Estudios Preliminares

TEATRO COMPLETO de MAXIMO GORKI

PROLOGO de ALVARO YUNQUE
EL PENSAMIENTO EXALTADOR DE GORKI

Máximo Gorky (Amargo), seudónimo de Alejo Maximóvich Pechkov, nace en Nijni Novgorod (ciudad que hoy lleva su nombre), junto al Volga, el año 1868. Surge de la entraña del pueblo, en un país desgobernado por una casta teocrático-feudal que lo mantenía en la miseria y casi en la barbarie. La Rusia del zarismo no era para occidente un país europeo. Los padres de Gorky mueren tuberculosos, enfermedad que era una plaga entonces, cuando él era muy niño. Su abuelo, artesano, lo recoge para hacerle, como él, zapatero. La infancia del futuro gran escritor - "una infancia trágica", según reza el título de una de sus novelas - fue por él mismo relatada en sus libros de recuerdos, indelebles: "Mi Infancia" y "Ganándome el Pan". Escritores de la burguesía como el historiador literario Alexander Bruckner, a pesar de la simpatía escasa que demuestra por el autor de aquellos libros, se ve forzado a declarar: "Es lo más interesante e instructivo de cuanto ha escrito Gorky. Asombra la agudeza del recuerdo, la precisión y frescura de los cuadros de juventud, las admirables descripciones de selvas y ríos, de toda la pompa de la naturaleza y, en oposición a ello, la humanidad informe, bestial, repugnante"...

Luego relata Gorky su adolescencia en otro libro fundamental de su obra: "Mis Universidades".

Muy joven, abandonado su aprendizaje de zapatero, deja por fin la sufriente y sórdida existencia de los suyos, para echarse a andorrear por pueblos y vagar por estepas, "ganándose el pan" bien penosamente. Y conociendo a los hombres, acariñándose de su ancha Rusia. En un reportaje que se le hiciera, daba él mismo la lista de sus ocupaciones. ¡Duro aprendizaje en el oficio de llegar a ser hombre!: 1878, zapatero; 1879, empleado con un dibujante; 1882, lavador de platos en un buque; 1883, panadero (ver su novela "El patrón"); 1886, corista de una compañía teatral ambulante; 1887, vendedor callejero de patatas; 1888, candidato al suicidio; 1889, escribiente con un abogado; 1891, "turista" sin un rublo y a pie al través de la Rusia nevada; 1893, guardagujas en la estación de un poblacho; 1894, aparición de su primer cuento... Tiene, cuando esto ocurre para bien de la ya rica literatura de su patria, veintiséis años de edad. Dos años antes ha encontrado al novelista Korolenko, hecho importante para el neófito vagabundo. Korolenko ha presentido las estrellas que se ocultan en el cielo nubífero de esa alma poética, le sirve de mentor y lo orienta hacia el realismo, definitivamente. Gorky ya había llegado a él por instinto, como que es un hombre que es amamantado por el dolor y el trabajo del pueblo. Ese vigoroso realismo es original aun en el idioma en que ya han escrito un Gogol, un Goncharov, poetas como Pushkin y Nekrasov, un Turguenev, un Tolstoi, un Dostoievsky, un Chejov, un Korolenko... El recién llegado a la gloriosa pléyade lo expresa con singular estilo, pleno de vital poesía. Esto llama la atención y lo hace célebre. Sus ensayos, narraciones y poemas son acogidos en los periódicos y revistas de Moscú y San Petesburgo. Trascienden las fronteras de la dilatada Rusia, son traducidos al francés, al inglés, al alemán, al español, al italiano... El cronista de los humildes, como se le llamó en un principio, sin ver en él al gran artista que era, adquirió renombre. Su literatura es, desde el primero de sus libros, una poderosa palanca. Remueve miserias e injusticias sociales. La censura del zarismo lo obsta. Su policía lo encarcela.

En 1902 la sección de lengua y literatura de la Academia Imperial de Ciencias lo elige miembro. El ministro del interior pega el recorte del "Diario Oficial" donde apareciera su nombramiento, sobre el informe que le da la Okhrana (policía secreta), con la actuación revolucionaria y las detenciones de Gorky. Lo hace llegar a Nicolás II. El zar de Rusia lo lee y escribe, displicente, en su margen: "Más que original". La Academia borra a Gorky de su lista.

En varias oportunidades debe salir de Rusia, pero vuelve, siempre vuelve. Algo muy poderoso lo empuja a ello, a estar cerca de sus mujiks, del pueblo ruso a quien tanto ama y comprende, cuyas inquietudes, lacerías, dolores y rebeldías, tan inspirada y crudamente expone. Se ve envuelto en la insurrección de 1905, aquella provocada, conducida y traicionada por el Pope Gapón, un aventurero que terminará en espía policial, la del "domingo rojo" que señaló, con su sangriento desengaño, la separación del Mujik y el Padrecito Zar. Gorky, ya célebre en el mundo, traducido a todos los idiomas, desdeñando los halagos del capitalismo franco-sajón para atraerle, prosigue la lucha. Sus libros caen, semillas de alarma y de libertad, en el alma del pueblo secularmente adormecido. Sus novelas y ensayos de la madurez continúan siendo, como las primeras páginas de su juventud, un ácido. Destruyen: "En la estepa", "El mujik", "El patrón", "La familia Orlov", "Valenka Olesova", "En la cárcel", "Tomás Gordeiev", "Camaradas", "Tres hombres", "La madre", "Los Artamonov", "Caín y Artemio", "Malva", "El espía"... Y tantos más brotan de este laborioso vagabundo, pese a la paradoja. Tales libros o presentan como el descubridor de otra humanidad - hasta él despreciada, indigna de ser motivo de arte -, y un crítico lo titula "el Cristóbal Colón de los ex hombres". Lo es, pero he aquí algo más trascendente de su presencia: lo es también del mundo obrero y campesino revolucionario. Su literatura es por ello comparable - como apuntamos antes - al ácido que corroe y a la palanca que remueve. Sí, es una palanca y poderosa, irrompible porque su punto de apoyo está en su sinceridad. Muchas de sus obras teatrales: "Los hijos del sol", "Los bajos fondos", Los bárbaros"... ;Como sus artículos sociológicos y su crítica literaria que, no puede ser de otro modo, continúa la obra de los Bielinski, Chernichevski, Dobroliúbov, Písarev, Mijailovski, Tolstoi y Plejanov, son interferidos por la censura. Llega la guerra imperialista de 1914. Gorki la combate como lo hizo diez años atrás cuando la guerra contra el Japón. Mientras los demás literatos conocidos se dejan envolver por la propaganda patriotera y ponen sus talentos al servicio de la literatura armífera, él tiene la actitud de Romain Rolland en Francia.

Revienta, exasperada, la Revolución de 1917, umbral de un nuevo ciclo histórico para el mundo. Gorki está con ella. Después, lo violento y, por fuerza, inmisericorde, de la lucha que él, idealista, sueña con sedar, lo apartan de su amigo Lenin, el vidente. Gorki se aleja de Rusia, ya muy herido por la enfermedad que provocaran sus miserias y privaciones de antaño. El supremo Lenin, pleno de fortitud, tiene para el idealista que se aleja conturbado por tanta horridez, la sonrisa de comprensión que hubo de tener otro supremo de la justa sociológica, Carlos Marx, para las vacilaciones del poeta Heine, su admirado amigo. Lenin lo ve declinar y le habla, maestro ideológico del gran artista. Gorki vuelve a Rusia, ¿cómo no volver? Luego de hondas reflexiones y maduras experiencias. Vuelve iluminado por la verdad. El pueblo soviético le brinda una apoteosis. Es el hijo pródigo de ese pueblo que retorna después de haber dilapidado por tierras lueñes su patrimonio de ideas. Muertos Tolstoi, Chejov y Korolenko, el autor de "La madre", ¿No es acaso el más grande escritor de su tierra? ¿No es, acaso, uno de los grandes escritores del mundo, de este convulsionado y promisor mundo moderno?

El año 1928, al cumplir sesenta años, su celebridad culmina. Gorki es conceptuado un héroe, un precursor de la revolución triunfante. Y en Rusia, junto al pueblo que ama, prosigue su labor, tesoneramente, como en sus años juveniles, empeñado siempre en embuenar a la vida hermosa que él, anciano enfermo, sigue, ahora más que nunca, contemplando con ojos visionarios de poeta.

Muere en Moscú, año 1936, no sin sospecharse que haya sido traidoramente asesinado por su propio médico, un contrarrevolucionario oculto, servidor del nazi fascismo. (Ver: "La gran conspiración contra Rusia" de los escritores norteamericanos Michaels Sayers y Albert E. Kahn.)

Dos tópicos de su literatura llamaron principalmente la atención sobre Gorki: Su intimidad con los vagabundos - los "ex-hombres" - y su amor a la naturaleza. El filósofo Pedro Kropotkin, que lo estudió amorosamente, atraído por la rebeldía del recién aparecido, fue quién primero habló de esos tópicos y los señaló como conjunción de su originalidad. Los lectores - sostiene Kropotkin - aguardaban la aparición de esos tipos de vagabundos rebeldes como un alivio de la aburrida mediocridad y de la falta de fuertes individualidades en el medio ambiente. La capa social en que Gorki tomó a los héroes de sus primeros cuentos es la de los vagabundos de la Rusia meridional: hombres que han roto con la sociedad circundante, que no aceptan el yugo del trabajo continuo, que sólo trabajan cuando lo desean, como obreros ocasionales, en los puertos del Mar Negro, que duermen en los asilos nocturnos de los alrededores de la ciudad y vagan durante el estío de Odessa a Crimea y de Crimea a las estepas del Cáucaso, donde hallan trabajo, a fin de no morir de hambre, en la cosecha. El eterno lamento de pobreza y desventura, de abandono y desesperación, nota predominante en los primeros novelistas, falta completamente en los cuentos de Gorki. Sus vagabundos no se quejan. "De todos modos esto va bien - dice uno de ellos -. No vale la pena lamentarse ni llorar. No sirve para nada. Vivir y resistir hasta que llegue la ruina. Llegada ésta, ya vencido, esperar a la muerte"...

En lugar de lamentos y llantos por la dura suerte de sus vagabundos, vibra en los cuentos de Gorki una fresca nota de energía y coraje, absolutamente nueva en la literatura rusa. Sus vagabundos van pobres como mendigos, pero esto no los preocupa. Ellos beben, pero no se trata de la sombría embriaguez de los desesperados. Aun el más oprimido, lejos de hacer una virtud de su desesperación al igual de los personajes de Dostoievski, sueña con reformar el mundo, con enriquecerlo; sueña con el instante en que los ex pobres desaparezcan y enriquezcan a su vez a los antiguos cresos con el tesoro del espíritu y la fuerza de la vida...(Ver: "Un error").

El linyera que, altivo, desdeñoso de los halagos de la vida fácil, amador de la libertad, cruzaba las pampas argentinas pidiendo o no pidiendo, arrapiñando lo que a tantos les sobra, o no les sobra, tiene mucho del bordonero gorkiano.

La actitud de Gorki frente a sus zaparrastrosos ex hombres - que para él son bien hombres, más hombres que quienes manchan su pobreza con quejumbres - es la misma desde el principio al fin de su obra, desde que confraterniza con aquellos desclasados o rebeldes hasta que, ya desaparecido el desorden social que los provocaba, los ve afanosamente ahincados en la creación de un magnífico mundo nuevo. Gorki es un realista, pero es también un lírico. Ve el presente, pero levanta sobre él sus ojos y otea el horizonte. Por esta conjunción de su veraz realismo y su poética exaltación, su literatura halla otro campo para su originalidad: El de su amor a la Naturaleza. Personificándose en uno de sus protagonistas, escribe: "Konovalov amaba a la Naturaleza con un amor profundo, inefable, que sólo se traslucía en el relampaguear de sus ojos. Cada vez que iba a los campos o se detenía en la ribera de un Río, sentíase invadido por un sentimiento de paz y de amor que lo hacía más parecido a un niño. A veces, mirando el cielo, exclamaba: "¡Ah, bien!", y en esta exclamación había más sentido y sentimiento que en las expresiones retóricas de muchos poetas, porque, al igual de muchas otras cosas, la poesía pierde su santa simplicidad y su espontaneidad, si en profesión se la convierte".

Gorki ama a la Naturaleza en medio de la cual, en bosques, frente al océano o la llanura, en la cima de un cerro avizorando el dombo estrellado, pasó horas de ensueño y olvido. Por su amor a la Naturaleza ama también a los hombres, y esto lo salva de caer en el pesimismo y la pena, y hasta lo salva de caer en la duda que ennegrece hermosas páginas de Dostoievski y de los mismos Chejov y Korolenko, sus arúspices literarios, allá en su juventud encantada de vivir, aún hambrienta y errante.

Pareciera que Gorki desde el inicio de su obra, presintiese ya el porvenir que le iba a tocar ver en su amada Rusia, y por el cual había bregado con titánico esfuerzo contra el intelectualismo fatalista, escéptico, indeciso, flotante, morboso y pesimista que lo rodeaba. ¿Cómo no bregar él, Gorki, un rebelde, un afirmativo, un vertical, un hombre de fe, un sano, un optimista?...

Desde Goncharov - en cuya novela "Oblomov", su personaje se pregunta, de continuo "¿Para qué?" - desde Goncharov y Turguenev hasta Chejov, pasando por el humillado Dostoievski, por supuesto, y aún por la "no-resistencia" de Tolstoi: "¿Qué se halla en la vieja y gran literatura del país de los Zares?" Se halla una multitud de Hamlets, seres sin voluntad, quebradizos o royendo su inopia sin hacer nada con el fin de vencerla y de vencerse. Seres sin albedrío, fatalistas. Frente a la mezquindad de los hombres grises, y que Gorki, y ésta es la idea axial del suscitador de energía; frente al desánimo de los que se lamentan, de los que imploran, el romanticismo batallador de los que, aun sin decirlo, porque no son intelectuales, se alzan rebeldes. Frente a la secular smirienie (humildad) rusa, tan cara a los brucelarios del capitalismo, la voz belísona de los que no se someten, de los que viven al desgaire, si se quiere a lo vagabundo, pero cuyas vidas son una protesta sin pausa contra las costumbres y leyes opresoras de los desheredados.

Por esto Gorki se ve también enfrentado a los Balmont, Briusov, Merejvskovsky, Zinaida Gvipius, Sologub, los intelectuales de la decadencia que han sufrido el morbo corruptor de Occidente, de París sobretodo. Confuta Gorki las novelas y poemas de estos intelectuales que así intentan sumir a la juventud en la hipnosis de los que hacen de la literatura, del arte en general, o un juego o un vicio. Esos inteligentes, para Gorki, están cometiendo un delito de lesa humanidad. La belleza, el arte por el arte, es su embeleso. Los llamados "simbolistas rusos" "padecen la enfermedad del llanto" dice Kropotkin. Son idealistas, pero toda la protesta de su idealismo consiste en lamentarse de que la existencia humana no sea un empíreo de ángeles (más o menos hermafroditas), nada hacen para que el Báratro de los hombres abrutados a fuerza de yugar en un trabajo de ilotas, mejore lo más mínimo. Su arte tampoco contribuirá a ello. Es un arte espúmeo, flexuoso, erudito, refinado, lejos y al margen de las masas productoras. Por eso no hace Gorki lo que hicieron Turguenev o Dostoievski o Korolenko o Chejov; buscar sus protagonistas entre los hombres cultos o ricos. Él hunde la mano en la tierra popular y de ella extrae rebeldes, extrae seres que hacen algo o que, con su propia existencia, señalen una condenación del mal que a todos asfixia y anonada. Frente a la voz exquisita, quejumbrosa de los buidos que padecen de mansedumbre, la voz encendida, desafiadora de los descontentos. Frente a los ceñosos, los decidores. No es por misoneísmo que Gorki se opone a los intelectuales simbolistas, según lo acusan quienes suponen que con sólo remover las formas se renueva el arte. El disentimiento de Gorki con los decadentistas rusos es más trascendente. Finca en él en su manera de encarar la vida, en su ansia de restarle agrura, en su amor hacia el hombre mismo; encaramiento, ansia y amor que no son los sentidos, ni aun los expresados por los intelectuales del bando opuesto. Así, a los años de aquella batalla, muertos sus protagonistas, podemos valorar serenamente cuánto quedó de la obra de este original y cuánto de la de sus enemigos, los puramente novedosos, fuera de discusión, eximios artífices de la palabra.

Uno de ellos, el publicista Pedro Struve, autor de una antología decadente titulada "Los jalones" (1901), llega a escribir: "Debemos estar reconocidos a las autoridades, porque ellas nos protegen con las bayonetas contra el furor popular".

Pedro Struve no lo dijo - y no porque se lo olvidara o lo dejara de saber - la protección de las bayonetas a los privilegiados del intelecto se extendía a los industriales cipayos, a los terratenientes holgones, a los miembros de la iglesia Cristiano-ortodoxa, cómplice del despotismo.

En el "Congreso de Escritores Soviéticos" (1934) donde Gorki tiene una intervención magistral, comenta él la canturía de Pedro Struve, voz de la runfla cobarde que calla y mastica: "Estas infames palabras - comenta Gorki - fueron pronunciadas por los intelectuales llamados democráticos en los días que el ministro Stolypine, el hombre de los terratenientes, colgaba, a diario, decenas de obreros y campesinos"... Pero no es contra los canallas tipo Struve, no contra los renegados tipo Tikhomirov, contra quienes Gorki cierra la ofensiva de su arte. Ellos no son un mal ruso. Son un mal de todas partes. El "mal ruso" está en los místicos, en esos personajes sin columna vertebral, moluscos del pensamiento, extraídos de las capas intelectuales de la realidad rusa por el talento de los Turguenev, los Chejov, los Korolenko. Y sobretodo por ese terrible torturador de almas que es Dostoievski.

Es pensando controvertir con el misticismo nefasto, paralizador de Dostoievski, colaborador, sin él proponérselo, es claro, de la coprocracia mal gobernante de su época, que Gorki escribe piezas teatrales como "El viejo". Lo obseden los Raskolnikov ("Crimen y castigo"), los Karamasov ("Los hermanos Karamasov"), personajes tenebrosos de Dostoievski, y escribe también artículos "acerca del Karamasovismo". O pugna su prédica en los que ve una particular androfobia, condena ese regosto en el arrepentimiento, ese saborear la "mea culpa" que caracteriza a los personajes alucinados del genial folletinero eslavófilo.

Su obra "El viejo" es simbólica; a la vez drama y panfleto, obra de arte y de polémica, como la hacen los artistas verdaderamente revolucionarios, y como la hace el pueblo en canciones y leyendas anónimas. "El viejo" es una rama florecida. Gorki la empuña como un látigo.

Para confutar a Dostoievski se vale Gorki en esta obra de un personaje dostoievskiano debido a su imaginación. Parece que su primer proyecto fue una novela titulada "El Jean Valjean de Rusia", a manera del personaje central de "Los miserables" de Hugo. No la llegó a escribir, pero en "El viejo", que en la edición norteamericana se titula intencionadamente "El juez", desarrolla el tema. El viejo es el personaje dostoievskiano, un despreciador de los hombres a los que sólo llama: "canes malditos", "gusanos", "basuras infectas"... Su contraparte es el cordial, activo, laborioso Mastakov, un personaje gorkiano. Este Mastakov estuvo preso aunque era inocente. En la cárcel conoció al viejo. Mastakov logró huir, pero cuando el Viejo cumple su condena, viene a buscarlo, a reprocharle su conducta, a convertirse en su juez inexorable. El Viejo es la expresión de la filosofía dostoievskiana, algo así como una conciencia en forma de hombre que busca redimirse mediante el sufrimiento. Al Viejo no le importa que Mastakov haya sido condenado inocentemente, ni que ahora, después de hacerse rico, sea un filántropo, fundador de una escuela libre. No le importa que, mediante el trabajo, aquél se haya convertido en un hombre útil para os demás hombres. No le importa la benéfica obra social que está realizando. El Viejo sólo ve en Mastakov un irredimido, un hombre que ha "violado la ley", que no ha sabido "cargar con su cruz", que no ha "purgado su destino". Para él, Mastakov es un pecador. Y lo empuja a que confiese públicamente su delito. El viejo goza también pensando que la obra de Mastakov está en sus manos, que él, poseedor de su secreto, con solo hablar, puede destruirlo todo. Es un sádico. Esto, para él, es una demostración de lo frágil que son todas las empresas humanas, de lo pequeña que es toda grandeza terrenal frente a la grandeza celeste de la cual el Viejo se siente un enviado para salvar el alma del irredento, dolor mediante. Mastakov, al fin, desesperado por su perseguidor, se suicida, y el Viejo se siente defraudado. Gorki no presenta el suicidio de Mastakov como un acto heroico, sino como un acto de debilidad.

Mastakov, ruso del pasado también, no reacciona salvando su obra y sacrificando al Viejo, como lo debió hacer. Se elimina, abandona la lucha. Un crítico soviético, disconforme - como nosotros - de este final, hubiera deseado que en vez del débil y vacilante Mastakov, el Viejo se hubiera enfrentado a otro personaje de Gorki, al maquinista Nil, por ejemplo, de su obra "Los pequeños burgueses". Nil, según la acotación de Gorki, "es un hombre seguro de sí mismo, de su fuerza y de su derecho para transformar la vida"... En cambio, en su acotación de Mastakov, lo presenta con "inseguridad en el hablar y cauteloso en sus movimiento". Frente a un hombre como Nil, el ponzoñoso Viejo hubiera sido el sacrificado. Pero es preciso tener en cuenta que Gorki escribió este drama en 1915, envuelto aún por las nieblas de la sociedad zarista, un poco aturdido quizás por las angustias de la guerra. El crítico Bialik lo comenta: "No tiene nada de raro que una pieza de tan tico contenido filosófico como "El viejo" pueda parecer hoy, a muchos años después de escrita, como una obra de actualidad. ¿Acaso no chocan actualmente en el mundo los representantes de dos tendencias antagónicas, la que aspira a renovar el mundo y la que pretende impedir cualquier intento de renovación? ¿Acaso no se enfrentan hoy día en el mundo aquellos en quienes alienta inextinguible el amor a la libertad y el espíritu de lucha y aquellos que dicen a los antiguos combatientes de la Resistencia: "¡Sométete, hombre orgulloso!"? (Palabras de Dostoievski). Poco importa el lugar donde se dejen oír estos "predicadores", ya sea en Washington o en Londres; en todas partes son los mismos viejos chantajistas, que sólo pueden infundir temor a quienes carecen de apoyo en el pueblo".

Y esta fue, precisamente, la gran falla de la creación de Mastakov, la que lo hizo llegar a sacrificio: que su obra era individual. De apoyarse en una creación colectiva, otra hubiese sido la solución entre el choque de su filosofía terrestre y la mística del Viejo.

Gorki dejó inconclusa una novela. "Klim Sanguín", escrita después de la Revolución, en la que vuelve sobre el tema que lo obsesiona: Golpear, infrangiblemente sobre esa ideología reaccionaria de los que se analizan, dudan, se concentran en sí y nada hacen, gozosos de roerse, satisfechos de ganar la buenaventura celestial, por haber vivido torturados e inútiles para los demás hombres. "Klim Sanguin" ocurre antes de 1917. Desfilan por esta novela una serie de personajes de la antigua Rusia. Aparecen plenos de aptitudes, designados para el triunfo y todos caen, al fin, derrotados, más que por los hechos, por sí mismos. Klim Sanguín, su personaje protagónico, según Olga Wolcovsky "el último protagonista de Chejov" por su falta de confianza en sí mismo, por la sensación de su aislamiento del mundo exterior, sensación que lo atormenta, pero que él se ve impotente para quebrar y salvarse. Klim Sanguín es inteligente pero irresoluto. Es un arquetipo del "intelectual ruso" tan caro a los novelistas del viejo régimen. Gorki lo hace morir en un combate callejero, al comienzo de la revolución bolchevique. Su muerte es simbólica. Klim Sanguín, el amartelado de la duda, desaparece al primer empuje purificador de 1917, cede su puesto en la vida a los hombres nuevos, creyentes de sí mismos, hacedores del futuro. "Klim Sanguín - define la historiadora citada - es una suerte de epitafio a los hombres de una época irrevocable. Y en esto reside la mayor importancia, y también el mayor atractivo de esta última obra de Máximo Gorki".

En verdad, Gorki, además de los muchos merecimientos que como escritor posee, ostenta el de ser quien inicia la nueva literatura de su gran país, el que abre la brecha para la irrupción de los hombres nuevos: "Constituye el puente más sólido sobre aquel abismo que separa a las dos Rusias literarias: la del año 1914 y la de 1917. Tanto es así, que aún en escritores como el romántico Nekrasov, el menos místico, el menos apegado a la nauseabunda resignación cristiana, el menos amante del sufrimiento, espíritu casi ateo y positivista, declamatorio y violento a la manera de los románticos - a lo Hugo, a lo Guerra Junqueiro, a lo Stechetti, a lo Almafuerte -; encontramos repetidamente este estribillo: "No recuerdo que haya entonado a mi cabecera dulces canciones ninguna musa amable y acariciadora. Lo que me inspiró desde hora temprana fue la musa de los sollozos, del duelo y del dolor, la musa de los hambrientos y de los mendigos".

Pero los hambrientos de las primeras narraciones de Gorki no sollozan, no están de duelo, no se refocilan en su dolor. Vigorosos, lo viven descaradamente, con ímpetu, a fin de vencerlo. El dolor, para Gorki, no es lo que era para los románticos. ("La douler est un maitre", suspira Musset). El dolor es un enemigo. Y lo ataca. ¿En quién atacarlo sino en Dostoievski, su más peligroso apologista, por ser el más talentoso, el más dotado de sus adeptos entre los escritores? "Dostoievski es nuestro genio maléfico - escribe Gorki - con asombrosa profundidad, Dostoievski ha comprendido, sentido y descripto con fruición dos enfermedades, la crueldad sádica de todo nihilista desilusionado y su antípoda, el masoquismo del ser abatido, atemorizado, capaz de deleitarse con sus propios sufrimientos, de los que alardea no sin cierta alegría perversa, ante los demás y ante sí mismo... Dostoievski, atormentador y hombre de conciencia morbosa, gustaba describir precisamente esta alma oscura, embrollada y repulsiva"... "Como juez del mundo y de los hombres, se le puede equiparar muy bien a un inquisidor medieval"...

Dostoievski, es cierto, y Gorki se lo reconoce; reflejó en su obra algunos de los aspectos terribles de la vida de los "humillados y ofendidos". Pero no expone sus llagas con el fin de curarlas. Y hace ver así que el penetrante analista, en sus conclusiones, contribuye más a la perpetuación de los males de la sociedad y a que la presencia de "humillados y ofendidos" en ella continúe. Dostoievski, por los años 1860 al 80, cuando el estallido de la revolución se dejaba ya sentir en mil síntomas de alocada violencia, de exasperada indignación, pese a su simpatía por los "pobres", se da a la tarea reaccionaria de "embellecer, glorificar, y por lo tanto, justificar, la situación servil del pueblo". Lo ve en el calvario y le aconseja seguir con su cruz al hombro, aceptar sus penas. La sumisión es el eje de su filosofía, que para él no es injusticia porque es el arma del Destino, un mandato de Dios. Gorki protesta, con palabras escritas antes de 1917: "La actual reacción en el sentido del individualismo y del nihilismo se nutre de esa filosofía. En ella se basan los enemigos internos de la democracia: Ha llegado, pues, el momento de actuar contra todos los aspectos del dostoievskismo".

Aunque la cita sea larga, vale la pena reproducirla con las mismas palabras del gran redentor artístico de los "ofendidos y humillados" de su tierra. Su voz vibra como la de un clarín: "No os quejéis de impotencia, no os quejéis de nada. Lo único que os pueden proporcionar vuestras quejas es la conmiseración, la limosna compasiva de los pobres de espíritu. Todos los seres son igualmente desgraciados, pero los más desgraciados de todos son los que se adornan con su desgracia. Son éstos los que más ansían la atención de los demás y quienes menos la merecen. El afán de marchar hacia adelante debe ser el objetivo de la vida..." "El sufrimiento es una vergüenza para el mundo, y hay que odiarlo para acabar con él".

Dostoievski repite" "¡Resígnate, hombre orgulloso!". Para Dostoievski el hombre ha sido creado "a imagen y semejanza de un animal feroz..." Gorki le responde: "El hombre no es así, yo sé que el hombre no es así. Esas ideas sobre el hombre son nocivas desde el punto de vista social..." "¡El hombre! ¡Cuánta maravilla, cuánto orgullo encierra esta palabra, el hombre!..."

Ilia Eremburg, en su reciente viaje a Buenos Aires, nos hablaba a un grupo de amigos y nos decía que el interés por Dostoievski se ha perdido en la URSS. Se edita poco porque no se lo lee. En cambio las ediciones millonarias de Gorki se agotan. La juventud soviética, afanada en su labor de creación, de renovar la vida, de prolongar sus posibilidades, siente una natural repulsa por esos personajes místicos o morbosos, torcedores de los sentidos, que se nutren de sumisiones.

Gorki, como presintiendo lo que iba a ocurrir en el alma de su pueblo, había escrito comprobando que el interés por Dostoievski se intensifica en los lugares donde la reacción ha hecho cundir el pesimismo y el desánimo.

Los estetas de la burguesía, esos que llaman "grosero" a Solá y "brutal" a Gorki, alaban a Dostoievski. Sus asesinos no les parecen "brutales", sus humillados, solazándose por verse a los pies de sus déspotas - instrumentos de Dios, el gran déspota - no les parecen "groseros". La grosería y la brutalidad sometidas es para ellos arte; cuando la rebelión levanta su grito exigiendo salud y altivez, deja de ser arte. La juzgan propaganda social.

Al antiguo protagonista de las novelas rusas, Gorki opuso un hombre nuevo, el hombre que ya anunciaba otro, el que iba a construir la nueva sociedad sobre las ruinas de una revolución y de dos guerras. "Tengo la impresión - escribe - que de las mismas entrañas del pueblo ruso va surgiendo un nuevo tipo de hombre; es un hombre animoso, lleno de ardientes deseos de incorporarse a la cultura, curado de fatalismo y pesimismo, por consiguiente, capaz de actuar".

Con este hombre quería Gorki realizar los nuevos héroes de una nueva literatura.

Y todo esto - he aquí su luminoso profetismo - antes de 1917, cuando aun la monserga de los seguidores de la "Estética" de Merejkovsky (1893) se esparcía por los ambientes universitarios. "Se expresan en un lenguaje rebuscado y poco inteligible - comenta Gorki a los "cultos" -, pero sus inteligentes palabras no encierran más que una especie de algodón o aserrín". Son los tiempos en que Merejkovski, portaestandarte del decadentismo, proclama: "Sea lo que sea, todo es lo mismo y todo produce tedio; para las tres diosas, hiladoras eternas, todo ha sido nada, todo será nada..." Estos son los literatos que el fascismo y la iglesia miman, escépticos, desilusionados, paralizadores de la juventud. "La Iglesia - expone Gorki en el Congreso de 1934 - en su deseo de hacer aceptar al esclavo su triste suerte y de reforzar su poder sobre la razón del mismo, lo consolaba creando héroes llenos de humildad y de paciencia, mártires "en el nombre de Cristo". Creaba ermitaños, echando así hacia el desierto, hacia los bosques, hacia los monasterios, los hombres sin utilidad".

Y en el mismo Congreso hace resaltar cómo los artistas anónimos del folklore, a pesar de que vivían en condiciones penosas por su dura labor de esclavos, sin derechos, ignoran el pesimismo, "como si tuviesen conciencia de su inmortalidad y de la certidumbre de su victoria sobre las fuerzas que les eran hostiles". Si a veces, esos artistas anónimos del folklore - no confundirles con los falsigauchistas de compra y venta que invaden las radios, pues, imitación no es folklore - si a veces dan ellos notas de desesperanza o de duda, "esas notas - afirma Gorki - eran inspiradas por la iglesia cristiana, que durante casi dos mil años ha predicado el pesimismo y el escepticismo que surgía de la ignorancia de la pequeña burguesía parasitaria cuya vida transcurre entre el pueblo trabajador y el capital"...

Al "¡avos!" De la vieja Rusia inerte, palabra que significa "¡quien sabe, quizás!", Gorki opone su exaltador dinamismo de la vida hermosa. Típico es su pequeño poema "El albatros": Ahogada en sangre la insurrección del "domingo rojo", la literatura se llena de tránsfugas y de cruzados de brazos. "La década que se extiende de 1907 a 1917 - sentencia Gorki - merece por completo el nombre del período más vergonzoso y más innoble de la historia de los intelectuales rusos". Estos, al primer tiro de la Revolución de 1917, emigraran para refugiarse en brazos del capitalismo yanqui-europeo, y desde allí, seguros y bien pagados, bombardear a los obradores que, fusil al hombro y herramienta al puño, intentan construir. Se llamaron Merejkovsky, Zinaida Gvipius, Bonin, Andreiv, Anfiteatrov, Kuprin, Jodasevich, Aldanov, Chiricov, Balmont, Remisov, Chestov... Son las gaviotas y los pingüinos del poema de Gorki: "Se anuncia la tormenta. Las gaviotas gimen y se balancean sobre las olas buscando esconder en el fondo del mar su miedo; los tontos pingüinos se escabullen entre las rocas. Tan solo el albatros, orgulloso, vuela libre y soberano sobre el mar cubierto de blanquísimas espumas... "Vuela, soberano y atrevido, entre una fiesta de relámpagos, sobre el mar que, coléricamente, retumba. Y el profeta de la victoria canta: ¡Que ruja la tempestad! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte todavía!"

La estética de Gorki, como la de todo artista verdaderamente renovador, sinónimo de revolucionario, en oposición a la de los eclécticos, los exclusivos cultores de la forma; puede sintetizarse así: El artista es un hombre, como hombre debe poseer un ideal, y este ideal debe ser la sangre de sus obras. En su cuento "El doctor" - publicado en 1898 - desarrolla tal estética. Hace que un desconocido le hable: "Debéis convenir - le confidencia - que el deber de la literatura consiste en ayudar al hombre a conocerse a sí mismo, a despertarle la fe en sí mismo, a desarrollar su anhelo de verdad, a combatir lo que de malo haya en los hombres, a encontrar lo que de bueno posean, a hacer que en sus almas germinen la indignación y el coraje; en una palabra, hacer lo posible para que los hombres se hagan fuertes en el significado esencial de ser fuertes, a fin de que puedan llenar su vida con el espíritu de la belleza"...

Pimpollado de metáforas, y esto caracteriza su estilo de prosador, Gorki sigue haciendo hablar a su "desconocido": ¿"No notáis que vuestros continuos esfuerzos de clasificar la virtud y el vicio se han embrollado entre sí, como dos ovillos de hilo blanco y negro que a fuerza de mezclarse han tomado un color gris?"... "Dudo que Dios os haya enviado sobre la tierra - dice el desconocido a los escépticos y pesimistas hurgadores de conceptos místicos -. Si Dios hubiese querido enviar mensajeros, habría elegido hombres más fuertes y hubiera encendido su corazón con el fuego de un apasionado amor a la vida y a los demás hombres"... "¿Pero qué podéis hacer vosotros para despertar en el ser humano la sed de vida si sólo lloráis, suspiráis y bostezáis, si sólo pintáis lo que veis?"... La estética de Gorki se confunde con su filosofía. Sus narraciones, sus ensayos, sus dramas son una perpetua lección. Todos yerguen palabras bellas a fin de dar alas al alma del hombre". Su estética, que es su filosofía, nos está diciendo continuamente que sólo merece el nombre de artista quien posee una ilusión - un ideal -. Sin ideal - sin ilusión -¿para qué alinear palabras rítmicas? Otra voluptuosidad, simplemente.

Como le pudo poner una ametralladora, la vida le puso a Máximo Gorki una pluma entre las manos. Para él esa pluma es herramienta. Y es arma. Trabaja y lucha con ella. Y más alegre que si fuese una ametralladora. Sus proyectiles van más lejos que cualquier bala, su efecto dura más. Y son más mortíferos, porque no matan los cuerpos: Matan las ideas de sus adversarios.

No quiero terminar este esquicio, rápida incursión en el pensamiento exaltativo de Gorki, sin dejar señalada, al menos, la influencia que, desde comienzos del siglo XX, comenzó a ejercer sobre la literatura hispano-luso-americana. El análisis de tal influencia podría ser motivo de un curioso ensayo. Antes de 1920, en escritores del Río de la Plata, en verdad todavía nada revolucionarios, ya se dejó sentir esa oxigenadora influencia. Nuestros predecesores, como a tientas, pero por Gorki conducidos, fueron a las pampas, las selvas, las serranías casi vírgenes, y a los arrabales ciudadanos para encontrar "ex-hombres" víctimas de la ignorancia y el desnivel social y hacerlos protagonistas, la mayor parte de las veces, como elementos de pintoresquismo literario, en sus narraciones y poemas. Si se rastreara, por ejemplo, en el teatro breve uruguayo-argentino, se hallaría que muchas de sus piezas o sainetes en un acto, estrenados con gran éxito popular, denuncian la evidente influencia de Gorki, sobretodo en la "filosofía" expuesta por sus personajes del "bajo fondo".

En el grupo de escritores llamado de "Boedo", que aparece después de 1920, la presencia de Gorki, aunada a la de otros narradores rusos - en unos Tolstoi y Chejov, Dostoievski y Andreiev en otros -se deja sentir más definidamente. Y es explicable, porque ya estos escritores de "Boedo" son hombres encendidos por el ideal de la humanización del trabajo. En poder de la conciencia de ese destino, saben ellos que no hay herramienta más brillante ni más filosa ni más aguda para trabajar - trabajar es luchar - en la gran obra de la redención de obreros y de "ex-hombres", o sea de nuestros "poligriyos", tan "ofendidos y humillados", como aquellos que el dolor, la pobreza y el knut del cosaco sayón ofendían y humillaban en la Rusia de los Zares.

1955