Ensayos y recopilaciones

RECUERDOS DE PAYRO

Nota extraída de Cuadernos de Cultura – septiembre/octubre 1967

Estos recuerdos sobre Payró los escribo con gozo, ya que recordar a aquel amigo es recordar mi propia juventud ilusionada.

Lo conocí en 1924, año en que publiqué Versos de la calle, mi primer libro. Le envié mis versos. Me escribió una carta y poco después, con su seudónimo de "Magíster Prunum", también un largo artículo en La Nación. No respondí ni a la una ni al otro. Un primo mío, amigo de Payró, se llegó a mi casa expresamente para decirme que "el viejo" estaba ofendido por mi silencio y que le escribiera, que fuese a verle. Le expliqué a mi primo: a poco de aparecer mis versos, murió una hermana a la que yo quería mucho. El dolor más grande de mi vida. Una muchacha de veintitrés años, estudiante de medicina, inteligente, sensible al arte. Me anonadó lo imprevisto, lo inimaginable. Prometí a mi primo escribir a Payró. No lo hice. Pasó el tiempo. (El tiempo es como el dolor como echar agua en el vinagre; lo apacigua, aunque siempre el dolor deja su regusto). Una noche se estrenaba en el teatro Liceo una obra de José León Pagano – Lassalle – que fue discípulo – mal discípulo – de Payró. En el hall vi a éste. Me le acerqué, me invitó a que lo visitase en su casa de Lomas de Zamora. Fui. Continué visitándolo hasta su muerte, el 5 de abril de 1928. Yo lo admiraba por sus Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, por su Casamiento de Laucha, por sus cuentos de Pago Chico, por su drama Marcos Severi, obras en que Payró hinca el bisturí en la carne podrida de la sociedad burguesa. (Tanto que durante la presidencia del vendepatria general Agustín Justo sus libros se excluyeron de los programas de literatura en los colegios nacionales). También lo admiraba por haber sido revolucionario del 90, del 93, y uno de los fundadores – con Juan B. Justo, Piñero, Patroni, Ingenieros – del socialismo en Buenos Aires, aunque yo, en ese año, 1924, andaba enredado con los anarquistas de La Protesta y de La Antorcha. El era un precursor, indudablemente.

Hablamos. Coincidimos en muchas apreciaciones. Pese a la diferencia de edades, lo sentí un amigo enseguida. Payró, entonces, sólo tenía 57 años. Parecía mucho más viejo. Su vida trajinada, sus padecimientos en Bélgica cuando la guerra del 14, sus abusos alcohólicos y tabacales, lo habían envejecido prematuramente. Su aspecto era marcial. Estatura prócer, rostro severo, hablar mesurado, mirada candorosa. Tenía un aire de gran señor y a la vez de bohemio. Traje poco atildado, gran chambergo a lo como quiera. Buenas tardes pasé en su escritorio, entre libros, allá en Lomas de Zamora. A veces iba solo. Otras, me acompañaban muchachos escritores del grupo de Boedo, que él recibía y agasajaba, complacido de su visita. Recuerdo a Roberto Mariani, Elías Castelnuovo, Gustavo Riccio, Juan Guijarro, Delgado Fito, Luis Emilio Soto, el pintor Carlos Giambiagi, el crítico Atalaya, Dante A. Linyera, José Sebastián Tallon… No estoy seguro si también Miranda Klix, Cesar Tiempo, Aristóbulo Echegaray…

Vaya una anécdota. Llegué un día con Tallon y Guijarro. Los tres éramos de fuerte apariencia, cultores del músculo. Hallamos a Payró con algunos amigos de su época, entre ellos con aquel Julio Piquet, el autor de Tiros al aire. (¿Por qué no se reedita este intenso libro que Remy de Gourmont tradujo al francés?). Estaban de sobremesa tomando coñac. Nos invitaron. Ninguno de nosotros aceptó. Entonces Payró, sonriente, dice: "Miren que nueva generación de escritores, gimnastas, boxean, no fuman, vegetarianos, toman baños de sol, ¡y son abstemios! Ya lo ven: ninguno prueba una gota de alcohol". Y Piquet, siempre ingenioso: "Es para resarcirse del alcohol que hemos tomado nosotros, los de la generación pasada". Me place, al recordar a Payró, recordar también al autor de Tiros al aire, tan olvidado, como son olvidados los periodistas, bien injustamente. Llegó una vez Piquet en coche, un "mateo", a la casa de Payró protestando: "¿Por qué te has mudado tan lejos de la estación?" "¿Cómo lejos? ¡Si estoy a dos cuadras!" El cochero lo había llevado por todo Lomas de Zamora antes de dejarlo en la puerta de Payró. Se dio cuenta que se trataba de un forastero, un pajuerano de la Capital en Lomas. En otra ocasión, hablando de Lugones, tema obligado por las actitudes reaccionarias del ex director de La Montaña estridente. Ya había proclamado "la hora de la espada" en Lima. Piquet dijo: "Es curioso el caso Lugones. Siempre anda con revolver en el bolsillo. Nunca le pegó un tiro a nadie. Siempre en la pedana, ejercitando esgrima. Y tampoco nunca tuvo un duelo…" (Y cuando se suicidó, lo hizo con cianuro). Encontré a Lugones - dijo Payró -, me aseguró rotundamente que se debe ser de la extrema derecha o de la extrema izquierda. Bien., le dije yo, opto por la extrema izquierda".

En aquellos años 1924-25, estaba en auge la polémica Boedo y Florida. Me preguntó un día qué nos diferenciaba. Le expliqué rápidamente: los de Florida pregonaban el "arte por el arte", la poesía por la metáfora, denigraban a Anatole France, por ejemplo, a causa de su Isla de los Pingüinos o de su intervención junto a Zola, en pro de la inocencia de Dreyfus, endiosaban a Gómez de la Serna, el greguerista; nosotros, los de Boedo, hijos de Tolstoy, Gorki, Chéjov, Korolenko, Kuprin… en la novelística, predicábamos un arte social, un arte con proyección en la vida humana, en la dolorosa vida de os trabajadores sobre todo. Payró dijo: "Yo estoy con Boedo". No podía hablar de otra manera quien escribiera sus lacerantes cuentos o el penoso drama Marcos Severi, un perseguido de Italia por razones políticas que rehace entre nosotros su vida y al que, aplicándosele la "ley de residencia", se va a expulsar del país. Por exigencias de Pepe Podestá – "más bruto que una bota", la frase es de María Ana, la compañera de Payró, menos contemporizadora, lo son siempre las indignadas mujeres de los artistas – hubo de cambiársele el final. Y llega para el perseguido Marcos Severi el indulto del rey de Italia, un final completamente falso. Payró había cedido a la exigencia del cómico; pero se lamentó siempre de haber cedido. Por supuesto, si no cedía, la obra quedaba sin estrenarse.

Como cabe a un viejo – lo soy yo ahora ¿pero yo soy viejo?... – Payró era un rimero de anécdotas. Reviviré algunas. Rubén Darío era representante de La Nación en París. Se recibió una carta de Gómez Carrillo diciendo que el poeta de Prosas Profanas vivía borracho, que no ejercía correctamente sus funciones, y se ofrecía a sustituirlo. El director de La Nación era Bartolito Mitre, el autor de Serias y humorísticas, el hijo del "vencedor de Pavón" (sic). El le preguntó a Payró y éste, que comprendía la desgracia de Darío y quería mucho al niño bueno, blando, frágil que era, le aconsejó: "¡Rompa eso!" Otra vez, Darío y Julián Martel – el autor de La Bolsa – se habían disgustado. Intervino Payró para reconciliarlos. Lo consiguió. Y Darío propuso: "Lo celebraremos con una botella de champagne". Fueron los tres a La Helvetia, un bar que, hasta ayer puede decirse, estuvo en San Martín y Corrientes. (¡Cuánto lamenté viendo la piqueta de los albañiles derrumbar aquella reliquia! Qué hacerle: Buenos Aires avanza). Darío, Martel y Payró alegremente se tomaron la botella. Al levantarse, Darío, el que invitara, dice a Payró: "Prestame diez pesos, es lo que cuesta, no traje plata". Payró y Martel se fueron. A la noche siguiente, al entrar Payró al Helvetia, el dueño le dice: "La botella de anoche se debe. El señor Darío quedó tomando whisky".¡Si se bebía entonces!

Ya en el sanatorio dónde Payró iba a operarse, lo fuimos a visitar con Roberto Mariani. Estaba en cama. Nos habló de Alegría, una comedia que le iba a estrenar Parravicini, y que ocurría en la Patagonia. (Recordemos sus crónicas de La Australia Argentina). Yo dudé que se pudiera colaborar, pretendiendo hacer arte, con el cómico medio payaso, que era Parravicini. A Payró no le gustó mi duda. Callé; pero Mariani, siempre áspero, o sea, siempre franco, le dijo que la Patagonia de hoy no era la que él había conocido y que antes de escribir, debió enterarse. Discutieron. Cuando se fue el autor de Cuentos de la oficina, Payró me dijo: "Vuelva mañana, visíteme; pero no lo traiga a Mariani. Es muy… (No encontró el adjetivo). Es un visitante poco grato para un enfermo".

Su defecto, ya que alguno debía tener, era ser extremadamente susceptible. El también decía, a su vez, de su gran compañera, que era su único defecto. Cuando publicó Mar Dulce, una novela muy trabajada por la certera reconstrucción de la conquista rioplatense, me la regaló. La leí. Opiné que prefería sus libros actuales, sus cuentos de Pago Chico. Lo lastimó que opinara así. Tiempo después, leyendo él un poema mío, "Antañona", donde tomaba el tono del arcipreste de Hita, me reprochó: "Usted halla mal que yo reconstruya el tiempo de la conquista y usted se va más lejos, se va a la Edad Media". Iba a refutarle. Preferí callar. Vi que aun conservaba la espina de mi juicio. No quise molestarlo. Al fin, lo veía como si fuese mi padre, al que yo había perdido siendo muy joven, y un padre escritor, ¡miel sobre hojuelas!, diría Sancho. Como a tal lo quería y respetaba. Empero, en mi poema se jugaban ideas anticlericales, cosa que en Mar Dulce no se hacía.

Nunca olvidó que yo no le había respondido su carta. Mas aun, de vez en vez me lo decía: "Usted no me contestó aquella carta".Y yo, sonriente, pensando que era una manía de viejo – ya que para mí, entonces, quien estuviera rayando los sesenta años era un viejo – volvía a explicarle la causa… En el año 1927 le adjudicaron un segundo premio nacional. El primer premio fue para ese novelonero argentino que se llamaba Hugo Wast por nombre literario o Gustavo Martínez Zuviría como ministro del dictador Uriburu. Para desagraviarle, escribí un artículo urticante en La Campana de Palo y publicamos un libro entre cinco de sus admiradores: Antonio Gil, Rodolfo Tallon, José Sebastián Tallon, Juan Guijarro y yo, con esta dedicatoria: "Querido y gran Don Roberto: Siempre creímos que usted valía mucho, por su corazón y por su talento. Ahora que lo vemos sufrir la injusticia de los hombres, necesitamos decírselo a gritos, más convencidos que nunca de la temperatura de su corazón y de la verticalidad de su talento".

Una de sus excelsas cualidades: la altivez. Se paga el ser altivo en este cardumen de arribistas que se atropellan en los mundos políticos y literarios. Se sintió postergado no pocas veces. En Bélgica, por ejemplo, conoció a Alvear ya electo presidente, quien le ofreció nombrarlo embajador de la Argentina en aquel país donde tanto se lo estimaba y por el cual había expuesto la vida (lo salvó una mucama que escondió unos documentos bajo un colchón, a espaldas de la policía del káiser. Sugiero leer Payró, el novelista de la democracia, por Raúl Larra). Subió Alvear a la presidencia y Payró volvió a Buenos Aires, a esperar el nombramiento prometido. Esperó que Alvear lo llamase. Su altivez no le permitía hacer la corte al nuevo presidente. Esperó en vano. Alvear olvidó su promesa. La presencia de nuestro grupo juvenil, ardoroso, le hizo mucho bien. Estoy seguro de ello. Si yo faltaba algunos domingos, me escribía reprochándome la ausencia. Los "viejos", sus contemporáneos, lo habían olvidado un poco; y él venía de Bélgica, país donde se le rendía gran consideración en todos los centros artísticos. No pocas veces lo vi golpear la mesa, y decir: "¡Este es un país sordo! Aquí el que no tiene título debe estar dando examen continuamente…"

Tener dinero o ser hijo de familia adinerada, también es un título. Era lo que ocurría entonces con Larreta y Guiraldez. No voy a confundir a Zogoibi con Don Segundo Sombra, los dos libros de aquel momento, dada la gran superioridad de Guiraldez…Pero, fuera de dudas, el ser Guiraldez descendiente de vacunos y políticos, contribuyó al éxito de su obra, halló eco en los diarios y revistas burgueses o en los críticos ya domesticados, que no hubiese tenido de ser un gaucho, no "el hijo de un patrón de gauchos", de un explotador de gauchos.

La última vez que vi a Roberto Payró en pie asistimos al funeral cívico de Juan B. Justo, el líder socialista, que él admiró siempre, a pesar de su alejamiento del partido. Después la operación, la muerte. Escribí en Claridad un artículo, despidiéndole. Lo escribí con los ojos llenos de lágrimas.