Estudios Preliminares

FRONTERAS Y TERRITORIOS DE LAS PAMPAS DEL SUR de ALVARO BARROS

ESTUDIO PRELIMINAR

Pago Chico es fortín; los indios fueron civilizados a balazos y la población quedó compuesta de soldados y chinas.

Tiene el lector en sus manos y se dispone a leer, para su mejor conocimiento del pasado argentino, el libro de un hombre que, siendo de acción, pues fue guerrero y valiente, también lo fue de pensamiento y de sensibilidad artística, como lo fueron otros militares de nuestro pasado: Mitre, Lamadrid, Mansilla, Prado Olascoaga, Garmendia…

No cultivó el coronel Alvaro Barros esta sensibilidad, pues le tocó vivir en desdichados tiempos de guerras civiles y ásperas luchas de fronteras contra el indio cerrero, el más feral y escurridizo de los indios de América, por su posesión del caballo. Es también el autor de Fronteras y Territorios de las pampas del Sur, un hombre de conciencia. El nos dice cuál fue su propósito al escribir el libro: "El proceder del hombre es una semilla arrojada en tierra fértil que muy rara vez deja de producir, temprano o tarde, el fruto verdadero. Poner el mal a la vista con sus causas y sus consecuencias, es necesario hoy para que deje de progresar, y éste es mi objeto. El odio que fatalmente debo acarrearme, ni lo provoco ni me arredra, porque la conciencia me dice que, en justicia, no lo merezco". Como se ve, su pluma estaba cortada del mismo acero que su sable.

Hijo del coronel del mismo nombre que fue cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo y peleó en el sitio de Montevideo con Alvear y con Lavalle en sus campañas contra la tiranía; Alvaro Barros nace en Buenos Aires, año 1827. Por las persecuciones que sufriera su padre unitario, siendo niño, se traslada a Montevideo. Vuelve de allí hombre ya, con el ejército de Urquiza. Pelea en Caseros como Alférez, interviene en la revolución porteña del 11 de setiembre y la defensa de la ciudad durante el sitio del general Lagos. Lucha contra la invasión del general Jerónimo Costa y en 1856 sale a campaña en los ejércitos de los generales Escalada, Paunero y Conesa. Asiste a los combates de Sol de Mayo y Río Seco. Retirado del servicio, se reincorpora para defender a Buenos Aires, amenazada por el vencedor en Cepeda. Después es nombrado comandante militar en Mercedes, actúa en la batalla de Pavón y en la campaña de Entre Ríos. Ya es teniente coronel cuando sale a las fronteras, y en Pillahuincó toma su primer contacto con los indios. En 1868 alcanza el grado de coronel. Entonces asiste a la campaña del general Conesa contra el caudillo López Jordán, en Entre Ríos. Pelea en la batalla del Sauce, año 1870. Al volver a Buenos Aires es nombrado senador por el partido Autonomista, que es el de sus amigos Alem y Hernández. Siendo presidente del Senado por renuncia del gobernador Mariano Acosta, ocupa su puesto. Estando el él ocurre la revolución mitrista de 1874, comienzos de la presidencia de Nicolás Avellaneda, y Alvaro Barros se apresta para dirigir la defensa de la capital. En 1876 se le nombra diputado y en 1879 gobernador de la Patagonia, que entonces, desconocida, en poder de araucanos, tehuelches y onas, era como ser nombrado gobernador de la luna. Es el primer gobernador de esa vastísima región, "la tierra maldita" según Darwin, que sólo se asomó a sus costas. En 1881 Alvaro Barros termina su gobernación y ejerce algunos cargos administrativos en el ejército hasta su muerte, ocurrida el 13 de enero de 1892. Paralelamente a su fama de militar y de político siempre enzarzado en polémicas, actúa en el periodismo. Es redactor de El Nacional y colabora en otros diarios y periódicos. Además de su principal obra – ésta que el lector tiene ahora en sus manos -, Alvaro Barros escribe La guerra contra los indios, que es una continuación de la primera, año 1875, y una prédica de la guerra ofensiva; su solo nombre está indicando la materia y las preocupaciones del espíritu constructor de este militar cuya diestra esgrimía el sable y la péñola y cuyo verbo, fogoso desde la banca del parlamentario, ductilizándose, sabía hacerse flexible para entrar en convenios amistosos con esos niños grandes, tan acerbos como abestiados, que eran los indios pampas.

No pasó sobre edredones la vida del autor de Fronteras y Territorios Federales de las pampas del Sur.

Pero antes de entrar a discernir sobre las apasionantes páginas de este libro, hasta hoy olvidado, aún por los especialistas del indigenismo, recorramos, con la premura que un prólogo exige, el escenario magnífico y las variadas bestias, los singulares seres humanos y las ciclonales luchas de esa pampa, remota ya para nosotros que hoy vemos pacíficamente sembrada de maíz y trigo redentores, cuanto de ciudades y pueblos donde la tolvanera de los malones indios ha sido reemplazada por los afanes de los héroes del trabajo.

O sea, la realización del canto de Juan Sin Ropa, el misterioso forastero contendor y vencedor de Santos Vega, el que canta por cantar:

Era el grito poderoso
Del progreso dado al viento,
El solemne llamamiento
Al combate más glorioso.
Era, en medio del reposo
De la pampa ayer dormida,
La visión ennoblecida
Del trabajo, antes no honrado,
La promesa del arado
Que abre cauces a la vida…

En el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, primer número, año 1802, dirigido por Hipólito Vieytes, ya encontramos una previsión de las pampas: "Las inagotables minas del cerro Potosí, los riquísimos criaderos de aquellas napas enormes de plata maciza que ha dado Guntajaya, ni los poderosísimos planes de oro del río Tipuaní, serán nunca comparables con el inagotable tesoro que pueden producir nuestros dilatados campos…"

Eso son las pampas, el dilatado territorio que va desde el océano Atlántico a los Andes, océano móvil, pero silencioso. Turbado a veces, por el alarido del pampero o el rugir de la inundación o el gemir del incendio o el ulular del malón de los indios. Las pampas son imponentes. Los primeros poetas la cantaron: Echeverría, Gutiérrez, Ascasubi, Hernández, ANDRADE, Guido, Obligado, Almafuerte, Adán Quiroga… Desde los cronistas, el símil con el océano aparece: Sánchez Labrador en el siglo XVII las llama "Vasto océano verde sin ondas". También los viajeros de Europa las comparan con el océano, desde Robertson y HUDSON A Cunningham Graham; desde Azara a DÓrbigny. La canción de un alcatufé araucano, proclama, orgullosamente: "Esta es, hermanos, nuestra tierra. No es la tierra estrecha. Nuestra tierra es ancha. Por mucho que quieran, alcanza para todos…"

Pero el escenario de las pampas no era sólo una llanura verde, monótona. "Los que han hecho la pintura de la pampa – protesta Mansilla – suponiéndola en toda su inmensidad una vasta llanura, ¡en qué errores descriptivos han incurrido! Y propone el plural: las pampas, no la pampa. La llanura verde es sólo el sur de la provincia de Buenos Aires. Al oeste, las pampas del indio eran otras, con sus bosques de caldenes y algarrobos, talas y espinillos, sus médanos gigantes, sus ríos y lagunas, sus salinas y guadales, sus pastizales tan altos que pueden ocultar jinetes. Y las pampas del indio, hasta bien entrado el siglo XIX, comenzaban en la orilla derecha del río Salado del Sur, casi a un paso de la capital. Y estaban pobladas, además de indios nómades, bravos y vigorosos, por cientos de miles de caballos y vacas chúcaros, ñandúes, fieros perros cimarrones, aves de toda laya a la orilla de sus lagunas, la vizcacha y el tatú con sus cuevas traidoras, cepos del caballo. Son las pampas vivas, "misteriosas para el hombre" – como dice el poeta – para el hombre blanco, no para el indio que las recorría al trote de sus fletes desde un horizonte al otro.

La pampas invitan a la libertad. El gaucho las llamaba "tierra adentro", o sea, lejos de donde crece el ombú, habitante de las orillas húmedas, no de las tierras arenosas, quemadas por un sol implacable y batidas por el veloz pampero. Naturaleza desbordante, la cólera de las pampas es terrible. Sus incendios todo lo devoran, sus inundaciones todo lo arrastran y sus mangas de langostas hacen un erial de un bosque minutos antes florido. También las pampas tienen su fantasía. Son los "brillazones" o espejismos. ¡Cuánto viajero ha creído ver una ciudad de doradas cúpulas a un galope de caballo, y galopado todo el día inútilmente! El naturalista Ambrosetti en su Viaje a la pampa central, dice haber visto una ciudad radiante de oro en la sierra Lihué Calel. La leyenda de la "Ciudad encantada de la Patagonia" o "Ciudad de los Césares", quizás no sea más que el engaño de una "brillasón" en un viajero perdido. Las pampas se mueven y luchan. Pródiga en criaturas de toda estirpe: aves y víboras venenosas, el altivo chajá o el tero vigilante, la yarará traidora y bien pintada, el jaguar, el puma, el zorro, el zorrino, gamos, avestruces, bandadas temibles de perros cimarrones y, sobretodo vacas, vacas y caballos, caballos y vacas en número tal que asombran, que espantan casi por u número a quienes, como el cronista Faulkner, los vieron cuando aún los indios eran sus dueños naturales, año 1740.También bandadas de ñandúes de tan codiciada pluma y a quien su biógrafo, el naturalista Francisco Javier Muñiz, libra de la calumnia: "El no esconce la cabeza para salvar la vida como el de Africa" – nos dice Muñiz, creyendo lo que antes ha afirmado Bufón del avestruz africano.

El hombre de las pampas, al aparecer en ellas el conquistador europeo, era araucano. No lo había sido siempre. Antes de la raza venida de Chile o, según otros, original de Neuquén, emigrada a Arauco y de aquí vuelta a pasar a los Andes, las pampas estuvieron habitadas por aborígenes de ellas, pampeanos auténticos. Lentamente fueron absorbidos por las razas más agresivas del Arauco. Los "carendis" – querandíes – de que habla Ulrico Schmidel, el primer cronista platense, ¿eran restos de aquella raza? Los araucanos de las pampas, al llegar los españoles, no consideraban propia la tierra que se extiende desde el Río Salado al Plata. ¿Era el patrimonio del antiguo aborigen, del querandí, el que incendió la primera Buenos Aires?... (Los querandíes, según otros autores, eran de raza guaraní). Dos grandes razas, definidas por sus idiomas, pueden señalarse: los puelches – gente del este, con respecto a los Andes – y los tehuelches – gente del sur – o sea de la Patagonia. El hombre blanco peleó contra aquellos. Había también en los Andes otra raza de indios, restos de los primitivos araucanos que se resistieron a la dominación de los incas primero y después de los españoles. Eran los aucas. Estos aucas se mezclaron con los puelches de las llanuras. Todos – antes de la llegada de los conquistadores hispanos – eran hombres de a pie, caminadores incansables, y estaban armados de mazas, flechas de silex, boleadoras y defendeos por pesados escudos. Según el cronista Sánchez Labrador (Indios pampas, puelches y patagones) eran "obstinados, contumaces, altivos y rebeldes". El retrato que de los de Arauco hiciera Alonso de Ercilla (La Araucana) puede servirnos para conocer a los puelches:

"Son de gestos robustos, desbarbados,
bien fornidos los cuerpos, y crecidos,
espaldas grandes, pechos levantados,
recios miembros, de nervios bien fornidos:
ágiles, desenvueltos, alentados,
animosos, valientes, atrevidos,
duros en el trabajo, y sufridores
de fríos mortales, hambres y calores…

Y Pedro de Oña (Arauco Domado), nos habla de su infinito amor hacia la libertad:

"No veis que un libre tiene dulcedumbre
para poder templar el amargura
del áspero trabajo más acerbo,
lo cual es imposible siendo siervo?..."

Las tribus de puelches vivían en continua guerra unas con otras. Su rivalidad sirvió al hombre blanco, más inteligente – o más astuto – para exterminar a todos. En oposición a los teólogos que negaron a los aborígenes de América tener alma – a fin de justificar a quienes los trataban como animales -, Alcides D'Orbigny escribe: "Hemos oído cien veces a esos hombres tratados de brutos, arengar a los suyos horas enteras sin vacilar un solo instante. Sus entonaciones son las más variadas, y sucesivamente enternecen o exaltan a su auditorio. ¿Pueden hacerlo así seres que no piensan?... (El Hombre Americano). Poseían leyendas, tradiciones, mitología, poemas, algunos de los cuales, ya deformados por los misioneros o por la fantasía de los narradores orales, han llegado a nosotros y demuestran imaginación y ansias de responder al misterio de la vida. ¿Su origen? Amegüino sostiene: "El hombre partió de Sudamérica". Palabras del araucano poseen afinidad con el éuscaro, el sánscrito, el hebreo, el chino, el maya…

Todas son enigmas e hipótesis. Juan María Gutiérrez observa con respecto al idioma de los puelches: "Lo primero que ha de llamar la atención es la conclusión que guarda la lengua araucana con el carácter moral y físico de los hombres que la emplean, robustos, reflexivos, pacientes, bravos e indómitos". Tales las pampas, escenario de una lucha de tres siglos y medio. Tales sus criaturas, bajo un cielo que, según una canción popular:

"Cielito, cielo dichoso
cielo del americano,
el cielo del sur hermoso,
es cielo el más estrellado."

Pero una cosa es el indio de a pie, ese que conocemos al través de los primeros cronistas, y otra el indio a caballo. El indio de las pampas fue el que más resistió a la conquista. Y la causa no reside sólo en su alma indómita, en su coraje, en su despierta codicia, en su connaturalización con la libertad de la llanura. La causa es material: el indio de las pampas era un indio de a caballo. Era jinete. ¡Y qué jinete y qué caballos! El caballo hizo posible que el indígena del frío sur, peor armado que el huinca invasor, pudiera oponérsele, luchar con él, y hasta vengar a sus compañeros de raza oprimidos en el norte templado. "Indio que tenga caballo se pone sumamente soberbio… pues los indios estiman el caballo sobre toda otra riqueza" – opina, en 1601, el cronista González de Nájera (Guerra del reyno de Chile). Y el general Racedo, ya en el último embate llevado por tropas argentinas, aconseja: "Hay que atacar al indio en el caballo":desmontarle.

Las pampas parecían hechas para el galope. "Nunca viérase en parte alguna – escribe el inglés Cuuingham Graham – cmpo tal para galopar a rienda suelta y sin mesura. Es ella una pista homérica, sin duda la más amplia que haya salido de manos del Creador, y tal vez, aunque él lo quisiese, no podría hacer otra mejor que ella".

Si el gaucho, como lo dice una copla popular:

"Mi mujer y mi caballo
se me han ido a Salta,
mi mujer puede quedarse,
¡mi caballo me hace falta!..."

Si el gaucho prefería su caballo a su amada, ¿qué no sería el indio polígamo y menos sentimental? Al brincar y afirmarse sobre el caballo, el indio da, racialmente, un salto de siglos. Es otro hombre. Todo cambia en él. Se siente más seguro, más fuerte, más osado, más valeroso. Las pampas se le achican. Arroja el escudo y la maza, tira el arco y las flechas. Blande lanza y boleadoras. Ya no piensa en defenderse sino en atacar. De invadido se torna en invasor. ¡Ironía histórica!: el caballo que es quien transforma al indio de las pampas en este nuevo ser, se lo ha proporcionado el conquistador. ¿Cuándo se hizo jinete el indio? Quizás a mediados del siglo XVIII o antes. En 1770, el cronista Juan Antonio Hernández de la expedición de Pinazo contra los tehuelches patagónicos, ya nos habla de indios a caballo. Gauchos – o "gauderios" o "camiluchos", como también se los llamaba en las vaquerías – o negros rebeldes que se "resbalaban" en procura de libertad, entre los indios, les habrán enseñado a montar. Tampoco faltaron indios trabajadores que, aleccionados por alguna felonía de los blancos, se volvían a la existencia nómada, quizás ya jinetes.

¡El caballo del indio! Los propios gauchos se asombraban de su resistencia. ¡Ya es decir! Caballo que no le andaba ciento cincuenta kilómetros de sola sol, lo mataba y se lo comía. Eduardo Loson, sabio Francés que llegó al país como profesor para la Escuela de Agronomía, habló científicamente del caballo pampa en su "Testamento" (El Nacional, 1889). Y lo conceptuó un producto de selección. "He visto a menudo a estos animales – escribe el cautivo Guinnard – galopando durante un día y una noche sin tomar otra cosa que agua". Los testimonios acerca de los méritos del caballo abundan: Cornell (Memorias de los hechos de armas contra los indios en la frontera Sur), Mansilla (Una excursión a los indios ranqueles), Hernández (Vuelta de Martín Fierro), Zeballos (Viaje al país de los araucanos), Raymundo ("Crónica", publicada en La Tribuna). Muchos más, militares argentinos expertos y valientes -¡Toros! – el coronel Villegas sea el caso, convencidos, a fuerza de fracasar en sus persecuciones del indio ligero. ¿Alcanzar a un caballo indio? ¡Es como correr tras en viento! – le dice un soldado al comandante Ramayón. (Las caballadas en la guerra del indio.) Pero lo que es admirable en el "bárbaro" – como le llamaron sus enemigos – es esto: obtiene tal resultado mediante la educación. El indio domaba al bagual a fuerza de caricias, lo enseñaba hasta compenetrarse con la inteligente bestia, sin un golpe. Y llegaba así, con paciencia y mimos, a obtener que su caballo anduviese en los guadales como en la llanura, entre vizcacheras y tucuruces, sobre médanos y ríos aunque siguiera corriendo con las patas boleadas. El caballo, entre las manos del indio, se transformaba en otro animal. El salvaje le hablaba y él lo comprendía, como el indio, a su vez, comprendía el lenguaje de las orejas de su caballo. Y al regreso de un malón, triunfante o derrotado – después de un trote de leguas – "el trote, paso que rinde y que dura", el indio, olvidado de sí, se consagraba a restituir las fuerzas de su extenuado pingo de guerra. Porque su caballo de guerra era sólo para la guerra. El de andar era otro. Tanta era la compenetración del indio al caballo, instrumento de su libertad, que melancólicos indios prisioneros, al oír un relincho, se reanimaban. Más tarde, y ya transformados en duros milicos de línea, fueron excelentes artilleros e infantes, hasta marineros, no soldados de caballería, pues, al verse el indio sobre el lomo de un caballo, olvidando la disciplina, desertaba, huía a la pampa, a la libertad.

¡Qué sería pues un malón llevado por tales jinetes! Desde Echeverría (La Cautiva) y Ascasubi (Santos Vega), ha quedado su horror en la literatura argentina. Vencedor, el indio no daba cuartel. Incendiaba, robaba y mataba hombres; se llevaba mujeres y niños. Vencido, huía. Arrastrando la lanza, a fin de que las boleadoras no enredasen las patas de su caballo – uno de los mil artilugios de su astucia – disparaba, a hundirse en el horizonte, no pocas veces con el cuerpo de una mujer blanca - ¡Oh, golosina! – atravesado en su pingo.

¿Qué venía a buscar el indio a la tierra en "donde crece el ombú", o sea la del blanco? Antes que nada: vacas. El ganado vacuno, como el caballar, llegó por primera vez al Plata con Mendoza, el Adelantado (1535). Al ser quemada la primera Buenos Aires, quedaron vacas y caballos en la llanura, otros habían escapado de Córdoba y Santa Fe. La llanura fecunda los multiplicó hasta la inverosímil. Hay que leer el asombro, el espanto de los cronistas frente a las manadas de animales chúcaros. No en vano, más tarde, a la extensa región comprendida entre el Atlántico y la Cordillera, sur de las provincias centrales y andinas y la Patagonia, se la llamó la "Región del Cuero". Todo era cuero en ella. Todo se fabricaba con cuero. Desde Lozano (Historia de la Conquista del Río de la Plata) a Sarmiento (Conflicto y Armonías de las raza en América), el problema de la vaca se hallaba en todo momento.

En ocasiones, algún malón afortunado se llevaba una arriada de cien mil animales rumbo a la Cordillera, para venderlos en Chile. Según documentos de la época del Virrey Vértiz, por año se mataban 600.000 animales, se utilizaban 150.000; quedaban pues, para banquete de perros más o menos cimarrones y de cuervos y chimangos, ¡450.000 animales, lo cual representaba – incluso el desperdicio de sebo, cerda y astas – ocho millones de pesos! ¡Excelente administración la de los colonizadores! La abundancia, con los años, mermó, naturalmente. Unos y otros, civilizados y salvajes, derrochaban. Entonces la guerra se hizo más enconada; por fin, guerra a muerte por parte del blanco.

¿Qué oponía éste al ímpetu del indio salonero, ágil en sus marchas, feroz en sus embestidas? Opuso el valor del gauchi-soldado, blandengue de los fortines primero, milico de los batallones de línea más tarde. Sobrio, valiente, hecho a todas las privaciones, el gauchi-soldado con armas defectuosas al principio, con rémingtons más tarde, con mancarrones y en pesadas carretas primero, con buenas caballadas al final – desde Alsina y Roca -, el gauchi-soldado pelea con el indio. Lo persigue, lo extermina. Pero además de guerrero, el gauchi-soldado es un trabajador. A medida que avanza, va fundando fortines que se transforman en pueblos – los años harán de éstos ciudades. "El ejército fue así guerrero, naturalmente, y además poblador y civilizador" – escribe el comandante Ramayón. A pesar de ello, la mala leyenda del "crioyo haragán" – "el criollo pelandrún toma-mate" -, según los gringos agricultores, sigue corriendo. Ser resero o pialar, carnear y domar, de sol a sol, e ir descubriendo pampas, todo al margen de pelear con los indios, no era trabajo, según parece.

Se queja un payador anónimo:

"Los gauchos dicen que es fiero,
ser gaucho y enamorado,
ser gaucho, ¡pucha que cuesta!
¡Pucha que cuesta trabajo!"

¿Y por qué pelea el gauchi-soldado? "¡Oh, tiempos – exclama uno de ellos -, no se peleaba entonces por interés, se peleaba por la Patria!" Esta era su mística. ¡La Patria! La Patria es la bandera para él: "Ese trapo, ya lo veis, contiene vuestra propia historia" – comienza el presidente Sarmiento una elocuente proclama. También la Patria es el jefe y el cuerpo. Si el jefe no es temerario, el gauchi-soldado no le sirve a gusto. Y los jefes son tan temerarios que Adolfo Alsina, nada menos, en una "Orden General" (junio26, 1877), debe frenar el valor para evitar los "sacrificios estériles". El batallón o cuerpo al que pertenece el gauchi-soldado, entra en su mística: "Si no fuera del 2 de caballería – le dice uno a su propio comandante – desertaba, pero como soy del 2 de caballería…".

Porque es del 2 de caballería, ese héroe anónimo, sujeto a una disciplina brutal hecha a cepos y palos, como otros miles, semejantes a él, sigue andrajoo, hambriento, a un paso de la muerte o de quedar inválido para pedir limosna; llevando adelante su existencia de conquistador, descubridor y poblador de las pampas.

Un poeta, Miguel Camino (Chacayaleras), pidió que se levantase una estatua al buey, el buey de las pesadas carretas precursoras del ferrocarril:

"Sangrado por las picanas,
sin descanso y sin comer,
¿quién sino él trazó los rumbos
que luego seguirá el riel?"…

¿Pero como no ocurrírsele pedir una estatua para la mujer del gauchi-soldado, la menospreciada china-cuartelera? Cuando la guerra contra el indio se tornó persecución, fue ella con los batallones, cargada de enseres y de hijos, tras de su hombre, a sufrir las inclemencias que él sufría; primero en las carretas, después, cuando aquellas se eliminaron para aligerar la marcha, a caballo. Y cuando la lucha lo exigía, a cargar el fusil de su hombre herido o muerto, y seguir peleando ella también, corajuda. "¿Para qué ha venido?" – pregunta un jefe a Catalina Godoy, una de esas "chinas cuarteleras". Responde: "¡Pa cuidar a mi marido y a los alféreces del Colegio, pues!" Las anécdotas podrían multiplicarse. Todas son ejemplos de abnegación y de arrojo. En un curioso y pintoresco libro de Eduardo Gutiérrez (Croquis y siluetas militares) nos habla de alguna de estas heroínas. La "Sargento Carmen", por ejemplo, quien, vestida de milico, peleaba, puñal en mano, contra los salvajes. La mujer del soldado desafió las inclemencias de un clima bravo y los imprevistos de una guerra de guerrillas. "Sin su ayuda – cocineras, enfermeras, lavanderas y único placer – las tropas más resistentes hubieran sucumbido en esa guerra agotadora" – asegura un jefe. Y otro – el comandante Prado -: "En aquella época, las mujeres eran consideradas como fuerza efectiva de los cuerpos…". Y habla de una: la mujer del sargento Gallo, capaz de rivalizar con los milicos más diestros en el arte de amansar potros y bolear avestruces.

Desde el color del negro al del indio, desde el ébano al bronce, sin que faltasen rubias tostadas por el sol inexorable, todos los pigmentos en aquellas abnegadas curadoras de heridos, inspiradoras de vidalas y cielitos, sembradoras de pichigotones, muestrario vigoroso de todas las cruzas raciales. "Sin esas mujeres – insiste el comandante Prado – la existencia hubiese sido imposible. Eran la alegría del campamento y el señuelo que contenía en gran parte las deserciones". Pues, como dice el sargento Cruz:

"¡Quién es de un alma tan dura
que no quiera a una mujer…!
Lo alivia en su padecer:
Si no sale calavera,
Es la mejor compañera
Que el gaucho pueda tener…"

La lucha entre el blanco y el indio – o el huinca y el mapuche, o el cristiano y el infiel, o el civilizado y el salvaje – comenzó desde el arribo del hombre blanco al Río de la Plata. Y puede dividirse en cuatro partes. Llega Mendoza al "Mar Dulce" de Solís, año 1535, y funda Buenos Airs. Establece buenas relaciones con los aborígenes; pero su conducta felona hace que éstos se rebelen. Queman la ciudad, Mendoza se ve obligado a volver a España. En 1580 Garay vuelve a fundar Buenos Aires. El huinca ya no se alejaría y comienza la guerra, al principio discontinua, pues el ganado abunda.

En 1810 se abre el puerto. Los hombres de Mayo necesitan la única riqueza de las pampas a fin de venderla a Europa. Se codicia el ganado. Los indios defienden la posesión de sus tierras, donde éste pasta. Los choques son continuos. La guerra se enardece. Es la segunda parte de la epopeya. La aparición de Callvucurá – Piedra Azul -, castellanizándolo, Calfucurá será la tercera parte, ya que Calfucurá, peligroso diplomático, consigue unir a las tribus antes divididas. Además, los realistas vencidos en Maipú o los chilenos después, empujan a los araucanos hacia el este, exacerban su codicia, como la de bandoleros y gauchos alzados. Otra complicación: los "indios amigos", los que comercian con los blancos o reciben su tributo, se oponen a los llegados del oeste: los Catriel o Coliqueo contra los Calfucurá o Yanquetruz. La política se entrevera con la lucha franca. Todo es confuso y complejo. Hay pícaros en uno y otro bando. Muere Calfucurá (1873) y comienza la última etapa que terminará en Neuquén, al pie de los Andes (1885). El comercio de la ciudad, las bancas de Londres-París, exigen una pampa sin indios para exponer sus capitales. La burguesía liberal con Adolfo Alsina, con Julio A. Roca, se lanza a la guerra ofensiva que ya puede hacer, sobretodo porque se ve dueña de rémington y del telégrafo. La guerra se transforma en una persecución policial. Los laques del indio no alcanzan los mil ochocientos metros de una bala, sus caballos no corren con la velocidad de la chispa eléctrica, y en esta guerra de distancia y tiempo se impone quien se apodera del tiempo y la distancia. El indio muere con el indomable Baigorrita o se entrega con Namuncurá, vultúridos ya sin pico ni garras.

He aquí los acontecimientos principales de esos cuatro períodos: el hambre obliga a los sobrevivientes de la primera Buenos Aires a abandonarla. Garay la refunda y al año siguiente realiza la primera "entrada" hacia el sur. Va en busca de una ciudad misteriosa que, según algunos, existe. ¿Dónde? La llaman la "Ciudad de los Césares" o la "Ciudad Encantada". La leyenda seduce al conquistador. Va en busca de oro y plata. Sólo encuentra tropillas de caballos salvajes. Garay llega hasta el actual Cabo Corrientes bordeando la costa atlántica. Y se vuelve. En 1604, Hernandarias, también en busca de la ciudad resplandeciente, ensaya su conquista. Cuatro meses dura su viaje. Otros repiten la hazaña: Cabrera, que parte de Córdoba; Silvestre Roxas, Pinazo, Zirzu, Pavón… Aunque van en busca de salinas, su principal propósito es encontrarse con aquella "Ciudad de los Césares" que huye de ellos como un espejismo. En 1796 expediciona Félix de Azara, pero con fines científicos. Deja un Diario en el que habla de lo imprescindible que es apoderarse de la isla Choele-Choel en el Río Negro. Hay otras expediciones; de ellas queda como saldo el ir conociendo las pampas.

Importante es la que realiza el chileno Luis de la Cruz en 1806. Parte de Chile y llega al sur de Santa Fe. Traba amistosa relación con los indios. Su cacique, al despedirlo, le dice: "Habéis sabido tomarnos el corazón". Luis de la Cruz dejó un diario interesantísimo, que no se ha reeditado. Los indios están en pugna con los blancos, y talonean. Empero, Luis de la Cruz trata con ellos amistosamente. Como este chileno – que después fue amigo y colaborador de San Martín – se conducen algunos misioneros: Strobel, Cherino, Cardiel, Falkner – éste dejó un libro muy citado: Descripción de la Patagonia y de las partes adyacentes de la América Meridional (1774), que fue publicado con un importante Estudio Preliminar del Profesor Salvador Canals Frau –. Pero todos los intentos de evangelización entre los indios fracasaron. Un cacique indio, observador, ve que los cristianos también matan y roban. Responde al que pretende bautizarle: "Prefiero ser un buen indio a se un mal cristiano". Lo narra el cronista José Sánchez Labrador (Los Indios puelches, pampas y patagones).

Aparecen después los pilotos Villarino, Viedma y Juan de la Piedra en el Río Negro. Viedma, en 1784, funda Carmen de Patagones. Desde el año 1740 se apuntan malones. Se construyen fortines. Se firman pactos que no se cumplen. Se ensaya castigar a los saloneros aunque sin alejarse demasiado hacia el sudoeste, pues faltan "baquianos" y la pampa es "misteriosa todavía para el hombre blanco". Lo seguirá siendo por muchos años. El conquistador, desde el comienzo, intentó tratar al indio pampa como a un animal domesticable. Y se equivocó. El indio pampeano le opuso tenaz resistencia. Tronaron, entonces, los arcabuces y silbaron las boleadoras. Una pelea casi de igual a igual, porque a las armas de fuego el indio su ataque por sorpresa y su conocimiento de la región. La lucha no es aun cruenta. El año 1810 halla al indio en paz relativa. Lo prueba la expedición del coronel Pedro Andrés García en procura de sal a las llamadas Salinas Grandes. Lo prueba la misión de Feliciano Chiclana ante los indios ranqueles – o ranculches – (1819) que a su vez visitan Buenos Aires. Su cacique Payllerín promete: "…si los maturrangos vuelven a mandar el país, los indios estarán en condiciones de comer pasto, así los indios quedarán bien con el gobierno de Buenos Aires, como ellos americano". Interesante y amplio sentido de patria el de este indio.

Las estancias y fortines continúan avanzando "tierra adentro", siempre sacrificando blandengues. Si en 1580 se poseían 1.220 kilómetros cuadrados de pampa, en 1820 se poseen 39.258. La civilización viola los pactos urgida por sus necesidades. El chileno José Miguel Carrera y otros caudillos, tanto como matreros y cuatreros, se unen a los indios. Atacan. Algo de lo que es la lucha en esta hora se ve en el libro del coronel Manuel Pueyrredón (Escritos históricos). Expediciones de Martín Rodríguez y de Rauch. Aquel fracasa. Este cae muerto en un combate. La guerra con el Brasil (1826) hace retirar las fuerzas de muchos fortines. Los indios avanzan. Guerras civiles. Motín de Lavalle. Se pacta – mediante Ramos Mejía, los Oyuela o Rosas – con los indios. También se les ataca. En 1833 se lleva a cabo la expedición de Rosas. Las fuerzas de Buenos Aires con las de Córdoba, Mendoza y Chile combinadas. Facundo Quiroga será el jefe. Pero su general Huidobro es derrotado por los ranqueles que le oponen la táctica de retirarse dejando la desolación ante el invasor. Fracasa también Aldao. Una revolución impide también la salida del ejército chileno. Rosas lleva solo su expedición hasta el Río Colorado. Nada menos que el gran Darwin, en su libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo, nos ha dejado impresiones de Rosas y su ejército. Los pampas son corridos. La campaña es sangrienta. Según las cartas de Antonino Reyes han muerto 7.000 indios. Saldías (Historia de la Confederación Argentina) eleva la cifra a 10.000. Rosas recibe el título de "Héroe del Desierto" y la posesión de la isla de Choele-Choel, una posesión imaginaria que el estanciero Rosas, excelente mercader, se hace cambiar en la Legislatura, por la de sesenta leguas cuadradas en la provincia, junto a sus campos. La expedición de 1833 no conquistó las pampas, ni solucionó el problema del indio, pero a éste se lo castigó duramente, y se lo acobardó por años, sin dejar de darle dádivas que lo contenían.

En 1835, Calfucurá, cacique llegado de Chile, ataca a los indios vorogas y los extermina. Se establece en Salinas Grandes. Firma pactos con Rosas, pero el cacique es un aliado inseguro. Sabe él que el blanco es fementido, y a su diplomacia traidora responde con su diplomacia ladina, y cuando puede, por la fuerza. Han quedado los nombres de caciques pampas como Bagual, Cangapol, Lanquetín, Painé, Yanquetruz, Pagnitruz, Catriel, Cachua, Coliqueo, Namuncurá, Rauniqueo, Pincel, Epumer o Baigorrita, célebres por sus hazañas. Calfucurá los supera a todos. Es más inteligente. Tanto que sus indios lo creen brujo; lo aureolan de misterio y lo obedecen y siguen. La figura de Calfucurá, como defensor de los derechos de su raza, puede parangonarse a las de Oberá, Juan Calchaquí, Yamandú, Caupolicán, Lautaro, Tupac-Katari, Tupac-Amarú, los rebeldes de cangallo o los aborígenes de las "republiquetas" en Bolivia, por sólo citar a los indios del sur. Calfucurá sabe bien que al blanco no lo puede vencer con chuzas y boleadoras y emplea su verbo demostino, su dialéctica elástica. Se ajusta a los vaivenes de las guerras civiles, y está con uno u otro bando, según su conveniencia. También cuando se ve fuerte, ataca. Y sus malones dejan memoria. Como ha sabido hacer alianza con otras tribus, ningún cacique ha reunido bajo su mando tal cantidad de lanceros, ni tan aguerridos. Por un momento es "el emperador de las pampas", "el terrible Calfucurá". Fue lo que raramente se vio entre bárbaros: guerrero y político. Lo fue Atila, lo fue Gengis Kan. El cautivo francés Guinnard, que le enseñó a sembrar maíz, hecho que asombró y regocijó al cacique, asegura también esto: "…Este hombre no habría sido enemigo de la civilización, pues estaba dotado de instintos generosos. Tenía el sentimiento de la justicia…". El blanco lo trató como a fiera, a veces, y a veces como a niño. Calfucurá respondió a la violencia violentamente y al engaño engañando.

Capaz de obtener triunfos en batallas, derrota a Mitre en Tapalquén y al general Hornos en Olavaria. Si en 1833 la civilización alcanza a poseer 182.655 kilómetros cuadrados, en 1855 sólo posee 86.668 y, en el apogeo de sus triunfos, Calfucurá vuelve las fronteras a lo que fueron en 1810: el Río Salado. Más tarde, el coronel Granada y otros obtienen victorias; pero Emilio Mitre y Julio de Vedia se agotan frente a la táctica de los ranqueles, que se retiran y los consumen de sed y hambre.

En Cepeda, los lanceros indios están con Urquiza; en Pavón permanecen a la expectativa. Calfucurá aprovecha la guerra del Paraguay (1865 – 1870) y talonea. En 1872 el presidente Sarmiento habla de tomar Choele-Choel, "la Gibraltar de la barbarie" – como la llama – y Carihué, sitio estratégico por el número de rastrilladas que a él convergen. Calfucurá se da cuenta del peligro. Reúne sus tribus y presenta batalla. Los indios de Catriel defeccionan, pelean junto al blanco para defender los tributos que éste les paga. Y Calfucurá, vencido por el general Ignacio Rivas en la batalla de San Carlos – lugar próximo al actual pueblo de Bolívar -, vuelve a sus toldos. El 3 de junio de 1873 muere. El general Garmendia escribe, a manera de responso: "De Contuco a San Carlos pasaron años de victorias y reveses, nunca el espíritu espléndidamente bárbaro del feroz huno argentino desmayó. Sesenta años vivió con la lanza en la mano, combatiendo por la tierra sagrada de sus padres…".

Lo sucede Namuncurá, su hijo, también guerrero y diplomático. Años de luchas y de paz intranquila. Convenios y malones. En 1875, Adolfo Alsina, ministro de Avellaneda, se dispone a quebrar el poderío de la confederación indígena fundada por Calfucurá. Los blancos poseen rémington y telégrafo. El aborigen no ha evolucionado. Su chuza y sus boleadoras son las de siempre. Además, se ha hecho decididamente alcohólatra, ha sentido la mordedura de la viruela y otras pestes, necesita azúcar y tabaco. Son muchos los caciques que prefieren pactar, recibir dádivas, comerciar con el huinca pulpero. El poder pampeano se escacharra.

Comienza Alsina construyendo una zanja de 100 leguas, desde Bahía Blanca a Italó, sur de Córdoba. Con ella pretende, si no detener, dificultar el avance de los malones. Su proyecto es prudente y muy criticado. Hay quien opina que se debe hacer una guerra francamente ofensiva, exterminar al salvaje. Respaldado en la zanja, Alsina hecho a proejar, prosigue. Los combates son ahora continuos. Namuncurá va retirándose. En 1877 lleva su último malón. Es rechazado y queda a la defensiva. El 29 de diciembre, Alsina, minado por una nefritis, expira delirando con la guerra. Lo sucede Roca, decidido no sólo a concluir con el indígena, también a impedir que la Patagonia quede en manos de Chile, amenazante. Posee n ejército disciplinado, aguerrido, ágil, y armas superiores; jefes como Levalle, Villegas, Herrero, Freyre, Racedo, Daza, Fotheringam, Maldonado… No puede dudarse del éxito. Comienza la campaña de 1879. El indio es acosado. Sus tolderías sienten ahora el malón de los huincas. Los guerreros mueren. Las mujeres y los niños son llevados a las ciudades, donde las damas de la Sociedad de Beneficencia los reparten casi como esclavos. La pampas son batidas por veintitrés columnas. La lucha es imposible para el indio. Se refugia en sus bosques, en sus médanos, por último en la cordillera. En un libro del coronel Manuel Olascoaga (Estudio Topográfico de La Pampa y Río Negro, 1880), como en las crónicas de Remigio Lupo y Alfredo Raymundo, como en las Memorias de algunos militares, queda la descripción de lo que fue esta última campaña contra en indio. Se llega a Choele-Choel, se pisa Neuquén. Resultados: 14.172 indios muertos o reducidos. Roca se vuelve dueño – como Rosas –de un título: "Conquistador del Desierto" y de un premio: la presidencia de la República. Además, veinte leguas de campos. Las tierras del indio se reparten, sino justiciera, dispendiosamente.

En 1885 el fugitivo Namuncurá se entrega. Es bautizado. Se le da el título de coronel, se le brindan copeteos. Ha terminado la conquista después de ciento cincuenta años de comenzada. Los indios no están exterminados. Los que restan, se adaptarán a la nueva vida. Serán tribus de indios mansos. O se incorporarán a los batallones de línea donde, como los negros sobrevivientes de mil y un combates, serán soldados sufridos, capaces de soportar las disciplinas más duras, e intervendrán en la revolución del 80, por ejemplo, y serán puño de los hombres que realizan la unidad de la nación; pero las pampas no oirán ya el frémito de sus malones, ni verán el chispeo de sus chuzas.

¿Y qué se hace con los miles de leguas cuadradas de feraces campos, asombro de los intrépidos científicos alemanes que acompañaron a Roca? No se convierten en colonias de agricultores. Su riqueza sólo sirve para acrecentar el latifundio de los ganaderos. En el libro de Alvaro Barros – importante documento de la historia argentina – se hallan, pormenorizados, los abusos de proveedores y otras autoridades, en complicidad de pulperos – españoles al principio, italianos después y por fin criollos -, trígono de rapaces, pues la modalidad de un hombre se halla más en su profesión y en su ambiente que en su nacionalidad o raza.

Hablemos de otro "abuso" más trascendental: el del reparto de las tierras logradas a fuerza de coraje y sacrificio por el gauchi-soldado. Desde la campaña de Rosas, cabal expresión de la clase propietaria, se afirma el goce del latifundio. Comienza el paraíso de los terratenientes. "El latifundio perdió a Roma" – afirma Plinio. El latifundio paralizará a la Argentina. En 1816 comienza el reparto de tierras fiscales – las tierras "realengas" del Virreinato. Se interrumpe de 1822 a 1828, cuando Rivadavia intenta sus leyes de enfiteusis por las cuales prohibe vender las tierras del Estado. Pero desde un principio, los acaparadores se dan maña para burlarlas. Ya en la primera nómina de enfiteutas aparecen nombres que serán los de futuros grandes terratenientes – los sostenedores de la tiranía de Rosas: Anchorena, Alzaga, Alvear, Arana, Baudrix, Basualdo, Guerrico, Lastra, Miguens, Pacheco, Pirán, Sáenz Valiente, Terrero, Ugarte, el general Facundo Quiroga, Cecilio Falcón, un caudillo prepotente que hizo atacar y deshacer con sus matones la primera colonia de agricultores alemanes traídos por Rivadavia. La tierra no es para quien la trabaja. Lucio Vicente López (Derecho administrativo argentino) escribe, hablando de Rivadavia: "Si su propósito político y social hubiese triunfado, si en vez de malbaratarse la tierra pública como se malbarató después, en tiempos de Rosas y otros gobiernos, de una manera arbitraria e irregular, probablemente esta gran cuestión de la crisis financiera, y especialmente la que afecta a la provincia más rica de la República, estaría resuelta".

Parece que fue idea de Pedro de Angelis – el amanuense de Rosas – la de premiar con tierras las hazañas de los militares contra los indios. ¿Rosas no la sugirió?... En 1832 da éste su primer decreto en tal sentido. Y a comienzos de él – afirma Jacinto Oddone (La burguesía terrateniente argentina), "la tierra pública fue entregada a la marchante en tres formas distintas: por venta o remate, como premio a los militares que habían participado en las campañas contra los indios, o a favor de Rosas, o con el propósito de colonizar y levar población a las últimas líneas de las fronteras…".

Esto último se descuidó completamente. Nadie cumplió las obligaciones impuestas por la ley. Es así como Nicolás Avellaneda (Estudio sobre las leyes de tierras públicas) comprobaba que "en 1840, sólo 293 propietarios eran dueños de 3.436 leguas cuadradas de tierra".

Rivadavia, minado por la oposición de los terratenientes, vio fracasar sus proyectos progresistas. Rosas, el antirrivadaviano, concluye con ellos. Las tierras que se venden estando Rosas en el poder van a pasar a sus manos o de sus socios: Terrero, Anchorena, o de miembros de la "Sociedad Popular Restauradora" – más conocida por "La Mazorca": Matías Irigoyen - que nada tiene que ver con el vasco carretero que será padre de Hipólito -, Sáenz Valiente, Pacheco, Pereyra, Lastra, Lynch…

Los "apostólicos", o sea, los "incondicionales" de Rosas, se enriquecen también porque las confiscadas propiedades de unitarios y "lomos negros" van a parar a la manos de los "buenos federales", la mayoría estancieros pertenecientes al consorcio de carnes – Ingenieros lo llama "trust" -, propietarios de mataderos y saladeros.

Escribió el poeta cuyano Juan Gualberto Godoy:

¿Qué ha sido antes en sustancia
la República Argentina?
Lo diré sin repugnancia:
Cada provincia una estancia,
Y cada estancia una mina."

Entre las usurpaciones efectuadas a los estancieros de la "Revolución del Sur" – Castelli, Crámer, Ramos >Mejía… - y tierras quitadas a los indios, Rosas comprometió 14.226 leguas. Y retrasó en un siglo el adelanto de la Argentina.

La despoblación y el latifundio, los dos males – aún en pie -, contribuyeron tanto como el capítulo de los "abusos", que señalan Barros o Hernández, para que el problema del indio se prolongara. Caído Rosas, sus sucesores intentaron, a veces, llevar colonias a las soledades. Lo intentó Urquiza en el litoral, Mitre y Sarmiento en el sur. Alejo Peyret – colaborador de Urquiza – y Nicasio Oroño – desde su gobernación de Santa Fe -, han escrito sobre tales intentos, a veces realizados. También escribió Hernández (ver su artículo "La división de la tierra", año 1869). Pero en la Argentina no son muchos los que se preocupan "por la suerte de los pobres" – como quiere Hernández -. Y por esto, por no preocuparse por la suerte de sus pobres, de los que trabajan manualmente, la Argentina, país predestinado a la riqueza por sus múltiples dones naturales, conoció el hambre, la desocupación y la ignorancia, tres flagelos de las clases productoras. Antes, los terratenientes burlaron la ley de enfiteusis, después violan la ley de arrendamientos para colonizar, dada en 1857. Entre los nombres de quienes se obligan a fundar colonias, los que nunca harán, apuntamos los mismos de aquellos enfiteutas que jamás lo fueron: Alvear, Amadeo, Arana, Arce, Irigoyen (Bernardo), Iraola, Lastra, Luro, Lezica, Lynch, Montes de Oca, Madero, Ortiz de Rosas, Pacheco, Pereyra, Quintana, Santamarina, Saavedra, Unzué…

Los ganaderos siguen apoderándose de la tierra pública. En cuanto a regalos por hazaña militares, en 1875, la nación había cedido la multiunanochesca cantidad de 7. 450.741 hectáreas… que la mayoría de los militares, imprevisores, habían malvendido a los terratenientes.

El gobierno pobre de un país rico, vende hasta las tierras a conquistarse (1878). Esto hace exclamar al comandante Manuel Prado (Conquista de las pampas y guerra al malón): "¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado 20.000 leguas de territorio y más tarde, cuando esa riqueza enorme pasó a manos del especulador que la adquirió sin esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron siquiera en el estercolero de un hospital, un rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo…" La tierra pública se sigue marchanteando.

Ya la nación ha quitado al indio toda la provincia de Buenos Aires, la Pampa, gran parte de Río Negro y Neuquén. ¿Qué va a hacer con tanta tierra virgen? Lo que hasta ahora se ha venido haciendo: desoír a quienes levantaban la mirada hacia el porvenir de la Argentina. Desoír al noble y vidente Belgrano, predicador de la agricultura, desoír a Moreno y a Passo, desoír a Rivadavia, desoír a Mitre, Sarmiento, Avellaneda, del Valle…

Desoir al propio Alvaro Barros, gobernador de la Patagonia, que pone el ejemplo de Estados Unidos. Barros escribe: "La locomotora y el colono con su rifle, y no el ejército, han sido los agentes que han operado su revolución económica…"

"¡Qué riquezas inmensas posee sin saberlo la República Argentina!" "¡Qué pobres, qué estériles son las tierras de Prusia, donde hay grandes planicies!..." – exclama Pablo C. Lorente, sabio alemán que acompañara a Roca en 1879.

Pero en la Argentina se hará lo que en Prusia. Los terratenientes serán sus junkers; en cambio, en Norteamérica sus "pionneers" son sus colonos. Este ejemplo lo trae Avellaneda, gobernante que, como Mitre y Sarmiento, vio frustradas sus intenciones de renovación, por la maraña de intereses creada desde 1816 y anudada por Rosas, definitivamente, al destino de las clases ricas, sobre todo de Buenos Aires – sus "vacunos", según el decir popular que no se engaña.

En 1884 se vota una ley distribuyendo tierras a los cultivadores. Los terratenientes hacen con esta ley lo que hicieron con las anteriores: la adulteran, la burlan, obstan la democratización del campo argentino, paralizan, en cuanto pueden, el adelanto del país, todo para su exclusivo provecho.

Y los bienes de los indios – como que son bienes de difuntos – se siguen marchanteando entre "vivos" y "acuñados" que, desde 1848, los alambran para asegurarse contra cuatreros ladinos. Lucio Vicente López, siendo interventor de la provincia de Buenos Aires, descubre "negociados" escandalosos. Leandro N. Alem – el Insobornable – oponiéndose en la legislatura a las dádivas que se hacen al ejército, chapotea en ese fangal y alerta su clangor*:"Están forjando una escuela corruptora que relaja los vínculos morales que deben ligar a los ciudadanos al cumplimiento del deber, debilitando este sentimiento… ¿El cumplimiento del deber es acaso algo tan raro que merece premio…?

Lo mejor, dentro de la técnica del capitalismo, se ha hecho en Estados Unidos de Norteamérica: colonizar. En Argentina se ejecutó lo peor dentro de esa técnica: se crearon – como en Prusia – junkers, una clase privilegiada, especie de señores feudales. Estos señores feudales – termino yo mi libro Calfucurá, la conquista de las pampas -, estos señores feudales de las primeras horas, dueños también del voto de sus peones, seguirán torciendo a su favor, y mediante una seudo democracia, el destino de la Argentina. Leguas de tierra inculta, despoblada o habitada por miserables, seguirán clamando por una política agraria que tienda al bien de la mayoría trabajadora. Sin esto, la grandeza argentina será siempre un espejismo falaz. Con esto, quedaría justificada la conquista de las pampas del indio. Y ya es hora de hablar de Alvaro Barros y su libro.

Alvaro Barros publicó algunos de los artículos que figuran en Fronteras y Territorios de las Pampas del Sur, en el Río de la Plata, periódico donde Hernández, Guido Spano, Navarro Viola, Agustín de Vedia, Mariano Pelliza, Estanislao Zeballos y Cosme Mariño, opositores del gobierno, exponían sus ideas sobre el problema angustioso de las fronteras y del campesinado, casi a merced de los malones del indio. El volumen apareció el año 1872, año en que nace El Gaucho Martín Fierro – la "Ida" – y que Calfucurá, "emperador de las pampas", ve quebrado definitivamente su poderío en la batalla de San Carlos. Era presidente Sarmiento, ministro de la guerra el coronel Martín de Gainza y gobernador de la provincia Emilio Castro. Ninguno de los tres miraba con buenos ojos a este militar dado a mover la péñola del periodista. No es un libro orgánico el suyo. Al vaivén de las impresiones, de los recuerdos, de "las cosas vistas" y duramente experimentadas, el coronel Barros amontona apuntes. ¡Pero qué apuntes! ¡Qué material aportado por este hombre de conciencia y pluma veraces! Con lo que él, a veces, soluciona en una página, podría hacerse una novela corta. No fue su propósito realizar arte, sino periodismo, y el periodismo de su época combatiente. Su indignada videncia lo conduce. Ahora, a casi un siglo del drama, ¿puede el lector forjarse una idea de lo que este libro significó, allá en el setenta y tantos, con los indios en las fronteras, maloqueando en complicidad de pulperos, de jueces y aun comandantes de cantones? Pero en aquel setenta y tantos, sus capítulos sonaban a clarín, alertaban a los hombres de pluma y verbo, periodistas y parlamentarios como Leandro Alem y Aristóbulo del Valle. Fronteras y Territorios está dedicado a Adolfo Alsina, quien lo prologa. Esto ya nos hace ver en qué campo político militaba su autor, es decir, un autonomista adversario de Mitre y Sarmiento.

Alsina pronto iba a ser – 1874 – ministro de la guerra del nuevo Presidente Avellaneda, y emprendería la campaña militar, preludio de la llevada por Roca, su sucesor, para exterminar a los indios. La lectura de lo escrito por Alvaro Barros lo influiría en esa decisión suya. "Hacerse escuchar, hacerse comprender, he aquí la gran dificultad en todos los tiempos y para todos los hombres" – dice -. En verdad, se le escucha; ¿pero se le comprende? Esto es más dudoso. El ministro de Avellaneda con su campaña militar, despejaría de accípitres – pulperos, jueces, comandantes de cantón - las fronteras, pero ellos significaba sólo parte de la prédica de Alvaro Barros. Esa campaña daría golpes mortales a los saloneros, no los redimiría como quiere Barros que se haga, mediante la enseñanza del trabajo. Es decir que Alsina, luego Roca, repetirían lo realizado por Rosas en 1833, aunque más definitivamente.

Y Barros no juzga a Rosas, en canto a "conquistador del desierto", con excesiva blandura. Escribe: "Si el general Rosas hubiese alimentado la grande y generosa ambición de asegurar para siempre el territorio de su patria contra las tentativas de los bárbaros; si hubiese puesto al servicio de esa idea su inteligencia y energía, es indudable que lo habría realizado, pero desgraciadamente ambicionaba el mando supremo de la república, y en lugar de conquistar el desierto para su patria, fue a él en busca del título y derechos para llegar a gobernarlo. La expedición dio por resultado la ocupación transitoria de la Blanca, al sudoeste de Buenos Aires, y Choele Choel al oeste de Patagones, y arreglos pacíficos, muy dispendiosos, con algunos caciques de las pampas, que más tarde debían servir a la consolidación de la tiranía. Durante el gobierno del general Rosas, el sistema de defensa de las fronteras se redujo a tratados de paz con todas las tribus, pagándoles un enorme tributo en ganado y otros artículos; fomentando en los indios todo género de corrupción y vicios, y permitiendo que se hiciese con ellos el comercio ruinoso para el país, de comprarles el fruto de sus rapiñas incesantes, aunque no en grandes invasiones". Si se hubiera querido terminar con los indios de una vez, se hubiese podido. Los intereses lo impedían, ya lo hemos comprobado. Muchos eran los que se enriquecían con la presencia del indio arrapiñador o malonero. Y no sólo comerciantes, también hombres de espada y gubernativos. Barros trae el ejemplo de la guerra del Paraguay. Si en 1865 se pudo hacer esta guerra impopular en el país, si se llevaron 30.000 soldados a distancias diez veces mayores que la pampa, si se pudo vencer a un enemigo más numeroso, valiente hasta la temeridad y mejor armado que los indios, ¿por qué no se llevaba, seriamente, la guerra contra éstos, ya que nada se hacía para civilizarlos? Contra quienes obstaban que eso se realizara, truena en cada página de su libro el coronel Barros. Este y la defensa del indígena, al cual él bien conoce y al cual juzga capaz de ser civilizado, son los dos estribillos pertinaces de su noble obra:

"Casi todas las tribus que existen en las pampas – afirma – han aceptado la paz siempre que les ha sido ofrecida, y cuando han vuelto a la guerra fue siempre para procurarse recursos de subsistencia que no han aprendido a adquirir con el trabajo, y a conservar en una vida ordenada, porque jamás se les ha enseñado".

Mira a los indios como infantes que es preciso educar, casi deja a salvo su responsabilidad por sus robos, incendios y muertes. También es el caso de preguntarse: ¿podrán hacer los hombres civilizados – o menos bárbaros que los indios – de aquella hora, esa labor de enseñanza, y no de conquista? ¿Qué hizo Norteamérica con sus indios? ¿Y los ingleses, franceses, belgas, holandeses, españoles, alemanes, con los indígenas de las regiones que intentaban conquistar…?

Volvamos al libro del apostólico coronel. Busca los males y los señala con seguro índice: el sistema de proveedurías que no sólo autoriza fraudes de todo género, sino que lleva a los indios a la enseñanza del robo. Lo corrobora Hernández, aparcero de Barros:

"¡Pucha si usté los oyera
como yo en una ocasión,
tuita la conversación
que con otro tuvo el juez!
Le asiguro que esa vez
Se me achicó el corazón…"

El desorden de la campaña – sigue puntuando nuestro autor – que autoriza al comercio a la complicidad con los indios y lucra con el fruto de sus robos; el desorden del ejército que deja sin responsabilidad a los jefes superiores para cometer abusos. Volvamos a oír a Hernández:

"¡Y qué indios, ni qué servicio!
No teníamos ni cuartel,
Nos mandaba el coronel
A trabajar en sus chacras,
Y dejábamos las vacas
Que las llevara el infiel…"

Las fronteras están indefensas, sin caballos, sin hombres en número suficiente, sin pólvora para batirse – puntúa Barros. Y Hernández:

"…Daban entonces las armas
pa defender los cantones,
que eran lanzas y latones
con ataduras de tiento…
Las de fuego no las cuento
Porque no había municiones".

Los guardias nacionales – ya sea los arrastrados en las levas o los delincuentes que se confinaban en los fortines a manera de cárceles -, mal vestidos, mal alimentados, sin paga, esperando liberarse de aquel infierno sin ser relevados y teniendo al fin que desertar y sumarse al número de "vagos y mal entretenidos" que vivían del abigeato:

"Y andábamos de mugrientos
que el mirarnos daba horror;
les juro que era un dolor
ver esos hombres,¡por Cristo!
En mi perra vida he visto
Una miseria mayor."

Alvaro Barros habla por experiencia propia. Nos dice así que en 1866, al recibir el mando de la frontera, hizo hacer un inventario: figuraban 800 caballos, había 365; figuraban 900 soldados, había 339; pero el coronel Machado, su antecesor, recibía el dinero correspondiente para alimentar y pagar a unos y otros.

Si no tuviera otros méritos – sensibilidad, patriotismo -, ya abona este raro jefe de fronteras el de ser un administrador honrado. Y en épocas de gatuperios, lo que es un deber, adquiere jerarquía de virtud. Como una tregua, a veces, narra el autor alguna picardía de un gaucho o de un indio. Vemos que el ladrón de arriba es burlado por un ladrón del pueblo, y nos regocija; pero no es Alvaro Barros hombre de humorismo. Toma todo en serio y, dramáticamente, de todo saca conclusiones acusadoras: "Si los pulperos no nos comprasen los cueros, nosotros no robaríamos" – oye decir a los indios para justificarse, y se lo dicen al propio gobernador de la provincia. Pero he aquí el reverso de la medalla: Un comerciante confiesa al gobernador: "Si se prohíbe totalmente la compra de cueros a los indios, el comercio del Azul se arruina". ¿Qué hacer? El problema es complejo, es un árbol de raíces hondas. Entran muy adentro de la psique humana.

Los indios roban, y roban no sólo en los trágicos malones en que matan, se llevan cautivos y hacienda por miles y miles; roban también cotidiana y furtivamente. Pero asimismo, los comerciantes compradores de sus robos, valiéndose de su nesciencia, roban a los indios. Y más aún: roban los empleados que deben darles los tributos convenidos a fin de que no taloneen. Los indios, exasperados, se deciden por la violencia. Alguno, como el caso que narra el autor en el capítulo IV, desconfiando del belitre que ha de entregarle el tributo, recurre a una estratagema salvadora. Y de ese laberinto, ¿qué deduce el coronel Barros? Oigámosle: "Se explica, pues, que de los males que los indios nos causan, ellos son menos culpables que nuestros gobiernos, que ignorando o no lo que con ellos se hace, toleran y autorizan lo que debieran desaprobar y reprimir. Enseñando al salvaje las ventajas del trabajo, se despierta su amor a la propiedad; así viene a radicarse y poco a poco se hace bueno y honrado por conveniencia propia…" Y como el humanitario indiófilo no habla así por simple humanitarismo, trae el ejemplo. Nos narra lo que ocurrió en Olavaria. El coronel Borges, al retirarse de este pueblo, deja una guarnición al mando de un capitán. Llega el coronel Elía para sustituirlo, retira la guarnición y ordena demoler los cuarteles; pero el capitán Lucio Florinda – merece recordarse su nombre –ya ha interesado a los indios ocupándolos en distintas faenas, y estos indios trabajadores, reemplazando a la guarnición - ¿intencionadamente? – retirada, custodian el pueblo y evitan los ataques de los indios ociosos. Alvaro Barros levanta un himno a la conducta del capitán, de sus colaboradores y de los indios: "Lo ocurrido en Olavaria – dice -, es una muestra fiel de lo que sucede en toda la República, lo mismo en el presente que en el pasado: la población y la industria avanzando por esfuerzo de los hombres del pueblo, su natural desarrollo contenido, atacado por el poder oficial. El Gobierno ignorándolo todo y poniendo sus elementos en manos pervertidas. Esos mismos indios, pintados siempre con los más sombríos colores, considerados como el único obstáculo opuesto al adelanto, como una terrible amenaza a la humanidad, han manifestado lo contrario con hechos elocuentes. Ellos han contribuido a la defensa de la frontera contra los invasores…"

Pero hay más aún: Barros denuncia que el gobierno no paga a los indios el sueldo que había convenido por su abandono del trabajo para salir a combatir. Protesta airadamente contra esta matagonada del gobierno, y concluye, siempre tesonero, como quien se sabe dueño de la verdad:

"Estos hechos prueban que los indios aceptan la civilización, que quieren regenerarse en el aprendizaje del trabajo y al amparo de la justicia…" "La perfidia de los indios es el resultado de nuestra enseñanza" – sentencia.

Y predice: "Cuando los indios sean tratados con equidad y justicia, serán sometidos a nuestras leyes y autoridades por los mismos beneficios que deben cosechar y poniendo en práctica los sencillos medios que otras naciones nos enseñan, la nuestra alcanzaría en pocos años una altura sorprendente."

No está solo en su prédica. A la misma conclusión han llegado civiles como Francisco Ramos Mejía y Nicasio Oroño, y militares como Pedro Andrés García y Lucio V. Mansilla. Alvaro barros recuerda a los tres primeros. Nicasio Oroño, que fue un gobernador liberal de Santa Fe – estableció, el primero en la República, el matrimonio civil – derrocado por una revolución preparada en Córdoba con el amadrigamiento del presidente Mitre, pues Oroño se había pronunciado contra su candidato Elizalde, ahora senador; publica en 1864 un folleto, Consideraciones sobre fronteras y colonias, donde se leen conceptos semejantes a los de Barros, y embestidas a los peculadores. Ejemplo: "La mejor de las leyes será una burla contra la sociedad, cuando los encargados de cumplirla, carezcan de ese respeto por el cumplimiento del deber que distingue al buen ciudadano del que no lo es." ¿No fueron excelentes las leyes de Indias que dictó España? ¿Cómo las aplicaron en América sus colonizadores de espada y cruz? ¿Y las leyes del gobierno de Mayo? ¿Qué hicieron con ellas los Martín Rodríguez y demás omnipotentes…? En 1815 y 1820, recuerda Barros, aparecen dos hombres tratados con harta injusticia. El coronel Pedro Andrés García, cuyas campañas en procura de sal, imprescindible entonces para la conservación de las carnes, han quedado narradas en los Documentos que recopiló Pedro de Angelis y Francisco Ramos Mejía, amigo de los indígenas que en su estancia de Miraflores fundó un establecimiento frecuentado por ellos. Ambos fueron desconocidos y aun encarcelados por hombres de armas prepotentes. ¿Cómo no va a recordarlos, tremante de indignación, quien está sufriendo lo que García y Ramos Mejía sufrieron? Las frases de Barros sangran.

Antes dije que Alvaro Barros poseía sensibilidad artística. No pocas páginas de su libro lo prueban. Las que en el capítulo VI dedica a evocar la pampa, por ejemplo. El ha vivido en ella. Tal vez se ha hecho baquiano de ella. Al cabo de días y noches de andar aguaitándola, a caballo, con el peligro detrás de cada pastizal o de cada médano; ¿cómo no penetrarla?; "la pampa inmensa y solitaria como el océano, pero más silenciosa y quieta, tiene signos y movimientos invisibles para el extranjero; tan expresivos como puede er la palabra, para el que está iniciado en sus misterios".

Barros se inició en sus misterios, y nos los revela, pero alertando. Describe las persecuciones y combates que ha llevado a los saloneros. Lo hace circunstancialmente, quizás con el propósito de trasmitir a otros militares lo que él ha aprendido a punta de sufrimiento. Las bestias de la llanura – avestruces, gamos – le han servido de guía muchas veces; las socaliñas del indígena le han mostrado lo que éste vale como enemigo. El lo cuenta todo, no para entretener a sus lectores, ni para hacer de ello materia de arte. Alvaro Barros escribe interesadamente, con ese noble interés de los que anhelan traspasar sus conocimientos al prójimo, a fin de que sean útiles. Y como escribe llevado por ese interés superior, escribe con arte. Combativo y polemista, a lo Sarmiento, es, sin proponérselo, en algunas de sus descripciones, artista, como lo fuera Sarmiento en su Facundo. Barros es convincente. La sinceridad trasuda en cada uno de sus párrafos.

También, como a Sarmiento, al autor del libro que comentamos, le brota a cada instante una "conclusión". Narra, describe, pero todo ello termina en una sentencia que puede ser útil a los empeñados en dilucidar el angustioso problema: "Si los gobiernos hubiesen comprendido cuánto importa no despreciar a los indios, habrían adoptado un plan político que trazara la línea de conducta que debieran seguir todos los jefes de frontera, pero desgraciadamente, desde las épocas remotas de la conquista, los indios han sido víctimas frecuentemente de la concupiscencia de los jefes encargados de entenderse con ellos, y a pesar de todo, ¡con cuánta facilidad olvidan las negras traiciones cuando hallan entre nosotros quien les haga justicia y les considere como parte de la humanidad…!

E insiste, fervoroso:

"No llevéis allí – a la tierra del mapuche – la espada de Hernán Cortés o de Pizarro, porque no conseguiríais lo que yo anhelo. Llevad las armas de la civilización: es decir, las armas de la guerra para que los bárbaros os respeten; las de la inteligencia para dominarlos con la enseñanza; las de la industria y el trabajo para que labren su bienestar y os amen por los beneficios que os deban. Haced esto, que si para vosotros es menos halagüeño, es para mí más útil que la gloria de las batallas…"

Estas frases, cayendo de la pluma de un hombre de espada, de un hombre de bien probado valor, ¿no cobran una elocuencia sin par por lo insólitas?

En el capítulo VII hallará el lector el relato de una persecución y combate con los indios que prueban las condiciones de Alvaro Barros como escritor, y lo que él hubiese podido realizar de habérselo propuesto. Da alcance a los indios, los castiga severamente, rescata miles de cabezas de ganado. Todo ello también con ayuda de "indios amigos". Recompensé a los indios lo mejor que pude – no deja de advertirnos – y encarecí al gobierno la necesidad de halagarles para poder contar segura su cooperación contra los otros, pero no se dio a esto importancia alguna y los ndios no tuvieron más recompensa que un poco de aguardiente y de yerba…"

Justicia es abrir un paréntesis y explicar asimismo que las faltas del gobierno no son todas por desidia, sino por impotencia. En rigor, a Mitre, Sarmiento, Avellaneda, no puede considerárseles presidentes de la Nación. Hasta Roca, después de capitalizarse la ciudad de Buenos Aires y contar con los ingresos del puerto ya nacionalizado, las posibilidades de los presidentes fueron bien menguadas y muchas las dificultades que el caudillismo les oponía.

Después de su triunfo sobre la indiada malonera – combate de Parahuil – Alvaro Barros recibe una felicitación de Calfucurá. Aquí subraya él la conducta de éste. Calfucurá avisa que ha salido una invasión, no dice para dónde, avisa sin olvidar de lamentarse que él no pueda contener a sus indios, azuzados por la laceria. Si la invasión es derrotada, Calfucurá felicita al jefe blanco que la derrotó; si tiene éxito, Calfucurá recibe de los indios su parte de botín. La deslealtad del cacique es conocida por todos;¿qué hacer? Es preciso ser tan diplomático como él: callar. No hay fuerza para enrostrarlo, y es preciso tenerlo así, alejado en calidad de semienemigo que con sus lanceros lleva la desolación y la pavura a las calles de los pueblos fronterizos.

"Pero esta deslealtad – justifica aún Alvaro Barros – es lo que debe esperarse cuando se procede con ellos – los indios – de la manera que lo demuestran los hechos referidos anteriormente; y sin embargo, sus avisos de mucho habrían servido, si los jefes hubieran sabido aprovecharlos; si hubieran tenido elementos para operar con actividad y hubieran estado siempre prevenidos y prontos para moverse." También Alvaro Barros recoge una leyenda y una tradición de cómo realizaba su justicia el cacique indio. Es una leyenda preñada de misterio, de poesía y una tradición en la que Calfucurá aparece como vengador, atravesando él mismo de una puñalada al culpable. Calfucurá es juez y verdugo.

Y ambas vuelven a servirle al autor para retomar su tema: "Hay en todo ello – escribe el defensor de los indios, especie de Bartolomé de las Casas laico, araucanizante y de armas llevar – hay en todo ello un fondo de moral que ni los conquistadores ni nosotros les hemos enseñado, y que evela cuan susceptibles serían de aceptarlos beneficios de la civilización, si efectivamente hubiera el sano propósito de atraerlos a ella. El acto de justicia ejecutado por Calfucurá es bárbaro en su forma y en sus alcances, pero si al lado de ese acto de justicia bárbara, se pusiera en evidencia nuestra administración de justicia, en la campaña o en las capitales, tal vez resultara un saldo enorme contra la civilización."

Las concomitancias de Barros con Hernández, saltan a cada vuelta de hoja. Hernández y Barros son, como Fierro y Cruz, "astillas del mesmo palo". Dos boquifrescos. De sus plumas borbotan palabras de indignación, exigiendo justicia. Hernández defiende al gaucho víctima de las levas, sacrificado en beneficio de los puebleros, y Barros defiende al indio, aunque en alguna oportunidad escribe:"… Volvamos la vista hacia el soldado: el pago demora cuando menos seis meses, y cuando más, tres años. Esto agregado al mal tratamiento que experimenta en los cuerpos, en diversos sentidos, induce a los buenos a la deserción…"

Canta Fierro:
"Yo no tenía ni camisa
ni cosa que se parezca,
mis trapos sólo pa yesca
me podían servir al fin…
No hay plaga como un fortín
Para que el hombre padezca…"

"Una noche que reunidos
estaban en la carpeta
empinando una limeta
el Jefe y el Juez de paz,
yo no quise aguardar más
y me hice humo en un sotreta…"

Aserciones todas corroboradas por Vicente Fidel López (Historia de la República Argentina), o Hilario Ascasubi (Santos Vega o los mellizos de la Flor), o José M. Paz (Memorias), o Guillermo Enrique Hudson (Allá lejos, hace tiempo), o Mac Cann (Viaje a Caballo), o Luis H. Sommariva (Historia de las intervenciones federales) y tantos otros. El mismo Hernández se ocupa de ello, en sus artículos de 1869, publicados en su periódico El Río de la Plata (recopilado en los libros: Prosas del autor de Martín Fierro por Enrique Herrero y Prosas del Martín Fierro por Antonio Pagés Larraya.)

Al hablar del soldado "enganchao", generalmente gringo, Barros y Hernández coinciden para denotarle. Se explica que el hombre gringo, agricultor desclasado que el coronel Hilario Ascasubi enganchaba en Europa, no siendo jinete, fuera inapto para la lucha contra el indio.

"…Enviaron cien soldados de línea – cuenta Barros – para la guarnición, pero eran extranjeros que en su vida habían montado sobre el lomo de un caballo, y no traían monturas para que pudieran un día aprender…" Habla Fierro, habla como gran jinete, despreciativo:

"Yo no se porqué el gobierno
nos manda aquí a la frontera
gringada que ni siquiera
se sabe atracar a un pingo.
¡Si creerá al mandar un gringo
que nos manda alguna fiera…!

Y enumera sus defectos, él, hombre de ganadería, contra esos agricultores trasplantados a un medio exótico, desposeídos a quienes los engatusó su propia gazuza:
"No hacen más que dar trabajo
pues no saben ensillar,
no sirven ni pa carniar

"Pa vichar son como ciegos,
no hay ejemplo de que entiendan,
ni hay uno solo que aprienda
al ver un bulto que cruza,
a saber si es avestruza,
o si es jinete, o hacienda…"

Es explicable, sí, la incomprensión de este hombre de la pampa – que también la tuvo para el indio; pero esta incomprensión, esta hostilidad del nativo hacia el foráneo, no hacía más que aumentar las dificultades de la vida en el fortín, obstado por todo, naturaleza y hombres.

Así como Alvaro Barros recibió la influencia de otros publicistas (Nicasio Oroño) para ver el problema del indio y buscarle una solución pacífica, él, Barros, siete años mayor que Hernández, y con más experiencia de la lucha en las fronteras y cantones, seguramente, a su vez, influyó en mucho sobre el autor de Martín Fierro. Lo que en Barros es prosa de periodista, se transforma en inspirado y preciso verso bajo la pluma de Hernández. Un dato que sirve para corroborar esta sugestión: en un batallón por él mandado en el Azul, apunta Barros la existencia de un milico que se llamaba Martín Fierro, precisamente. También es muy posible que Barros influyera sobre otro amigo autonomista y boquifresco: el diputado Leandro Alem, con el cual forma parte de la misma comisión, el año 1877, en la legislatura provincial. Y ya se sabe cuál fue la actitud enjuiciadora de Alem cuando Roca llevó la campaña del 79 que le valiera el título de "Conquistador del Desierto"… y la presidencia de la República. (Paréntesis infaltable: "el desierto", o sea las ricas llanadas del sudoeste argentino, sólo las conquistaría la reforma agraria y sus hombres armados de trilladoras, arados, tractores, y demás implementos de paz, la verdadera civilización.)

Para no dejarse nada en el tintero, Barros se ocupa también de Las Malvinas y de la Patagonia. Muchos hablaban de que el límite sur de la Argentina hallábase en el Río Negro, y abandonaban la demás "tierra maldita" a la voracidad de los rapaces. Barros no opina así: él quiere llevar colonias al sur, al Río Negro: "El plan de seguridad de fronteras en el Río Negro no será realizable sin un sistema serio de colonización". Otra coincidencia con Hernández que proyectaba instalar colonias pobladas con "hijos del país", con gauchos a los que conceptúa laboriosos y pacíficos (véase: Instrucción del estanciero). Barros, a su vez, proyecta colonias con indios a los que también atribuye condiciones para la paz y el trabajo.

Dos visionarios, en suma, dos optimistas a los cuales se oyó pero no se comprendió, y se hizo como si no se los oyera.

En cuanto a las Malvinas, he aquí lo que nos dice Barros: "La posesión de las Malvinas importa para nosotros la pérdida de una isla, pero para Inglaterra no sólo importa su adquisición; desde esa isla ha establecido, y estrecha cada día más, sus relaciones de comercio con los bárbaros de la Patagonia, a quienes trata con benignidad y justicia. Se ha granjeado así su confianza y constantemente mantiene un número de jóvenes ingleses entre los indios que aprenden su idioma y sus costumbres; y lleva a las Malvinas un número igual de jóvenes indios a quienes enseñan el idioma inglés, varias industrias, música y canciones cuyo espíritu vaya preparando a los indios según las miras y conveniencias de Inglaterra…"

Alertando contra la penetración extranjera en la entonces lejanísima Patagonia, Barros demuestra su espíritu de hombre que se adelantaba, a fuer de sincero y desinteresado, a muchos políticos de su hora, anudados en zambras de pequeños intereses.

"La civilización por el exterminio no es civilización sino barbarie" – deja caer aforísticamente el predicador de la paz.

Y sintetiza en el "Apéndice" el propósito de su libro:

"Todo el presente libro, desde su título hasta el más insignificante de sus detalles, me ha sido inspirado por la intención de poner mi humilde contingente al servicio de la solución de uno de los grandes problemas argentinos, a saber: la apropiación del desierto a los fines de la civilización."

Así es, en verdad. Y por ello mucho significó, allá en 1872, cuando aún el indio asordaba las poblaciones con sus alaridos amenazantes y cuando las pampas mismas se presentaban como un peligro abismal que los blancos oteaban aún desde lejos…

Al terminar de leer Fronteras y Territorios Federales de las pampas del sur, nos preguntamos: ¿Y si el logro de las pampas se hubiese llevado a cabo como civilización, no como conquista? ¿Si se hubiese sabido – o podido – incorporar al aborigen, mediante colonias agrícolas, como señalan el sabio Felix de Azara, Ramos Mejía, Oroño, Barros?... ¿Si los miles de indios, hombres de brava reciura, sacrificados por las armas de fuego, la viruela, el alcohol de ínfima calidad, la sífilis, o sea, sacrificados por el malón cristiano; o sumidos en los batallones de línea para emplearlos en las guerras civiles, se hubiesen transformado en trabajadores de la tierra? Es decir, si se hubiese querido oír a este visionario, como todos los visionarios, quizás no en la huella de la realidad, pero sí de la verdad, ¿no hubiese sido otro el resultado? ¿No sería aún otra la floración de todo este vasto, fértil, magnífico sur argentino que sigue a la espera, todavía desierto, del estupendo porvenir al que debe estar destinado?...

1957