Ensayos y recopilaciones

FRAY MOCHO, precursor del Lunfardo

Conferencia pronunciada por primera vez en el Círculo de la Prensa, en el año 1964.

Publicada por Ediciones Metrópolis
Buenos Aires - 1971

Si quiere aprender a escribir,
debe hacerlo en la calle...
El pueblo, no la universidad,
es el hogar del escritor."
RALPH WALDO EMERSON

Amigos, en este breve chamuyo con el cual acometo contra ustedes, no podré, despaciosamente, ocuparme, exigencias del tiempo, ese patrón que siempre nos tiene a empujones, de toda la irisada labor de Fray Mocho. Me limitaré a una faz de ella. Voy a hablar del Mocho humorista, zocarrón, zorruno, irónico, picaresco, púa, o sea, el cachador, para decirlo en lenguaje simpático, el Mocho que se defendió de los cachetazos y coscorrones, no de la vida milonga siempre buena, sino de la injusticia social, mediante sobradas y agachadas, encogimientos de hombros y sonrisas. Esta actitud de él frente a la tirana de todos, es la que le sale a flor de pluma, en lo más característico y perdurable de su obra, los "Cuentos". Me detendré así en Fray Mocho y sus cachadas.

Pero antes, con el fin de refrescar la memoria de algunos de los oyentes, echemos un vistazo, a vuelo de avión, sobre el purrete que un 26 de agosto de 1858, se asomó a curiosear el mundo en la provincia de Entre Ríos y en un pueblo que según él mismo decía, tiene nombre de estornudo: Gualeguaychú.

Ese pibe, hijo de crioyos, nacido en el feudo de Pancho Ramírez, del gaucho Servando Cardoso, por más armónico nombre Calandria, como Olegario Andrade, como Evar Méndez, como Fernández Espiro, como Martiniano Leguizamón, como Evaristo Carriego, como Daniel Elías, como Amaro Villanueva y como otros tantos escribidores; se llama José Alvarez.

También se llamará Nemesio Machuca, Favio Carrizo, dos de sus alias literarios y, por fin, Fray Mocho, el definitivo, el célebre, el que todos tanto queremos y del cual somos hinchas. Pasa sus primeros años en una estancia, se refocila en una naturaleza bravía y hermosa. Conversa con gauchos montieleros, oye narrar leyendas e historias de animales. Sus ojos se llenan de color, sus oídos de fantasía, su imaginación de misterio. En el fogón de una estancia aprende a leer. Es un niño inteligente, sensible, vivo, cachafaz. Se halla en todo, y todo le interesa. A los doce años va a un colegio de Gualeguaychú, a los catorce lo interna en el "Colegio Nacional de Concepción del Uruguay", que tantos hombres notorios ha dado a la República, Allí estudia cuatro años. Tiene dieciséis y, de pronto, llevado por su espíritu aventurero, viaja a Buenos Aires. Y ahí conoce la pobreza. Es el provinciano sin recursos, sin familia, sin amigos. El hambre, buen consejero, lo hace caradura. Un día se presenta en casa de Onésimo Leguizamón, entrerriano y ministro del presidente Avellaneda.

Toda su recomendación ante el ministro, un hombre muy bueno, es ésta: "Soy entrerriano". ¡Basta! El ministro le da una beca para que retorne a su provincia y le adelanta tres meses de sueldo. El joven Alvarez quiere ser "Maistro", Entra a la Escuela Normal de Paraná. Pero un día los muchachos se sublevan contra el director y como el becado resultó ser uno de los caudillos del batifondo, lo expulsan. ¿Qué hacer? Ya ha escrito versos, ya ha paloteado crónicas periodísticas en el Pueblo Entrerriano y otros periódicos locales. Será periodista. Pero no en Entre Ríos. Tiene ambición y se vuelve a fletar para la capital del Plata. Corre el año 1879, cuenta ya veintiún años.

Buenos Aires está hirviendo, se viene preparando la revolución del 80. Los rifleros, o sea los milicianos del gobernador, llenan las calles de trifulcas. Al mismo presidente Avellaneda y a su ministro Alsina por poco los trincan en las calles. Alsina que no era un flojo, por cierto, a puteadas se impuso y corrió a los patoteros, su hombría lo salvó del amasijo. Pronto correrá sangre en las feroces luchas de los Corrales y Barracas.

Algo de sus años mozos pasados en Entre Ríos y de sus rebusques en Buenos Aires, puede leerse, así como adivinándolos, en su libro Salero criollo, publicado por "La Cultura Argentina", editorial que dirigía José Ingenieros, muchos años después de la muerte de Fray Mocho. Salero criollo, son recuerdos, crónicas, perfiles. Un libro evocador, melancólico a veces, donde ya zumban las alas del humorista. De "Calandria", por ejemplo, el gaucho matrero de Montiel que servirá a su amigo Martiniano Leguizamón para escribir una obra gauchesca, renovadora del teatro en su hora; se ocupa tres veces. Su admiración por "Calandria", matrero que no mata policías; pero sí los burla, es interesante de señalar. El futuro cachador, el que verá en los compadres del suburbio bonaerense, no los continuadores de Juan Moreira, sino del Viejo Vizcacha; se revela en su admiración por "Calandria", a quien él conoció en sus horas de estudiante. Oigámosle: "Varios mocetones andariegos alcanzamos cierto día de paseo una pulpería lejana y topamos con el que era terror de policías, héroe famoso de cuanta aventura novelesca forjara la mente popular, hecha ya a considerarlo como expresión genuina de todas las aventuras que afligía por esa fecha a aquella tierra de Entre Ríos, tan bella como injustamente desgraciada".

En Buenos Aires, todavía una gran aldea, el futuro "Fray Mocho", ya el "Mocho" para sus amigos por su manera de caminar con un hombro caído, "lunanco"; hace vida de periodista y de bohemio. Reporter en El Nacional, cronista policial en La Pampa, cronista parlamentario primero en La Patria Argentina, de los Gutiérrez, y después en La Nación Argentina, de Mitre. En La Patria Argentina, se hace compinche de Eduardo Gutiérrez, el autor de Juan Moreyra y demás gauchos matones. Son dos temperamentos: Gutiérrez, romántico; Alvarez, realista. Aquél ve al gaucho malo, nada más; Alvarez ve a un gaucho no tan épico, ve al pícaro, al que Hernández vio en su Viejo Vizcacha y en su "Picardía", jugador fullero. Le ocurre con Eduardo Gutiérrez, lo que más adelante le ocurrirá con Evaristo Carriego al pintar los compadres suburbanos.

Carriego sólo ve taitas de puñal en la cintura; Fray Mocho ve vivancos, ve los personajes que también ve su amigo el gran Roberto Payró en sus Cuentos de Pago Chico, en su Casamiento de Laucha, en sus Divertidas Aventuras del Nieto de Juan Moreyra, tres libros maestros de nuestra literatura.

Por aquellos días, o mejor, noches, el "Mocho" deja correr las horas en los peringundines o en los boliches de la cortada de Carabelas, morfando buseca y escabiando vino Carlón. No con Eduardo Gutiérrez, laburador afiebrado de folletines, sino con Ramón Romero, asociado al cual funda la revista Fray Gerundio, de fugaz vida, con los poetas Antonino Lamberti, Cristian Roeber o Fernández Espiro, con los pintores Bucerí o Della Valle... Concurre al "Ateneo" y a la "Colmena Artística", donde se reúne la gente que en Buenos Aires gusta de arrojar espirales de ensueño hacia lo abstracto, ¡fiacunes! ¡Cuenta musas!... Pero al margen de sus crónicas parlamentarias y policiales, el Mocho ha escrito ya páginas que dragonean de literarias.

En 1882 publica su primer ensayo, Esmeraldas, por ser cuentos de color verde, amorosos... Casi nadie se entera del acontecimiento, para él trascendente: ¡El primer libro! ¡Está fregado! Será escritor. En 1880 deja el periodismo y entra de empleado policial. Así, en 1887 publica dos álbumes: Galería de ladrones de la Capital y Vida de ladrones célebres y su manera de robar. Poco tienen que ver esos álbumes con la literatura; pero sí mucho con su autor. De su pasaje por la policía sacará algunas de sus páginas más originales, de sus diálogos más coloridos, de sus protagonistas más pintorescos. Fray Mocho es fundamentalmente un autodidacto. De aquí su originalidad literaria. En 1887 deja la policía y vuelve al periodismo.

Diez años más. Los tiempos no están para ser artista en Buenos Aires. La política, las revoluciones y los negocios absorben todos los ímpetus y todos los momentos. En 1897, como escondiéndose bajo el seudónimo de Fabio Carrizo, publica Memorias de un vigilante, en el cual encontramos un capítulo singularmente oportuno para nosotros. Se llama: Mundo lunfardo. Clasifica en él los delincuentes, los chorros que ha conocido en sus andanzas profesionales, enumera sus trabajos, sus vivezas, sus pifias. Es aún en este libro un aprendiz de escritor. Cosas que allí ocupan media página, al ser desarrollados por un más hábil plumífero, hubieran resultado donosos cuentos. Alvarez aun sólo esboza, parece un improvisador. No ama todavía la materia con que trabaja. Hallamos en ese Mundo lunfardo la promesa de un libro que llamará Los misterios de Buenos Aires. No lo escribirá nunca. Es una lástima. Los trajines del bagayo de linyera que es su vida se lo impiden. El ragú aprieta. No está para fiorituras en un oficio malo como nos lo dice el ambulatorio Cervantes por boca de su excelso Sancho Panza. El de escritor es oficio que no da para comer. No lo da hoy en Buenos Aires, ¡qué sería entonces en 1897! El arte seguía siendo "cosa de gringo", como lo llamó el estanciero Juan Manuel de Rosas, un juguete o un berretín de ociosos, a pesar de que Bartolomé Hidalgo, Echeverría, Ascasubi, Mármol, Juan María Gutiérrez, Del Campo, Sarmiento, Hernández, Wilde, Cambaceres, Alberdi, Lucio López o Guido Spano habían ya escrito páginas que nos honran. En ese Mundo lunfardo, se encuentran palabras que es interesante apuntar: "cachada, embrocó, changador de otarios, punguista, escrushante, caramayolí, biaba, minga, campaniar, batidor, toco-misho, marengo o mango, chafe…" Palabras, entonces, muy exóticas, tanto que él las escribe con letra bastardilla. Hoy son comunes. Los bichocos que anden retardados en esto de la renovación idiomática y otras renovaciones, pueden hallar su significado en el Breve diccionario lunfardo, de José Gobello y Luciano Payet.

Ese mismo año 1897 de su balbuceador Memorias de un Vigilante, publica, y con el seudónimo de Fray Mocho, dos libros en los cuales ya pisa fuerte su péñola crioyista, son: Un viaje al país de los matreros y En el mar austral. Mocho ha meneado la pluma por las redacciones y la sin hueso por cafetines y rúas. Es un canchero de ley. Está por cumplir cuarenta años. Estudia para hombre serio. Va entrando en la recta: hombre "formal", como dicen los burgueses. Un hombre que en sus ratos de ocio, escribe. La crítica de su tiempo no sabe valorar sus últimos libros. Los literatos jóvenes tras el Rubén Darío de Prosas Profanas, pasean por París marquesas fáciles del brazo con dioses de la mitología. El exotismo está de moda. Y resulta esto, paradojal: Fray Mocho, escritor crioyista, con raíces tradicionales que vienen desde el magistral "Matadero" echeverriano, es, en Buenos Aires, un escritor exótico, un estrangis de su literatura.

No se le da importancia. Payró protesta. Escribe: "Nuestros escritores no saben o no quieren saber que la apatía hacia lo que trata de nuestras razas, nuestros pueblos y nuestros tipos, no es sino una enfermedad pasajera, un daltonismo curable, por fortuna"…

Esto no es predicar un nacionalismo volátil de fiesta infantil para alumnos primarios. Es un llamado a la razón. El propio Darío no tardará en volver sus ojos a América, a comprender que la originalidad del escritor americano no se halla en el indiferente, desdeñoso París versallesco, el París falso.

Fray Mocho en su País de los matreros, evoca la tierra entrerriana, pinta sus paisajes, describe sus costumbres, saca a luz a tipos singulares como Juan Yacaré, Aguará, Ciriaco, Chancha Mora; recuerda supersticiones, hace que nos refresque el rostro un viento de leyendas. Los críticos no ven arte en todo eso. Lo llaman cronista. Ante la originalidad, las mentes pobres tienen un gesto de rechazo. Les ocurre lo que a la gente de vista débil al recibir, de súbito, un haz de luz. Las mentes pobres, ojos débiles, ante la originalidad, luz súbita, se defienden no queriendo comprender, cerrando los ojos.

Cronista, y aun fotógrafo, lo llaman también cuando describe su Viaje al mar austral, que subtitula Croquis fueguinos. Así como describió lo que viera en sus pagos natales, dicen los críticos, Fray Mocho describe lo que ve en un viaje al sur. ¡Qué chingada la de los críticos!, Fray Mocho declara entonces que este libro lo escribió sin haber pisado los canales del sur helado. Todo en él es fruto de su fantasía. Ha leído sobre ellos, ha oído a gente que allá estuviera y, con imaginación de novelista, ha compuesto su viaje. Lo ha hecho con tanta justeza, con tal cúmulo de vida, que el propio Roberto Payró, que del sur por él visitado, ha traído las crónicas de su Australia argentina, también se engaña. Le escribe: "Sus cuadros son completos, vivos, palpitantes de verdad y están pintados con todo el arte instintivo del verdadero poeta, del escritor de raza".

¡Cómo gozaría el Mocho con su macana! ¡Cómo gozaría de haber cachado a no entendidos cuánto a un entendido! ¡Les había dado changui! Y dar changui es la más linda de las cachadas. El año 1898 es el de la fundación de la revista Caras y Caretas. Señala este hecho un hito en su vida. Fray Mocho va a dejar de ser un escritor más, uno de los tantos desconocidos o alejados del público. Se va a convertir en un escritor popular, en el más popular de los escritores vivientes del 1900. Desde la revista que él dirige, va a comenzar la publicación, semana tras semana, de los diálogos, bocetos, esbozos, estampas, brochazos, perfiles, aguafuertes, instantáneas o escenas – no sé cómo llamarlos –que en publicación póstuma se reunirán con el nombre de Cuentos. Habrá en ellos el retozo, el color, la vivacidad, el ingenio, la sensibilidad, el movimiento de lo actual, de lo que vive. El público se verá y se oirá en esas páginas. Y las leerá devorándolas, semana tras semana, como algo imprescindible. Mucho de lo que era el Buenos Aires de fin de siglo está en ellas. Son un documento histórico, pero también algo más, ese algo más indefinible que, llegando de la vida de todos, se hace palabras en la vida de un artista.

¿Qué era Buenos Aires entonces? ¿Qué era su literatura? Por lo pronto, ya mucho más de "la gran aldea" que nos pinta Lucio López, y más asimismo de la Buenos Aires de Eugenio Cambaceres o Julián Martel. Va corriendo la segunda presidencia del general Roca. Ya han muerto Del Valle y Alem. Otros políticos están en escena: Hipólito Irigoyen, Lisandro de la Torre, y el socialismo con Juan B. Justo, con Alfredo Palacios, a los que ya no se llama caudillos sino líderes.

Hay huelgas de obreros. Italianos y españoles, anarquistas; franceses y germanos, socialistas. Los primeros de mayo ya las banderas rojas, nubes de tormenta, se mueven sobre una multitud disconforme y cosmopolita. Conato de guerra con Chile. Los "guardias nacionales" se adiestran. El país se arma. Todo, afortunadamente, se disuelve en discursos pacíficos. El pueblo se apasiona con la guerra por la independencia de Cuba y por la guerra de Abisinia.

Llega la electricidad, los faroles a querosene son sustituidos, los "tranways", como decían entonces los Jailaifes, en inglés y acrioyando la palabra, "tranguais", comienzan a correr vertiginosos, según decían. Las bicicletas, el primer automóvil, los primeros fonógrafos, el primer cinematógrafo… En el teatro, los Podestá, olvidando un poco a Juan Moreyra y otros guapos, acogen las piezas de Coronado, Trejo, Velloso, Granada, Soria, Payró, el gran Florencio Sánchez…

Pepino el 88 le deja el campo libre y le abre cancha al payaso yoni Frank Brown… ¿Deportes?: Las carreras y la pelota vasca. El fútbol con "Alumni" de campeón, es asunto de minorías, el boxeo se comenta en algún diario, entre las noticias policiales. Los artistas plásticos hacen la primera exposición en los salones del Banco Italiano. Tomándola en farra, a su alrededor se colocan carteles que dicen: ¡Cuidado con la pintura! Lo eterno: los ignorantes siempre en tren de xoda para lo que desconocen. ¿Música?: El vals "Sobre las olas", y algunas piezas de Dalmiro Costa y de Ramenti; la milonga y el tango en las afueras, "extramuros", como se dice a los arrabales con una palabra del medioevo, cuando la ciudad era un recinto amurallado. ¿Literatura?: en el "Ateneo" con el crioyista Rafael Obligado y el hispanizante Calixto Oyuela. El "Aues Keller"; en el "Royal Keller", en lo de "Luzio", bares donde corre la rubia cerveza de los "maestros cantores", se agrupan los modernistas, los afrancesados con Rubén Darío de paladín y El Mercurio de América por revista. Otras publicaciones: El Quijote, en el cual colaboró Fray Mocho, El Gladiador, Iris y La Montaña, donde dos jóvenes nihilistas, fogosos, furibundos que se llaman José Ingenieros y Leopoldo Lugones, no dejan títere con cabeza. ¡Si hasta se les hace un proceso! Hay más nombres: Miguel Cané, considerado el pontífice, y que al publicar su libro Prosa ligera, es comentado por el chinchudo Paul Groussac, director de la Biblioteca: ¿Y cuándo Cané no ha hecho más que prosa ligera?

Esta cita quizá se halle un poco a trasmano; pero les voy a confidenciar que le tengo bronca a Miguel Cané, el autor de la sentimental Juvenilia. Fue el legislador que llevó al Congreso la infame "ley de residencia", por la cual se expulsaba a los ideólogos y trabajadores extranjeros que defendían sus intereses contra el voraz capitalismo. Cané, entonces, era el "magister", el "maestro ciruela" en la literatura de Buenos Aires. Fray Mocho, nada.

Esto prueba, una vez más, la ceguera de los contemporáneos para juzgar a un escritor. ¿Quién osaría hoy comparar a Cané, escritor de tercera mano, con el originalísimo y vital Fray Mocho?… También escriben: Mansilla, Wilde, González, Zeballos, Bartolito Mitre y dos empacados a quienes se supone locos, o colos, para decirlo en vesre: el poeta "Almafuerte", un colifato detonador que vive en un rancho por Tolosa, y el médico Francisco Sicardi, un colibriyo que se despacha con un Libro extraño, novela en cinco tomos. ¿Quién la leyó entonces?… Sin embargo, está agotada.

Fray Mocho, que ya ha publicado su Tierra de matreros y su Viaje al país austral, no aparece ni por el Ateneo de los tradicionalistas ni por los bares de los muchachos. Dejó también la bohemia de los Lamberti, Fernández Espiro, Behety, Goycochea Menéndez…

Se asocia con dos españoles, el escritor festivo Eustaquio Pellicer, el dibujante Manuel Mayol y un 8 de octubre del año 1898, aparece Caras y Caretas, que él dirige. Es una revista animada de espíritu popular con fotografías, caricaturas, ilustraciones, artículos humorísticos. Una revista cachatadora. Y Buenos Aires, siempre dispuesto a la cachada, la recibe jubilosamente. Los números se agotan. La empresa sigue avante. El Mocho que siempre ha corrido la liebre, achaque éste natural a periodistas y escritores, comienza a verse chaludo, con canarios que le cantan en los bolsillos.
- Ché, Mocho, ¿te estás haciendo la América? – le dice un amigote.

Contesta risueño:
-¡Vaya por los muchos años que hice el Africa!

Caras y Caretas llega al público y va llevando a él las firmas de los mejores literatos y los mejores dibujantes de su hora. Revisamos su colección y allí leemos a Zeballos, Grandmontagne, Javier de Viana, Roeber, Leguizamón, Barreda, Charles de Soussens, Félix Lima, Payró, Lugones, Quiroga, Ingenieros, Rojas, Herrera y Reissing, Correa Luna, Ghiraldo, Gerchunof… Allí dibujan: Fortuny, Mayol, Eusebi, Besares, Villalobos, Zavataro, Valdivia, Gimenez, Alonso, Hofman, el gran Cao…

En Caras y Caretas está el alma de Fray Mocho. Es popular y, a la vez, culta. No es una alianza fácil de lograr. Su éxito es el mismo éxito de Fray Mocho, el de sus instantáneas. Diálogos, perfiles, escenas y brochazos con los cuales, semana tras semana, llega al público lector un rocío de ingenio y de bonhomía.

A los tres años de la muerte de Fray Mocho, se publicaron en libro, como recordatorio y homenaje. Está fechado en agosto 23 de 1906. Hablando del libro de su camarada Ramón Romero, Los amores de Giacumina, Fray Mocho hace, sin pensarlo, la definición de su propio libro. Escribe: "En ese libro no habrá giros preciosos, frases llenas de armonía, trozos literarios; pero huele a pueblo, a verdad, a vida y por eso el pueblo lo acogió con aplausos, a pesar de los juicios olímpicos de literatos atorados de pretensiones y de pensamientos robados". También ha escrito al anunciar Los misterios de Buenos Aires: "Mi permanencia en el delicado servicio que tenía a su cargo el sargento Gómez, fue la mejor escuela de la vida a cuyas aulas yo pudiera concurrir, y en ella aprendí a conocer este Buenos Aires, bello y monstruoso, esta reunión infame de vicios y virtudes, de grandezas y miseria"…

Su aspiración literaria y su propia vida quedan así explicadas por él mismo, antes de empezar a escribir sus cuentos semanales. Estos cuentos podrían dividirse en camperos y ciudadanos. Allá recuerda, emocionalmente, su vida de niño y reproduce fábulas y leyendas oídas junto al fogón. Es literatura gauchesca, semejante a la de Javier de Viana y escrita con lenguaje gauchesco. Páginas que cabrían en su libro sobre los matreros entrerrianos. En sus cuentos de la ciudad trabaja con un material novedoso para él y para sus lectores. Aquí aparecen los compadres suburbanos, en ocasiones vestidos de vigilantes, bomberos u ordenanzas del Congreso; aparecen italianos inmigrantes, aparecen tipos raros, atorras, pechadores, malevos, poligriyos, malandras invadidos por una fiaca sin cura, curdelas, todos clientes obligados de la gayola y, por fin, aparecen personajes de la clase media. Estos, los que mejor pinta Fray Mocho, son, por lo general, desclasados.

Gente sin biyuya pero con humos. Patos, embaucadores, paquetes de yuguillo al cuello, cajetillas de galera; inventores de chimentos hábiles en el uso de la parola, sobradores de otarios que le hacen gambetas al yugar. En las escenas y perfiles de Fray Mocho, los vemos, los oímos, somos capaces de decir: ¡Cómo se parece éste a Fulano, un pariente nuestro! Y sonreímos…

Toda una clase social de gente que aspira ser lo que no es, cursis de medio pelo, que no saben ponerse a tono con su época que es de trabajo, de creación, de optimismo, de fuerza, en aquel Buenos Aires del 900; está magistralmente pintada por Fray Mocho. Recordamos nuestras lecturas clásicas, los viejos Fidalgos de la picaresca española que salían a la calle, ya anochecido para ocultar su ropa deshilachada y con escarbadientes en la boca, pero sin haber comido. El caballero del Lazarillo de Tormes, o muchos de los personajes de Quevedo, Alemán, Cervantes, Vélez, Guevara, Salas Barbadillo, Vicente Espinel… Fray Mocho entronca así con lo mejor de la gran literatura española de su siglo de oro. Dos viejos que pretenden una pensión por haber sido guerreros de antaño, aunque nunca pelearon más que con la mujer o con la suegra; el desocupado al que el intendente le prometió el puesto de un amigo bastante shacado y que se interesa particularmente por la salud del otro, del que aspira a sustituir; pero él muere y el otro cuenta la historia camino de su entierro; el que oficia de patriota, Taquito de sobrenombre, que se indigna porque en un restorán ofrecen "bacalao a la española" Precisamente el día aniversario del sorteo de Matucana en el cual los realistas fusilaron a oficiales del ejército del norte. Vale la pena releer este cuento. Se llama "Patriotismo y caldo gordo". Es una página ejemplo de literatura picaresca. En este desfile de vivos o vivancos, por no llamarlos sinvergüenzas, está el que se sirve de su apellido tradicional para figurar en política. Y habla de honor, de patria, de historia. Infla globos con el fin de seguir apañando lo que puede. El caso es gambetearle al laburo. Está la guaranga que se desvive por figurar en las notas sociales de los diarios, por no entrar en el rango de las etcéteras. Todo muy pintoresco, muy cursi, muy insignificante al parecer; pero también muy triste. Es preciso leer entre líneas, casi adivinar el drama que la comedia o el sainete de esas vidas oculta para ver la mueca que es la sonrisa de Fray Mocho, humorista agudo.

Este pelandrunismo crónico le llegaba desde muy atrás al porteño de principios de siglo, descendiente de españoles. Un manuscrito del siglo XVII que reproduce José Deleito y Puñuela en su libro La mala vida de la España de Felipe IV, dice: "El holgar es cosa muy usada en España, y el usar oficio, muy desestimado. Y muchos quieren más mantenerse de tener tablero de juego en su casa o de cosa semejante, que usar un oficio mecánico, porque dicen que por esto pierden el privilegio de la hidalguía, y no por lo otro". Es decir, se podía ser hidalgo y estafador a la vez; pero no hidalgo y trabajador.

¡Así andaba de pobre la España del siglo XVII! ¡Y así anda ahora la querida España de Riego! Entre los ya arrojados a la vía, los que duermen en los umbrales o calabozos y buscan el centavo que les permita consolarse con una mamúa, hallamos el atorra, por ejemplo, de "Me mudo al Norte". Ya los barrios del sur van siendo abandonados por la gente bien y el atorra se va tras de ellos. Monologa, explica el motivo de su mudanza: Allá en el Norte… "aquello es un 25 de mayo – dice – coches llenos de muchachas alegres, bicicletas, casas en que tocan el piano, carreros satisfechos con las propinas y que hasta le pagan una copa, almaceneros que tiran cachos de salchichón… ¡No! Aquello es otra cosa, no se puede negar. Y después Palermo, la recoleta, quintas llenas de flores. ¡No! Me mudo al norte"… Y al norte, a los barrios ricos, se va el atorra con su linyera de trapos sucios, sus piojos y su filosofía de resignado… Al describir los desclasados porteños de la clase media, fray Mocho no es solamente un folclorista ciudadano o un costumbrista o un pintoresquista. Es un satírico. Hay que descubrir lo que su sonrisa bonachona disfraza. El, admirador de los ímpetus del laborioso inmigrante, ridiculiza a esa clase haragana y fullera que mal se alimenta a mate y pan crioyo y que en el nuevo Buenos Aires, el que se levanta con el siglo, está totalmente condenada a desaparecer. Esto hace del divertido Fray Mocho un serio escritor social.

Sobre esto de los pretendidos bien, de los que se autotitulan decentes, preciso es citar al imprescindible Sarmiento: "Estoy hace tiempo – escribe – divorciado con las oligarquías, las aristocracias, la gente decente, a cuyo número y corporación tengo el honor de pertenecer, salvo que no tengo estancia. Soy un desertor de mis filas, y prefiero escribir para el "millón", como dicen los norteamericanos, para la "canalla", como decimos nosotros… El gran Sarmiento se siente chusma. Fray Mocho también escribe para el hombre de la calle, como hoy decimos, y hoy lo alabamos los que nos creemos cultos, los léidos, según los llama, admirativamente, el gaucho, los escribidos, como rezongaba, despectivamente, Don Pedro Cernadas, un caudillo conservador que fue treinta años diputado y nunca pronunció un discurso.

Fray Mocho es un crioyo sin mescla de estranjis; pero ama a los italianos. En sus cuentos casi no aparecen españoles, sí italianos. Cuando él escribía eran tiempos de inmigración. Ve en los italianos la fuerza, el futuro, el progreso, los bríos renovadores que son los de la Buenos Aires del 900. Los describe con simpatía. Los hace hablar en cocoliche, pero exaltándolos. Su cuento "La bienvenida" es típico: Pinta un grupo de inmigrantes en el puerto. Dos viejos crioyos los comentan: "…ahí vienen maridos pa' las hijas de familias ricas, patrones pa' las casas de comercio, estancieros que no sabrán lo que es un pingo, pero que harán galopiar a sus pionadas, y un sinfín de pajarracos desplumaos que de pronto se pondrán desconocidos". En ellos ven el futuro laborioso. Uno de los comentaristas deja caer también esta imagen:"Los crioyos somos como los duraznos: ¡Nos conservamos en caña!…"

La gente del suburbio de Fray Mocho es la que se acerca al centro, a la ciudad. No es el malevo de los poemas de Carriego o de los dramas gauchistas. Las fábulas populares nos hablan de los encontronazos del tigre y del zorro, y de como éste, a fuerza de mañas, vence al terrible carnicero. Los compadres de Fray Mocho no son tigres. Son compadres que ya han reflexionado y se adaptan a las exigencias de su hora. Para quien reflexiona, el mundo es una comedia y es un drama para quien sólo siente, para el que se deja llevar por sus impulsos. Los compadres de Fray Mocho son arribistas – trepadores –piden cuñas, se colocan vizcachonamente, se hacen amigos del juez, buscan el sol que más calienta. La dedicatoria del Carriego de "Misas herejes": "A la memoria de San Juan Moreyra, muy devotamente", no rola con el pensamiento de los buscavidas, vendedores de diarios, carreros, cuartiadores, mayorales, vendedores de resaca, sanagorias de circo; sino vigilantes y bomberos, que son los compadres de Fray Mocho, dispuestos a soslayar la pobreza y adictos a los tongos electorales de aquella celestial, o celestina, hora del voto cantado. En alguna pieza teatral de Florencio Sánchez, en Moneda Falsa o en La Tigra, hallamos este compadre. También en una de González Castillo: Entre bueyes no hay cornadas, paradigma de sainetes. En el cuento El ahijado del comisario está el compadre de Fray Mocho. Sí, el comisario lo crió, ¿pero qué ha hecho del muchachón? Nada. Un vago. El no se chupa el dedo, tiene su letra menuda, y protesta: "¡Pucha con la crianza más cantada que la milonga! ¡Cualquiera creería que el comisario al criarme a mí lo hubiese criado a Liandro Alem!"

Algunos vascos, algunos morenos, algunos españoles transcurren por los cuentos de Fray Mocho; son toda gente sin rebeldía, nada Martín Fierro, nada Moreyra, como lo son sus orilleros a quienes titulamos compadres por su manera de vestir, por su manera de hablar, no por ese "culto al coraje" característico de la literatura derivada del "Martín Fierro". De las dos fases de la vida, la de Fierro y Cruz o Vizcacha y Picardía, Fray Mocho, por temperamento, se inclina a ésta. Como buen realista, vio, oyó, y reprodujo lo que vio y oyó, sin aspamentos. Estos se los dejó a los románticos. Y así una faz, la menos moralista si se quiere, pero la más típica, la cachadora de Buenos Aires, la hallamos en fray Mocho, sobreviviendo a sus fallutos y lacrimosos contemporáneos que entonces no lo mirarían como a colega. Fray Mocho fundó un género en nuestra literatura. Si entramos por su huella, encontraremos continuadores de su labor en las campechanas, coloridas, breves, ágiles páginas de un Félix Lima, un Villoldo, un Santiago Dalegri, un Julio cruz Ghio, un Last Reason, un Enrique González Tuñón, un Roberto Arlt y otros que, como aun viven, no los citamos. Siguiendo la mezquina, canalla, cobarde costumbre de esperar que mueran para laurearles.

¿Y el leguaje que emplea Fray Mocho? Sigue un viejo aforismo de Juan de Valdés (o de quien fuera), siglo XVI, en su Diálogo de la lengua: Escribir como se habla. No sé si se me ocurre a mí o lo he leído, porque uno acaba por plagiar inocentemente: como alguno se levanta la cartera de otro bolsillo que no es el suyo, también el escritor se levanta una idea de otro escritor, y la firma. Ahora se me ocurre que la ortografía enseña a escribir las palabras para ser vistas, cuando debiera serlo para ser oídas. Empleamos los argentinos, o mejor los porteños, una zetas y elles que nunca pronunciamos. Fray Mocho, en buena parte, rompe con esta tradición de los escritores… de los escritores, ¡bueno!: llamémosles cultos. Es el meas antilarreta, el menos engrupido de los escritores. El no hace como esos literatos de yacumín que cuando no encuentran una palabra en el diccionario, una palabra usada por todos, le piden permiso a la Real Academia Española. A él le basta haberla oído decir y la usa. ¡Se le frega de la Real Academia! Contribuye así a la renovación y al enriquecimiento del idioma. ¡Y que corcoveen los puristas, los conservadores! Ya sobre este tópico escribió con sabiduría y con serenidad Juan María Gutiérrez en sus Cartas de un porteño, año 1875. Por otra parte, la comprobación viene de filologos españoles. Rodríguez Marín o Unamuno o Ganivet, afirman que muchas de las palabras y expresiones rioplatenses, usadas por los gauchescos, son andaluzas: "asigún, estranjis, aparcero, facón, maula"… Bastantes gauchismos reincorpora Fray Mocho a la parla de sus personajes orilleros, asimismo como las contracciones, apócopes y apóstrofos que usan al hablar: "Como l'ois, ché, si'andao ajuera"… - dice un compadre, y a una matrona, de esas llamadas de medio pelo por andar con la cartera galgueada, le oímos emplear palabras como "ringorrango", por ejemplo, que quiere decir "adorno superfluo", palabra de poco uso y castiza, aunque la matrona también dice "Uropa" por Europa, "aura" por ahora, "haiga" por haya. Los arcaismos, comunes a los gauchescos, no abundan en Fray Mocho. Sí abundan los cocolichismos de sus italianos acrioyados o que intentan acrioyarse. En su paso por la policía, ya vimos a Fray Mocho tomar contacto y emplear el lunfardo en sus Memorias de un vigilante; pero en 1898, cuando comenzó a escribir los cuentos, las voces lunfardas, hoy usadas en todas las clases sociales, se hallaban en destierro. Aun no era la hora del tango, su más eficaz propagador; era la hora del vals, de la mazurca, del shotis, de la habanera…

El lenguaje de Fray Mocho es el de la libertad. Para escribir una palabra, o sea para hacérsela decir a uno de sus viejos curdelas pechadores o a alguna de sus damas mistongas, asfixiada por el humo de un ascendiente al que se supone guerrero del Paraguay; no cavila mucho en averiguar si esa palabra es un neologismo o un barbarismo. La oyó decir en una de sus tantas correrías y la emplea. A quien le quisiere poner trabas para su lenguaje, la protestaría como uno de sus malandrinos: ¡La pucha con la libertá que se nos va enflaqueciendo, che!… Me he detenido un poco en la literatura cachadora de este provinciano que tan cabalmente supo adueñarse del espíritu porteño. Es lo más singular de Fray Mocho, lo que le hizo sobresalir de entre sus contemporáneos; pero hay otra faceta de su obra, importante, aunque preterida.

Es allí donde la emoción del hombre comprensivo y sentimental abandona al observador perspicaz con su sonrisa entre irónica y lastimera por las debilidades humanas.

Entonces, cuando baja la emoción a su pluma, Fray Mocho recuerda las serenatas de su Gualeguaychú natal o la belleza de paisajes jamás olvidados o pergeña cuentos como Siempre amigo donde habla con un perro, ya no en el diálogo picante al que nos tiene acostumbrados, sino con fluidez, gracia y donosura bastante melancólicas. Manejando la emoción, deja escrito dos de sus mejores cuentos: La yunta de la cuchilla y El hijo de doña Amalia.

Los lectores de hoy no pueden imaginarse lo que representó fray Mocho para sus lectores de ayer, los que semana tras semana esperábamos Caras y Caretas para devorar sus cuentos. Traigo a la memoria un día en que mi padre apareció en casa con el primer número de la revista y leyó a mi madre, en alta voz, su primer cuento, ese que evoca al vasco lechero de rodillas sobre un trotón sonoro de tarros. Yo era un niño que aun cursaba los grados. Desde aquel día, después que mi padre leyó el cuento, que festejaban y comentaban, yo lo releía a solas. Ignoraba, por supuesto, que el destino me deparaba ser, treinta años más tarde, uno de los colaboradores de esa admirada Caras y Caretas. El doctor Fernando Alvarez, hermano de Fray Mocho, fue médico de casa. Con él hablaba mi padre del Mocho, se hacía narrar anécdotas, comentaba sus cuentos. Un día los oí hablar de que andaba cachuso, de que le faltaba un pulmón, de que era difícil salvarlo. Y recuerdo la cara con que mis padres oían la sentencia del médico.

Otro día entró mi padre con una expresión desolada.
- ¿Qué te pasa? – le preguntó mi madre, singular intuitiva.
- ¡Murió Fray Mocho! – dijo él.
Callaron.
Mi madre se persignó y se alejó moviendo los labios:
Rezaba.

No creo que muchos literatos puedan aspirar a esta gloria: que su muerte produzca en dos desconocidos lectores un dolor semejante al que se pueda sentir por un familiar querido. "La suerte que es grela". Como dice el tango, y grela caprichuda, buena con unos, mala con otros, se lo llevó a los cuarenta y cinco años, la edad en la que la mayoría de los escritores empieza a saber escribir. Y se lo llevó, ¡jué una!, con todas sus ricas posibilidades, con su carga de experiencias, sensibilidad y comprensión recogidas en las ásperas aventuras de su vida pobre. Y con él se fue un hombre de teatro, dada su posibilidad para el diálogo preciso, sin arrequives. No tuvo tiempo de llegar a escena aquel gran conversador – no latero -, conversador, no "causer", como escribían los hombres del 80, conversador, no "charlista" – como dicen los gaitas de Madrid, conversador hablando y escribiendo.

Se ha dicho de él que era un hombre del 80. No, Fray Mocho fue un hombre del 900. No fue clubman, ni parlamentario, ni diplomático, ni ministro. Seguramente nunca se puso una levita ni se encajó en el mate una galera de siete pisos.

Carecía de la parada de los hombres del 80. No fue político ni orador. No había hecho frecuentes viajes a Europa. No había tenido duelos. "Nada echao pa'tras". No era del os que "se han tragao una lanza. Fue un periodista, un hombre cordial, hombre de café, de calle, de fondín, de tertulias en las redacciones después del trabajo, hasta ver entrar la luz del sol que ordenaba irse al apoliyo.

Siempre dispuesto a hacer una gauchada y a olvidar una perrería, nombre muy mal puesto éste, porque no son los perros sino los hombres los que se muestran ingratos y se hacen los olvidadizos. Uno de sus cuentos se titula Entre dos copas, otro: Entre dos mates. Quienes lo recuerdan, lo recuerdan así, conversando entre dos copas, conversando entre dos mates. Sus protagonistas, sean gauchos, sean compadres o gente de la clase media, todos disimulan su ocio conversando, chupando y matiando. Así también disimulaba él sus ocios, merecidos por otra parte, después del trabajo que la dirección de Caras y Caretas le exigía. Su amigo Mariano Joaquín Lorente lo pinta: "Nos congregaba en su despacho para oírlo hablar. Era un conversador nato, con un maravilloso don de la palabra y un enorme "stock" de cuentos. Contándolos, mostraba Alvarez tal poder de observación, tan penetrante ingenio y tan bondadoso buen humor, que los más inveterados conversadores - ¡y cuidado que los hay en los países latinos! -, guardaba reverente silencio"…

Otro amigo, Carlos Correa Luna, lo recuerda: "Olvidaba gustoso sus preminencias de director y de hombre célebre, y se ponía al nivel común – de los pequeños, sobretodo – porque nadie recurrió a él sin llevarse un recuerdo gratísimo de su llaneza y de su bondad infinitas." Y Martiniano Leguizamón, su condiscípulo en el Colegio Concepción del Uruguay, su coterráneo, escribe: "Charlador de buena cepa, con un arsenal inacabable de anecdótica criolla, sabía pintar con un rasgo, con una frase feliz, un carácter, una época, una acción generosa o una ruindad, manteniendo suspenso al auditorio de su palabra pintoresca, irisada de chispas de talento, de gracia fluente, expansiva, saturada de esa velada malicia retozona que le inundaba el pecho y hacía brillar sus ojos pardos y traviesos"… "El Mocho", como le decíamos familiarmente todos los que lo amábamos – prosigue Leguizamón – abreviando el seudónimo del festivo sicólogo popular, se lo debía todo a su esfuerzo. "Había peleado bravamente la vida, había sufrido ocultamente las lacerantes heridas con aquella risa juguetona que sólo la muerte pudo arrancar de sus labios, y había vencido destacando su personalidad de escritor nacional, con perfiles netos, inconfundibles. Solo, luchando para vivir y atesorando al mismo tiempo esa experiencia que, como un misterioso sedimento, van dejando los años en los cerebros que piensan, desde aquel día lejano en que abandonó la aldea natal en busca de nuevos horizontes y pisó las calles de Buenos Aires, pobre y desconocido y donde llegó a ser lo que era, a valer lo que valía, ¡cuántas amarguras, cuántas "perrerías", como solía repetir, no habían hecho sangrar ese corazón abierto siempre a las más nobles expansiones y al culto inalterable de los afectos"… Es preciso seguir reproduciendo las palabras de sus íntimos. Otra vez Mariano Joaquín Lorente:

"El dialecto de Buenos Aires en boca suya, y con las inflexiones que le imprimía su voz melodiosa, adquiría un encanto propio. Tenía al hablar la fluidez natural de quien domina el idioma y tiene los hechos en la punta de los dedos; además, y como es frecuente entre los latinos, se acompañaba con gestos, a menudo inimitables"… En un artículo de su "Salero crioyo", recordando a su camarada de las primeras horas, Ramón Romero, Fray Mocho escribe: "La muerte es ciega y estúpida; estoy seguro de ello como de que a mí no me ha de perdonar y el día menos pensado ha de hacer con mis huesos algún bochinche"… Pero ya cuando la muerte, dispuesta a hacer un bochinche con sus huesos, según su risueño pronóstico, se le presentó; él le decía a un amigo entrerriano: "¡Soy duro como los ñandubaces de nuestra tierra; no me entra el hacha así no más!"

El día de su fallecimiento, a su hermano que lo Y a su aflicta compañera, consolándola: Mirá, che, hay que jugarle risa a la vida. Su casa se llenó de gente. "Todo Buenos Aires ha desfilado ante su cadáver" – decía una de las innumerables crónicas de los diarios. Su acompañamiento no parecía el de un escritor. No estaba Buenos Aires acostumbrada a ver una muchedumbre tal sino tras del féretro de un político. Prueba esto la popularidad de sus cuentos, y de cómo él, con un material hallado en la vida diaria, en la vida de todos, había sabido hablar a todos.

Caras y Caretas lo sobrevivió treinta y seis años, languideciendo en la casa de la calle Chacabuco, aun existente hasta el año 1939 en que la vida tumultuosa de Buenos Aires, se la llevó por delante y la convirtió en un recuerdo querido, ¡muy querido!, para los muchos que en ella encontramos el refugio generoso de nuestros primeros palotes. En el que acomete una obra de arte, hay siempre un artífice y un hombre. Si se pone más artífice que hombre, se obtiene un artesano; si más hombre que artífice, un artista. Hay hombres que no son artistas; pero no puede haber artista que no sea hombre.

A más de medio siglo de la muerte de Fray Mocho, el hombre continúa presente en su obra. Comprobarlo nos dice esto, sencillamente: fue un artista.