Estudios Preliminares

ROBERTO PAYRO de RAUL LARRA

INTRODUCCION de ALVARO YUNQUE

En trance de echar un puente que comunique la curiosidad de los lectores y el escritor que era niño aún cuando entraba en la paz el conquistador de "Pago Chico", lo primero que me asalta es considerar la visión que de nuestro gran novelista tuvieron ellos, sus camaradas y contemporáneos, y nosotros, los que alcanzamos su amistad a su vuelta de Europa, ya en sus años últimos. Y tengo la pretensión de creer que fuimos nosotros los que mejor supimos medir su talla y exaltar la ejemplificadora figura de este héroe del arte. Y que Payró ha escrito para nosotros lo prueba este hecho: acaba de ser eliminado de los programas de literatura de los Colegios Nacionales por un ministro obsecuente con la Curia.

¿Por qué el arte no ha de tener sus héroes, como los tiene la guerra, la guerra contra el pasado paralizador: Tchapaief, o como los tiene la política, si es sociológica: Lenin; o la filosofía: Espinosa?... Al gran hombre le ocurre lo que al faro: alumbra lejos, no a su alrededor: a los que vivirán años más tarde, no a sus contemporáneos. No voy a suponer que camaradas de Payró tan inteligentes como Darío, Piquet o Gerchunof; o críticos de tan fina penetración como Giusti - ya varias décadas posterior - no vieran cuánto significaba el haber escrito "Los Divertidos Cuentos del Nieto de Juan Moreira", o haber dado al escenario argentino del 1900, un "Marco Severi", sea como valor de arte, sazonadamente logrado, ya como pionero que abría picadas en la tupida incomprensión, más tupida que maleza del bosque, de un ambiente aldeano. Yo he oído a Juan B. Justo, su camarada en la obra de levantar el socialismo en un país de caudillejos - tarea más ardua que la de sembrar trigo en un abrojal - lo he oído levantar un ditirambo sin reticencias a la obra artística de Payró, a su dignidad de hombre, a su labor de periodista decente.

La generación de escritores que se agrupara en torno a la revista "Nosotros" - de Bianchi y Giusti - no escatimó decir la alta consideración que tal maestro de arte le mereciera. Pero ninguno ha visto en él lo que nosotros, a más de su valor artístico, vemos la proyección social de su obra.

Por eso afirmo que con Payró ocurrirá lo que con Hernández: a éste lo elogiaron sus contemporáneos: Mitre, Avellaneda, Cané, Gorriti, Guido. Pero no lo elogiaron lo suficiente. Había mucho que "rumiar" para comprender totalmente cuánto decían los padecimientos del gaucho bravo. Y ese "rumiar" es obra del tiempo. Ni Lugones ni Rojas supieron captar, aún muchos años después, la veta revolucionaria de aquel poemazo. Sólo descubrieron la estética.

Tal ocurre con Payró, escritor que, como Hernández, escribió para nosotros. Y nosotros somos los que llegamos después, y luchamos por una sociedad sin clases, justa. Nosotros somos los capacitados para ver el fermento de futuro que convulsiona las páginas de este humorista tierno y sonriente, de este hombre que tan hondo supo escalpelar en el corazón de los pícaros y que jamás perdió su fe en la especie humana. Y al decir nosotros, digo, claro está, las generaciones por venir, las que no vieron con sus ojos al noble hombre ni oyeron su palabra siempre amiga. Prueba de ello, que han debido pasar diez años desde su muerte antes que un escritor, su nieto por la edad, intentara narrarnos su vida venerable. Lo que no hicieron ninguno de sus admiradores de ayer, lo hace éste de hoy, Raúl Larra.

¿Por qué no lo hicimos ayer y se hace hoy? Para muchos de sus admiradores de ayer, y aun de antes de ayer, para sus propios camaradas de redacción: Raúl Larra viene a descubrirles a Payró. Este me parece a mí el mayor mérito de su biografía. Y, si del núcleo de escritores saltamos al ancho público, al público argentino, esta biografía le hablará de un ser lejano y extraño. Porque Payró, artista profundamente enraizado al suelo en que naciera, popular y folclórico, no tuvo eco en su tierra. No por culpa de él, sino por el ambiente cultural bajuno de la patria que le tocara en suerte.

Recuerdo que en el año 1925 hubimos de pelear con un editor: Pedro García, Librería "El Ateneo", para que publicase un libro inédito de Payró. Corcoveo el hombre, aceptó al fin, pero cuando se le habló de pagar, aun cuando fuesen cien pesos: ¡Drama acabado! - "Payró se vende poco", respondió el mercader enriquecido con el negocio de los libros.

Las obras de un creador, pese a la superioridad de él sobre su medio, están en parte subordinadas a éste. Un escultor condenado a vivir en un sitio en el que no hubiese mármol, tendría que modelar sus estatuas en barro. Un escritor sin ambiente se convierte en periodista. El periodista es - en ese caso - un escritor sin madurar. Como esos frutos arrancados verdes del árbol y madurados artificialmente, el escritor-periodista, hundido en la paja de las redacciones desde su juventud, termina por tener pedazos verdes y pedazos podridos. Y digo esto para subrayar la insistencia de Larra: Hacernos ver que Payró, periodista, pudo escribir crónicas como las que se encierran en la "Australia Argentina", en "Tierras del INTI" y aquellas únicas crónicas sobre la primera guerra mundial enviadas desde la invadida Bélgica y que casi le costaran la vida.

¡Qué hombre no habría en él para realizar tal hazaña!: ¡Superar su propio oficio! Pero para juzgar a un hombre no se debe hacerlo observándole en su trabajo, que, por lo común, hace contra voluntad y vocación, sino observando cómo emplea su ocio: aquí es él mismo, allá sólo un androide que ejecuta su condena social.

El ocio de Payró se llama "Sobre las Ruinas" y "Marco Severi"; "Cuentos de Pago Chico" y "Charlas de un Optimista"; "El Capitán Vergara" y "Mar Dulce"; "Tierras del Inti" y "Violines y Toneles", "Divertidas Aventuras del Nieto de Juan Moreira" y "La Australia Argentina"; "Chamijo" y "El Falso Inca"; "El Casamiento de Laucha" y "Crónicas".

Es decir: su ocio se llama arte, desinterés, laboriosidad, dignidad, heroísmo. Más aún: le tocó moverse en dos ambientes particularmente inferiores en su época, el del teatro y el del periodismo: el uno refugio de improvisadores, el otro de arribistas: Payró ennobleció, dio categoría al uno y al otro: ¡Cómo si fueran milagrosas sus manos de trabajador! Si la política, esa cosa sucia que fue nuestra política criolla hasta la aparición del socialismo, se tornó heroísmo y dignidad a su purificador contacto.

Leamos esto que nos dice Larra: Zolá trabajó toda su vida en los "Rougon Macquart". Balzac hizo lo mismo para dar cima a su "Comedia Humana". Pero ambos laboraban con anticipos a la vista, palpando las retribuciones de ese esfuerzo denodado. Por eso pudieron desarrollar el plan prefijado.

Pero: ¿Cómo iba a hacerlo Payró si vivía en un medio donde la producción literaria se cotizaba como valor de cambio?

"Aventaba en su alma - nos dice con tan precisa frase su biógrafo que es imprescindible reproducirla - mucho de ese tipo de hidalgo español, de una sola pieza y de una sola actitud cristalizada: la dignidad, el heroísmo; pero su heroísmo era silencioso y amable: no se mostraba.

Era, pues, verdadero heroísmo, tanto que si los asfixiadores del Kaiser - que hoy nos resultan bárbaros de azúcar blanca frente a la barbarie nazi -sí los desvastadores de Bélgica lo hubiesen fusilado, sereno y silencioso se hubiera plantado frente al piquete de soldados. ¡Que bien capaz era de morir con la sencillez que había vivido! No eran para él las actitudes pirotécnicas ni las palabras ampulosas. Sincero "de una pieza", desde su clara sonrisa hasta su reproche cordial.

Otro punto que debo subrayar en esta biografía es la insistencia de Larra por hacernos ver la suma de amor que Payró tuvo hacia la Argentina. Se ha dicho que él dio siempre de ella una visión amarga. Pudo repetir con Balzac: "No es culpa del autor si las cosas hablan por sí mismas y hablan tal alto". Esto prueba que su amor era el de un cabal patriota. No en vano sufrió los desengaños de la cancerosa política, ni en vano pulsó la miserable vida de sus desiertos desde el austro al trópico. Y vivió sirviéndola. ¿Qué le dio ella en cambio? En dos ocasiones - ya viejo - ya un poco cansado, ya enfermo - esperó algo de ella: Un gobernante olvidadizo le escatimó el puesto de Cónsul en su martirizada Bélgica; un jurado inmortal le escamoteó el primer premio de literatura para obsequiárselo a un folletinero de sacristía. Qué hizo Payró? Sonrió: sonrió y continuó trabajando. Pues lo que el hombre vulgar no sabe, él lo sabía. Para el hombre vulgar es imprescindible lo que el hombre superior ya considera innecesario: sin éxito, un artista mediocre no crea más; un gran artista sabe que el éxito es la salsa de la comida, lo que excita, no lo que nutre.

Al decir que Payró, varón que proejara bravamente en el río de la suerte, no tuvo éxito, no digo que fuera un olvidado. Pero no halló en el pueblo de su país y aún del habla española, el eco que debió hallar. Larra apunta los nombres de Balzac, Zola y Galdós. Con ellos está emparentado íntimamente nuestro gran novelista. Le faltó ambiente, tiempo para realizar la obra larga que pudo hacer este trabajador indomable. La falta de ambiente, la necesidad de ganarse la vida con su pluma de periodista honrado - ¡suplicio que desconoció Dante! -, le royeron el tiempo. Pasma y emociona ver las montañas de papel que ennegreció con su limpia letra este forjador de la pluma y que lo circunstancial, monstruo ferozmente insaciable, se ha devorado.

Lector: Tiempo es ya de que conozcas la vida de este hombre superior por cuyos soleados y rectos caminos va a conducirte la pluma entusiasta de Raúl Larra, que inicia con este libro su vida de escritor. Un poco apresuradamente, a borbollones, se vuelca sobre el ávido papel. Poseído de seriedad y equilibrio va a hurgar en el pasado, no por diversión, no por manía de erudito, sino para mostrarnos en él nuestro drama presente y ponerlo como trampolín para nuestro firme futuro. Bebe en la tradición, no en lo simplemente episódico y pintoresco, según nos tienen acostumbrados la mayoría de los folcloristas de América que describen costumbres minuciosamente y ensartan donosos diálogos, pero siempre olvidan el dolor del pueblo. Y resultan así otra especie de explotadores.

Como conviene a un serio espíritu, Raúl Larra no se nos aparece en esta, su primera salida, bizarramente, derribando títeres derechistas, pero el lamentable fin de los Lugones y demás seudoanárquicos de que tan pródiga se mostró nuestra Hispano-América; ya nos enseñó adonde conducen las negadoras frases juveniles, juveniles y pueriles. La actitud seria, ponderada y fuerte de este joven es la de un renovador. Y por esto, lector de este libro en el que vas a conocer la vida de un HOMBRE.

Y de este libro, lector, saldrás convencido de que has estado de pie ante la grandeza, porque sólo es grandeza la que, para sobresalir de los demás, no necesita que los demás se inclinen.

1938