches de Salinas Grandes y los ranculches de Levoucú – capitales de sus dos “naciones” más poderosas – son ya sombras de guerreros. Namuncurá se ha entregado como un peludo sin uñas, Baigorrita ha muerto peleando como un puma herido de los pajonales. Los indios prisioneros son destinados a los cuerpos de línea. Las chinas, sus tiernos hijos: se abrazan al soldado “huinca” ellas, van a cumplir humilde menesteres los infantes. Las poblaciones lejanas, los suburbios de las ciudades, acogen a estos residuos de epopeya. La rubia hija del gringo o del gallego colonos se besa con el tostado hijo de los defensores tenaces de Carhué, de los que hicieron de Choele-Choel el último reducto de su heroísmo. El ímpetu pampa no se extingue. Chinos con ojos verdes o morochas con trenzas color trigo, doctores unos o recogedoras de maíz otras, nos están diciendo que el “mapuche” de la pampa se perpetúa. Aunque ahora va por la misma “rastrillada” y en la misma dirección junto al hijo del “huinca”. De esto, la epopeya del trabajo aguarda héroes no menos valerosos y alertas que los dejados a nuestra memoria por la epopeya de las armas.

Un ulcatufé del desierto – trovador anónimo, improvisador o recitador de seculares canciones y leyendas araucanas – predijo que los hombres nacidos de la cruza de aborígenes con “huincas”, serían peores enemigos que el conquistador blanco y “Gunuchen”, el hacedor del mundo pampeano, por boca de aquel Isaías aborigen, prohibió a las hijas de la tierra amarse con los extranjeros. No obedecieron al dios las hijas de la tierra. E hicieron bien. Los mapuches se unieron a los “huincas”. Hijos de esta cruza llevaron la última guerra a los amos de las pampas. El amor los hizo sobrevivirse.

En rigor, este libro debió llamarse “La conquista de las pampas”. Preferí titularlo “Calfucurá”, nombre del mayor héroe de la defensa indígena. El, como Oberá, Juan Calchaquí, Yamandú, Caupolicán, Lautaro, Tupac-Katarí y Tupac-Amaru, como los rebeldes de Cangallo, como los aborígenes de las “republiquetas” en Bolivia, representó el espíritu de un pueblo que defiende sus derechos frente al conquistador de su tierra. El, como aquellos, estaba condenado por el mandato histórico. Inútil fue su heroísmo. Tuvo que caer. La civilización de los “huincas” necesitaba las llanuras, los bosques y las salinas que el defendía a lanzas y boleadoras, con recio coraje y delicada astucia, sin precedente en las pampas. Hoy, Calfucurá es un nombre vago. Sus hazañas, un espejismo sin realidad. Merecía, empero, este arquetipo del indio pampa, ser sacado de esa nébula. Fue, a la vez, un combatiente y un estadista, fue valeroso e inteligente. No ganó combates solo a punta de lanza. Fue también estratega, un baqueano y un guerrillero. Fue todo en uno, el Napoleón y el Tayllerand de las pampas. Y ya se supone que si esto hubiera ocurrido en Europa, otro hubiera sido la suerte del mundo. Calfucurá, eximio diplomático, no confió como el aventurero corso, demasiado en la fuerza. Esto es lo que le hace ser un indio diferente y superior a sus predecesores, rebeldes, encendidos de pasión exasperada. Calfucurá, consciente de sus fuerzas y de las del enemigo superiormente armado, supo contener sus impulsos bélicos, aprovechar las fluctuaciones de su política, ver los puntos débiles del adversario, y atacar o pactar, exigir o ceder con sutilidad de gobernante. Su pueblo bárbaro, intuyendo la superioridad del cacique, lo aureoló de misterio y creyó en él. Había sí en Calfucurá un misterio, que no le venía de los dioses aborígenes, por supuesto (según la superstición que sus salvajes le adjudicaran), sino de su inteligencia que lo levantaba del nebuloso caos pasional en que sus súbditos se debatían. Otros nombres de caciques, Bagual, Cangapol, Lanquetin, Painé, Yanquetruz, Paguitruz – o Mariano Rosas -, Catriel, Cachul, Coliqueo, Namuncurá, Rauniqueo, Pincén, Epugner, Baigorrita, se han salvado del anónimo. Ninguno puede parangonarse con Calfucurá, no inferior a ninguno en coraje y baquía, superior a todos para saber dilatar los años de paz y engrandecer con estos su poderío.

La guerra contra los indios pasa por varias fases: el ganado abunda y no se le codicia. Los choques entre las dos razas aún no constituyen una guerra. Los autóctonos se oponen a la violencia de los conquistadores, cuando no se retiran, espantados por las armas de fuego.

Ya los innumerables ganados son una presa codiciada. Sus cueros se ven reclamados por los contrabandistas ingleses y portugueses que comercian con los altos empleados del Virrey, cuando no con este mismo; pero también en Chile se precisan sus carnes. Los indios conducen ganado en pié a Chile, los gauchos matan a diestra y siniestra. El ganado merma, no resiste al caos. Los indios insisten en llevarlo a Chile y los hombres de Buenos Aires en defenderlo. Los choques, antes sólo casuales, se transforman en guerra por lo continuos. Más tarde interviene la política. Después de Maipú (1818), los realistas vencidos y refugiados en el sur de Chile, empujan a los indios contra Buenos Aires, foco de la Revolución. A los indígenas se unen bandoleros: los Pincheira, los Salvo, o todos los desertores, ladrones y criminales que, huyendo de leyes y policías – Juan Moreira, el Tigre del Quequén –hallan en la pampa y sus toldos buen refugio. Hay otra complicación: Los “indios amigos”. Estos, que reciben subvenciones del gobierno de Buenos Aires, se ven damnificados por los malones que llegan del oeste. Y pelean contra los hombres de su raza. Pero a veces, por incumplimiento, debido a la rapacidad de los proveedores, los “indios amigos” se ven burlados y se vengan pactando con los maloneros. Se crea, ya en las postrimerías del poderío pampa o sea después del 70, presidencia de Sarmiento, una política de urdimbre compleja y difusa. Ya es preciso ser, además de guerrero, diplomático; a más de puma, zorro. Calfucurá es el eje de tal política.

Este libro de historia con “iluminaciones” de arte, debía ser, como la vida que relata, múltiple y pintoresco, aunque también, para quienes sepan leer entre líneas el pasado, una lección de futuro.

El arte rejuvenece a la historia.