Ensayos y recopilaciones

DON PEDRO Y ALMAFUERTE

REVISTA NOSOTROS – AÑO 1942

Conocí a Don Pedro B. Palacios una noche que recitaba El Misionero en un cinematógrafo de barrio. Ya era célebre. Acababa de dar su serie de lecturas en el Teatro Odeón, largamente alabado por la prensa y de obtener aplausos ovacionantes. Yo entonces tenía veinte años y lo idolatraba. Hubiese sido capaz de enzarzarme a puñetazos con quien dudase que Almafuerte era un genio. Mi muchacho de ayer se hubiese trompeado con mi hombre de hoy. Porque hoy no creo que Almafuerte sea genio, aunque siga sintiendo un singular cariño hacia el viejo corajudo, justiciero, generoso, dolorido y sublimemente sensible, medularmente bueno que fue Don Pedro.

Cuando lo conocí recitando en aquel cinematógrafo de barrio, no se me presentó como lo imaginaba. No era el viejo alto, de magrura ascética, de iluminados ojos celestes y larga y blanquísima melena. Era un viejo mas bien bajo, chinote, de ojos negros pequeños y vivísimos, de gran tórax. No vestía una blanca, ideal túnica de misionero; iba trajeado con un yaqué prosaico y vulgar, de pequeño burgués. No era un exótico anciano. Era un viejo criollo familiar. Podría haber sido mi abuelo.

A los veinte años no somos capaces de ver la poesía de la realidad. La buscamos en la fantasía. Una decoración de teatro nos parece más poética que un bosque. Para mí, Almafuerte se acababa de despojar de lo poético. Aquel "chinote feo, picado de viruelas", como él se decía, acababa de humanizárseme. Es decir, acababa de hacérseme verdaderamente poético. Porque desde entonces, comencé a ver a Don Pedro, al hombre y a desvanecérseme el mito Almafuerte, mezcla de ermitaño y semidiós. Desde entonces dejé de ver el espectáculo pintoresco, el viejo lindo, el loco sublime que mis amigos y parientes de La Plata, mi ciudad natal, donde él tenía su covacha, contemplaban en Don Pedro. Vi al trágico doloroso, al justiciero impulsivo, al ingenuo sensible que se encerraba en aquella recia contextura de viejo criollo, de hombruna pureza y cuyo paso dejaba huellas de calumnia y admiración, de odio y amor, de encono y gratitud.

Pobre, inadaptado, solitario y altivo, Don Pedro es un héroe. Almafuerte puede ser discutido. Queda Don Pedro, hombre singular, temperamento apostólico, rebelde instintivo, huraño a la sonriente mentira social, tipo casi único, ente originalísimo; y él se nos entra en el corazón, más cada vez, a medida que vivimos y nos hallamos con menos hombres humanamente hombres, sobretodo entre los que garabatean papel; simples autómatas, adocenados, oblicuos hasta la cobardía, tangentes a todo ideal.

Desaparecido el literato, en Don Pedro queda un hombre, vida austera y fecunda, rica en anécdotas que denuncian su personalidad. Compleja maraña de impulsos y de ideas, neurótico e iluminado. Su alma no es un cubo, a fe: sino un icosaedro. La fatalidad se la talló: huérfano desde muy niño, sólo aprendió las primeras letras. A necesidad lo hizo maestro y periodista de campaña una vez que le fracasó el pedido de beca para ir a estudiar pintura en Italia. Abandonó el dibujo para el cual poseía dotes, y ambuló años y años por las provincias de Buenos Aires y La Pampa, de pueblucho en pueblucho, enseñando a los niños o escribiendo en los periódicos locales. De pronto, un decreto gubernativo lo dejó cesante por no poseer título. Esta injusticia lo enconó, fue trascendental en su vida. Después, amigos admiradores lo llevaron a La Plata y se hizo burócrata; pero siempre solo, inadaptado, pobre, altivo. Así fue cuando era un anónimo maestro- periodista de aldea, así siguió siendo cuando la celebridad lo adoptó, cuando el éxito, en forma de curiosos, iba a golpear la puerta de su casa paupérrima de La Plata. El se hurtó en o posible a la mirada inquisidora de sus admiradores; nunca le fue grato que el hocico del público fácil y veleidoso, hurgara su intimidad. Y esto le conquistó no pocos rencores de la gente intelectual particularmente. El admirador quiere hacer su dios y su mico del admirado. Don Pedro, inadaptado siempre, no dejó de exteriorizar su indiferencia, hasta su desprecio, por los que intentaban comprar su austera y altiva soledad con tal moneda. ("Yo desprecio y hago alfombra de cualquier admiración").

Fue inconfundiblemente criollo, no sólo por su aspecto, sino por su alma. Sus dos terceras partes de hombre estaban hechas de gaucho. Su lengua era un facón sin vaina. Corajudo, pero complicado como apóstol; su coraje criollo fue valor. El coraje es físico, el valor es moral. Don Pedro poseyó uno y otro, hasta la temeridad y el sacrificio. Alfredo J. Torcelli, su amigo íntimo, narra una serie de anécdotas características.

Siendo maestro de escuela en Trenque-Lauquen, una noche oyó gritos de mujer. Saltó de su catre tijera y se orientó hacia el sitio de donde partían. Se halló con que un rufián estaba azotando a la mujer. Don Pedro le quita el rebenque, lo ataca y lo hace huir, pese a la daga que lucía su cintura. "El agradecimiento de la azotada – narra Torcelli – se manifestó en una frase que, a pesar de la natural sobrexcitación por lo que había visto, evitado y hecho, hizo estallar su buen humor.
- ¡Ay, señor! ¡Usted ha sido para mí la Virgen de Luján!
- ¡Sí, pero una Virgen de Luján muy macho! – replicó regocijado Almafuerte, ilustrando la frase con un ademán tan obsceno como expresivo para la circunstancia. Y se volvió al reposo inquieto de su catre de tijera. La preocupación de ostentar ser "muy macho", "corajudo", "muy hombre", sinónimo de "ser gaucho", constituyen obsesión en la idiosincrasia del criollo.

Temperamento impulsivo, Don Pedro siempre tenía la agresión presta. Su lengua tajeaba al contrincante, veloz como si hubiera sido una daga. Su indignación irrumpía como Fierro aconseja que salga el facón: "que al salir salga cortando". Un sacerdote de La Plata anduvo propalando que Almafuerte era un ebrio. (La clerecía que intentó acercársele alguna vez, engañada por su misticismo y su fraseología bíblica, al final lo rechazó siempre). Lo supo Don Pedro y se incendió: pocas cosas lo irritaban tanto como que se le creyera ebrio. (Otra característica del criollo a quién no gusta exhibir vicios, como no le gusta exhibir cicatrices). Quiso la mala suerte del sacerdote chismoso que, al subir a un tranvía, se topase con Don Pedro. Y ya éste lo abarajó a alaridos:
- "¿Con que vos sos quien anda propalando el chisme de que Almafuerte es un borracho? ¡Borracho, Almafuerte! ¡Ya me ves! ¡Deslenguado, embustero, sicofante, mala pécora, miserable, indigno de usar el hábito de los sacerdotes de Cristo! ¿Esa es la forma en que desempeñas tu misión?... ¡Como no vayas a echarte a los pies de tu obispo, a confesarle el pecado de mentira en que has incurrido a sabiendas, y como tu obispo no te castigue ejemplarmente, la primera vez que le vea oficiando el pontifical, de un bastonazo le haré saltar la mitra de la cabeza!"

El clérigo salió disparado. Acostumbraba dar su amistad a los jóvenes. Cierta vez se halla con uno en la calle. El otro lo saluda y él no responde. Días después vuelve a hallarlo, y el otro pasa sin saludar. Don Pedro se vuelve, le grita:
- "¿Por qué no me saludás?"
- "Porque como hace algunos días lo saludé y usted no me devolvió el saludo, he creído que ya no quería ser mi amigo. Y le advierto que o toleré en silencio porque era usted, que si en vez de ser usted es cualquier otro, las cosas no habrían pasado así.".

Volvió Almafuerte sobre sus pasos y abrazando con entusiasmo a su joven amigo, le dijo:
- "¡Así me gusta, muchacho! He querido ponerte a prueba, para ver si sos un macho. Porque, la verdad es que con esa carita efébica y esos modales de abate, no me lo parecías. No te imaginás cuánto me alegra saber que lo sos."

Y de bracete con él, se lo llevó a su casa a hacer tertulia y a tomar mate. Algunos (Ricardo Rojas, Pedro Bonarte) han inculpado a Almafuerte su actitud de injustificado recelo para los que a él se llegaban. Es actitud de gaucho, nada más, solapadamente desconfiado con el forastero. No podría precisar con exactitud si fue a Salvador Rueda que, ante el deseo manifestado de visitarle, respondió con un "¡Váyase a ...!", etc. Característica del criollo es también la de no querer a los extranjeros. Todos son gringos, y como tales, los desprecia. Esa actitud explicable en individuos de inferioridad mental, la participó Don Pedro como criollo prototípico que era, aun cuando ya inexplicable en él, aunque en él se dan abundantes rasgos inexplicables. Pero a quien menos quiere el criollo viejo es al español. Todos son "gallegos". Este resabio de enemistad, heredado de la colonia y de las guerras de la independencia, lo tuvo Don Pedro. Jamás quiso a los españoles. En cambio él, tan fecundo en contradicciones, amó profundamente a los italianos, tan mal vistos del gaucho (ver Martín Fierro). Italia obtuvo siempre su calurosa simpatía, a ella dedicó más de un estallante ditirambo y si alguna vez pensó en ir a Europa, pensó ir a Italia.

Termina una curiosa carta – curiosa por lo vidente – en que habla pestes de la ilógica ortografía castellana:"He resuelto lo que ya te dije en una de mis anteriores, que las entregues (se refiere a sus poesías) a cualquier español de esos ten gramáticos que nunca faltan, porque es lo único que saben, y en lo que son fuertes hasta sus zapateros."

Torcelli también narra esta anécdota que pinta su prurito caballeresco – muy de gaucho y muy de español. Era Don Pedro maestro en Chacabuco cuando llegó en gira un inspector. En tertulia de amigos, en la confitería, el inspector llegó a hablar de la dudosa honestidad de Fulana, una maestra que para él había sido presa fácil. Saltó Almafuerte y, dándole una bofetada en el rostro, lo increpó:
- ¡Callate, miserable! Un gallo, después que pisa a la gallina, no canta para publicarlo a los cuatro vientos...

El sentimiento de la amistad es entrañable en el criollo. Don Pedro lo tuvo. Por amistad, expuso su situación y su vida en innumerables ocasiones, ya que los mejores amigos los tenía siempre entre los humildes, expuestos a la injusticia de los poderosos. La amistad también lo enzarzó en los vericuetos turbios de la politiquería pueblera, en donde él no hizo más que darse contra los hombres y las circunstancias, demasiado pequeños los unos y harto estrechas las otras para comprenderlo o contenerlo. Esto le originó multitud de incidentes, graves algunos. Debo a Don Saulo Domínguez, actual vecino de Chacabuco, ex discípulo de Almafuerte e hijo de uno de los más caros amigos del poeta, este relato: El oficialismo, por aquellos años, era "pacista". Don Pedro, que siempre militaba en la oposición, era "vacuno". Un incidente personal con el caudillo "pacista" le hizo escribir una filípica en verso. El otro le mandó los padrinos. Almafuerte, aun cuando no sabía tirar, aceptó. Al dársele la pistola, ya en el "campo de honor", se le escapó un tiro al aire. Quedaba en inferioridad de condiciones; pero el lance se verificó. Tiró el otro, sin resultado. Volvieron a apuntarse y esta vez sólo el contrincante tiró. Don Pedro no había levantado el arma. Inmutable, oyó el proyectil que pasaba silbando a unos milímetros de su cabeza.

Lo invitaron a reconciliarse. Se negó.
- Antes dije que era un canalla; ahora digo que es un canalla y un cobarde. Los amigos insistían. Y él propuso esto: batirse otra vez, pero a un paso de distancia. El otro no aceptó.

Rafael Barrett, otro valiente apostólico, sintió veneración por Almafuerte, hasta afirmar que es el primer poeta de América. En sus Moralidades Actuales, narra Barrett una anécdota que a él le contó, a su vez, el camarero de un buque, camino al Paraguay. Un vigilante estaba azotando a un obrero. Almafuerte intervino y le quitó el machete al vigilante. Nadie pudo hacer que se lo devolviese.

En esta anécdota está pintado no sólo en su valor personal, sino también en su rebeldía instintiva. Ella lo empujaba a ponerse de frente a la autoridad y junto a los desheredados. Actitud de gaucho también que, acostumbrado a no ver ante sus ojos más limitación que el alambre del horizonte, se acostumbró a ser libre. ("Yo no he nacido p'andar con la lata a la cintura", dice Cruz a Fierro).

"Que otros vivan la ley que es la mentira, yo vivo los impulsos que es lo cierto" – ha dicho Almafuerte. Don Pedro se ajustó a tan peligrosa norma. Vivió sus impulsos. Pese al vigor evidente de su cerebro, su vida sensitiva es tan potente que casi se duda que él fuese un intelectual. Fue un hipersensible, y si fue rebelde, lo fue sólo porque su herida sensibilidad vibraba al roce del más pequeño dolor humano, nunca porque una determinada ideología lo guiase. En esto, como en muchas otras cosas, era infantil, o sea, pueblo. Rebelde por instinto y apóstol por temperamento, no luchó nunca por ningún ideal de reivindicación proletaria, porque nunca tuvo ideal. Sentir profundamente el dolor de los humildes, vibrar profundamente indignado por la injusticia de los poderosos que producían ese dolor: he aquí su ideal, bien simplista por cierto: "Yo siento por el dolor de la chusma miserable, la suprema, la inefable maternidad del amor." Seguramente que de Marx o de Bakunin sólo había oído los nombres. En rigor, nada hay más rebelde que la sensibilidad. ¿Cuáles voces tronaron más alto contra la opresión del indio que la de los hipersensibles Bartolomé de las Casas o Huaman Poma? ¿Qué es el Barrett que incendió los yerbales con su indignación sino un sensible? Los rebeldes puramente intelectuales terminan en ministros. Don Pedro fue materialmente sensible: "Por más que me comparo con todo el mundo, yo no doy con el tipo que bien me cuadre: soy el llanto que rueda sobre lo inmundo... ¡Yo he nacido sin duda, para ser madre!". Y se revolvió, loco de dolor, genial de indignación, en versos, en gritos y en actos, contra los que humillaban y flagelaban su chusma filial. "Tan sólo la sobra humana tiene sobre mí derechos". Se sintió madre de los doloridos, no hermano de todos los hombres. De aquí la grandeza y la inferioridad de este Jesús a medias, de este apóstol de la misericordia cotidiana que no supo mantenerse en lo alto, exigiendo justicia. Fue el Jesús que curaba los leprosos, no el que predicaba el Sermón de la Montaña.

"El hombre de talento – canta Píndaro - es el que lo sabe todo por instinto". Don Pedro sólo comprendía lo que sentía. Mejor: sentía sin importársele de averiguar si comprendía. Su corazón estaba a cien mil leguas por encima de su cerebro. Le faltó encauzar, darles sentido, orientar hacia un ideal a sus sentimientos generosos. "Como las vibraciones de un necio ruido, ni Wagner ni Rossini me dicen nada; pero si por acaso gime un gemido...¡me traspasa las carnes como una espada!". Todo su ideal se encierra en estos cuatro versos. El gemido humano fue su norte.

Cuando el inicuo fusilamiento del educador Francisco Ferrer, en España, un grupo de jóvenes anarquistas fue a verlo, a pedirle que se adhiriera al clamor de las fuerzas izquierdistas del país. Don Pedro se negó, a gritos, según era su hábito: - ¡Hacen bien fusilando a ese gallego! ¡Debían fusilar a todos los gallegos!

¿Cómo explicar tal actitud, francamente reaccionaria y aún antihumana, anticristiana, sino por su desorientación ideológica? "Siempre se pronunció contra los maestros que militaban en los partidos avanzados" – afirma su amigo Torcelli. Gran contradictorio junto a hechos así, presenta otros como éste, que le ganan nuestra simpatía:

Un individuo había inventado un método dactiloscópico, según él, superior al que se usaba en la policía. Quiso conocer a Almafuerte y, satisfecho de su invención, de inmediato comenzó a exponérselo. El viejo lo escuchaba... De súbito, se pone de pie, los puños en alto y comienza a dar alaridos:
- ¡Infame! ¿Qué madre te ha parido? ¿Querés marcar a los hombres? ¡Verdugo, persecutor de criaturas humanas! ¡Monstruo! ¡Andate a la calle, enseguida!... ¡Fuera!

El desventurado inventor no se hizo repetir la invitación de irse a la calle. Salió corriendo y Don Pedro detrás, a gritos, rojo de cólera, dispuesto a estrangular a ese hombre, para él asquerosa alimaña.

"Los hábitos inconscientes – afirma Gustavo Le Bon – tienen una fuerza que jamás poseen los principios". Esta es la fuerza revolucionaria de Don Pedro. Su rebeldía no le llegaba desde la "fría razón", le brotaba hirviendo desde el corazón infantilmente sincero, llaga sangrante de piedad. Pudo equivocarse cuando, con su odio gaucho al "gallego", se pronunció por la muerte de Ferrer o como cuando, por patriotismo – del que arrepintiose años más tarde – abogó por la guerra contra Chile; pero era porque entonces razonaba antes de hablar o escribir. Cuando se producía por impulso, empujado por lo que la psicología llama lo subconsciente (la supraconciencia hindú); no se equivocó nunca. La videncia de su corazón fue genial, y no fue genio porque su cerebro, muy inferior a su sensibilidad, no alcanzó su vuelo para mantenerla en alto. Su obra y su vida se interpenetran, apretado nudo de sinceridad, u ascienden o descienden, se iluminan o apagan; pero de ningún modo sus caídas y sus sombras son claudicaciones.

La humanidad para él se dividía en dos partes: los poderosos y la chusma. División demasiado simple y, evidentemente, falsa, por fortuna, para nuestro soñado ideal de fraternidad humana. Don Pedro odió y despreció a los poderosos, amó y confraternizó con su chusma: "Yo tuve la tendencia, la costumbre, de poner mi saliva en las montañas; pero les di sin pena mis entrañas, cada vez que dejaron de ser cumbre". Él no indagaba de dónde venía el caído, bastabale verlo abajo para alargarle su mano maternal. "Y como los grandes son nada más que chusma vil que desertó su cubil por pura combinación, cuando vuelven al montón doloridos y maltrechos yo les entrego mi pecho como la loba romana...¡Tan sólo la sobra humana tiene sobre mí derechos!" Y sintió, por consecuencia, como lo odiaban los grandes y como lo amaba su chusma querida: "Por eso tengo arranques desesperados que me llenan de sombras y cicatrices...¡Por eso me repudian los potentados y me besan las manos los infelices!".

El Presidente Sáenz Peña, ya enfermo de muerte, y atacado por Ingenieros, recibe también los ataques de Almafuerte que lo amenaza con aplastarle bajo un libro. La embestida de ambos escritores afecta al enfermo, y la esposa de éste y una amiga van a la covacha del Juvenal platense. Le ruegan que calle. "El Presidente, le dicen, está con un pie en la tumba". ¡Que meta el otro, pues!" – responde, brutal. Pero las damas insisten. ¿Y "tanto puede una mujer que llora"! Almafuerte callará, aunque advierte: "Díganle al Dr. Sáenz Peña que no le atacaré más; que queda incorporado a mi chusma".

Confiesa un cronista por el cual, excepcionalmente, se deja entrevistar: "Aquí vienen algunas personas a las que abro mis puertas en calidad de amigos, y luego resultan literatos y psicólogos que, en su afán de hacerme aparecer genial, dicen atrocidades de mí". (Leer "Mis profetas locos" de José de San Martín, suma de todos los disparates que se puedan haber escrito sobre Almafuerte, pararrayos de grafómanos). Su fobia a la casta intelectual, tan envanecida de sus vanos conocimientos, fue en él obsesionante. Existen hombres envanecidos por su riqueza, o por su físico o por su ascendencia. Esto es explicable. Lo inexplicable es la existencia de hombres envanecidos por su saber, como lo están los de la casta intelectual burguesa, porque la verdadera sabiduría excluye el mezquino sentimiento de la vanidad. De esto se desprende que la casta intelectual – científicos o artistas – de extracción burguesa, sólo usurpan el nombre de la sabiduría.. Todo en ellos es extensión, nada es hondura. La sabiduría no ha entrado un milímetro en su mundo moral. Quitando el barniz de sus conocimientos, hallamos que esos intelectuales están amasados con el grosero limo del hombre vulgar. Por fuerza, hombre tan sensible como Don Pedro, tuvo que chocar contra los intelectuales, mecánicamente egoístas.

Antonio Herrero, que fue su amigo y le dedicó un libro hiperbólico, dice, acertadamente: "Era un alma desmedida que no cabía entre los hombres. Incapaz de fingir o contenerse, no conocía otros límites su formidable impulsividad que los que le señalaba su bondad, más formidable aún. Estas dos cualidades de su espíritu hicieron un calvario de su vida. Por un lado, cosechaba odios y enemistades, especialmente de aquellos cuya vanidad hería cruelmente; y por otro abría su puerta y entregaba su casa y su lecho y su pan a todas las miserias que llamaban su enorme corazón. Su casa era una agencia de caridad, pero no de caridad oficial y organizada, sino imprevisora e impulsiva".

En este punto las anécdotas se multiplican. Narra Torcelli que una noche entró en su casa un joven jadeante y asustado. Llorando le confesó: acababa de hurtar dos cortes de paño, lo había hecho impulsado por la necesidad, era un obrero desocupado; pero había sido visto y la policía lo buscaba. Don Pedro guardó lo robado en su baúl, dio alojamiento y comida por esa noche al prófugo y a la mañana siguiente le envió a un pueblo, recomendado a un amigo para que le diese trabajo. Después devolvió las piezas de paño al tendero.

Otro día se le presenta un carrero italiano solicitándole que le hiciese un escrito para demandar a su patrón que le debía cien pesos y no se los pagaba.
- Bueno – aceptó el poeta - . ¿Y qué vas a hacer con tanta plata junta?

El carrero quería juntarse con una mujer y necesitaba cama, mesa, sillas y unos cacharros para hacer la manduca. Don Pedro le mandó traer un carro y le hizo cargar su cama, su mesa y sus sillas. Fue así por qué, durante un verano y un otoño, tuvo que dormir en el suelo. Esto ocurrió en Trenque-Lauquen, siendo Almafuerte maestro de la escuela local. Cuando "estaba de parto" – expresión que significaba cuando estaba escribiendo - ¡pobre del periodista o intelectual curioso que se llegase a visitarlo! "Se le alborotaba la negrada" – otra frase suya. Y el intruso salía boleado. Cierta vez llegó uno de estos curiosos. Don Pedro con el chiquilín que le acompañaba – recogió y educó cinco huérfanos -, se hizo negar. El chico fue y, torpe, dijo al visitante: "Dice Don Pedro que no está". El otro insistió. Vuelta del niño a responder lo anterior: "Manda decir Don Pedro que no está". ¡Y el otro, vuelta a insistir! Sale entonces el propio Don Pedro: "¿No le ha dicho que no estoy? ¡Váyase, pues!"

¡Pero qué distinto recibimiento si el visitante no era un intelectual curioso, sino un pobre que venía a pedirle! Y no cerraba su puerta por esto, porque siempre algún humilde se llegaba a él, a solicitar su ayuda. Entonces, así estuviese en lo más encendido de su inspiración, lo abandonaba todo y acudía. "porque no se habría perdonado nunca que un necesitado de su misericordia llegase hasta bajo el dintel de su puerta y desde allí tuviese que volverse sin pan o sin consuelo, sin socorro o sin consejo, pura y simplemente porque él estaba produciendo". Dentro de su falta de medida para juzgar hombres y cosas, valía más un poco de hambre que él aliviase o un poco de aflicción que él consolase, que toda su obra por producir. En esto, con su videncia de siempre, Don Pedro tiene razón una vez más, contra la citada opinión de Torcelli que habla aquí como admirador del poeta, no del hombre.

Un día echó de su casa a Manuel Ugarte, porque éste se aventuró a exponerle la peregrina idea de que la poesía es cosa de juventud, nada más, de que la madurez pensante requiere la prosa. ¡Y el viejo que toda su vida no había hecho más que pensar líricamente! Echó también a Armando Vasseur que se le había instalado en su covacha. Por Darío y su "modernismo afeminado" – según su expresión - siempre experimentó desdén y hasta se negó a recibirle. Sobre Lugones, d quien alguien le habló como de un probable sustituto en el principado de las letras argentinas, pronosticó: "Lugones será un Almafuerte para damas"... Naturalmente, la reacción en contra se dejó sentir: Groussac, perspicuo pero ligado al oficialismo literario, hizo una presentación de él, al publicar Jesús en "La Biblioteca", como si se tratase de una promesa juvenil. Calixto Oyuela asegura que El Misionero es un delirio. Rafael Obligado quiso desconocer siempre la existencia del gran inspirado, hundido en su mísera casucha de La Plata. Carlos Octavio Bunge lo llamó "el compadrón de nuestras letras", Roberto Giusti le ha concedido el calificativo de "milonguero genial" y Federico de Onis, al igual de Oyuela, sólo a regañadientes lo incluye en su Antología. No le faltaron voces cordiales, como la de Más y Pi y la de Carriego, que iba a verle como si fuera en peregrinación a un santuario. Ni justicieras, como lo es el estudio que Ricardo Rojas le dedica en el IV tomo de su Literatura, ejemplo de equilibrio crítico, más meritorio que lo caótico de la obra realizada.

Como en una cumbre, ante todo él se mantuvo solo y altivo. Llegábase a los grandes pidiéndoles para los humildes. ¡Y si aquellos no lo servían! ¡Ay de los grandes! Su cólera se dejaba caer sobre ellos, lapidaria. Una noche, en pleno corso, en La Plata, cruzó en un coche Doyenart – no sé si intendente o jefe de policía. Iba con su esposa y sus cuñadas. Don Pedro estaba en la acera. Aquel le gritó: ¡Adiós, Don Pedro! Y éste, volviéndose: ¡Andate...etc. (Y lo envió a la que lo engendró, quevedescamente adjetivada). Lo rodearon curiosos: ¿Qué pasa, Don Pedro? ¿Por qué lo insulta?
- ¡Ese canalla! ¿Hace tres meses que me promete un puesto de basurero para un amigo, y no me lo da! ¡Todavía se atreve a saludarme!

Un tipógrafo, hombre simple, pidió a Almafuerte que le hiciera versos para las cédulas de San Juan y San Pedro. Y él, que rehusaba colaborar en diarios y revistas, emprendió la fabricación de los versos sólo porque un humilde, un hombre de su chusma querida, podía beneficiarse con ello. Y los hizo y autorizó al tipógrafo que pusiese en los sobres que los versos eran de Almafuerte. También, por habérselo ido a pedir hombres de su "chusma amiga", compuso versos para una comparsa de gauchos carnavalescos.

En cambio, los otros, "los grandes", como él los llamaba, siempre lo hallaron empinado y arisco. Tuvo una discusión con un diputado en el tiempo que él era prosecretario de la Cámara.
- ¿Sabe usted cómo me llamo? – le preguntó.
- Sí, Pedro Palacios – respondió el otro, sorprendido.
- ¡Pues yo ni sé cómo se llama usted!

Y diose vuelta, despreciativo. Perdió su puesto de prosecretario por haberse negado a ir a saludar al nuevo presidente de la Cámara, que exigía este requisito. El presidente se quedó sn conocerlo, y se vengó, suprimiendo por economía, el puesto que ocupaba el orgulloso. Necesitó ver al gobernador de Buenos Aires. Fue una, dos, tres veces. Como en esta última, el funcionario tardaba en recibirlo, se encaró al ujier:
- Diga al gobernador que hay l a misma distancia de mi casa a aquí que de aquí a mi casa. Y se fue.

En El Salto, siendo maestro de escuela, militaba en la oposición. El caudillejo era el comisario, especie de perdonavidas. Don Pedro sufría porque nadie, entre los opositores, sus correligionarios, se atrevía a poner coto a los desmanes que de palabra y puños cometía el matón. Una noche, por fin, se presentó él al club social. Entró el comisario. Don Pedro le salió al paso, a rugidos: ¡Compadre! ¡Piojo! ¡Marica! ¡Gallina! ¿A que no te ponés frente a un hombre como yo? Y fue tal el miedo del perdonavidas que aguantó el chubasco sin replicar. Quedó en ridículo ante opositores y situacionistas, y hubo de ser trasladado.

Siendo maestro en Chacabuco – me narra Don Saulo Domínguez – tuvo que trasladarse a La Plata, a cobrar sueldos atrasados, según proverbial hábito administrativo. Estaba aguardando y, con él, dos o tres maestros más, entre ellos un viejito achacoso. Al fin, el obeso empleado que los atendía con la negligencia burocrática de siempre, se dirigió a Don Pedro:
- ¿Qué deseaba, señor?
Se cometía una arbitrariedad a su favor. El anciano estaba antes, lo señaló:
- El está primero.
El empleado se molestó al ser observado.
- ¡Aquí no hay preferencias para nadie! – gritó. - ¡Todos somos iguales!
- ¡Miente! ¡Todos no somos iguales – respondió Don Pedro, siempre incisivo en la agresión – porque si nos colocan en una balanza, usted pea lo que un cerdo, y yo lo que pesa un hombre! Ya vivía en La Plata, donde era popular. Un día supo que la policía, sindicándolo de "sospechoso", había detenido a un obrero, su vecino y amigo. Fue a ver al jefe:
- Vengo a pedirle que ponga en libertad a ese pobre trabajador.
El jefe se sorprendió:
- ¿Y usted, Almafuerte, viene a solicitar la libertad de ese tipo?
Y ya él se encocoró.
- ¡Sí, yo! Porque ese tipo, como usted le dice, no tiene más manchas que las de su ropa de trabajador ¡no es como algunos de nosotros que es o único que tenemos limpio!

¿Bien pinta todo esto al que exclamó, atenaceado por el dolor y la tristeza de su chusma, padeciendo injusticia, bajo el tacón del codicioso egoísmo codificado: "Yo no siento más vida que la del hombre". ¿Música, bellezas del paisaje, armonías del espíritu arrobado ante las maravillas de la creación? Nada oía ni veía él. "Todos esos primores yo los motejo desde la cueva misma de los que gimen".

Siempre chocó con el medio. Ya viejo y refugiado en La Plata, donde admiradores influyentes le hicieron dar dos piezas, siguió siendo el que fue, viviendo fuera de la realidad, desconociendo en absoluto el verdadero valor del dinero, herramienta de libertad personal dentro de la constitución social imperante. Se le tenía por ególatra, misántropo y misógino: "Yo soy el Indomado, soy un completo que se adora a sí mismo y en sí se absorbe; me basta mi profundo propio respeto bajo los salivazos de todo el Orbe..." "Sólo sé que soy mejor, por lo que me dejan solo". Por eso las mujeres, ¡pobres mujeres, las eternas sensuales y secundarias! Clavan en mi pureza sus alfileres, celosas de mis noches tan solitarias". Se da a sí mismo una "especie de orden general" en la que se dice: "En mi casa no entrará nadie más que el que me necesite para algo". Su epistolario es curiosísimo por esta particularidad: la mayoría de sus cartas están escritas con el objeto de pedir a sus amigos pudientes para sus amigos necesitados.

Escribe a Francisco Aníbal Riu: "Mi querido hijo bueno: Ahí te mando un querido hijo malo. Dale diez pesos". El recomendado era un ladrón. Y pide a los grandes – vidente otra vez – exigiendo que se ayude a los de su chusma. Este es el pago que él demandaba de los que eran, o se decían, sus amigos o sus admiradores. Pedía para los otros, pero consideraba que era a él a quien se le daba dándole a un necesitado: "Bueno, amigo... hágame usted el favor de atender al portador... derrotado en Chacabuco, como si fuera su propio viejo de m... Almafuerte". En una ocasión se llegó a la casa de un amigo y le pidió el revólver prestado. A las pocas horas le devolvió la boleta del Montepío, donde lo empeñara, y unas líneas notificándole que esos pocos pesos los había empleado en sacar de un apuro a un obrero, padre de familia numerosa y que se hallaba en la miseria y sin trabajo.

Vivió en La Plata desde 1896 hasta su serena, estoica muerte en 1917. En su entierro un cronista vio esto: "Algunas gentes humildes, hombres y mujeres del pueblo, se detenían, silenciosamente y conmovidas, a contemplar la tumba de Almafuerte. Las mujeres se apoderaban furtivamente de algunas flores y se las llevaban ocultas entre sus ropas"... La intuición de los corazones sencillos sabía que allí quedaba uno de los suyos, que sintió sus dolores cotidianos y sus heroísmos anónimos, fuera o no un neurópata, según los científicos sostuvieran, estuvieran o no sus versos rotundos y sus prosas lapidarias dentro de la norma y el mal gusto de los retóricos.

Nunca fue escritor profesional. Producía intermitentemente y no se hubiera ajustado a una disciplina. La publicación de sus versos y sus evangélicas no le hubiese dado para vivir. Esto le fue beneficioso, ya que lo mantuvo en una integérrima independencia mental. Trabajó de maestro y de periodista, ocasionalmente. Fue burócrata desde que residió en La plata. Como maestro se desempeñó veinte años, primero en Buenos Aires y después en Salto, Mercedes, Trenque-Lauquen y Chacabuco. Su videncia lo llevó a poner en práctica métodos pedagógicos, hoy modernísimos, pero que él no había estudiado en ninguna parte. El fundamento de su enseñanza fue la libertad, libertad para el niño y para él. Esto, naturalmente, lo hizo chocar con los pedagogos rutinarios que confunden escuela con cárcel.

Informa Laudelino Cruz, comisario departamental: "He visto durante muchos años a Palacios dirigiendo o enseñando niños; no he visto que formara un solo hombre de esos niños. En cambio observé que algunos perdían bajo su dirección los hábitos de orden y el ejercicio de la voluntad que habían adquirido en sus hogares...". El Dr. Pedro Bonastre, universitario que le dedicó un estudio, afirma: "Una escuela pintoresca es la del señor Palacios..." Y más adelante: "El resultado es que la veintena de años de su ejercicio magisterial, no ofreció el fruto de un ingeniero, médico, abogado, profesor, etc..., una sola puerta apta para las especulaciones del espíritu". Acusación bastante gratuita, ya que poco puede ejercer un maestro de primeras letras en la vocación de un hombre. No es ésta la opinión de otros acerca del desempeño magisterial de Don Pedro, camarada de sus alumnos con quienes, tomando mate, departía largamente. El amaba a sus niños y hacía que estos lo amaran. ¿Pueden señalarse muchos maestros que obtengan este resultado óptimo, fin de toda educación racional?

Don Saulo Domínguez, que fue su alumno, lo venera. Y narra de él esto: Si había dos chicos enojados él, que siempre intervenía en sus juegos, proponía, por ejemplo, una partida a la pelota, de a cuatro. Haciéndose el que desconocía la situación, señalaba compañeros a los dos enojados, que no tardaban en reconciliarse.

A los niños pudientes, les daba por amigos los más pobres, a fin de evitar que la soberbia pudiese anidar en aquellos. Rasgos éstos de educador intuitivo que se acrecentaban con su capacidad para sentir el dolor ajeno y sacrificarse por él. Cuenta Barrett que en cierta ocasión se enfermó un alumno. Fue a verlo. Halló que vivía en una pobreza impresionante, tanto que no ropas de cama había allí. Don Pedro le trajo las suyas y, como él era tan pobre como su regalado, tuvo que dormir envolviéndose en la bandera del colegio.

Pero si él daba la libertad que es imprescindible al alumno, como maestro exigía la libertad que también es imprescindible al maestro. "No aceptaba la intromisión de nadie en las cuestiones internas del colegio, ni en resoluciones que él tomara con objeto de orientar la conducta o hábitos de sus discípulos" – dice Luis Roque De Laudo, periodista de Chacabuco a quien debo importantes datos sobre la actuación de Almafuerte como maestro.

Una vez reprendió a uno de los hijos de Don Anacleto Domínguez, presidente del Concejo Deliberante. La reprimenda parece que disgustó a la madre del chico. Don Pedro era amigo del padre, y lo llamó: - "Mi querido Don Anacleto, yo lo he hecho venir para que me diga, con toda sinceridad, si debo tratar a sus hijos como a los del señor presidente del Concejo Deliberante o como a los hijos de mi amigo Don Anacleto, porque en el primer caso, yo me iría enseguida por ahí, donde pueda ser el maestro de mi escuela...".

El amigo, abrazándolo, confirmó su reprensión. Sarmiento -¡cuándo no! – lo presintió maestro, verdaderamente. En una de sus giras por los andurriales pampeanos, se topó con él, lo elogió, se interesó por llevárselo a la civilización. Almafuerte le respondió sarmientescamente: "¡No! Cuando la civilización llegue aquí, yo me iré con mi escuela adonde todavía no haya llegado". ("Para ir a sembrar abecedario donde mismo se siembran los trigales").

Como periodista, como burócrata, fue francamente malo. Carecía de las condiciones negativas de lo que se requieren para ser lo que se conceptúa un "buen periodista" o un buen burócrata dentro del actual orden. Sincero y altivo no podía poner su recia pluma al servicio de cualquier causa ni bajar su mansedumbre hasta el servilismo. Explica así su actuación de periodista: "Vine a La Plata donde dirigí y redacté yo solo, durante cerca de dos años, el diario El Pueblo, que había fundado Don Roque Caravajal. Lo que dije en aquel diario, escrito está en él, y todavía estoy aquí, después de quince años, para declararme su autor responsable. Pero sépase que puse en aquella violentísima hoja, como más tarde en La Provincia, toda la sinceridad y buenas intenciones de que es capaz mi alma, que le entregué mi reputación y mi cerebro, todos los días y a todas las horas del día; que no saqué de ella provecho pecuniario ni provecho político, sino una enorme cosecha de odios y de envidias; que en sus columnas hice vibrar el civismo de la juventud al diapasón de lo sublime; que nunca jamás aquella página cantó laudatorias serviles a los prohombres y caudillos de mi partido; y que no agredí ni una sola vez, con mi pluma, a ninguno que no estuviese en condiciones de contestarme el mismo día con una onza de plomo en mitad del pecho". ¿Cuántos periodistas de diarios grandes se hallarían en condiciones de afirmar esto?

Ya viejo, en La Plata, ocupó los cargos de prosecretario de la Cámara y después traductor. Se desempeñaba mal, convencido de que se los habían dado para que el poeta pudiese vivir. Por último, el gobierno de la Provincia le regaló la casa – dos piezas y un jardincillo – y el de la Nación le otorgó una pensión de doscientos pesos mensuales, poco tiempo antes de morir. La cuota era ridícula, pero como Don Pedro supiese que los diputados socialistas se opondrían a votar más, él siempre fuera de la realidad, prefirió que fuese sólo de doscientos pesos y la unanimidad, a que fuera más habiendo oposición. El gesto provocó risas hasta entre los mismos diputados. Era exótico. Pero así fue siempre Don Pedro, hombre singular que vivió en poeta y en apóstol, más allá de sus versos y por sobre sus evangélicas.

Una gran alma, engrandece el cuerpo del hombre que la exterioriza. Los que son grandes en su obra espiritual, lo son como hombres. Porque así como una vasija se impregna del aroma que contiene, la arcilla humana se impregna del espíritu que aposenta. Sólo un héroe, como demostró serlo Cervantes en el cautiverio de Argel, podía crear héroes como Don Quijote y Sancho. Sólo un hombre tan valeroso como Don Pedro pudo crear figura de tan inmensa bondad y de candor tan sublime. Forzosamente sólo él, Don Pedro, capaz de sentir hasta el espasmo el dolor de su prójimo humilde, de su chusma expoliada, pudo crear algunas de sus "Evangélicas", y algunas de las estrofas de "Gimió cien veces", "Cristianas", "Sin Tregua", "Trémulo", "Jesús", "El Misionero". (Es un fragmentario este autor de poemas). Contradictorio por el conflicto de su corazón y su cerebro incapaz de servirle en sus voliciones; su obra no presenta la armonía de la obra de genio. Tiene momentos geniales, sí, y se enciende y vuela o desciende y se apaga... Queda su vida austera, sublime de misericordia. Ya enfermo, lo último de su pensión lo emplea en pagar las mensualidades de las máquinas de coser para mujeres pobres de las que él es fiador. También es un ejemplo de intolerancia contra la chatura y la cobardía del medio ambiente, vida desmesurada, jugándose siempre, saliéndose de la limitación y mesura impuestos por la superioridad numérica de los mediocres. A la obra de Almafuerte podemos acercarnos para hundir en ella el bisturí de la razón, y juzgarla. Ante la vida de Don Pedro, nuestra serenidad se estremece de simpatía. Fluye demasiado calor humano de ella para no sentirse abrasar en el mismo dolor en que ella se abrasara. Don Pedro fue un viejo macanudo. Almafuerte es una noche con relámpagos.