Estudios Preliminares

CROQUIS Y SILUETAS MILITARES. ESCENAS CONTEMPORANEAS DE NUESTROS CAMPAMENTOS

EDUARDO GUTIERREZ, Editorial Hachette - Colección "El pasado Argentino" - Marzo 1956

OIR Y VER, he aquí las fuentes de Eduardo Gutiérrez en cuanto escritor. Innegablemente, oyó mucho y vio mucho. En la casa de sus padres oyó relatarlas peripecias de los tiempos de la tiranía. De ese oír extrajo cuatro libros. Fue a La Rioja y allá oyó hablar de El Chacho; otros cuatro libros. Fue al fuerte "general paz", a hacer vida de fortín, a pelear con los indios en Laguna del Monte, en Guamicú, en Blanca grande – su foja de servicios da diez años, ocho meses y doce días – allí oyó y vio; de lo visto y oído trajo sus Croquis y siluetas militares, un libro de recordaciones, sentimental, épico y humorista, un libro exaltador del coraje, de la abnegación, de la amistad, y ameno por su pintoresquismo. Un libro lleno de vida, de fuerza, de amor hacia los sacrificados héroes, muchos de ellos anónimos. Desfilan por él figuras de militares que hoy, en la frágil memoria de los hombres, son una estatua o una calle de suburbio; pero ayer, ¡oh aquel temible ayer Se llaman Francisco Borges, o Hilario Lagos, o Luis María Campos, o Claudio Mamerto Cuenca o Manuel Rosseti. Ya en la frontera cristiano-india, ya en Entre Ríos o en La Rioja con las montoneras, ya en las selvas del paraguay, sean relatos oídos o "cosas vistas", todo es interesante, se mueve, apasiona. Los personajes se hallan burilados con vigor, el ambiente es el de la propia vida y las anécdotas son viriles y ejemplares. El libro se subtitula "escenas contemporáneas de nuestros campamentos".

Subtítulo que lo define. En él Gutiérrez se adjudica una misión: "Hacer conocer al pueblo sus más leales soldados", porque "es bueno levantar del olvido de cuando en cuando como ejemplo de abnegación y patriotismo, la figura luminosa de aquellos que cayeron como buenos en cumplimiento de un deber y para quienes la patria no ha guardado el menor recuerdo". Narra así, rápidamente, amanera de esbozo pero con fuerza y simpatía, las castigadas existencias de Muzlera, de Rivas, de Murature, de Morales, de Racedo, de Arredondo, de Piedrabuena, de Lara, de Heredia, de Klein y de tantos otros que ahora aparecen como entre líneas, al pasar por sus relatos, aunque todos llevan su epíteto. Son "bravos", "imponentes", "magníficos", "estupendos". Y no lo llevan en vano, porque tras la anécdota narrada por Gutiérrez, el lector se dice: En verdad aquellos hombres eran, sí, estupendos, magníficos, imponentes, bravos… Y chacotones y sentimentales, además de heroicos. Entre jarana y chistes, soportaban fríos, hambres, miseria, sed, enfermedades, heridas, zozobras, malones, soledad, riesgos de muerte. ¡Y con qué simpatía evoca Gutiérrez a los "héroes ignorados", sobretodo a aquellos que él sabe no tendrán estatua, que en ningún nombre de calle quedará la huella de su paso por una vida de abnegación y de coraje! El negro Montenegro, el soldado más alegre del 6, cuyas "filas no han contado nunca un flojo"; María carmen, una negra nombrada sargento, capaz de pelear a cuchillo con un salvaje, y ultimarlo; "Mañanita", a quien el amor de Luzlinda -¡qué nombre, un hallazgo! – transforma; el "Tuerto sarmiento", can de la yerba escasa de su coronel, por el cual se desvela; Gregorio Carrizo, admirable de abnegación; el sargento Liendo, que comete el mayor sacrificio imaginable entre aquellos hombres: pasar por flojo para no comprometer a un compañero; el "soldado de línea", así, en abstracto, al que califica de "general en cualquier arma, privado de todo goce", pasa su vida miserable con el arma al brazo, eternamente combatiendo, guardián constante de la inmensa fortuna que encierra nuestra campaña". Renglón aparte merece "El Sargento". Este no es un hombre. Es un perro atorrante. Es un perro inteligente, valeroso, sentimental, un aparcero. "El Sargento" adquiere jerarquía humana. Eduardo Gutiérrez, metamorfoseado en perro, así hubiera sido. Esta narración, "Un regimiento espartano", "Amor de leona" y "Un corazón bravo", bien merecen la perpetuación de un nombre en la literatura.

El gaucho siempre sintió la amistad. Ejemplos: Chano y Contreras (Hidalgo), Vega y Rufo (Ascasubi), Laguna y El Pollo (Del Campo), Fierro y Cruz (Hernández), Santos Vega y Carmona, Pastor Luna y El Mataco (Gutiérrez). La amistad, sentimiento núcleo de lo más elevado del hombre, la solidaridad, es exaltada de continuo por el autor de estos Croquis. No se anda con filfas Gutiérrez para hablar bien de sus amigos: "He aquí un soldado – escribe sobre uno – de quien, sin la menor exageración, puede decirse que fue la flor y nata del ejército argentino". Sus ponderaciones del coronel Lagos no tienen fin: "el benemérito coronel Lagos", "Lagos no había querido llevarse nada para quedar en igual condición a sus oficiales", "el valor asombroso de este jefe", "Lagos, con la viveza de carácter que le es característica y esa rapidez audaz de condición que le distingue", "Lagos a quien los peligros atraen con fuerza desconocida", "no era lo malo que aquel hombre generoso tuviese yerba y azúcar cuando nadie los tenía, porque teniendo él, tenían todos…" y comienza su perfil con este elogio; "Es una lámina de acero que no hay fuerza capaz de torcer…" También alaba esta cualidad de su admirado amigo: "Magnánimo y bueno, fue siempre enemigo de los castigos brutales aplicados a la tropa, que tuvo siempre en él un protector y un padre". Esto constituye un estribillo en los relatos de Gutiérrez. Se ve que él, por sensibilidad, había llegado a lo que Napoleón llegó por cálculo: En sus ejércitos, innovación que impuso desde su primera guerra en Italia, no se castigaba al soldado, como se hacía en los de sus enemigos Austria y Prusia. "Soldado a quien se humilla – explicaba él – pierde su aptitud para el heroísmo. No aspirará a la gloria". Gutiérrez alaba también a Campos por esta actitud: "El soldado ha sido siempre para él una entidad digna del mayor respeto, a quien no se puede ajar sin ajar la dignidad nacional que representa". Y por lo mismo, alaba a Rivas: "Su espada de subalterno no se alzó nunca sobre las espaldas de la tropa…"; a Rosseti: "Bueno y generoso, en aquellos tiempos en que el soldado era tratado con rigor inhumano, jamás su espada se levantó contra el débil, ni su palabra contra el subalterno…"

Y exalta – la exaltación es continua en este libro – a uno de esos soldados a quien, llevado por el fragor del combate, el jefe golpea para hacerlo obedecer. El soldado se hace matar por el enemigo. Fue su modo de olvidar la afrenta.

Gutiérrez escribe como habla. Se "deja ir", sin preocupaciones de estilo ni de sintaxis, a veces. Ejemplos: "los enemigos estaban hambreando por darse un abrazo…", "habían estado a punto de romperse el bautismo…", "dormía Pancho Elizalde pegando cada ronquido como un cañonazo…", "un tenor francés más celoso que un turco…", "otro puñetazo terrible que le sacó limpiadamente la chocolate…", "el general Paunero que andaba bastante apurado…", "cayó una helada de todos los diablos…", "se complotaron tres asesinos para deshacerse de él y del jabón que le tenían…", "Godoy se rascaba los matambres…"

Por momentos ese "dejarse ir" se torna insoportable para el oído. Las asonancias, los defectos de sintaxis, las repeticiones, los adjetivos manoseados golpean. Pero a veces también, ese "dejarse ir" lo hace encontrar expresiones acertadas, de eficaz sugestión para sus lectores: "Aquel enemigo más salidor que un gallo criollo…", " Franceschi, que no sabía andar a caballo y temía lo basureara el mancarrón…", "una negra buena moza más grande que un rancho…", "le envolvió la cabeza de un latigazo…""las tabletas le bailaban un malambo en el estómago…", "la provincia no había sido sino hacienda de sus capataces gobernadores…", "aquel lujo de valor…", "la situación era peluda pues el fuego arreciaba…", "los oficiales andaban mirando un mateen cada planta de pasto…""una de esas madrugadas afeitadoras…"

Gutiérrez escribe como hablan sus personajes, con sus modismos y su léxico: El caballo es patria, el poncho patria, la yerba patria, el tabaco patria. ¿Pero por qué emplea el tú y no el vos? ¿Por qué este artificio en un escritor tan ajeno a todo artificio? A veces, muy pocas, se le escapa una expresión en francés: "La silueta de lagos vienen a ser aquí el digno pendant de la silueta de Borges". ¡Y esto?. Se pregunta uno. Hombre del 80, ¿cómo no rendir culto a su hora? Aunque Gutiérrez, quizás para disculparse a sí mismo, las pocas veces que emplea un vocablo o una frase en francés, los subraya. Pero silueta en vez de perfil, ¿no es ya un galicismo? La época es de afrancesamiento: un escritor bien criollo, Mansilla sea el caso, quiere charlar desde París con sus lectores argentinos. No se le ocurre enviar "conversaciones" o "paliques". Envía "causeríes". Un grupo de intelectuales funda una sociedad humorística; no se les ocurre denominarla "Sociedad de los macaneadores", sino "Société des Macaneurs". El gabacho es el buen gusto de la época. ¿Se va a cuidar este apresurado periodista sin vanidad literaria de averiguar si tal vocablo que oyó a uno de sus humildes personajes es una voz castiza o es un arcaísmo en desuso – en desuso para la Real Academia, no para el gaucho – o es un barbarismo o un neologismo? ¿Se va a cuidar él si en tal frase comete un solecismo capaz de hacer que un profesor de gramática pegue una espantada a lo matungo herido por un tábano? Y esta pregunta: ¿Por qué en este libro, cuya veracidad es evidente, sólo se toma mate con azúcar? ¿Puede creerse que en los campamentos estaba desterrado el cimarrón sabroso y digestivo?

Leer Croquis y siluetas militares es ir descubriendo la historia interna de la Argentina, la que no se percibe en textos ni aun en libros cargados de erudición. Ejemplo: Por ahí nos dice que el coronel Olivencia, edecán de Urquiza, era el consejero de Calfucurá antes de Cepeda; por ahí encontramos estos nombres entre los oficiales de la revuelta de 1874: Adolfo Lamarque, Lucio Vicente López, Roque Sáenz Peña, Estanislao del Campo, José María Ramos Mejía…; por ahí se nos aparece el antirrosismo de Gutiérrez en frases como ésta: "Cuando la sociedad argentina se encontraba gimiendo bajo el puñal de la mazorca…"; por ahí sabemos que "mazorquero" era un adjetivo sinónimo de pillo o ladrón (recuerdo a mi abuela llamándonos "mazorqueros" cuando, a pesar de las llaves, nuestra gula infantil encontraba el modo de hurtar su patay, su arrope o sus ticholos); por ahí sabemos por qué Roca, cuando la revolución del 74, venció en Santa Rosa a Arredondo. Fue asunto de caballos otra vez, como lo fue tantas veces en aquellas guerrillas todas movilidad. Fue porque el coronel Hornos le trajo una arriada de dos mil caballos; por ahí también, para mejor conocer a Gutiérrez, al que nuestros predecesores nos dejaron en la penumbra, descubrimos sus aficiones de lector: Habla del Quijote: "Lánguido y metafísico como en buen Rocinante…" o de la Biblia y de los Evangelios o de Dumas: "Era el D'Artagnan criollo, pero más insolente, más soberbio que el D'Artagnan gascón…", nos dice al retratar a uno de los oficiales; habla de El jorobado de Lagardére, una novela de aventuras y espadachines muy en boga en otros tiempos. Insistiendo en las lecturas – para mejor conocer al borroneado Gutiérrez -, por ahí hace este elogio del general Racedo: "La sorpresa viene y se descubre en el soldado al hombre de refinados estudios, hasta el extremo de que una noche, conversando de bellas letras, le hemos oído referir un pasaje de la Biblia, otro de Shakespeare, otro de un autor clásico latino, de memoria y sin una sola falta". Y de eso extrae Gutiérrez una conclusión a la vez sorpresiva y halagadora. Dice: "El general Racedo está destinado a ser una de las más lúcidas figuras del ejército, porque es un hombre que lee, lee mucho, y comprende y aprecia los libros que estudia". Más adelante veremos cómo uno de los hermanos de Gutiérrez afirma que Eduardo no había leído más que el Quijote. No lo creemos. Quien llega a la conclusión arriba señalada, es hombre que aprecia la lectura, que halla gozo en ella, y a quien su utilidad no escapa, por cierto.

Siempre, de cada una de sus páginas, en estos "croquis y siluetas", picante aromo, perenne aroma, fluye el coraje, el coraje, ¡más coraje! Es un despilfarro de coraje. Temeridad y espada al cinto significaron la misma cosa. Ser prudente hubiera sido infamante. Se mata y se muere "como quien se toma un vaso de caña", empleando una de esas expresiones populares caras a Gutiérrez. "¿Se anima, comandante – pregunta el coronel Hornos Al comandante Muslera -, se anima a tomar esa caballada y traerla?..." El comandante tiene una respuesta digna de Nelson, del coraje tranquilo y firme del gran almirante. Responde sin fanfarria latina: "Yo siempre me animo a cumplir las órdenes que se me den…" La vida de esos hombres está hecha toda de puro coraje. Afirmaciones como éstas, orgullosas, harían cosquillas a sus lectores y le atraerían más lectores: "Sobresalir de valiente en el ejército argentino, es cosa por lo menos difícil, sino imposible. En el ataque – el coronel Rosseti – era impetuoso y bravío, pero siempre, dentro de las órdenes recibidas, entonces dejaba de ser soldado inglés para ser soldado argentino". "Los bizarros esfuerzos de la Guardia Nacional de Buenos Aires llegaron a oscurecer a la misma tropa de línea, que se batía de una manera heroica". "No se ha disparado un solo tiro en la república Argentina sin que él – Arredondo – haya estado presente". "El 6 de línea ha dado jefes como Arredondo, Arias y campos, capaces de hacer soldados con un pedazo de palo…"

Croquis y siluetas militares es el libro de un sentidor que sabe hacernos sentir. Aun el lector más culto, si se despreocupa un poco de su forma y va a su médula, puede hallar en este libro de evocaciones y recuerdos, de historia novelada, como es todo lo de Eduardo Gutiérrez, emoción y belleza. Tiene algo de las corrientes subterráneas de la llanura: a fin de encontrarlas, es preciso cavar la áspera costra terrestre; para saber lo que en este tosco libro palpita, es preciso ir hacia él, desear encontrarlo.

La novela histórica – un género al cual pertenecen estos croquis y siluetas – no es historia ni es novela. Es como un animal que, no siendo terrestre ni alado, corriese más ligero que un pingo y volase más raudo que un petrel. La novela histórica no es historia, pero entretiene más que la historia. Tampoco es novela, pero instruye más que la novela, posiblemente. La estructuración de la sociedad francesa después de la Revolución de 1789, se ve en las novelas de Balzac, no en los libros de Thiers y otros recopiladores de anécdotas sobre el Consulado y el Imperio. La fiebre mental, el pánico económico que desembocarían en la conspiración del Parque, el 90, se halla en La Bolsa de Julián Martel, como se halla la descomposición político-administrativa de la presidencia de Juárez Celman en Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró.

Entre las leyendas también podrían clasificarse a estos croquis. La leyenda es una neblina. Esfuma el contorno de los hechos, les quita precisión y materialidad. Pero al través de la leyenda, vemos mejor a los hombres y sus actos, porque vemos asimismo lo que esos imprecisos contornos despiertan en la imaginación. Vemos algo que es una realidad y aun lo que esa realidad nos sugiere. Ver al través de la leyenda, es adivinar, es presentir. Es ver con ojos de artista, los ojos que ven más allá y más adentro.

El arte no es un espejo donde el hombre se contempla a sí mismo: el arte es un vidrio al través del cual el hombre ve a otros hombres.

No se puede ser buen historiador sin ser algo novelista: Herodoto, por ejemplo. ¿Qué es más: novelista o historiador el "padre de la historia?" Quienes narraron la historia del pueblo de Israel, ¿fueron sólo historiadores? ¿El Antiguo Testamento perdura por la exactitud y veracidad de sus hechos históricos o porque tales hechos han sido hiperbolizados y coloreados hasta adquirir hermosura de leyendas? Comparando los Evangelios con los Evangelios Apócrifos, ¿en cuáles hay más lindezas sino en estos últimos, imaginados por hombres más propensos a creer en milagros y misterios – esencia de poesía -, es decir, más artistas que veraces?

Todo esto para salir en defensa de Eduardo Gutiérrez, macaneador, sí, en sus novelas gauchesco-policiales, ¡pero qué macaneador más lindo!... A través de estos Croquis y siluetas militares, ¿no vemos acaso hombres, unos hombres cabalmente hombres? Así considerado, ¿Cómo negar que Eduardo Gutiérrez, en muchas de sus páginas, es un artista? Alguien concederá: Sí, un artista, pero de mal gusto, Habla de "enema", y en una oportunidad no dice "lavativa". ¿Y el episodio del "Banquete de las caronas"?, seguirá arguyendo que alguien excesivamente pulcro… No es un episodio que huela bien, como no huele a rosas algún episodio del Quijote, pero el de Gutiérrez ocurre en un fortín, con gente asediada por la sed, no es un salón… Además, lo que se llama "buen gusto", es por lo común, redondearse las aristas, limarse la originalidad, hacerse inofensivo. ¿Y cómo ser, aun escribiendo, inofensivo, o sea "maula", "flojo", este exaltador de hombres corajudos?

Eduardo Gutiérrez publicó treinta y un libros, y si no hubiese escrito Juan Moreira quizás nadie lo recordaría. No es, sin embargo, Juan Moreira, su mejor libro. No es mejor que sus evocaciones histórico-novelescas sobre el tirano Rosas o sobre el caudillo El Chacho. No es mejor, por cierto, que este veraz y vívido Croquis y siluetas militares. Pero el éxito es un bromista, a veces tan chungón que juega con trampa al propio escritor que lo ha desafiado. Esto le ocurrió a Eduardo Gutiérrez. Continúa siendo, para el público, el autor de Juan Moreira, del Moreira que aplaudió en la pista y el tablado de los circos suburbanos y puebleros. ¿Y quién de ese público para el cual Eduardo Gutiérrez es un nombre familiar, ha leído no ya los cuatro libros sobre Rosas, ni los cuatro sobre El Chacho, ni este colorido de Croquis y siluetas militares, ha leído la propia novela de la cual su autor extrajo el mimodrama que el payaso criollísimo "Pepino el 88", transformado en el actor gauchesco pepe Podestá, convirtió en tragedia? No imaginarían, a buen seguro, sus hermanos mayores, todos periodistas, que el pergeneador de "folletines", como le vienen llamando sin leerlos, los trabucadores de historias literarias, les disputaría el recuerdo ante la posteridad olvidadiza.

Juan Francisco Gutiérrez y María Sáenz tuvieron seis hijos: José María, el director de La Nación Argentina – después La Nación -, a quien se confunde repetidamente, con Juan María Gutiérrez, el compañero de Echeverría y Alberdi en la Asociación de Mayo, el cual nada tiene que ver con esta familia; luego Alberto, Juan, carlos, Ricardo, el célebre médico de niños y poeta, y por último Eduardo, un porteño típico, andorrero y vivaz, palabra y pluma fáciles y copiosas. Su inquietud y su facilidad habrían de serle fatales. La una, porque llevándolo a la dura vida de los campamentos, le haría contraer la enfermedad que lo mataría prematuramente; la otra porque, empujándole a multiplicarse por sí mismo y sin tregua, quitaría perennidad a la mayor parte de su obra.

Nació este defensor sentimental de los gauchos – como Hernández, fue su abogado razonador – en la ciudad de Buenos Aires y en el seno de una familia culta. Por lo común se repite la fecha de 1853, empero en el acta de su bautismo (iglesia de Montserrat, libro 13 folio 78) se da el 15 de julio de 1851. de sus tíos abuelos, uno era Bartolomé Hidalgo, el de los Diálogos y cielitos de la Independencia; su cuñado iba a ser Estanislao del Campo, el del Fausto criollo; su hermano Ricardo escribiría Lázaro, poema del romanticismo gauchesco. Ya se ve: llevaba en la sangre el mester de gauchería, como llevaba también la vocación del periodismo. Alto, rubión, delgadísimo, bohemiamente elegante, pues se tocaba con un gran sombrero aludo y usaba y usaba melenas y barbas numerosas, pulcro en el vestir, este escritor y periodista llegó a ser popular para las gentes de la "gran aldea", en una época de hombres populares: Mitre, Sarmiento, Alsina, Mansilla, Alem, Hernández…

Uno de sus hermanos, escribiendo a un pariente, lo pinta: "Su pelo era castaño con luces rubias, pues de chico fue rubio; sus ojos eran celestes, claros como el cobalto del cielo a mediodía; las pestañas, color castaño, casi negras, larguísimas y sombrías; sus ojos grandes, de una expresión dulce y hondamente cariñosos, tal como era su espíritu. Eduardo, que jamás pensaba lo que iba a escribir, escribía mientras tenía pluma, tinta y papel, sin detenerse, con una fecundidad extraordinaria, y después de sus folletines, su artículo y sus notas humorísticas, si el regente decía faltarle un par de columnas a las dos de la madrugada, con la misma frescura que empezara en la tarde, hacía esas dos columnas con rapidez asombrosa. Más adelante, ya casado, todas sus diversiones cesaron para contraerse en absoluto al hogar, llamado por el amor de los suyos, pues tenía adoración por sus hijos. La lucha por la vida lo azotó reciamente y tuvo que trabajar mucho. Vivía en Flores, en una casa que había comprado con el producto de Juan Moreira. De noche, en su escritorio, interrumpiéndose con la atención de sus hijos, sanos o en sus enfermedades, escribía teniendo al lado su bandeja de cigarrillos turcos, los que al amanecer se agotaban. Así se hacía folletín para varios días, el que llevaba a la imprenta y estaba fresco para sus otros trabajos. Cuando le avisaban que el original del boletín se había agotado, leía el último folletín publicado y con sólo esto se ponía al corriente y continuaba. Jamás releyó sus originales ni corrigió las pruebas, a tal extremo que, por descargo de conciencia, al editar en folleto sus obras, ponía en la tapa: Sin corrección del autor."

Eduardo Gutiérrez vivió con premura, como presintiendo que no le restaría mucho tiempo, vivió en las redacciones de los diarios, en el tumulto político de su gran aldea natal, en los fortines, de frente a la indiada malonera, en los campamentos, intentando civilizar, a sable y bala, a los montoneros del norte, aún recelosos. "Vida de campo en estancias no la hizo nunca – cuenta su hermano Carlos a Ricardo Rojas, que le pide pormenores personales -. Fue un vidente de sus escenas y sus tipos. Vida de campamento sí hizo, pues fue militar, haciendo su carrera en la frontera, en la guerra con los indios, en el 2 de caballería a las órdenes del coronel Hilario Lagos, a quien dedicó su libro Croquis y siluetas múltiples. En el 2 de caballería sirvió desde distinguido hasta capitán, y cuando la revolución del 80, como todas sus simpatías estaban con los revolucionarios – o sea, los porteñistas de Tejedor -, pasó una nota a la Inspección General de Armas, comunicando que se daba de baja del ejército. El general Luis María Campos, que era el inspector, rió en grande de la ocurrencia, a pesar de la situación política, y no dio curso a la nota, según me dijo ese gran amigo nuestro; Eduardo no volvió al ejército. Sus campañas fueron duras en esa época en que se expedicionaba sobre los indios, sin carpas, pasando las noches al ras y durmiendo a campo, sobre charcos que se escarchaban y a la de Dios es grande. El, hijo de otro ambiente, dando mimado y amante de abrigos y del fuego, contrajo la enfermedad que le llevó a la tumba."

La anécdota que el hermano narra está pintando al hombre. La sinceridad de su resoluta ideología que lanza por la borda la carrera militar y vuelve a coger su péñola de periodista para seguir peleando contra los que pretendían federalizar a Buenos Aires. Es un autonomista hasta romperse, como su admirado Alem, no como Hernández, su maestro, más apto para evolucionar, más inteligente. De esta anécdota, como de cuánto le ocurrió en la vida, sale Eduardo Gutiérrez con un libro, uno de sus más curiosos y novelescos libros. Se llama La muerte de Buenos Aires. Cuando me documentaba para mi biografía Alem, el hombre de la multitud, encontrándole en la Biblioteca nacional y lo leí en dos tardes. Lo comenté así: "Melodramático, tomándolo todo a lo terrible; panfletario, haciendo de Avellaneda un Nerón y, por esto, entretenido; La muerte de Buenos Aires, de Eduardo Gutiérrez, de filiación tejedorcita. Lo que fue el porteñismo del 80 se halla volcado en ese libro feroz y ameno…"

¿No está ya todo Gutiérrez, hombre de pasiones encendidas y de emociones en flor, sintetizado en esos dos epítetos: feroz y ameno? Habría que agregarle otro: sentimental. Su temperamento era más de poeta que de novelista.

Véase, por ejemplo, la carta que desde el fortín General Paz escribe a la madre un 30 de julio de 1874: "Madrecita querida: Todas las tardes, cuando las cornetas tocan a oración, yo me saco la gorra, la bendigo a usted, madrecita adorada y, a través de la distancia, yo la veo que usted me mira sontiéndose con esa sonrisa angelical cuando piensa en su hijo. Y entonces le pido su bendición y su perdón por los malos tratos que le he dado, para que Dios no me deje de su mano. Su hijito que la adora. Eduardo."

Nos cuesta mucho imaginar al mocil guerrero, ceñoso, más para impedir que los lagrimones prontos a saltar le manchen en papel, greñudo, embarrado, al fin de una jornada de galopar en gresca con la salvajina, a la hora del canticio, alumbrado por un velón, pergeñando con su letra pequeña, nerviosa y clara esa eístola húmeda de saudades y ternura.

Porque así era ese Eduardo Gutiérrez, un apasionado, un sentimental que ha escrito, a vuela pluma, volcándose todo él, los libros más sangrantes de la literatura argentina, los que más han estremecido de horror y escalofriado despiadadamente a sus muchos lectores.

Alguien, algún día, con más tiempo y espacio que los concedidos a un prólogo, entrará por la variada y numerosa producción de Gutiérrez. Saldrá de allí con la pluma llena de páginas documentales. Gutiérrez es un mundo sin explorar, sólo por desdén hacia lo melodramático y lo grotesco. Aunque la vida, que es grotesca, ¿no es melodramática? ¡Qué de sorpresas esconde ese mundo para el estudioso! Porque si Gutiérrez, nada zahareño, locuaz parlador de redacciones de diario, fogones de estancia, vivaques de campamento, y quizás pulperías de campo y esquinas de arrabal, escribió mucho, también mucho oyó y vio mucho. Tal su materia prima. Después entrará a adornar lo visto y oído su fantasía noveladora y novelera. Alguna vez, aquel esperado estudioso, desechando lo que agregó la infatigable fantasía de Gutiérrez – como quien se abre camino entre zarzas -, irá a ver y oír lo que él vio y oyó con oído y vista alertas. ¡Cuántos episodios, reminiscencias, perfiles, sugestiones, descubrimientos…!

Todos esos libros, libros y aventuras y policiales, exposición de crímenes, de robos, de duelos a facón, de hombres hazareños hasta la inverosímil, libros chorreando sangre y lágrimas, libros crueles, impresionantes; los escribió aquel mozo buido, de dulces ojos claros y escuálida figura para los periódicos. Fue un periodista que, así como escribía Crónicas o notas risueñas, también escribía sobre "los dramas del terror" o sobre las "grandes estafas". Luego, como hubo editor a quien aquellas historias de dramas y robos interesaban, él, siempre a la búsqueda de los pesos volátiles, las dejó publicar en libros, aunque ajeno a la vanidad literaria, sin tomarse la molestia de corregirlas. Y fue novelista. A lo menos, como novelista pasó a la historia de la literatura. ¿Escritor, periodista? Del escritor al periodista existe la diferencia que hay del pintor al fotógrafo: uno es obra de la naturaleza, posee un don, el otro es fruto de la técnica, posee una máquina. ¿Y que era Eduardo Gutiérrez, escribiendo sin pensar – según confidencia su hermano – sin releer sus originales, sin corregir las pruebas de sus libros tan siquiera, sino una máquina de escribir? ¿Se puede imaginar un martirio mayor para Flaubert, arquetipo de escritor, que obligarle a hacer de periodista? Además, un "buen periodista" es el que dice en cien palabras lo que pudiera decir en diez. Un"buen escritor" es todo lo contrario. Por ventura, todos esos géminos: Moreira, Cuello, Juan sin Patria, Mataco, Pastor Luna, Santos Vega, Hormiga Negra o Tigre del Quequén, cientos y cientos de páginas, ¿no están relatados, escritos a punzón, en algunas sextinas del Martín Fierro? También, el perfecto periodista es un ser catastrófico.

Hoy se dice "sensacionalista". A quien la ruptura de un huevo le trae visiones de explosión volcánica, debe dedicarse al periodismo. ¿Un tintero se vuelca? Quien vea en ello un mal irreparable, el sino de una fatalidad, hágase periodista. ¡Pero hay de aquea lógica, serenidad de juicio, precisión en la palabra, y pretenda ser periodista! La acribología, sobretodo, hará que el periodista coma fracaso, duerma sobre espinoso ridículo. Para ser periodista nato hay que estar orgánicamente constituido para la hipérbole. ¿Sentido común, capacidad de análisis, sobriedad de estilo? ¡Menguado quien los posea! Ni meditar, ni analizar, ni castigar los adjetivos. Ahí está la exclamación hirviente, coloreada al rojo y negro, burbujeante y caudalosa. Así es la calle, y el diario para la calle está hecho para leerle en el tranvía, de pie y haciendo equilibrios; en los entreactos, en la mesa del café entre el ruido de copas y conversaciones, apresuradamente. ¡Pensar que hay quienes se acuestan con el diario a fin de atrapar el sueño! Y comienza el desfile de asesinatos y robos, la epilepsia de cien raros, imprevistos, casi imposibles acontecimientos… ¡No! ¿Para qué ha escrito su Ética el gran judeo- holandés Baruch Espinosa sino pensando en los insomnes? ¿Para qué ha escrito su Puñal del tirano o La mazorca o La infamia de una madre o El jorobado o Lanza, el gran banquero, el periodista Eduardo Gutiérrez, si no es para desvelar fogones, para sacudir el sistema nervioso de los somnolientos? ¡Cuánta aplacible siesta han perturbado los toletoles de sus dagas gauchescas sacando chispas contra los sables de los milicianos, a quienes poco les placería "andar con la lata a la cintura"! ¡Cuánta niña, desvelándose, con los ojos quemados, más por las lágrimas que por la mala luz, no ha soñado ver como, de estampío, se abre su ventana, aparece un bizarro mocetón melenudo y barbinegro, la levanta en vilo y, de un salto, la enanca en su bridón piafante!

Homero, olvidando su misión de poeta, a veces dormitaba – según sus aristarcos sentencian – y descendía a ser un croniquero en hexámetros. Gutiérrez, a la inversa, alertándose a veces, abandona al trajinado periodista, a que sestee, y despierta a su novelador, sobretodo cuando evoca su vida por las fronteras, allá en la pampa misteriosa, infinita, o cuando recuerda lo que a sus mayores oyere de lo acaecido durante la dictadura mazorquera. Tanto es así que su Juan Manuel Rosas arranca este juicio a Ingenieros (Evolución de las ideas argentinas, t. III): "Para toda la juventud de Rosas no conocemos libro más comprensivo y perspicaz que el de Eduardo Gutiérrez… Sobre esta primera permanencia en el establecimiento de "La Atalaya" ver el colorido capítulo 'El noble paisano'."

Por supuesto, lo apuntado no tiene autoridad de regla para todos los periodistas, y si lo tuviere, están las excepciones. Se me ocurren los nombres de Sarmiento, de Payró, de Barreto, para no salir de nuestra literatura. Allí está sarmiento, que fue un periodista huracanal, y con cuya prosa periodística, fuerte de expresión y rica de ideas, se han colmado los 52 tomos de sus obras; allí está Roberto Payró, cuyas crónicas periodísticas se recogieron en dos libros ejemplares, En las tierras del Inti y La Australia argentina; allí está Rafael Barrett, vigoroso y sutil – Ideas y críticas, Mirando vivir, El dolor paraguayo…, escritos día por día para las hojas volanderas de un diario.

Decir Gutiérrez, como decir Varela, como decir Mitre, era decir periodista. Eduardo Gutiérrez, fiel a la tradición familiar, desde la adolescencia se hundió en las tumultuosas redacciones de los diarios de su tiempo. Y escribió en "La Nación Argentina", en "La Patria Argentina", en "La Tribuna", en "El Pueblo Argentino", en "La Crónica", en "El Orden", en "El Nacional", en "Sudamérica"… Cuando muy joven, notas risueñas, crónicas pugnases o pícaras, flores de juventud, dejando correr la tinta que de él brotaba "como agua de manantial"; después se dedicó a colmar el folletín de aquellos diarios – grandes como sábanas – con sus vidas de gauchos malos, sus crónicas de robos y estafas o sus evocaciones y recuerdos histórico-imaginativos.

Sea, en resumen, una anotación sobre los principales diarios que se disputaron la colaboración de aquel cajetilla porteño, defensor de gauchos, exaltador de ladrones, relator del pasado aventurero, y a quien leían, no sólo las gentes del suburbio – como se ha dicho -, sino todas las clases sociales. Y no sólo en la capital, sino en todo rincón del país adonde aquellos diarios llegaran.

"La Nación Argentina", desde 1870 "La Nación", es el diario de Mitre, aunque aparece dirigido por José María Gutiérrez, sale a luz en 1862. Defiende la política del presidente. En 1870, al bajar Mitre de la presidencia, toma su dirección y cambia de nombre.

"La Patria Argentina", que dirige también José María Gutiérrez, aparece desde 1878 a 1880. Aquí es donde Eduardo Gutiérrez publicó Juan Moreira desde el 28 de noviembre de 1878 al 8 de enero de 1880.

"El Nacional" – periódico comercial, político y literario – salió a luz en 1852, dirigido por Dalmacio Vélez Sarsfield, y vivió hasta 1893.

"La Tribuna", que tuvo por directores a Juan Ramón Muñoz, Héctor y Mariano Varela, Vivió desde 1853 a 1870.

"El Orden", director Luis L. Domínguez, nació y murió en 1853.

"Sud América", dirigido por Paul Grossac, apareció en 1884, para sostener la candidatura de Juárez Celman. Desapareció con éste en 1890.

Se ha hablado de la hazaña que Eduardo Gutiérrez hizo al vivir de la pluma. No fue hazaña literaria, aunque su Juan Moreira pudo darle lo suficiente para comprar una modesta casa quinta en el entonces remoto pueblo de Flores. La pluma que dio de comer al autor de Juan Moreira y lo hizo propietario, fue pluma de periodista o, si se quiere, pluma de escritor de folletines, como la de Eugenio Sue y Jonson du Terrail, que se enriquecieron con ellos en París, como las de Pérez Escrich, Fernández y González, en Madrid, aunque con clientela americana, y que pudieron de ellas vivir, sin enriquecerse.

A título de curiosidad, antes de entrar en los libros de Eduardo Gutiérrez, preciso es recordar a su precursores, el coronel Manuel José Olascoaga. Nacido en Mendoza, año 1835 y muerto en su ciudad nativa en 1911, publicó, mucho antes que Gutiérrez, una novela sobre Juan Cuello, gaucho real que, entregado por una india, su amante – recordar el relato bíblico de Sansón y Dalila, luego reproducido en el caso de Santos Pérez, el matado de Quiroga -, fue fusilado. El Juan Cuello de Olascoaga se publicó en "El Nacional", también como folletín. De ambas obras – juzga Héctor Pedro Blomberg – nos parece más interesante la de Gutiérrez. Escrita más pulcramente, pues, el coronel Olascoaga era dueño de un bello estilo literario, la de aquél, a pesar de su contextura de crónica deshilvanada y algo truculenta, la supera en emoción y colorido, en su acción movida y ágil, en sus descripciones singularmente vividas, fundadas en su conocimiento profundo de los hábitos, personajes y lugares del Buenos Aires de la época, que nadie hasta hoy ha evocado como lo hizo el porteño que escribió tantos romances inmensamente populares…"

Olascoaga también conocía, por haberla vivido, la existencia que en sus libros relataba. Su carrera militar comienza en caseros y termina en 1880, cuando la campaña de Roca sobre las indiadas de Namuncurá y otros caciques. Y no escribió solo un libro – la citada biografía del indómito Juan Cuello, a quien el amor perdiera -, escribió también a veces con el seudónimo "Mapuche", novelas como El sargento Claro, La lanza del montonero, Criollos históricos, Los últimos cautivos, El brujo de las cordilleras y, para el teatro, género que Gutiérrez desdeñó a pesar del éxito de su mimodrama, Facundo, Patria, Crispín, Liú-Huinca, El gran reformador y El gobierno de los locos.

La insistencia denota una vocación literaria, indudablemente. Pero lo que no logra expresar de modo perdurable, pese a la benévola opinión de Blomberg sobre el estilo de Olascoaga, sea en un libro, o en una página tan sólo, vuelve al olvido del cual saliera. El del coronel Olascoaga, guerrero valiente, actor en los muchos combates de las guerras civiles de nuestra organización, es, en cuanto a escritor, el nombre de un fantasma. ¿Alguna historia de la literatura, aún la extensa de Rojas lo cita? También publicó Olascoaga un Estudio topográfico de la Pampa y Río Negro (1879), Los Andes australes, Topografía andina , Neuquén y otros libros científicos.

Eduardo Gutiérrez fue un laborioso, cualidad ésta, al parecer, inherente a los autores de folletines. Volvamos a citar, para ejemplo, a Sue y Jonson du Terrail, a Pérez Escrich y Fernández y Gonzáles; también a Dostoievsky, admirador del primero y folletinista genial. Gutiérrez escribía sus novelas en series. Sus primeros editores, el conocido y frangollón Maucci o Tomáis, no menos frangollón, ya clasifican a sus novelas en series: "Dramas del terror" – de la época de Rosas -; "Dramas militares" – El Chacho o Croquis y siluetas -; "Dramas policiales" – Juan Moreira…; "Los grandes crímenes"… También Ricardo Rojas, al estudiar a este autor, hasta entonces citado en muy pocas literaturas sólo a título de curiosidad, las agrupa en tres series: "Novelas gauchescas" – Juan Moreira, Juan Cuello … - "Crónicas históricas – El Chacho, Croquis y siluetas militares… y "Relatos policiales" – Los grandes ladrones, Carlos Lanza…

He aquí sus 31 libros – sin incluir las Crónicas, Notas risueñas y artículos, olvidados, en las páginas de los periódicos, ¿para siempre?:

Juan Moreira
Juan Cuello
Juan sin Patria
Pastor Luna
El Mataco
Santos Vega
Una amistad hasta la muerte
El Chacho
Las Montoneras
El rastreador
La muerte de un héroe
Juan Manuel de Rosas
La Mazorca
Una tragedia de doce años
El puñal del tirano
La muerte de Buenos Aires
Croquis y siluetas militares
Los grandes ladrones
Antonio Larrea
Los siete bravos
La infamia de una madre
El jorobado
Astucia de una negra
Carlos Lanza
Lanza, el gran banquero
Los hermanos Barrientos
El Tigre del Quequén
Dominga Rivadavia
Amor funesto
Hormiga negra
El asesinato de Álvarez

Algunos de esos títulos, ¿no parecen los de la literatura policial, hoy tan difundida? Algunos de esos títulos, ¿no rivalizan en magnetismo embelesador con los de Sue, Jonson du Terrail, Pérez Escrich o Fernández y González? ¿O con Los endemoniados, de Dostoievsky?

Esto explicaría algo del gran éxito obtenido por Eduardo Gutiérrez para la conquista de un público inmediato y sostenido. Otra causa de su éxito pudiera ser éste: De sus relatos gauchesco-históricos-policiales se desprende una exaltación del valor, "el culto al coraje" que, entre los criollos -¡al fin hijos de españoles! – se ha mantenido como un honor de casta.

Los libros de Gutiérrez soplan, avivan el fuego de este culto al coraje contra el cual han protestado tantos argentinos cultos. Oigamos a uno de éstos, Agustín Álvarez: "El valor para atropellar al prójimo y la ilustración para deslumbrarlo y engañarlo son las dos llaves del porvenir para un argentino, porque son las dos cualidades que allegan más consideración pública. No es necesario ser honesto; no es necesario ser culto; no es necesario ser cuerdo; no es necesario ser activo y útil. En rigor, ni el talento ni la ilustración son necesarios, pero es absolutamente necesario ser guapo o siquiera parecerlo. De B… que llegó a ser vicepresidente de su partido y que vio inesperadamente evaporado su prestigio cuanto más había hecho para mantenerlo; me decía V.M.: "ha decaído porque no ha sabido procurarse un duelo, debido a eso sigo flotando yo". En efecto, para fijar la estimación pública entre nosotros – y conste que Agustín Álvarez afirmaba esto ya entrado el siglo XX -, es necesario haber muerto a alguien o, por lo menos, haber hecho en presencia de testigos, todo lo posible para matarlo… El culto nacional del coraje nos hace encarar la vida como si fuese una corrida de toros." Este culto al coraje bien lo supo satirizar con saña Florencio Sánchez, el dramaturgo, que lo vio poner en práctica cuando las degollinas de blancos y colorados en el Uruguay. En su cáustico folleto Cartas de un flojo, escribe: "Sean ustedes menos guapos. Tengan más amor a la vida, que concluirán por no despreciar tanto la del prójimo…"

Todas razones y, como tales, como razones, menos valederas ante el público de las lecturas fáciles que el halago de ese sentimiento primitivo al través de los gauchos matones, de los crímenes cuitiñeros o de las últimas embestidas con que El Chacho y sus montoneras, resistíanse a entrar en la civilización que, desde Europa, vía Buenos Aires, les llegaba. En "la muerte de un héroe" (1863), Gutiérrez, en esa oportunidad concorde con Hernández – disentirían el 80 – lo glorifica. ¿Y qué era el caudillo Peñaloza sino un corajudo tan perdedor de combates como el corajudo general La Madrid? Pero por ser corajudos, a pesar de derrotados, siempre héroes, siempre ídolos en los altares de los lectores de Gutiérrez. El coraje limpiábamos de su ineptitud táctica.

Otra causa del éxito de los libros de Eduardo Gutiérrez está en su melodramatismo. El público, el gran público, permanece aún ahora – como lo prueba el cinematógrafo – adicto al melodrama. ¿Qué distingue a un melodrama de Sófocles (Edipo Rey) o de Shakespeare (Macbeth) de un melodrama de Pierre Decourcelle, de Victorie Sardou?: El arte, precisamente. Eso que la mayoría no puede captar por carecer de cultura. Y esta mayoría – reclutada en todas las clases sociales – era la lectora de Gutiérrez, la compradora de sus libros. Hubiese sido interesante entre los escritores cultos, sus contemporáneos – Avellaneda, Wilde, Guido Spano, Encina, Lucio López, Del Valle, Cambaceres, Obligado, Cané, los Estrada, Goyena… - inquirir su opinión sobre este colega tan exitoso entre el gran público. Martín García Merou, el crítico de la hora, fulminó sus novelas policiales. ¿Cuál sería la opinión de Hernández o de Del Campo, hombres cultos y también gauchescos?

Pese a la opinión de ellos, que yo imagino desdeñosa, Gutiérrez, a punta de títulos atrayentes y a filo y contrafilo de culto al coraje y al melodrama, se abre cancha entre los lectores. Romaní Rolland nos da la síntesis, "la receta" del melodrama: "Tómese dos personajes simpáticos, uno como víctima, el otro como mastín, un personaje odioso que será el pato de la boda en la farsa siniestra; introdúzcase cosas grotescas y elegidas de observación cotidiana, algunas ligeras alusiones políticas, religiosas o sociales de actualidad, mézclese la risa y el llanto, intercálese una canción de tonada fácil con estribillos fáciles…"

Pero el autor de Juan Cristóbal, ¿no parece estar haciendo la síntesis de Juan Moreira y demás gauchos gemelos? El público quiere presenciar el mal – la injusticia -, pero sabiendo que, al fin, el malo será vencido por el bueno, que éste se vengará de la injusticia. Es Moreira matando al pulpero felón, matando al juez de paz prepotente y muriendo al fin. Pero morir matando, a lo Moreira, ¿no es alcanzar el sumo heroísmo a los ojos de los cultores del coraje? Si a ellos se le intercalan escenas alegres, danzas, cantos, payadas, personajes burlones; indudablemente que aquel periodista porteño, por instinto, había encontrado la "ley eje de lo popular", como dice, estudiando el melodrama, el esteta francés Geoge Julin (El teatro popular y el melodrama).

También esto se halla en el Facundo – obra de imaginación, mechada de historia, como algunos de los libros de Gutiérrez – se halla en El gaucho Martín Fierro, en Santos Vega o Los mellizos de la Flor, en el Don Quijote – y estoy citando los libros que más influyeron sobre Eduardo Gutiérrez. Esto se halla asimismo en las novelas de Olascoaga o en el poema Lázaro – 3.000 versos – de su hermano Ricardo Gutiérrez. ¿Y por qué el público lector escoge en éste o en el poema de Ascasubi algunos trozos, olvida totalmente el Juan Cuello de Olascoaga y lee continuamente el Quijote, el Martín Fierro, el Facundo? No es sólo por las excelencias de su forma que él no puede captar plenamente. Es porque Cervantes, Hernández y Sarmiento poseen como narradores lo que Gutiérrez poseyó: saber interesar. En sus "novelones", si así quiere llamárselos, hay vida. Arrancados de la tradición oral o de los archivos policiales o de lo que él mismo oyera y viera, Gutiérrez creó tipos, los puso ante los ojos de sus contemporáneos y éstos, a su vez, los vieron, los sintieron vivir. Y pidieron más, como los niños piden dulce. Gutiérrez les siguió ofreciendo gauchos corajudos cantando en las pulperías, evocaciones de la mazorca o de las montoneras, visiones terroríficas de asesinos y ladrones, recuerdos de su propia experiencia militar. Escribió durante un cuarto de siglo, incansablemente. Lugones, en su Sarmiento, al hablar del periodismo de aquella época, opina: "Los diarios mordían grueso y hondo, no sin amostazar a trechos la magra presidencial con sabroso condimento de travesura criolla, en la cual sobresalía aquel ingenioso Eduardo Gutiérrez, especie de Jonson du Terrail de nuestro folletín, mordiente como una chaira para sacar filo de epigrama a lo ridículo, concertador de lindas décimas, cuentista militar, cronista amenísimo, siempre en desastre fiduciario con los vales de la administración, aunque a crédito ilimitado con la jovialidad, musa, entonces, de las gacetas porteñas; y en medio de todo, el único novelista nato que haya producido el país, si bien malogrado por nuestra eterna dilapidación del talento…"

Su popularidad era tanta que "El Mosquito", "Semanario independiente, satírico y burlesco de caricatura", dirigido por Enrique Stein, al darse una función de Juan Moreira a beneficio de la viuda de Gutiérrez, le brinda un homenaje: está un gaucho al pie de un ombú, zangarreando una vihuela. Detrás de él surge la figura – un si es no es mefistofélica – del homenajeado. Encarece este homenaje el que se lo rindiera "El Mosquito", precisamente, más dado a morder y a punzar por el lápiz de su director Stein. (De este "mosquito" opinaba el contundente sarmiento: "Vuelve la caricatura a ser repugnante, envilecedora y denigrante… Nadie puede hacerle nada al matón de garabatos que gana honestamente su vida, deshonrando al prójimo…")

Cuando Gutiérrez conoce al gaucho, éste había entrado en la decadencia. La llanura de Buenos Aires ya está alambrada o sigue alambrándose, y el gaucho, individualista, se resiste a puñal y trabuco, contra las innovaciones. La del alambre que le obstruye el galope lo enfurece. El presidente es Sarmiento, el que en 1861 escribía a Mitre: "No trate de economizar sangre gaucha. Este es un abono que es preciso hacer, útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos." En 1863, el caudillo Peñaloza, El Chacho de las consejas riojanas, desaparece. El gaucho, antes de ayer granadero en las guerras de la Independencia, ayer arisco montonero, moharra al servicio de los Ramírez, López, Aldao, Urquiza, Ibarra, Facundo, Bustos, Rosas y demás señores feudales de poncho con título de general; hoy, cuando Gutiérrez lo conoce, ya está transformado; si no se adaptó es un perseguido. Es "Juan Sin Patria", uno de sus protagonistas. "El gaucho – escribe el propio Gutiérrez – habitante de nuestra pampa, tiene dos caminos forzosos para elegir: uno es el camino del rimen, otro es el camino de los cuerpos de línea, , que le ofrecen su puesto de carne de cañón": O morir peleando contra las partidas policiales o morir peleando contra los indios en la frontera. Es un mandato histórico. En 1865 se da otra ley en el Código Rural – se vienen dando leyes desde 1815 – para sujetar el individualismo de los "vagos", como se les llama. Su artículo 232 dice; "Necesitando un patrón emplear uno o más peones fuera de los límites de su partido, les munirá de un documento fechado que exprese los días que calcule durará la comisión o trabajo, vencido los cuales el peón hallado fuera de dichos límites, y que no acreditase haberle sobrevenido enfermedad u otro obstáculo considerable para regresar, será remitido por el juez de paz del partido en que sea hallado al partido de su residencia, para que lo entregue al patrón y se le imponga una multa de 50 pesos…"

La gente del orden – los propietarios de la tierra – persistían en sujetar a los últimos "centauros de la pampa". Hernández, con artículos y versos sale en su defensa. Tras de Hernández va Gutiérrez. Su simpatía hacia el perseguido que se resiste, el gaucho malo, la vuelca libro tras libro. Su personaje, valiente, cantor, generoso, bizarro, enamoradizo, es burlado por el pulpero rapaz, choca contra la prepotencia del comisario y del juez, socio del pulpero, cuando no también de los indios, entonces mata y huye hacia las tolderías, o cae traspasado por las bayonetas y las balas de los milicos. Todas las galas de su pluma las emplea Gutiérrez en describir la gallardía y los arrestos heroicos de sus personajes. Se esfuerza por hacerlos simpáticos a sus lectores. El, apasionado y tierno, jamás concebirá la impasibilidad del parnasiano. Ya que no puede estar con su daga, peleando, a lo Cruz junto a su protagonista, está con su pluma, al menos para salvar su memoria. Se considera su amigo más allá de la muerte. Es el albacea de su destino triste. Y cuando los hombres de la ciudad con sus leyes suponen haber extinguido el "último gaucho", los gauchos resucitan por obra de este cajetilla bonaerense que los conoció en los fortines, en las pulperías y bailongos, en los fogones de estancia, en los vivaques de los campamentos.

"El último gaucho", precisamente, se titula un editorial publicado en el número 756 de "La Nación", 4 de agosto de 1872, (el año en que está fechado Martín Fierro). Es la ciudad – el "Orden" – que ya se cree vencedora del proscripto quien habla por la pluma del editorialista. Dice uno de sus párrafos, y el tono es de epicedio:

"Cuando en un día no muy lejano, el último de nuestros gauchos cruce las calles populosas de Buenos Aires, apiñadas de gentío y bordadas en toda su extensión por la vía férrea de la locomotiva y el tranway, su sorpresa será una conquista de nuestra prosperidad enorme, pero su tristeza será un reproche de nuestra perversión. Parecerá una sombra prestigiosa de los tiempos patricios, de los tiempos heroicos, juzgando el fruto del progreso…"

Entre los gauchescos rioplatenses ha habido idealizadores y realistas. Por ejemplo, Ricardo Gutiérrez, Magariños Cervantes, Obligado, Güiraldes han idealizado, e Hidalgo, Ascasubi, Hernández, Hudson, Lynch han visto con ojos más reales y hasta crueles, como Hudson. Participa Eduardo Gutiérrez de ambas tendencias, aunque preferentemente se inclina a ser romántico, es decir, a mirar con vidrios de aumento las hazañas o los delitos, que él no presenta como delitos, de sus protagonistas. Narró la vida escabrosa de Guillermo Hoyo, "Hormiga Negra", y éste protestó airadamente por los crímenes y aún por las aventuras que Gutiérrez le adjudicaba. Felipe Pacheco, apodado el "Tigre del Quequén", ya anciano, leyó la biografía que Gutiérrez le hiciera, sin conocerlo, sacándola de un revoltijo de legajos policiales, y dio sobre ella una opinión acertada: "Hay algo que es verdad; lo demás es cuento." Si el carnal Juan Moreira, matón gubernista de Navarro, un rubio hijo de gallegos, hubiese alcanzado a leer la novela que, tomándolo como origen, compuso Gutiérrez, no se hubiera reconocido, a buen seguro, en aquel hércules de renegridas guedejas y barbas, cetrino como un árabe y avezado en el arte payadoresco.

La transformación del Moreira real en el Moreira de Gutiérrez primero y en el que Pepe Podestá presentó después en el circo, es típica. Es el secreto de la piedra filosofal; convertir cualquier metal en oro, un hombre cualquiera en héroe. He aquí su gesta:

En las elecciones provinciales del 1º de febrero de 1874 triunfó el partido autonomista. (Es curioso, a título de paréntesis, apuntar los nombres de los candidatos electos, entonces amigos, después adversarios mortales algunos: Leandro Alem, Carlos Pellegrini, Federico Aneiros, Eduardo Madero, bernardo de Irigoyen, Sabiniano Kier, Ezequiel Pereyra, Santiago Alcorta, Martín de Gainza, Mariano Marenco, Manuel Ocampo y Álvaro barros.) Las elecciones fueron protestadas por fraudulentas en la sesión del 30 de abril de la Cámara de Diputados. En la sesión del 30 de julio, siempre del año 1874 (año terrible, año de elecciones a tiros en Balvanera y de la revolución del mitrismo con el cacique Catriel como aliado en la provincia), en la sesión del 30 de julio la Cámara se informa de los gatuperios y violencias habidos. He aquí un fragmento de ese informe:

"Por el ministerio de Gobierno de la Provincia le han sido remitidos a la comisión, documentos y antecedentes que demuestran que la elección no ha sido posible practicarse libremente en el partido de Navarro, porque comprueban que el juez de paz y la partida de policía, con un interés político bien manifiesto, se habían convertido en protectores decididos de famosos criminales que tuvieron aterrado a aquel vecindario. Estos antecedentes y documentos fueron los que motivaron la destitución del juez de paz y la partida de policía de Navarro, y la prisión del primero y de algunos individuos de la segunda por orden del juez de crimen del departamento del centro; y es en vista de ellos que la comisión ha podido formar la opinión que deja manifestada.

"Con motivo de ser notorio y denunciarse en los diarios de esta ciudad que un individuo llamado Juan Moreira, autor de varios crímenes, se encontraba protegido por las autoridades de Navarro, el gobierno dirigió con fecha 9 de marzo del corriente año, una nota al juez de paz de aquel partido, pidiéndole informe sobre este hecho, la que fue contestada por aquel funcionario diciendo ser efectivamente que Juan Moreira había cometido un asesinato en aquel partido; que había herido después al sargento de la partida de 25 de Mayo que trató de capturarlo, y que había aparecido en las elecciones del 1º de febrero infiriendo heridas que produjeron la muerte de un tal Leguizamón, pero que no había sido aprehendido en aquella ocasión por haber estado protegido por uno de los bandos políticos y ser la policía impotente para luchar con un gran número de ciudadanos armados; y después por no conocerse su paradero.

"Pero como el Gobierno recibiera nuevos avisos de que a Moreira se le veía continuamente en Navarro, resolvió después de algún tiempo ordenar al jefe de policía de la Capital enviase a aquel pueblo una fuerza suficiente para proceder a la captura del criminal. Esa fuerza marchó al mando del oficial don Adolfo Cortinas; pero no pudo conseguir su objeto por haber sido resistido a balazos por el mismo. Moreira, a la cabeza de un grupo de hombres entre los cuales se encontraban soldados de la policía de Navarro, según resulta del parte pasado por el oficial Cortinas…"

Como epílogo, se envió al coronel Garmendia con una buena dotación de soldados. El "criminal Moreira" – según lo llama el informe – dejó de pasearse "impunemente por las calles del pueblo, cometiendo toda clase de excesos" y "amenazando de muerte a varios vecinos". Huyó de Navarro y fue muerto en Lobos, después de una milonga de burdel. En Navarro, el matón Moreira había logrado que los gubernamentales ganaran las elecciones por 328 votos contra 75.

Juan Álvarez, ex- Procurador General de la Nación, comentando tales hechos, juzga ese informe: "Un documento valiosísimo para aquilatar los derechos de Juan Moreira al afecto con que hoy recuerdan su memoria buena parte de los analfabetos argentinos…"

El hombre de leyes se indigna: ¿pero leyó él, acaso, la novela de Gutiérrez? En ésta, su Moreira, ¿es aquel Moreira de los legajos policiales? Al pasar de la realidad al libro, a través de la apasionada pluma de Gutiérrez, se ha operado la transfiguración, la maravilla. Recordemos la dedicatoria que pone Evaristo Carriego, cantor del "guapo" de los suburbios: "A la memoria de San Juan Moreira, muy devotamente":

"La esquina o el patio de alegres reuniones,

le oye contar hechos que nadie le niega:

¡Con una guitarra de altivas canciones

él es Juan Moreira y él es Santos Vega…!"

Porque el "compadre" de los suburbios, cuchillero, puño fuerte el día de elecciones, a veces cantor de "esquinas", ¿qué es sino un corolario de los protagonistas de Gutiérrez?

Recordemos también lo que escribe Pepe Podestá en sus Memorias: "Alguien ha pretendido descubrir que el Moreira de Gutiérrez, el mío y aquel de Navarro, son un mismo sujeto, así como Juan Cuello fue un conocido paisano del año 45… Gutiérrez hizo su Moreira y su Cuello como yo hice los míos, y ambos hemos fantaseado para el alma del pueblo…" Son esos fantaseados Moreiras los que el pueblo ama: El fantaseado por Gutiérrez, historiador legendario, y el fantaseado por el actor que lo expuso, buen cantor y buen jinete, corajudo héroe y mártir de la fatalidad. Siendo así el Moreira – mito, ¿cómo no iban a amarlo los analfabetos y los que no eran analfabetos' Juan Moreira, hasta el año 1910, o algo más, fue el héroe de los circos de carpa, el Rafetto o "Cuarent'onsas", un gringo fortacho que epilogaba el espectáculo saliendo con un cañón de cuarenta onzas (casi 115 kilos) sobre los hombros, para sostener de pie su disparo, o para desafiar a "cualunque der púbrico a lucha libre". No faltaba un estibador, o carrero, o vasco descargador de almacén que salía al desafío, a revolcarse con "Cuarent'onsas" sobre el aserrín de la pista.

En el "Circo Rafetto", que yo conocí en un hueco de la calle Humberto y Entre Ríos, presencié una escena viva: Estaba Juan Moreira peleando con siete u ocho milicos de la partida policial, de pronto saltó al picadero un mocetón del público, quizás un matarife, quien, sintiéndose Cruz, no pudo "sujetarse", peló el facón y se tiró a pelear en defensa de su apurado héroe. Como el facón del comedido no era de lata, y tenía sus buenos filos y punta, los "sanagorias" que hacían de milicos, se apelotonaron y huyeron. Fue preciso comenzar la escena otra vez, entre el entusiasmo del "gallinero", que se derrumbó a aplausos y alaridos.

El privilegio de Gutiérrez o de Podestá, ese de convertir un facineroso matón oficialista, en un héroe y mártir que perdure en la leyenda; es el privilegio de un artista. Rolando, el héroe de Roncesvalles, ¿sería como se le evoca en La Chanson de Roland? Y el Cid, ¿sería tal cual en el Romancero se le canta…?

En el pedido de captura que el juez de Mercedes dirigió en abril de 1874 a su colega de la capital, da la filiación del real Moreira:

"Patria: Buenos Aires. Se ignoran sus padres. Oficio: "vago y malentretenido". Edad: 46 a 48 años. Religión: católica, apostólica, romana. Estatura: regular, algo grueso. Color: blanco colorado. Picado de viruelas. Pelo castaño. Nariz aguileña. Boca grande. Ojos verdosos, grandes. Señas particulares: un balazo en la boca, recibido hace como doce días y una herida en la mano, inferida en la misma fecha. Viste chiripá, y con buenas prendas."

¿Tiene algo que ver este petizón medio gordo, rubio, picado de viruelas, afeitado, con el Juan Moreira de Gutiérrez, alto, esbelto, ágil, barbado, moreno y bello ejemplar de árabe, cantor y generoso, tierno padre y abnegado amigo?

En cuanto al Moreira de Navarro, al muerto en Lobos, clavado por una bayoneta como una mariposa contra el muro, cuando quería saltar para huir de los soldados que lo acosaban, con el Moreira jinete en la pista de los circos, el admirado por el pueblo, sólo tiene de común en que ambos vestían chiripá y "usaban buenas prendas".

Al motejado de "bandido" y como a tal, sepulto en los fortines, el gaucho, Gutiérrez lo reivindica en sus novelas. Y lo glorifica en el teatro al convertirle en protagonista de un mimodrama. Antes de 1884, fecha de la aparición de este mimodrama, siempre había existido, con intermitencias, no sólo un teatro culto, también un teatro popular: "El Amor de la estanciero", "El detal de Maipú", "Las Bodas de Crivico y pancha" – reestrenada por el teatro del Pueblo en 1943, que asimismo reestrenó el mimodrama "Juan Moreira" en 1937 -, "Un día de fiesta en Barracas", con exhibición de bailes, cantos y burlas políticas contra los unitarios, después algunas piezas breves… Cuando en 1884, Eduardo Gutiérrez transforma en mimodrama a su novela, el entonces payaso criollo, cantor de coplas y guitarrero, Pepe Podestá, daba pantomimas como "El modo de pagar sus deudas", "El negro boletero", "Los brigantes de la Calabria" o "Garibaldi en Aspromonte". Se desarrollaban en la pista del circo, tumultuosamente terminadas a vejigazos. Desde 1870 existía en el lugar que hoy ocupa el Teatro Politeama., entonces suburbio de Buenos Aires, un terreno rodeado de tunas y cinacina, donde se levantaba el "Circo Arena". Reformado en 1879 y en 1883, se convirtió en un teatro por el cual habrían de pasar celebridades europeas como Sarah Bernhard, la Duse, Novelli, la Rèjane, Coquelin, la Barrientos… Aquí se estrenó el mimodrama de Gutiérrez. El ex payaso criollo, y el elenco ya adiestrado para el ejercicio de las pantomimas fueron eficaces. Al mimodrama de Gutiérrez se agregó un "gato con relaciones" y Pepe Podestá, con música de estilo, cantó algunas décimas del quejumbroso poema gauchesco Lázaro, de Ricardo Gutiérrez, las que comienzan:

El hondo pesar que siento

Y ya el alma me desgarra,

Solloza en esta guitarra

Y está llorando en mi acento;

Como es mi propio tormento

Fuente de mi inspiración,

Cada pie de la canción

Lleva del alma un pedazo,

Y en cada nota que enlazo

Se me arranca el corazón…

Resultó un éxito: se dio trece noches consecutivas, hasta que la compañía Carlo, al final de cuyo espectáculo circense aparecía "Juan Moreira", abandonó Buenos Aires para continuar su gira. Dos años más tarde, en Arrecifes, Podestá vuelve a dar el mimodrama. Alguien, en Chivilcoy, le sugiere que le ponga letra y él mismo, sacándola de la novela de Gutiérrez, transforma el mimodrama en drama. Lo estrenó el 10 de abril de 1886. "¡fecha memorable!" – exclama pepe Podestá en sus Memorias, orgullosamente ingenuo. Fue publicado por el "Instituto de Literatura Argentina, Facultad de Filosofía y Letras" (sección documentos, tomo VI, No. 1 año 1935 y reeditado por la "Editorial Nova".) La lectura de sus dos actos, divididos en doce cuadros que se representaban ya en la pista, ya en tabladillo a la entrada de ésta, nos resulta hoy harto pueril, por cierto. No así al público de entonces. Ni a los críticos de entonces. Eran novedosos y atractivos. El agudo autor de Tiros al aire, Julio Piquet, crítico de "La Pampa", comenta: "Juan Moreira tiene éxito porque sus perfiles son reales, porque reproduce fielmente escenas de nuestra vida campestre, tan original y pintoresca, porque exalta las pasiones generosas, porque endiosa el valor, porque la ira es santa cuando es justa, y Juan Moreira, en lucha con la justicia que lo azota, le asesina al padre inerme y pretende mancillarle la esposa, es una hermosa encarnación de la ira ciega, tan noble como el heroísmo…"

En "Sud América" – diario de Paul Groussac – dice, refiriéndose al intérprete: "La elegancia de su talla, la rapidez de sus movimientos daban carácter y vida al tipo de Gutiérrez. Era un hombre alto, fornido, de rostro simpático, de luenga barba negra y cabellos rizados y venía vestido como los gauchos ricos, con su chiripá de paño negro, su tirador adornado de monedas de plata, su sombrero de alas anchas y su látigo adornado de plata…"

El éxito se acrecienta cuando el año 80, estando en jira por Montevideo, el poeta gauchista Elías Regules aconseja a Pepe Podestá sustituir el "gato" por el "pericón", baile con más número de parejas y más ostentosa coreografía. El melodrama se fue perfeccionando. Se le agregaron personajes, entre éstos un cura napolitano y "cocoliche", chamarilero, "nápoles mercachifle", ambos cómicos.

"Sud América" – diario de los intelectuales gubernistas – publica el 11 de noviembre de 1889 un artículo que resultó "su carta de presentación al gran mundo". Desde entonces fueron, ya no sólo gentes del pueblo – de las afueras, como se decía, "orilleros de extramuros", conservando una expresión medieval de cuando las ciudades eran amuralladas -, fueron hombres del club, de Bolsa, del Parlamento, de redacciones, damas del gran mundo concurrentes al Teatro Colón, habitués del teatro Colón, según ellas se dirían, quienes presenciaron y aplaudieron el empaque y las hazañas del gaucho Moreira: toda la calle Florida se volcaba en el local situado en la esquina de Montevideo y Cuto – hoy sarmiento, donde funciona un mercado -, toda la calle Florida, entonces más salón que calle. Un 25 de mayo se presenta allí el presidente Pellegrini y el celebrado payador moreno Gabino Ezeiza, que intervenía en la representación, lo saluda improvisando. Esto ocurre el año 1891. Eduardo Gutiérrez ya ha muerto. El, por otra parte, ajeno, como de costumbre, a la gloria literaria, nunca se interesó por el éxito de Juan Moreira. Dice el propio Podestá: "Su apatía y despego – los de Gutiérrez – por Juan Moreira fueron tales que nunca presenció la obra teatralizada." Más aún, parece que llegó a iniciar contra el actor una acción judicial a fin de impedir que continuaran las representaciones utilizando la letra de su libro. La acción quedó sin efecto por no existir una ley que amparase la actividad literaria.

Corrobora la desdeñosa actitud de Gutiérrez, lo que dice su amigo Fray Mocho: "Gutiérrez nunca demostró interés ni aprecio por las propias obras que publicaba en folletones y que luego reunían en libros los editores que se enriquecieron."

Al propio Gutiérrez se le oyó decir: "Mi mayor dicha es olvidar todo lo que escribo…"

¡Y nosotros, empecinados en no olvidarle!

1956