Ensayos y recopilaciones

BARRETT, SU VIDA Y SU OBRA

A Juan Guijarro: Mi hermano un montón de veces. ¡Y otra vez en Barrett!

BARRETT

El Maestro

Es Barrett una maravillosa combinación de artista y apóstol, carbono y hierro que dan a algunas almas lo que la de él tenía: la ágil elasticidad y el duro temple de acero.

Aunque produjo su obra en América, nació en Algeciras, dato incierto, y murió en Arcachón, Francia, en 1910, antes de los cuarenta años. Dejó nueve libros: Ideas y críticas, moralidades actuales, Mirando vivir, El dolor paraguayo, Lo que son los yerbales, El terror argentino, Al margen, Cuentos breves y Diálogos y conversaciones. Está anunciado un Epistolario íntimo y se habla de la existencia de La casa de los tísicos y de una Filosofía de las matemáticas, libro orgánico al que ya se da perdido. Por ellos se puede clasificar a Barrett como articulista. Conferencista, cronista, crítico, panfletista y cuentista. Por sobre todo, es un Maestro, un maestro en el sentido más didáctico, en el sentido cordial de esta palabra que se ha prodigado en demasía, especialmente a literatos que no nos enseñaron otra cosa que la técnica del oficio. A ningún pueblo se lo alimenta artística mente con "lises"; y el de América exigía - y exige aún – trigo para su cuerpo y para su alma. Barrett se lo dio. ¡El sí fue un maestro! Lo fue, porque en todo instante, con cálida palabra, nos enseña a amar la vida, a reconciliarnos con nosotros mismos y nos da energías y ansias de perfección individual para contribuir a la evolución de la especie. Jamás un escéptico, un melancólico, un débil, un cobarde, pueden merecer el nombre de Maestro, el más alto que pueda aspirar un hombre de nuestros días. Sólo podrá ser Maestro el creyente, el afirmativo, el fuerte, el valeroso; porque sólo con estas cualidades se es fecundo a los demás hombres. Sólo así se es sembrador de futuro, que ésta es la misión de quién aspire a llamarse Maestro. Barrett lo fue en cada página de su obra vital, en cada acto de su vida generosa. Esto en cuanto a la esencia, que en cuanto al estilo, también es de Maestro. Y lo es por su sencillez. Las complicaciones verbales o tipográficas quedan para los que no tienen nada que decir. ¡Barrett tenía tal plétora de verdades que arrojar a los "sauvages" de América! ¿Cómo perder el tiempo en la búsqueda de vocablos exóticos? Si él escribió para los sencillos, justo era que les hablase con sencillez. Y así nos ha dejado su lección honda: en tono cordial de Maestro – el énfasis queda para el catedrático – de hombre bueno al que angustian las verdades que posee y de las que no puede hacer partícipes a todos los hombres del mundo, sin pedanterías de dómine "borracho de su propia jerga"; nos ha dejado una lección de inquietud sobre todo, la que se traduce en un ansia irrefrenable de pensar más allá de los libros, por cuenta propia, ya en actos de bizarra rebeldía. Porque, como de todo hombre absolutamente bueno, podría decirse que Barrett murió quemado en su propia indignación.

Fue un milagro en tierras de América, el milagro que podría ser un rosal erguido en medio de una plantación de zapallos. Y lo fue porque era un trasplantado. Una semilla de hondo pensamiento y superior belleza, traída por las circunstancias a arraigar y florecer en un ambiente poco propicio para su total desarrollo. En dura tierra demasiado primitiva, en tierra inhóspita para la profundidad de su meditación y la altura de su sentimiento, le tocó arraigar; y por ello fue un fragmentario. De eso se resiente su obra, no porque le falte unidad, ya que Barrett, por la intención de realizar el bien que siempre lo condujo al escribir, es un orientado. Pero su obra da la sensación de trozos dispersos a los que faltara algo exterior que los uniese para poder apreciarlos en conjunto. Ello resulta, sobretodo, por la falta de ambiente en que le tocó actuar. Debió escribir para ganarse la vida, no el libro de elaboración lenta y estructura sólida, sino el apresurado artículo de periódico, cuanto menos denso más fácilmente publicable. Barrett lo escribió todo para las hojas cotidianas y fugaces del periodismo; y allí, en el propio reino de la frivolidad y la ñoñería, él realizó sus páginas medulosas. ¿Por qué? Porque al periodismo, donde todo es falso y más o menos negociable, él llevó su valerosa honradez y su sinceridad indomada. De él son estas palabras, su credo y su norte de conducta, porque Barrett artista da razón de su vida, de hombre, como Barrett hombre la da de su obra artística. Dice: "La única virtud del hombre es el valor".

El Periodista

Y surge la pregunta: ¿Fue periodista Barrett? Ante todo: ¿Qué es un periodista? O mejor: ¿Qué ha llegado a ser un periodista en la vida contemporánea? Responderíamos: Un muñeco mecánico que, al sentarse a la mesa para garabatear signos, dejó en la calle sus ideas. En la tinta donde moja la pluma, toma las del periódico al cual sirve y con ellas garabatea. Un periodista de hoy es un hombre sin ideología, como sin tierra era el mercenario antiguo. Este mercenario moderno escribe para quien le pague, tal como peleaba el antiguo mercenario. Su amo de hoy es su enemigo de mañana. No adjetivemos a tal clase de ex hombres. Hay que comer, la vida diaria es imperiosa y humillante, condenemos al régimen social que realiza tales cosas, califiquemos, sí, al periodismo contemporáneo, a ese "cuarto poder", inflado de suficiencia y que vive sólo de adaptarse. Y adaptarse es prostituirse. ¿Podría un hombre tan profundamente honrado, de tan recia sinceridad como Barrett, ponerse al servicio de esta entidad de la mentira y del chantaje que es el periodismo contemporáneo? ¿Cómo medrar en él un alma amasada con arcilla tan noble? ¡No, Barrett no fue periodista! Fue un escritor que escribiera para los periódicos; y hasta aquí se distingue de los demás escritores que escribieran para los periódicos:: él no se atemperó, no se puso a tono del diario donde escribía. Detonó y desentonó en la murga de los diarios conservadores en los que publicara sus artículos. Pasma pensar que exhibieran junto a su habitual prosa burocrática y gris, las líneas rebeldes y omnícromas de este artista único, periódicos tan burgueses como "La Razón" de Montevideo o el "Diario" de Buenos Aires.

Los periodistas se parecen a los gorriones: éstos, con vuelo bajo y en línea recta, sólo vuelan para buscar comida; los periodistas sólo escriben para buscar qué comer. En esto sí fue periodista Barrett: escribió para comer; pero ¡qué vuelo de albatros el suyo! Los otros, los gorriones, se tiran a tierra para buscar desperdicios con qué hartarse. A él, sus necesidades le exigían muy poco, y ese poco se halla en las cumbres adonde voló escribiendo para hallar qué comer.

Algo más diferenciaba a Barrett de los plumíferos mercenarios de la prensa grande: este algo era su cultura. Él – como Cervantes – leería "cuanto papel le cayera en las manos", porque sólo así se explica que pudiese escribir sobre los más diversos temas y siempre con seguro y amplio conocimiento. Llama la atención su cultura científica, tan poco habitual aún entre escritores de fuste. Y una última diferencia con el plumífero mercenario de la prensa capitalista: Barrett engrandece el tema más pequeño, y ya se sabe lo que hace el periodista vulgar: empequeñece el tema más grande. El acontecimiento común, el más fútil, eso de todos los días que bajo otra pluma fuera una crónica policial, cobra importancia bajo la suya y, de razonamiento en razonamiento, eso que pudo ser una fugaz crónica, llega a la categoría de artículo. Barrett toma un punto – un hecho cotidiano – y lo desenvuelve hasta hacerlo esa curva armoniosa que es una espiral. Porque el hecho transitorio no es más que el trampolín de su mente ágil: pega en él, salta, y tan alto que nos da la sensación de que volase. El periodista común realiza lo inverso: El está ahí, asalariado, para servir a los intereses de un amo, exponente de una clase, y si se le paga es porque su habilidad - ¡no su inteligencia, no!, porque la inteligencia si se desprende de de la sinceridad, deja de serlo – porque su habilidad consiste en la adulteración y la mentira: en darle importancia a lo que no la tiene, inflar lo vacuo, dedicarle una carilla del diario a la muerte de un ex ministro, por ejemplo, o mutilar lo sólido: decir en cuatro líneas que acaba de morir un ruso llamado Kropotkin.

Hasta los escritores metidos a periodistas hacen el efecto de escultores modelando con nieve. En las manos de Barrett se opera un milagro. A él se le da la nieve: un hecho de todos los días; y él, de eso que pudiera ser una noticia policíaca, hace un artículo denso y hermoso, cargado de pensamientos novísimos y de imágenes originalísimas: En sus manos, la nieve perecedera se transformó en mármol de estatua.

El Hombre

¿Cómo y por qué pudo operarse tal milagro? La respuesta nos la dará el hombre que había en Barrett. ¡Qué ciclópea contextura moral la de este ser enfermo y prematuramente envejecido! ¡Qué valor el suyo, pero valor de dar, no de quitar la vida! ¡Qué temple el de esta alma incansable para jugarse en bien de su prójimo!

He aquí una anécdota por la cual un coronel paraguayo no dudó en proclamar a Barrett "El hombre más valiente que yo haya conocido": En uno de los tantos motines que, bajo el nombre de revolución, ensangrientan al Paraguay, se peleaba en las calles. Los muertos y los heridos quedaban allí, abandonados. Los de la Asistencia Pública, desaparecidos. Un hombre, entonces, Barrett, procurándose un coche de plaza, exponiendo concientemente su vida, fue de muerto en herido, recogiéndolos y auxiliándolos. ¿No era este hombre que luchaba por la vida el más valiente de cuántos se hallaban allí en aquel momento? Del hombre Barrett se puede decir que fue una conciencia con figura humana: jamás calló cuando debía hablar y si habló fue siempre para arrojarles verdad al rostro de los opresores..Nunca hizo equilibrios sobre el alambre de las conveniencias, jamás se ocultó oportunamente. Se echó a jugarse en todo momento, y sufrió miseria y persecuciones, hasta caer devorado por la tuberculosis. ¡Bah! Al cobo, ¿qué importa el tiempo? Los hombres así triunfan siempre, de generación en generación, su voz cobra más sonoro timbre, más vivo acento.

Y aquí estamos nosotros, los que cuando él actuó éramos niños y que ahora, ya hombres, al hallarnos de pronto con él, en cualquier encrucijada de nuestras lecturas nos sentimos estremecer y, conmovidos, lo proclamamos Maestro y nos hacemos un eco vibrante de sus enseñanzas. Otra anécdota: Barrett en el Paraguay vivía de un empleillo, Un día visitó los yerbales, vio allí el martirio al que se sometía al indio trabajador y escribió ese folleto espantoso, sangrante documento de la crueldad humana: Lo que son los yerbales. ¿Sabía él a lo que se sometía al escribirlo? Sí, pero, o lo escribía y quedaba en paz con su conciencia o conformaba su estómago y callaba. Habló por su conciencia y fue expulsado del empleillo. Quedó en la calle, a vivir de su pluma. ¡Y vaya a vivir en el periodismo mercenario de una pluma sincera y valiente! Hombres hay incompatibles con el éxito, el gran corruptor de intelectuales. A Barrett no le alcanzaron ni el éxito ni el oro del mundo, como no alcanza a un astro el polvo del suelo. Fue un artista sin liga de artífice, eso es todo. Me explicaré: "artista – no recuerdo a quién pertenece la definición – es el que a través de su obra deja ver al hombre. El artífice, no" En el artífice, su obra es algo así como una careta.

González Pacheco, que por su obra de agitación ideológica aquí y en el Paraguay está capacitado más que nadie para hablar de Barrett, dice:: "Leer a Barrett es como entrar a su cuarto, sentarse y oírle..Intimidad sin pose. Sabe bien todo y se expide sin esfuerzo. Pero sabiendo tanto, más que enseñar, revela: no es dómine, es apóstol. Dueño de su pensamiento como de un barco hecho a todas las borrascas, no nos conduce a su bodega, sino a su proa, no a lo que pesa en él y lo lastra, sino a lo que en él se afila y se hunde en las negras olas. Ese fue su Arte".

En Barrett, palabras y actos hablan al unísono, vale decir, transforma en actos lo que antes escribiera. ¿Y cuál es más artista, el que pone sus sentimientos en verso o el que los hace acciones? Sócrates, que no escribió una línea, pero murió por su verdad: ¿No es más artista que Platón escribiendo esta verdad con admirable estilo? Pena da pensar que a un artista de la talla de Barrett no se le haya estudiado y difundido como lo merece. Hace un tiempo, la revista "Nosotros" realizó una serie de preguntas entre "la juventud argentina". Una de ellas era a cuál de los escritores locales consideraban como Maestro. Contestaron dos o tres docenas de jóvenes. ¡Ninguno citó a Barrett! ¿Cuáles eran sus Maestros? ¡Nombraban a cada fósil! Era para exclamar: ¡Pobre juventud argentina! Pero consolémonos, la juventud argentina, la briosa de ideas, no se halla entre los que garrapatean papel.

Mi amigo, el joven poeta Gustavo Riccio, llevado por el dolor, vivió en el Paraguay. Su interés más grande fue inquirir datos sobre Barrett, hablar con la viuda, con Viriato Díaz Pérez o Bertotto, que lo trataron cotidianamente. He aquí interesantes párrafos de una carta de Riccio: "He conocido a Viriato Díaz Pérez, de quien se ocupa Barrett varias veces en Moralidades Actuales… Fue uno de sus pocos amigos. Puso en mis manos cantidad de originales y de cartas del Maestro. Vieras qué emoción! Barrett no fue sólo el hombre que sabemos, fue algo más: Un mártir"… El famoso doctor Domínguez – xenófobo en este mísero país de xenófobos. también le atacó en vida enrostrándole el delito de haber nacido fuera del Paraguay, ¡delito de ser extranjero!, y a su muerte se descolgó con nueve artículos laudatorios - ¡nueve seguidos! – que reunió después en folleto. Todos le negaron el pan y el agua, como dice Viriato, y todos unánimemente le cantaron loas a su muerte, proclamándose amigos y protectores del más altivo y orgulloso de los hombres. Sabrás que Barrett era un gran matemático y que para él eran un juguete las matemáticas superiores. Fue uno de los cuatro o cinco capaces de seguir un curso íntegro dictado en la Universidad de Madrid. Bueno, a Barrett se le negó en el último país de la tierra una clase de aritmética elemental rentada con 300 pesos - ¡trescientos pesos! – paraguayos - (Es decir, la tercera parte de un barrendero en Buenos Aires". Sigue Gustavo Riccio en una posdata. Al hablarte de Barrett me olvidé de algo. Barrett no era canario como creíamos. Tuvo siempre buen cuidado de ocultar su verdadero origen, pero parece ser que era madrileño, hijo natural de una gran dama española. Tengo de esto datos imprecisos y es probable que a medida que intime con algunos que fueron sus amigos sepa datos más concretos. Hay anécdotas de Barrett que son admirables: Lo retratan de cuerpo entero como hombre de carácter, formado de una sola pieza y capaz de dejar la vida en aras de la verdad. Temo repetir lo que ya sabes; pero pienso escribir un artículo para el suplemento de La Protesta. Sería interesante hablar de los amigos de Barrett. Tengo ante mi vista una carta de la viuda aparecida en un diario local. Osa notable! Escrita a raíz de los artículos bombásticos firmados por un tal Herib Campos Cervera y herida en su amor propio por el tono de protector que adopta el articulista. La mujer dice con toda simplicidad cosas que tienen un gran significado. Este Campos Cervera dio algunas veces de comer a Barrett, pero le echó en cara mil veces la comida que le dio, hasta que Barrett, cansado, no quiso saber más de él. Y la viuda, en su carta, se indigna porque el seudo protector repite constantemente, "comió en mi mesa", "comió mi mandioca", "puse ante él mi pan"… ¡Pobre Barrett!... Entre esta gente vivo yo". Así es. La Asunción tuvo la rara suerte que le cayera un hombre superior, pero no se lo merecía. Riccio, que murió sin tener tiempo ni fuerzas para escribir un artículo sobre Barrett, que hubiese resultado interesantísimo, me exponía, ya en Buenos Aires, el rencor que palpó entre los intelectualoides, a lo Dr. Domínguez o Días Pérez, contra Barrett. Aquel, cuando llegó Riccio al Paraguay, se hallaba en la estúpida y criminal tarea de excitarlo contra Bolivia, hablando a un país paupérrimo, donde sus soldados desfilan descalzos por las calles – Riccio los vio – del "valor espartano de los paraguayos", de su "tradición guerrera" y otras infamias por lo cual cobraba no recuerdo cuántos miles de pesos mensuales. Ese politicastro con ínfulas de historiador, no atribuía mayor importancia a Barrett. Creería que sus divagaciones acerca de Pancha Garmendia eran más importantes que dos líneas agudas,ágiles, incisivas del pensador de las Moralidades. Estos rumiantes de las letras, que viven mascando documentos, ignoran que la Naturaleza no muestra su genio en el hipopótamo sino en el picaflor.

Juan E. O'Leary, intelectual y político paraguayo, escribe haciendo un imposible paralelo entre Barrett y el argentino Martín Goycoechea Menéndez, autor de cuentos, crónicas y versos inspirados en el Paraguay. Se desahoga O'Leary: "Se le admiraba – a Goicoechea Menéndez – pero más se le quería, al revés de Barrett, que pudo ser admirado, pero no llegó a ser amado. Es que entre uno y otro hubo una inmensa distancia moral. Goicoechea era un sensitivo, que comprendía nuestros dolores y sentía la realidad afectiva de nuestro ser espiritual. Barrett era un puro cerebral que, secas las fuentes de su corazón, dominado por su interna tragedia, veía nuestras cosas con sus ojos huraños de europeo y de enfermo, atribuyéndonos, como le dijo una vez el gran Domínguez, sus propias miserias. Y así, del uno quedan páginas maravillosas, impregnadas de amor, verdaderas adivinaciones de nuestros sentimientos, evocaciones magníficas de nuestra historia, cuadros llenos de realidad de nuestras costumbres, páginas de un sano optimismo que han de fortificar siempre nuestra fe en los destinos de nuestra raza, que han de levantar nuestro espíritu, poniendo una nota perenne de luz en nuestro camino. Del otro no nos quedan sino las exageraciones sombrías de su pesimismo, los cuadros tristes de lo que él llamaba "el dolor paraguayo", y no eran sino los desahogos de su melancolía, indiferente a todas las manifestaciones del mundo exterior, a pesar del empeño que mostraba en aparecer preocupado de los problemas y de los incidentes de la vida nacional…" (Prólogo a Guaraníes, de Martín Goicoechea Menéndez).

No puede darse un juicio más intencionadamente torcido.¡Barrett indiferente a las manifestaciones del mundo exterior, cuando vivió desbordándose sobre él! ¡Barrett "huraño europeo", cuando fue todo cordialidad para los que sufrían! Ocurre que Goicoechea es un literato, nada más. Vio lo pintoresco de la raza y de la naturaleza del Paraguay. Y evocó su historia, por querer ser antiargentino, con criterio de patriotero paraguayo. Llamó hombres-montañas a un López o a un Francia, tiranuelos que podrán tener valor como caracteres, como voluntades. Pero que anquilosaron al Paraguay porque fueron fuerzas conservadoras. Barrett, en cambio, es un rebelde, un hombre conciencia que la hundió en el dolor del obrero de los yerbales y la sacó chorreando indignación y pena, Su visión ideológica se salía de los límites de un pueblo para abarcar la humanidad. Los patriotas – a lo O'Leary o Domínguez que viven de embrutecer a sus semejantes – por fuerza debían negar a Barrett. Él era el enemigo, en tanto que Goicoechea, literato fácil que se detuvo en lo superficialmente pintoresco, les venía a resultar, sin él quererlo, un aliado eficaz. Éste lo embadurnaba todo con brillantes pinceladas de sentimentalismo. Barrett en cambio, hacía saltar el barniz de las palabras con que los Domínguez o los O´Leary pretendían cubrir el dolor de esa misma raza a la que ellos enaltecían como soldados para explotarla como obreros.

Otro intelectual de aquella magnífica tierra, el español Viriato Díaz Pérez, llegó a intimar con Riccio. Entonces se desnudó de su falsa admiración a Barrett para enseñar el rencor que lo poseía y, aún dolorido, le contó esta anécdota: Se acababan de establecer las corridas de toros en la Asunción y en todas partes se discutía sobre ellas. Barrett escribía en un diario y Díaz Pérez en otro. Éste le preguntó: "¿Y qué piensa decir sobre las corridas?" Barrett, gran sarcástico y sabiendo seguramente lo que el otro calzaba, le respondió: "Lo contrario de lo que usted diga". Veinte años después, el plumífero aún estaba dolorido. Su sarcasmo para la sub-raza de intelectuales de aldea, tan vacíos como pedantes, creó a Barrett odios terribles. Ellos le negaron la cátedra con la cual hubiese podido escribir sin apresuramiento. ¡Y qué cultura la de Barrett! A Riccio, la viuda le mostró una carta de Henry Poincaré, el genial matemático francés. Había éste propuesto un problema. Recibió innumerables soluciones de todas partes del mundo; pero la única acertada fue la que le envió de esa oculta Asunción, el desconocido Rafael Barrett. Así se lo expresa elogiosamente en su carta el sabio francés. ¡Y a este matemático se le negó una cátedra de aritmética elemental!

"Parece que los asuncenos no me pueden aguantar – dice el mismo Barrett en carta del 19 de marzo de 1909 -. Domínguez me obsequió con un articulejo insultante, y el impagable Erb me insultó también, pero por carta. Yo, metido entre los árboles de la colonia, felizmente no los veo. Me limito a publicar de cuando en cuando la verdad en algún "diario" de aquí, y eso los enfurece…" En otra carta dice con amargo estoicismo: "Con unos modestos pesitos ganados pon mi pluma y a salvo en Montevideo, hemos resuelto, Panchita y yo, hacernos un ranchito cerca de aquí, en pleno desierto.¡Figúrese usted!: ¡La voluptuosidad de comer en "mi" plato, de cerrar "mi" puerta y de morirme en "m" cama. Esos "mi" no son de esencia capitalista, no: indican solamente el bendito aislamiento de una humanidad que sin duda conviene servir y amar en conjunto, pero muy penosa de tratar en detalle…"

Por lo común los contemporáneos de un gran artista se hallan dispuestos a dispensarle elogios ditirámbicos, discursos a granel, palabras en profusión y, ¡cuántas veces!, el gran artista preferiría que, en vez de tanta loa, se le diera con qué vivir modestamente para emplear su precioso tiempo sólo en la creación. Lo ven en la miseria tal vez y, en lugar de un mendrugo, le alargan un laurel. Es más barato. Con Barrett no ocurrió esto: no se le dio ni laurel ni mendrugo. Decía demasiado y, aunque se esforzaba en hablar para todos, hablaba desde muy alto para que todos lo oyeran. Rodó fue una excepción: al día siguiente de aparecer las "Moralidades actuales" en "La Razón" de Montevideo, firmadas R.B., se presentó a preguntar quién era el que las escribía. Buen catador, había comprendido que eso tan eximio no era de la casa. En la redacción del periódico se le dieron explicaciones muy vagas, nadie lo conocía bien, quizás admirados de que el escritor al que tenían por el más grande estilista de la lengua, se interesase por el autor casi anónimo de esos articulemos.

Todos los que amamos a Barrett fervorosamente y nos hemos constituido en propagandistas de su vida y su obra – González Pacheco, Guijarro, Atalaya, Giambiagi, Sellawaj y otros amigos de "La Campana de Palo" – hemos podido constatar la repulsa que sienten los literatos hacia él. Por lo general, a los literatos no les gusta encontrarse con un hombre. Este es una acusación de sus vidas, tan en disonancia con su propia literatura. ¡Y si este hombre es una conciencia al desnudo como lo fue Barrett!

El hombre, el hombre que hay en Barrett a flor de pluma, de labios y de puños, es el que los hiere.¡Ellos que lo llevan bien escondido bajo su sonrisa! El hombre que hubo en Barrett, hace que muchos literatos en cuya pluma estaría divulgar su obra, callen sistemáticamente. ¡Callar, venganza inútil! Con ella se puede ocultar un nombre ante una generación, pero las generaciones se suceden y siempre traen alguno capaz de ver la verdad y decirla. Los contemporáneos fingieron ignorar o ignoraron a Barrett. ¿A qué grande en verdad no ignoran sus contemporáneos? La palabra de acerote Barrett aun sigue abriendo surcos. Aquí en Buenos Aires no hay diario o revista obreros donde sistemáticamente no se reproduzca algo de él. Como a todos los grandes, le aguarda la gloria póstuma. ¡Rasgo de humorista burlón que ofrece un aperitivo al cadáver del que se murió de hambre!

Pero no sólo la superioridad de su cultura, no sólo su talento sarcástico hablan de crearle enemigos roedores, irreconciliables. Su conciencia, herida luminosa, lo puso del lado de los pobres mensúes explotados en los yerbales, contra las compañías poderosas, dueñas del país. Su carácter apostólico, valiente hasta lo inverosímil, lo impulsó a gritar y a escribir contra los explotadores, que eran los ricos, los políticos, los gobernantes. Los peores enemigos de su tranquilidad los llevaba en su carácter y en su conciencia.

Escribió con tan recia valentía que el coronel Albino Jara, autor del cuartelazo del 2 de julio de 1908, lo hizo llamar a él y a Bertotto a su despacho presidencial. El tiranuelo Jara era un chacal: se cuentan de él hazañas como la de hundir un sable por el ano de un hombre y sacárselo por la boca. Con sus esbirros obligó a Bertotto a que comiera la hoja del diario que contenía su artículo. Después se enfrento a Barrett: - ¡Ahora usted, coma el artículo! Barrett se negó. El tiranuelo, enfurecido, levantando el revólver, amenazóle con el mango:
- ¡Si no lo come le despedazo la cara! Barrett – cuentan testigos presenciales – miró sereno con sus puros y limpios ojos a la cara de la fiera omnipotente. Le respondió:
- Yo lo creí todo a usted, pero no un cobarde. ¡Pegue! Y Jara, impuesto por su valor, no pudo pegar. José G. Bertotto, ayer compañero de Barrett, hoy politiquero adaptado al ambiente, narra esta anécdota: "El Diario le retribuía con 50 pesos paraguayos cada página. La profesor de agrimensor le aportaba regulares recursos. Sus ingresos no excedían a los de cualquier oficinista. Y sí advierto que "la buena salud de los microbios". Como él definió la enfermedad, le perforaba los pulmones. Colegiremos que insistir en esa pobreza era la energía de su carácter. Y si buscamos el detalle nos asombra. Un perfil es su imagen.
- Desde hoy no vuelvo a calcular – nos dijo al sentarse a la mesa
-. Abandono el lápiz, la matemática y el teodolito. Como mis ojos le confesaran mi sorpresa, agregó:
- ¡Qué! Hablar contra la propiedad todos los días, con feroz repetición, y al segundo medir tierras como océanos y autorizar la exactitud de sus límites. ¡No!" Al odio de los enemigos debía agregarse la hostilidad de los que debieron comprenderle: los liberales. Éstos envidiaban su talento y lo atacaban, porque el hombre libre se les escurría de entre las manos. Cierto día, pasando frente a la capilla de San Bernardino, se le ocurre a Barrett entrar a tocar el armonium, porque era también un exquisito músico. Una revista liberal, El Alba, le armó un toletole. Hasta se le conjuró a que se presentase a dar cuenta de tal acto. Barrett, despreciativo con la tartamudez mental, no respondió. Pero sí lo hizo al obrero Lazarte, tipógrafo que desde Buenos Aires le escribió pidiéndole explicaciones. Y en su respuesta, Barrett, que despreciaba a los intelectualoides, anfibios que no acaban nunca por ser ni de ayer ni de mañana, da cumplidas explicaciones a Lazarte porque es un obrero, un hombre sincero y sencillo: "También he tocado – dice – el piano en los prostíbulos, mientras mis compañeros menos castos que yo se entretenían allá adentro con las pupilas". Al obrero le reconoce el derecho de exigirle que se justifique, a los intelectuales, no. A un farsante liberal, de esos que se casan por la iglesia, dejan que a su mujer se las trague el confesionario y a sus hijos el colegio de jesuitas,¡no!

La vida de Barrett está sembrada de acciones que revelan su hombre: una conciencia encendida y un carácter de pie. Temperamento de pensador complicado con artista y apóstol iluminado de rebelde; su obra fragmentaria y dispersa, hecha apresuradamente, día a día, no es más que un reflejo de lo que pudo ser. ¡Pensar lo que hubiera escrito y hecho un Barrett, no teniendo que bregar contra la miseria y muriendo a los ochenta años!

El hombre Barrett que hizo tantas acciones generosamente heroicas, que escribió tantas páginas únicas, se fue a la muerte sin realizar sus más bellas acciones, sin escribir sus más geniales páginas. La Muerte nos robó el más rico tesoro de posibilidades que trajo este hombre privilegiado.

Su peregrinaje y apostolado

Cuatro ciudades señalan etapas en su vida: Madrid, Buenos Aires, Asunción y Montevideo. Después: Arcachón, donde fuera solo para morir el 14 de diciembre de 1910. Cuando se presentó en Madrid era un joven alto, bello, elegante y despreocupado. Ramiro de Maeztu, que lo conoció entonces, se admira que de aquel dandy haya salido el apóstol de las selvas paraguayas. Sin embargo, mucho ya habría en él aunque Maseru no lo vio. Sí lo vio Valle Inclán que, cuando estuvo en Buenos Aires, no se olvidó de preguntar por él y le escribió a la Asunción. En Madrid, con juvenil desenfado, dilapidó las pesetas que traía, herencia del padre – un inglés, su madre era andaluza – Contra lo que creímos, no era un absoluto autodidacta. Cursó estudios oficiales, llegó a la Universidad, no se olvidó de leer todo, y aún de escribir páginas de arte para el arte exquisito, bello y "deshumanizado"… Al fin, se vio pobre y menospreciado por la sociedad frívola donde pobreza y vergüenza son sinónimos. Fue vejado también.

Un aristócrata lo acusó de sodomía. Barrett, impulsivo, castigó al calumniador, abofeteándolo en el palco de un teatro, en una noche de moda. El escándalo concluyó por descalificar definitivamente al causante en el concepto de la "buena sociedad". En este momento lo conoció Maeztu: "Fue entonces – dice en un artículo que publicó El Sol de Madrid – cuando le conocí. No vi en él más que a la victima de una injusticia. Que fuera hombre capaz de sentir las injusticias que los demás sufren, no pude adivinarlo, aunque debió ser la razón de la fuerte simpatía que me inspiró lo que entonces no pudo parecerme sino un señorito despedido de su clase social. Es indudable que la injusticia que se le hizo le abrió el pecho para sentir la injusticia social".

A los pocos meses del hecho, Barrett, abandonado, huyó a América y apareció en Buenos Aires. Vivió aquí muy poco tiempo. La urbe no logró apresarlo con sus tentáculos. Tampoco a él parece haberle sido simpática esta ciudad, nerviosa, obsesionada por el oro, cambiante. Son frecuentes en él los párrafos condenatorios: "La Argentina, sentada sobre sus sacos de oro, ganados por el gringo, llora de ser tan hospitalaria…" "Estudiad, pues, la desesperación con que Buenos Aires defiende su bolsa del espectro anarquista: Buenos Aires, la ciudad-estómago, donde los tribunales han castigado con cuatro años de cárcel a un pobre infeliz y con seis a otro, que había sustraído un pantalón." Por último, escribió su magistral artículo: "Buenos Aires". Lo publicó en El Diario Español, donde trabajó un breve tiempo, enriscando a su director, Justo López Gomara, periodista de colonia extranjera, lo cual significa: periodista que vive de elogiar al país donde vive. Barrett estuvo a punto de abofetearlo también.

Y ya, seguramente, sintiendo el primer síntoma de su mal, huyó a la Asunción en busca de un clima más cálido y de paz. Fue su gran error. Yo que no soy patriota, puedo hacer la defensa de Buenos Aires. Con toda su insensibilidad e indiferencia, Buenos Aires es una ciudad y Asunción – insensible y curiosa – una simple aldea. En Buenos Aires hubiese acabado por encontrar eco y círculo donde desarrollar sus magnéticas cualidades de luchador. En Buenos Aires se lee, se estudia, se piensa. Hay inquietud. La Asunción es el marasmo, la parálisis. Barrett cayó allí como una piedra en una charca. Y los batracios – los intelectualoides – fueron los primeros en croar contra él. La chatura del medio, lo decepcionó. La curiosidad mezquina de todos, amargóle. Por fin, le tocó palpar de cerca la explotación de obreros en los yerbales, pobres indios alcoholizados que no son monos porque hablan; explotación mil veces más espantosa que la de las fábricas en la urbe. Y se incendió de cólera santa. Quiso luchar. Se vio impotente. No era contra una clase la que había de luchar, sino contra todo el país y aún contra la propia inconciencia de los explotados

Vivió en el Paraguay de 1904 a 1908, en que se le deportó. Allí escribió sus mejores páginas, pronunció sus más empinados discursos, bregó con más tesón y amó con más delirio. Todo precipitada, alocadamente, en el turbión de su temperamento sensual. Allí se casó y tuvo un hijo: la ilusión de sus últimos días. Allí fue odiado y combatido, también amado y oído. Entre los hombres de su clase intelectual, no hubo comprensión hacia la personalidad de este hombre contradictorio y apasionado que pasó por la quietud semiguaranítica del Paraguay, desparramando ideas - ¡qué ideas, de fuego! – y poesía. En todos: o la hipocresía de la admiración póstuma del fósil Dr. Domínguez, o el rencor de la vanidad herida de Diaz Perez o de Juan O'Leary, cómplice de Domínguez. Riccio halló incomprensión, desconocimiento, gente ciega y sorda que no se había enterado de nada y se asombraba del fervor con que el "joven gringo argentino" hablaba de Barrett. En el Paraguay, país atrasadísimo, donde el calor y la caña concluyen con la energía de los más aptos, se odia al gringo. Y al gringo que más se odia – lo comprobó Riccio – es el argentino. Comprobación ésta que no dejará de asombrar a los niños bien de la Liga Patriótica que tanto desprecian al gringo – aunque sean hijos y nietos de gringos – Les bastaría cruzar un río para ser gringos ellos también, y verse despreciados por unos semi indios semi analfabetos, solo porque cometieron el delito de nacer a la derecha y no a la izquierda de ese río. Como todo país pobre y atrasado, el Paraguay vive mirando tradiciones históricas. Allí se respira aún la "guerra del Paraguay". Y los políticos no se cansan de menearla, ya que es la trompeta más eficaz – aparte de la caña – para ensordecer e idiotizar al pueblo. Aquí, en Buenos Aires, salvo algún vejestorio, nadie se acuerda de eso. Ya sabemos que el general Mitre era un Napoleón para soldaditos de plomo. Yo he visto a un vejestorio de esos, profesor nuestro de historia en 5º año indignarse porque ninguno de los cuarenta alumnos de él, jóvenes de 17 años, sabíamos que era el asalto de Curupayty. En el Paraguay, se respira aún por el heroísmo de Curupayty. Se odia por "las ruinas de Humaitá". Barrett, hombre ansioso de futuro, rebosante de esperanzas, tuvo que vivir el él cuatro años. ¡Y Paraguay no había dado ni un solo poeta! ¡Qué condena! Trabajando de agrimensor o de lo que pudiese, ganaba el duro pan diario: "Rafael Barrett se ofrece como profesor de matemáticas, física e ideología general. Dirección: 25 de Diciembre 368" Publicó este aviso en el diario de Asunción. ¡No hallaría muchos parroquianos!

Pero también fue amado y comprendido. Halló esta comprensión y amor, tan indispensables a los hombres de su naturaleza, en los humildes, en los obreros. ¡Y él se dio a ellos! Funda GERMINAL, periódico cuyo primer número aparece el 2 de agosto de 1908. Director: Rafael Barrett, administrador: José Bertotto. Ya antes había realizado una intensa, más que fecunda, obra de agitación. Lo que alarmó a los gobernantes fueron sus escritos sobre los yerbales. Dice su ex camarada Bertotto: "…lo que expuso su vida a la violencia, fue "Lo que son los yerbales".Preparó el ambiente publicando el el Diario seis artículos que forman el folleto editado por Bertani en Montevideo. Esas verdades harto conocidas, causaron estupor. Los diputados Lara y Riquelme prometieron llevarlas a la cámara. Promesas. El contador de "La Industrial Paraguaya" insinuó ofertas incitantes. Amigos de capitalistas cómplices intervinieron. Todo en vano. Pretendimos alquilar el teatro, pagamos, y no se nos entrega por orden de Juan G. Gaona, el millonario que mereciera en plena plaza pública apóstrofes santos. Imprimimos un manifiesto y se nos impide fijarlo. Las tretas no valieron. Salgo una noche en compañía de un camarada con engrudo y pincel. La policía impide nuestro proyecto. Repito el paseo y me detiene. Para mi libertad, me responsabilizo de la redacción del manifiesto. Apenas lo sabe, se presenta Barrett al Departamento y exige responsabilizarse. Continúan los incidentes. Al fin, en un terreno baldío, Barrett amplió con testimonios, revelando crímenes, el escrito aparecido…"

Dos meses después, lo encarcelaban y deportaban. ¿Por qué? ¿Pero no es un delito defender al explotado y atacar al poderoso, gritar alto y fuerte la verdad a los chupadores de sangre y a los gobiernos cómplices, defender la justicia vejada por los codiciosos? Suerte que solo se les ocurrió deportarle, teniendo en cuenta su condición de intelectual. Si hubiese sido hombre de menos fuste, aparece cualquier mañana, despanzurrado en un zanjón; pero él escribía en diarios extranjeros, estaba emparentado con paraguayos, gente bien… No era un cualquiera y no podían deshacerse de él de cualquier modo (*) Para ver las armas que Barrett esgrimía, es útil reproducir la proclama con que llamaba al mitin:

-"Ciudadanos, trabajadores: El mitin anunciado no puede realizarse mañana. Después de haber contratado y pagado el Teatro, se nos niega el local. Somos victimas de la ruin venganza de sus propietarios. El Teatro Nacional, como la patria entera, pertenece a los mercaderes. En la comisión del teatro figura Juan B. Gaona. Es el más alto de la banda. Ya que el mismo ha puesto su nombre en evidencia con la vana pretensión que se digan terribles verdades, le contestamos cara a cara lo siguiente: Que él, el hombre de las tres presidencias, la del Banco Mercantil, la de la Industrial Paraguaya y la de la República, el varón vestido de austeridad hipócrita, el usurero de las acciones rentadas con el sufrimiento y la sangre de sus conciudadanos, el perfecto simulador que estafa la estima de una sociedad incapaz de conocer a sus verdaderos enemigos, no evitará que se haga la luz y la justicia sobre los tremendos males de este país. Nuestro meeting se verificará el domingo 5 de julio próximo, en local que anunciaremos oportunamente, y no conseguirá detenernos el poderoso Juan B. Gaona, lucrador de esclavos y miembro de la cofradía de San Vicente de Paul" (**)

¿Dónde hallar más valor, más audacia, más desinterés? ¡Esto si es darse a una causa! Pero Barrett es grande, sobre todo porque vivió dándose. La medida de nuestra grandeza nos la da nuestra capacidad de darnos. El lo dice: "Por poco que seamos, lo seremos todo si nos entregamos por entero". La mediocridad no se define mejor que por su aptitud de medirse y de abstenerse. Barrett otra vez: "Nuestra misión es sembrar los pedazos de nuestro cuerpo y de nuestra inteligencia".Vivir bien una vida es vivirla desgarrándonos, dejando nuestro espíritu, enredado en los hombres, como si estos fueran espinas. Barrett otra vez más:"Es preciso que el hombre se mire, y se diga: soy una herramienta".

Deportado, enfermo, triste y solo, Barrett llegó a Montevideo en Octubre de 1.908. De su hijo – el gran amor de su carne – lo separaba la enfermedad que lo roía. De los obreros explotados – el gran amor de su espíritu – lo arrancaban los mandones cuyo ocio, amargo de sudor y de lágrimas, sucio de sangre, él amenazara.

En Montevideo halló amigos. El poeta Emilio Frugoni lo acogió fraternalmente. Le buscó trabajo. Samuel Blixen, director de "La Razón", "gran conocedor de valores literarios – dice Frugoni – supo apreciar de inmediato el mérito excepcional de ese escritor nervioso, hondo e intenso que sabía encerrar en la asombrosa síntesis de sus notas cotidianas, las inquietudes de un espíritu ampliamente humano y las reflexiones de una mente penetrante y profunda, armada de todas las armas por la virtud del propio pensamiento y el variado auxilio de una compleja erudición". Y Barrett comenzó a escribir casi diariamente. Ya estaba muy enfermo. Por mediación de Frugoni lo atendió el Dr. Narancio, desinteresada y asiduamente. Frugoni también le procuró la amistad de Felix Pierrot, un teósofo, gran espíritu en el que Barrett halló un remanso. Y en la revista de Frugoni, "El Espíritu Nuevo", publicó sus primeros cuentos. ¡Dulce habrá sido para Barret, llagado por la lucha, encontrarse con hombres que lo amaban y lo admiraban ¡ Emilio Frugoni es un noble poeta, ¿ pero que poema de los suyos podrá cotejarse con el que compuso dándole consuelo y paz al espíritu atormentado del hermano mayor? Un ataque de hemoptisis postró a Barrett; en el hotel, al saberlo tuberculoso, lo despidieron. Se refugió en la Casa de Aislamiento, donde con serenidad imperturbable, continuó creando. Su carne podría desfallecer, su espíritu, llama inextinguible, trabajaba siempre, y con alegría. Ya él lo había afirmado: "Se necesita tan escasa energía para mover la pluma, que escribiré hasta el fin". Así fue. Así fue, salió del Lazareto ("la casa de los tísicos"), algo mejorado. Aprovechó la tregua para disparar hasta el Paraguay, a ver por última vez a su hijo, volver a Montevideo y largarse a Arcachón, en busca de un clima más benévolo para sus pobres pulmones ya exhaustos. Su compañero fraternal, Frugoni, lo despide: "Al embarcarse acaso presentía la proximidad de su fin, me abrazó muy triste y respondió a las palabras con que yo trataba de infundirle optimismo, con frases de despedida que me cayeron como lágrimas candentes en el corazón. Me sonrió por última vez en el camarote con aquella su sonrisa abierta, bañada en suave luz de bondad, de tolerancia, de perdón y de afecto. Volví a ver el Jesús de las estampas. Y no volví a verle más".

Hay como una fatalidad guiando su vida para hacerle lo que fue: un gran desventurado. Su generosa imprevisión le hace tirar las pesetas de su herencia que le hubieran dado libertad y tiempo para realizar desahogadamente la obra orgánica que tal cíclope pudo forjar; su carácter impetuoso que lo obliga a hacer justicia por propia mano; su enfermedad; su conciencia insomne que lo empuja a bregar por la justicia allí donde la primitividad del medio hacia imposible la lucha; su matrimonio con una mujer incapaz de comprenderle y secundarle, cosa que le apesadumbró hasta la desesperación; su hijo, su ilusión, defraudándole. (Esto, por fortuna, no alcanzó a verlo). Miseria y Dolor fueron las hadas fatales de su breve, fecundo, intenso peregrinaje.

Un periodista que estuvo hace años en el Paraguay y lo conoció, me contó una linda historia de amor, historia de sacrificio, de la cual Barrett era muy capaz de ser el protagonista. Ni esto es cierto. La verdad es menos poética. Barrett casó con una mujer mentalmente inferior, engañado. Su ingenuidad de espíritu superior fue burlada fácilmente por un político, hermano de la mujer, que, emparentándose al escritor, pensó ponerlo a su servicio. Barrett se negó. Ruptura y abandono. Después: el hijo. En una página caliente y aromada, Barrett saluda su venida al mundo: "Ha nacido el salvador del mundo…", comienza el gran iluso. ¡Pobre Barrett! Su hijo Alex, su soñado "salvador del mundo", ingresaría años después como cadete en la Escuela Naval de Buenos Aires para aprender el "arte – ciencia" de asesinar. ¡Si Barrett hubiese podido adivinarlo tan siquiera! ¡El hijo del Hombre Libre uniformado y con el acero criminal a la cintura! ¡No nos ocuparemos más de él! Los hijos de un gran hombre, o sus hermanos, raramente son los de su sangre. Los hijos de Tolstoy se llaman Romaní Rolland o Gandhi. Barrett ha engendrado hijos, no en una vana mujer, sino preñando a la Inquietud, de la que él, a su vez, era hijo primogénito. (*) Este documento lo copio del periódico "La Antorcha", Diciembre 14 de 1926. Número dedicado en homenaje al aniversario de su muerte. En él se reproducen datos, una carta y páginas de Barrett que González Pacheco – a quien debemos, personalmente, valiosos pormenores de su vida – consiguiera cuando realizaba su gira de propaganda por el Paraguay, en 1926.

(**) En 1926, a 18 años de su predica, un mensú, Eusebio Mañasco, se hizo brazo de la voz de Barrett. Quiso sindicar a los desventurados obreros que en los yerbales (o en los ingenios de azúcar) del Paraguay, Brasil o la Argentina; dejan no solo su vida, sino su propia condición de hombres. Hallaron el modo de eliminarle. Se le acusó de un crimen del que era inocente (como a Sacco y Vanzetti en la feroz Yanquilandia: la codicia iguala los procedimientos en todos los climas y razas) La justicia argentina, justicia de clase como la yanquilandense, condenó a Mañasco a 25 años de presidio. La protesta del pensamiento libre y del trabajo fue tan unánime, que el presidente Alvear lo indultó. No es esto lo que se pedía sino la revisión del proceso y la evidencia de la infamia judicial. Pero a los poderosos no se les debe pedir justicia; todo lo que pueden dar es misericordia. Son soberbios. Por otra parte, la justicia no se pide, se exige. Este hecho, en su trágica simplicidad, revela que tramazón de intereses pesa aun sobre los mensúes expoliados y exprimidos hasta la consunción. Si a tales peligros se expone, hoy, en la Argentina, quien intenta emanciparlos, ¿Qué sería en 1908 y en el Paraguay, especie de factoría a la merced del primer militarejo que se adueñaba del poder ?Nunca es mucho insistir sobre esto, sobre la espantosa condición a la que los plutócratas tienen reducidos los alcoholizados y embrutecidos restos de las poblaciones indígenas. Tengo aquí, acabada de recibir, una carta de un amigo, profesor normal. Un párrafo: "Estuve más de una semana ausente, visitando Ledesma y sus alrededores. Es un grandioso ingenio; pero en todas partes se nota una explotación bárbara y sobre todo de los pobres indios chiriguanos y tobas" ¡Y esto hoy, en 1927, en tierras de Alberdi! ¿Qué sería en 1908, en las selvas del plutócrata Gaona?

El Rebelde

La acción y la obra de Barrett dicen a cada instante lo que él era, fundamentalmente: un rebelde. Un inadaptado. Natural que así fuese. La inadaptación al medio, el espíritu de rebelión a lo establecido, a lo ya usado, y usado por otros, son las condiciones elementales de todo organismo superior, destinado por la naturaleza a perturbar ese medio e intentar su superación. La rebeldía es lo natural, porque es el instrumento de la evolución. Lo antinatural es la obediencia. La rebeldía es científica. Nada más rebelde que la ciencia, cuyo vivaz espíritu crítico, infatigable para analizar, niega continuamente y cuyo poder de síntesis, laborioso, obstinado, continuamente también construye. Barrett, cuya cultura científica había dado sólida base a su edificio de artista, halla en la ciencia los argumentos necesarios para defender esa rebeldía que constituye la expresión cotidiana de su alma: "Los ignorantes se figuran que anarquía es desorden y que sin gobierno la sociedad se convertiría en el caos. No conciben otro orden que el orden impuesto por el terror de las armas. Pero si se fijaran en la evolución de la ciencia, or ejemplo, verían de qué modo a medida que disminuiría el espíritu de autoridad, se extendieron y afianzaron nuestros conocimientos. Cuando Galileo, dejando caer de una torre objetos de distinta densidad, mostró que la velocidad de caída no dependía de sus masas, puesto que llegaban a la vez al suelo, los testigos de tan concluyente experiencia se negaron a aceptarla, porque no estaba de acuerdo con lo que decía Aristóteles. Aristóteles era el gobierno científico, su libro era la ley. Había otros legisladores: San Agustín, santo Tomás de Aquino, San Anselmo. ¿Y qué a quedado de su dominación? El recuerdo de un estorbo. Sabemos muy bien que la verdad se funda solamente en los hechos. Ningún sabio, por ilustre que sea, presentará hoy su autoridad como un argumento: ninguno pretenderá imponer sus ideas por el terror. El que descubre se limita a describir su experiencia, para que todos repitan y verifiquen lo que él hizo. ¿Y esto qué es? El libre examen, base de nuestra prosperidad intelectual.

La ciencia moderna es grande por ser esencialmente anárquica. ¿Y quién será el loco que la tache de desordenada y caótica?..." Para la ciencia no hay leyes inmutables. El espíritu crítico no hace otra cosa que destruir estas leyes dentro de las que, con carácter de inmutables, pretenden encerrar la vida, siempre en evolución y, por lo tanto, profundamente rebelde, los que carecen de espíritu científico. "Hay una injusticia más profunda que violar las leyes, y es cumplirlas a ciegas", dice Barrett. La acción de su vida de rebelde no es otra que la de cogerse con ambas crispadas manos a las leyes que, como barrotes de hierro, levantan unos hombres para oprimir a otros hombres; y sacudirlas, conmoverlas, a veces hasta arrancarlas de cuajo. Los seis años que duró su vida de rebelde, los pasó en este esfuerzo en que se agotó quemándose, como una antorcha, en su propio pensamiento: Quemándose y alumbrando.

¿Pero cómo se hizo rebelde el "high life" madrileño? ¿Por qué el vacío dando se transformó en hombre apto para todo sacrificio? En 1900: parásito. En 1904: escritor revolucionario. En 1908: apóstol de las indiadas yerbateras. ¡Fulmina metamorfosis! Ramiro de Maeztu no se la explica o pretende explicársela. No lo consigue: "…Yo me encontré con Barrett en el que fue el momento inicial de su vida. Seguro estoy que si ha llegado a ser una figura en la historia de América lo debe a aquella hora…" "Es indudable que la injusticia que se le hizo le abrió el pecho para sentir la injusticia social…" "Que fuera hombre capaz de sentir las injusticias que los demás sufren, no pude adivinarlo".

Muchos son los que se ven en la pobreza y repudiados por la sociedad que frecuentaran. ¿Y cómo reaccionan? El dolor hace grandes sólo a los grandes y rebeldes sólo a los rebeldes. Los otros se hacen mezquinos y doblan las rodillas. Quizás la violencia del golpe precipitó la aparición del revolucionario que se escondía en el dandy madrileño. Pero él hubiese aparecido siempre. Es hacerle un flaco servicio a Barrett creer, como lo hace Maeztu, que sólo por haber sufrido personalmente es capaz de sentir el sufrimiento de los demás. De esta pasta no se hacen los revolucionarios apostólicos, sino los gritones de un día, destinados a sobrevivirse después de los treinta años, como el propio Maeztu, anarquista en la juventud y fascista en la madurez, besamanos de Alfonso, el cazador de pichones y del militaducho Primo de Rivera. "Todos, como Barrett – dice González Pacheco – llegamos a "algo" tras una crisis más o menos semejante. Pero llegar significa, ante todo, haber andado, y el postrer salto a la luz es el fruto de un largo tanteo en la sombra".

La intensa labor de Barrett da una sensación de desbordamiento. Algo había estado en él, acumulándose como detrás de un dique. Y no bien abierto, corrió el torrente de su rebelión y de su sabiduría: ¡A arrasar y fecundar!"

El escritor

De los nueve libros que dejó, se deduce que Barrett fue articulista, conferencista, crítico, panfletista y cuentista. Examinémosle en cada una de sus facetas. El análisis que algunos críticos hacen de la obra de un artista, se parece a ésta, como la maquinaria de un reloj desarmado al mismo reloj en movimiento. Barrett es quién menos se presta a esa clase de crítica: es un escritor dinámico y orgánico. Su obra se propone un fin; para estudiarla hay que verla tal como se produjo: en movimiento. A nadie se le ocurriría conocer un río llevándose una copa de su agua a estudiarla en el laboratorio. A Barrett, escritor dinámico, cuya obra es un río caudaloso que corre hacia el bien, como al océano el río, hay que verle en movimiento para poder apreciarlo. Más aún, Barrett es orgánico, su obra, aunque producida en pequeños artículos, en cuentos breves, va a un fin y por ir a este fin, es una. No cabe en él eso de otros autores sin estructura idealista, los que de uno a otro libro son tan diversos que podrían parecer otros. Barrett era demasiado sincero para que tal cosa le ocurriera: en su página más breve, hecha sobre el tema más fugaz, está todo él, su cuerpo transido de compasión para el dolor humano, su espíritu iluminado de optimismo por la redención definitiva de esa humanidad desventurada. Por eso su obra escapará al análisis de los críticos que, escalpelo en mano, creen conocer a un autor porque han disecado una de sus páginas. La anatomía de las formas nunca dará razón a su obra artística. Eso es pedir un por qué a un cadáver; tales críticos no ven que el espíritu se les ha escapado. A Barrett, gran sintético, hay que apreciarlo en conjunto, con un golpe de síntesis; y éste es el mayor elogio que se pueda hacer de él. Sus libros son miembros y órganos de un todo que se mueve, habla, grita, llora, ruge, canta… Esto quiere decir que su obra es dinámica y orgánica, tiene vida. Raro es el escritor que resista así a una apreciación de conjunto. Un proverbio árabe dice: "Si conoces una línea de un autor, no quieras conocer una página; si conoces una página, no quieras conocer un libro; si conoces un libro no quieras conocer su obra completa; y si conoces su obra completa, no quieras conocer al autor". Con Barrett no reza esto. Conocida una línea de él, queremos conocer la obra y el autor; los conocemos, y nuestra admiración se acrecienta. Este autor gana cuanto más se conoce su vida. El amor que por valiente y honrada ella nos despierta, muévenos a admirar más su obra, honrada y valiente. Tal suma de vida hay en cada página de ella que se puede hacer una prueba a la que pocos autores resisten: Se puede leerla en medio de la vida. A Barrett puede leérselo en el tranvía o en la calle. Pronto se apodera de su lector con su estilo ágil y su espíritu magnético y lo obliga a meterse en sus letras por las que corren color y sonido vitales. ¿Puede exponerse a tal prueba a otros escritores más perfectos, si, pero más literatos, más de biblioteca?

Articulista, conferencista, cronista, panfletista y crítico

Barrett articulista se halla diseminado en Ideas y Críticas – libro que también contiene crónicas – y en El Dolor Paraguayo – en el que hay crónicas y conferencias. Sus artículos podrían agruparse en Revolucionarios y Meditativos. En aquellos pasan los hombres, en éstos se estudia al hombre. En aquellos se ve al luchador que había en Barrett; en éstos, su actitud más serena es la del pensador. Y si allá es fuerte, optimista y estimulante; aquí sólo varía en la actitud porque es estimulante, optimista y fuerte. Así era su espíritu, y él – cualidad prócera – se halla siempre iluminando sus páginas, aun las más insignificantes.

Como conferencista, Barrett es siempre un hombre de lucha. Ahí están en El Dolor Paraguayo: La tierra, la huelga, El problema sexual – admirabilísimo – conferencias dadas a los obreros paraguayos. Como cronista se le halla en Ideas y críticas y en Moralidades Actuales. Sabida es su modalidad: del hecho más nimio, más vulgar, razonando, llega a conclusiones generales e inesperadas, por lo hondas. Porque si como artista tuvo el don de sintetizar, como pensador tuvo el de generalizar. Agudo de inteligencia y sensible de corazón, mete aquella en el resquicio que le da un insignificante hecho cotidiano y luego es su sensibilidad la encargada de hacer caliente obra de arte lo que pudo ser fría crónica periodística. Por esta modalidad de extraer conclusiones generales y profundas del acontecimiento aparentemente más vulgar, es el antípoda del "croniquer". El "croniquer", entidad literaria nacida en el tonto y sonado bulevar parisiense, es una especie de aparato que hace lo opuesto de Barrett: trivializa hasta lo más trágico. En la India, millones de hombres se sienten oprimidos y, a su quejumbre, el santo Gandhi yergue su voz apostólica y proclama la revolución pacífica, la no cooperación. A este hecho trascendental, todos los "croniquers" de todos los diarios grandes lo trivializaron en tal forma que, de esa revolución sin precedentes y, de su apóstol hicieron un sonriente comentario.

Esa revolución religiosa apareció como un vulgar motín y ese iluminado, como un caudillo, tal vez como un ambicioso. Si no es por Romaní Rolland, el occidente no hubiera sabido la verdad. El "croniquer" escribe para que el lector de su diario, después de comer copiosamente, se acueste a coger el sueño con su crónica. ¡Hay que rugir en ésta, pues! El rugido de odio, el llanto de dolor, podrían desvelar al marchante. Es una especie de lacayo que escribe en tonto porque se le paga para que escriba en tonto, es imprescindible llenar las veinte páginas de un diario grande. ¿Se las va a llenar de ideas, acaso? El "croniquer" es el profesional de la sonrisa y la genuflexión. Ahí está ese desesperante Gómez Carrillo para muestra: y para muestra basta un botón – dice el refrán -. Y éste es un botón de librea.

A Barrett, crítico, se lo halla Al Margen. El artista que con cuanta mayor generosidad admira lo bueno de la obra ajena y lo proclama, así podrá producirlo en la propia. La facultad de admiración se halla en razón directa de la de crear. Barrett es un gran admirativo: Rodín, Ferrán, Gorka, La Biblia, Almafuerte, Tolstoy – a cuya muerte heroica le dedica una página estupenda – son los hombres y las obras de su culto de admiración. Y ésta lo obliga a atacar los simuladores del arte; su estocada es certera y a fondo. Pulveriza un libro: "Lunario Sentimental" de Lugones, o a un autor: Vargas Vila; esto cuando llovían las loas sobre aquel libro y este autor. Su actitud de independencia personal, de hombre de acción lo llevó a la crítica, y con ese don de síntesis tan suyo, dos páginas le sobran para decir todo lo que se debe decir sobre un libro muy bueno. La amistad le hace escribir lo que, seguramente, no sentiría: sus elogios sobre Delmira Agustini, poetisa bajamente sensual o sobre Ángel Falco, verborreico declamador; no suenan a veraces.

El Terror Argentino y lo que son los yerbales; son dos panfletos punzantes y flameantes. Pocas veces se habrá dicho la verdad con tanto valor, pocas veces un hombre habrá volcado tanta indignación como la que Barrett volcara en ellos. Moralmente, esos panfletos hieren y arrasan. Mal salen de ahí los opresores argentinos y paraguayos. El Terror Argentino muestra lo que fue la mascarada trágica del centenario de 1910, la que ensangrentó con sangre obrera las calles de la urbe, embanderada para festejar el centenario de la libertad de un pueblo. Lo que son los yerbales muestra el latrocinio y la barbarie impune allí, a algunos pocos kilómetros de "nuestros centros de civilización". La lectura de los panfletos horroriza y uno y otro son documentos palpitantes de la civilización occidental, la civilización del capitalismo; no es en rigor una civilización. Todo en ella es intelectualismo egoísta y cobarde que concluye por ponerse al servicio de la fuerza y se hace instrumento de opresión. Ciencia y arte en esta civilidad sin cultura – leer Lo que debe hacerse de Tolstoy – sirven para que, apoyándose en ellas, inventen terribles máquinas de guerra y las haga objeto de culto patriótico. Ciencia y arte son dos lujosos lacayos que se genuflexan ante el poder y el dinero. Y hallar un artista y pensador como Barrett, pronto a la acción, rebelde y veraz, pluma y voz siempre dispuestas contra la injusticia, es un hecho insóito dentro del capitalismo decadente. Es un caso de manicomio – dirán sus siquiatras – y más de manicomio si, este hombre que va contra el poder y el dinero, se echa sollozante de piedad a compartir el dolor de los parias que la injusticia y la crueldad han convertido en andrajos que trabajan para no morir de hambre y frío ¡Y con su trabajo producen la riqueza y el poder que los vejan y oprimen!

Es importante apuntar el origen de Lo que son los yerbales; revela los quilates de esta alma justiciera. Shaerer, un político paraguayo, se encontraba en Buenos Aires en el momento que Barrett, por haber roto con el "Diario Español"se hallaba en la calle. Sagaz, comprendió que estaba frente a un hombre de gran inteligencia y, contando con la cómoda costumbre de algunos intelectuales que se venden al primer postor, creyó poder utilizar la gran inteligencia de este hambreado. Se lo llevó a la Asunción, le dio cinco mil pesos paraguayos y le encargó que hiciese un estudio sobre los yerbales, para ponerlo de prólogo al catálogo de la empresa. Barrett fue, vio y se estremeció de espanto e indignación y presentó a Shaerer ese escalofriante documento de la codicia humana: Lo que son los yerbales. Shaerer, poco después, fue presidente del Paraguay. Por no ser su cómplice, Barrett se gano en él otro enemigo. Pero, o quedaba en paz con su conciencia o la callaba, amordazando con silencio su conciencia insomne. Y otra vez, el hombre-conciencia optó por oírla y despreciar el mendrugo del poderoso. El hijo de Shaerer, en quién han prendido las ideas libertarias de Barrett, dice que su padre, al hablar de éste, no dejaba de acusarle como el ladrón de sus cinco mil pesos.

Decididamente, la virtud, para los hombres, es un ídolo de dos cabezas.

Cuentista

Cuentos Breves y Diálogos y Conversaciones son libros en que Barrett complementa su figura, aún demasiado oscurecida. Mejor no oscurecida, puesto que es viva luz, sino cubierta por vidrios opacos de retóricos. Cuentos Breves y Diálogos y Conversaciones, nos dicen qué cuentista, tal vez qué dramaturgo llevaba en sí el gran malogrado que fue Barrett. Toda su obra, la que vivirá más, da la idea de que son los fragmentos de una obra perdida. Hay en ella unidad ideológica, falta unidad contextual. Estos diálogos y cuentos son anuncios, pedazos de cielo entre nubarrones grises, música que parece venir de muy lejos y a la que el viento interrumpe, Barrett murió muy joven, vivió a saltos, precipitadamente; y su obra ha de resentirse en ello.

En los cuentos como en los diálogos, Barrett es más sutil que en sus artículos; su satírica agresividad, se hace piadosa ironía; su rugido se vuelve sonrisa. Es más delicado, pero no es menos vigoroso y lleva siempre un fin de profilaxis social. Hay cosas aquí, por las que France, Dickens y Cervantes se pondrían de pie para cogerlas y apropiárselas. Hay humor e ironía, piedad y ternura, gracia y belleza. Obras maestras son cuentos como El regalo de Año Nuevo o El Maestro o La Cartera y diálogos como El Orden o la Patria, o Teoría del honor y del insulto.

El Pensador, el Artista

Barrett, a la par que es un pensador inquietante, es un maravilloso artista. Y este es el secreto de su personalidad siempre renovada. El artista es un animador de ideas, Barrett dice y sabe decir; cierto es que quien dice algo nuevo, siempre lo dice bellamente. Decir bien es saber decir. Pensamientos e imágenes saltan en su prosa clara y limpia, dándole sabor y coloreándola. Formas figuradas elipses, modos de decir sólo suyos; nos revelan al artista instintivo, al que su prosa culta le viene de las entrañas, como a un manzano le vienen sus frutos desde las raíces y como de las entrañas le viene también su verso inspirado al anónimo cantor del pueblo, ya sea éste coplero, andaluz o cantor pampeano. De ahí, de donde manar la solear o la vidalita, maní este "cuento breve" o aquella "moralidad" de Barrett. Su musa es popular, quiero decir, sincera en el sentimiento, honrada en el pensar; breve, clara y sencilla en la expresión. El cantor anónimo del pueblo, en las cuatro líneas de una copla, deja su vida; así las dejó Barrett en las cuatro líneas de un pensamiento suyo. A la ventura, podríamos hacer una profusa cosecha de imágenes dignas de un gran poeta y pensamientos dignos de un gran filósofo:

"El sabio que calla nos roba", "Vejez, máscara siniestra de la muerte", "La dinamita aúlla"… "¿Para qué abrir los cráneos, si la idea, como una ave invisible, se escapa y vuela hacia los cráneos vivos?", "La transparencia delicada del genio es como la del cristal, hija del fuego que ilumina y destruye", "El diploma del médico es el salvoconducto del asesinato", "La vida elástica devuelve mal por mal", "El ladrón es un financista impaciente", "Las mariposas hechas de seda impalpable y las libélulas cuajadas de diamantes sutiles son sonrisas fugaces de la naturaleza. Al pasar nos prometen dicha", "La curiosidad es el hambre del espíritu. Ni los anémicos tienen hambre, ni curiosidad los idiotas", "Creer es crear"… ¡Y cuántos más! A centenares se podrían recolectar sus pensamientos y metáforas en ese pedazo de naturaleza fructificada y florida que es su obra de pensador y de artista.

"Gobernar es hacer sufrir", "No hay cosa tan cruel como el miedo, cuando el miedo tiene las armas en la mano", "La verdad y la justicia, cualquiera que sea la boca que las defienda, no son extranjeras en ningún sitio del mundo", "No hay nada tan anarquista como el sentido común", "Los obispos, sudando lujo…", "¡Hay, del escritor que no se siente capaz de firmarse!", "El cuartel refunde el convento en el presidio", "Para absorber lo externo, es forzoso, como en una bomba aspirante, hacer el vacío; la sed de riqueza, de esclavos y de gloria no es más que el signo del vacío espiritual", "Los profetas, metáforas en acción…", "Fulana, víctima durante cuarenta años de puchero y escoba…", "Los planetas son los clásicos y los cometas son los románticos del sistema solar", "La vagancia no es delito, sino cuando está unida a la miseria!, "¿Qué importa morir?, lo esencial es haber vivido", "Desprenderse de una realidad no es nada: lo heroico es desprenderse de un sueño…"

¡Y cuántos más! A centenares podrían espigarse sus pensamientos e imágenes en ese pedazo de naturaleza fructificada y florida que es su obra de pensador y de artista.

¿Y el estilo? Lo primero que le hallamos es la falta de énfasis, de grandilocuencia castellana. Barrett es un hombre humilde, sabe demasiado para no serlo; y la sabiduría es el ácido que devora la grandilocuencia. No es grandilocuente; pero es vigoroso y ágil. No hay que confundir estilo vigoroso con estilo hinchado. Vigor no es énfasis. No hay que confundir hombre robusto con hombre gordo. El vigor es músculo: ideas; el énfasis es crasitud: palabras. Hay literatos que se parecen a esos niños precoces que, con énfasis de grandes, dicen cosas pueriles. La técnica de Barrett es precisamente opuesta: pone el mayor número de ideas en el menor número de palabras. Y de esta falta de énfasis, de grandilocuencia castellana, resultan dos cualidades de su estilo: la brevedad y la sencillez. Es personal. ¡La inencontrable personalidad que es al estilo lo que el carácter es al hombre! En arte se considera a la claridad como una de las virtudes propias de algunos temperamentos; y en arte, o existe claridad o no existe arte. Porque el arte, cuya misión es la de sensibilizar al mayor número de hombres posible, si no se expresa con claridad, defrauda su misión. La claridad del estilo ilumina la profundidad del pensamiento, a modo de un rayo de sol que, filtrándose entre las hojas de un boscaje, descubriera la magia de una corola o el milagro de un fruto. La luz de las imágenes debe ser ese rayo descubridor de sentimientos e ideas. Por ser así sencillo, claro y breve, el sustantivo en Barrett, es como un clavo que sólo espera el martillazo certero que ha de hundirle: éste es el adjetivo.

Barrett, puede decirse, que casi no es conocido en América ni en España. Ya se está abriendo paso: Maeztú publica un artículo. Blanco Bombona otro y reedita sus Moralidades. Donoso, escritor chileno, lo exalta en un folleto titulado "Un hombre libre"; Corteza, uruguayo, le consagra un libro… Yo me reservo la vanidad y el júbilo de haberlo introducido en el Brasil.

El caballero andante de los pobres

Admirable es el artista y pensador que escribió Ideas y críticas; pero el hombre de acción es más admirable aún. Ya lo dije: En Barrett – a diferencia de lo que ocurre en los artífices – el hombre es superior a la obra. Y aquel se fue sin darnos lo que anunciaba da, o mejor, lo mejor que nosotros presentimos que pudo dar. Como hombre fue una conciencia al desnudo. Su pluma era la de una conciencia inspirada. Su voz la de una conciencia elocuente. Su hombre de la calle era el mismo que, encerrado en las cuatro paredes de su cuartucho, hablaba consigo mismo. Y como además de ser un hombre conciencia fue un hombre valiente, los opresores, los injustos, los privilegiados, tuvieron que sentir la luz de esa conciencia quemándoles el rostro; en tanto que se llegaba a los débiles, los tristes y los pobres para desaterirles el alma.

Un ejemplo:

Después del cuartelazo del 2 de julio de 1908, en la Asunción se declaró el estado de sitio. El obrero Jaime Peña fue apresado. ¿Su delito? Se lo acusaba de haber ido a la casa del Dr. Paternó – un politiquero opositor – que, ¡sarcasmo!, paseaba libremente. Es decir que, al doctor politiquero no se le hacía nada y al obrero infeliz se le encarcelaba por el delito de ir a visitarle. En realidad este obrero Peña no sabía quién era el Dr. Paternó. Sin embargo, ya estaba hacía más de un mes preso. Barrett, interviniendo, entabla ante el Superior tribunal de Justicia, el recurso de habeas corpus a favor de Jaime Peña. El escrito es vibrante e insólito en la prosa habitual de los juzgados. Comienza:

"Rafael Barrett, domiciliado en la Asunción, calle 25 de diciembre No. 368, a V. E. digo:

Que entablo el recurso de habeas corpus en nombre y a favor de Don Jaime Peña Gálvez, detenido en la cárcel pública de esta ciudad desde hace más de un mes sin causa alguna. El autor de este atentado es el señor Jefe de Policía de la Capital.

La detención no obedece a ninguna de las causales del artículo 658 del Código de Procedimientos Penales. La ilegalidad es, pues, manifiesta. Debo hacer constar que entablo este recurso sin confiar en los sentimientos de justicia de V.E. En efecto, V.E. se la negó al detenido Benítez, preso a bordo del barco que le traía a la patria. Se acusaba a Benítez de anarquista, y se le envió a Bahía Negra, bajo pretexto de reclutamiento, sin que hasta ahora, con gran escándalo público, pueda saberse qué ha sido de él. Corren sobre Peña rumores de anarquismo, y temo que le ocurra lo que al desgraciado Benítez. La poca equidad de V.E. dentro y fuera de las leyes, es innegable, pues si al encarcelar a Benítez y a Peña por anarquistas se cumple una ley especial de V.E., contraria a la Constitución, ¿por qué no se me encarcela a mí? Y si falta a la ley con ellos, ¿por qué no se falta conmigo? V.E. no administra equitativamente ni la justicia misma".

En este tono violento de acusación a un juez prevaricante, continúa todo el escrito. El Superior Tribunal de Justicia, asombrado y malherido, le responde: "Estando decretado el estado de sitio, en el que el Poder Ejecutivo puede detener a las personas, no ha lugar a lo solicitado.

Y conteniendo términos insolentes el escrito, de acuerdo con el artículo 101 de la ley orgánica de los tribunales, se aplica veinte días de arresto al recurrente, sin perjuicio de pasarse al juzgado de turno a los efectos que corresponda en lo criminal.

Líbrese oficio…" etc.

Sin embargo se libertó al obrero Peña. Barrett quedó preso en su casa. Él no era un obrero anónimo, no podía ser tratado como perro sarnoso. Tenía parientes respetables en la sociedad paraguaya. No se lo podía tirar dentro de un calabozo. La sangrante conciencia de Barrett siente la vergüenza de su privilegio, y en el No. 5 de Germinal lo declara en una página magnífica de piedad y de asco (No está recogida en ninguno de sus libros):

Tristezas de la lucha

El Superior Tribunal me ha condenado a veinte días de arresto. Se conoce - ¡ay! – que tengo demasiados amigos.

¿Es amistad, es lástima porque estoy enfermo, es consideración al periodista, es tácita censura o un fallo antipático?... No lo sé. Lo que sé es que si fuera yo desconocido y miserable, no estaría en mi casa; estaría en la cárcel.

Llueve. Hace frío. Delante de mi puerta han colocado un vigilante que me deja entrar y salir. Una simple fórmula, pero una fórmula de carne y hueso que siente la lluvia y tiembla de frío, ¡Infeliz guerrero! De pie en mitad de ka calle, de plantón, seis, ocho horas. Él sufre mientras yo descanso al abrigo de la intemperie. A él le han separado de su familia, mientras yo estoy con los míos. El castigado es él y no yo. ¿Por qué? Porque tiene el cerebro tardo, las manos callosas y los bolsillos limpios. Porque es pobre.

¿Y yo qué soy? El caballero andante de los pobres… ¡Ah! El apóstol bien abrigado, bien alimentado en su cómoda vivienda; el rebelde que se permite el lujo de cantar las verdades a los jueces y que no consigue correr riesgo alguno… el feliz revolucionario que tiene amigos en la policía y mira desde la ventana al lamentable ejecutor del código, el esclavo con casco, machete y polainas. ¡Cosa más grotescamente triste!

Somos todos mentiras vivientes. De un lado, en el poder, con nuevas ideas, con prejuicios menos estrechos y sentimientos más generosos, dos o tres jóvenes obligados a aceptar las viejas reglas sociales y a pasar por traidores a su conciencia; forzados a cometer la doble injusticia del rigor con los unos y del favor con los otros. Y enfrente, en la llanura, agitadores de universidad, aristocratizados aunque no queramos por nuestra misma propaganda, nosotros, los libertarios del pulcro estilo, cuello reluciente y corbata bien hecha…

¿Será peor ser a medias lo que se sueña ser que no ser nada? ¿Tendremos algún día el valor de ir hasta el fin y de maldecir estos dedos pálidos, y la educación que nos dieron, y cuanto hay de civilizado en nuestras almas? ¿Tendremos el valor de ir a la miseria con los brazos abiertos, y de gritar como Job, no desde nuestros libros a tanto el tomo, sino desde el estiércol humano fecundador del mundo? Quizá sea tarde: quizá no veamos nunca en los ojos de los que defendemos el relámpago de la divina y fraternal confianza.

Y sin embargo, humillados y a ciegas, es preciso seguir luchando, y hacernos la ilusión de que nuestra vida no es completamente inútil."

Lo que la conciencia de Barrett realizó en el Paraguay en defensa de los obreros y los indios, no ha tenido trascendencia por haberlo realizado en el Paraguay, precisamente, país perdido en el mapa. Una vez más, no tuvo suerte. Eso fue todo. Su fama sería otra si, en vez de la Asunción, hubiese sido París el escenario de su conciencia. El J'Acusse de Zola lo leyó el mundo. ¿Quién ha leído Lo que son los yerbales de Barrett?

Tan singular ha sido la obra de esta conciencia que, aún los menos dispuestos a tal clase de admiraciones, al ponerse en contacto con ella, se sienten atraídos, subyugados por el portentoso magnetismo que se desprende de tanto valor y tanta abnegación: Leopoldo Díaz, ministro argentino en el Paraguay, termina así un mal soneto que dedica a Barrett: "Y fue una aurora en la conciencia humana". Los falsos científicos, los falsos filósofos que infestan la equivocada civilización occidental, no hacen otra cosa que amontonar teorías sobre teorías a fin de apagar la conciencia que condena nuestra vida injusta, mala, torpe, fea, cruel. Y esas teorías son como virutas sobre una luz, la aparentan apagar un instante, un instante que puede durar siglos, pero aparece el hombre-conciencia y las devora y se sirve de ellas para hacer un incendio. Barrett ve esto cuando dice: "No es ciencia lo que hace falta, sino conciencia". Lo importante es que la verdad sea descubierta y haya quien la diga. Una ve dicha, deberá hacerse realidad, tarde el tiempo que tarde: Tener conciencia es tener aptitud para ver la verdad y para decirla. Pero la conciencia murmura. Los intereses, en cambio, nos ensordecen para convencernos. Por lo común, aturdidos por sus amenazas y sus promesas, nos dejamos conducir por ellos. Y cuando ellos, roncos de tanto gritar, y sin haber cumplido sus promesas, callan; seguimos oyendo el murmullo de la conciencia que jamás dejó de hablarnos.

Estos eclipses, también los habrá sentido él cuando sinceramente exclama: "Apenas conocemos por ráfagas nuestra conciencia".

Y él, desde que despertó a la vida del espíritu hasta el día de su muerte, se puede decir que vivió en estado de conciencia.

Su enseñanza

¿Y cuál es la enseñanza del Maestro? Es una enseñanza de amor a la vida. Barrett admira y ama mucho, también odia, odia denodadamente: pero no odia por odiar. Odia mucho sólo porque ama mucho. Odia a los opresores, porque ama a los oprimidos del mundo entero. Su amor no conoce fronteras; tanto no las conoce que continuamente se sale de sí para echarse sobre los otros, hecho una ascua de misericordia. El telégrafo trae la escueta noticia de que allá, en el fondo del África, se ha cometido un acto injusto; Barrett vibra como si lo hubiese visto cometer, vibra de amor por el que padeciera esa injusticia, y, de rechazo, vibra de odio contra el que la cometiera. Él dijo: "Mis nervios se prolongan en el telégrafo". Muchas de sus "moralidades" quedarán como documentos de esta época bárbara en que la ciencia civilizadora e insensible – y por esto quizás civilizadora sin proponérselo – descubre el radio e inventa las bombas submarinas.

Ama y odia; pero ama más de lo que odia, y odia más a las ideas que a los hombres. El sabe que todos los hombres merecen piedad, pero por sobre la piedad que pueda merecerle un hombre, está su amor al bien. Y lucha por él. Hiere hundiendo su pluma de acero en el pecho innoble del enemigo. Y con sangre y pus de enemigos del bien están escritas las páginas luminosas de su odio. El manda a su instrumento de labor que, por defender la justicia, se ha hecho arma implacable: su pluma. "¡Pluma mía no tiembles, clávate hasta el mango!"

Entre el hombre grande y el que no lo es hay esta diferencia: el uno hace odio su dolor personal y el otro, el hombre grande, lo hace amor. Barrett es un grande. Es un Maestro por la fuerza vital que nos trasmite. Barrett ama a un Tolstoy o a un Rodin, pero más que a ellos ama a la humanidad. Es optimista porque cree en el porvenir de esa humanidad a la que ve tan perversa y tan desventurada. En todo escéptico hay un idealista con las alas rotas; en todo estéril hay un creador con las manos paralíticas. Y el escéptico no es más que un cínico resignado a su esterilidad. Un escéptico nunca podría merecer el nombre de Maestro, sinónimo de fecundidad, sembrador de porvenir. Si France se hubiera quedado en el escéptico roedor de sus primeras obras, no sería considerado un Maestro. Barrett afirma y el pueblo, afirmativo de por sí, como lo es naturaleza, va hacia él, intuye que quien afirma cree en el pueblo y cree porque lo ama. En las obras de un artista están sus amores – o sus odios, que el odio es amor indignado – o ese hombre no es artista. Barrett es el menos literato de todos los escritores; en él, la letra, el garabato negro sobre el papel tiene tan poca importancia que a veces pareciera hallarnos con el pensamiento o la emoción vivos, con forma y color propios, no transmitidos a través de letras. Se le comienza a leer y nos le entregamos, porque a las primeras palabras despierta la simpatía en nosotros. Y podemos dejarnos llevar por él: es un orientado, es como un río sin cascadas y corre a un fin.

Otros escritores también simpáticos, Almafuerte, por ejemplo, son desiguales: llenos de saltos y recodos, los debemos de leer alertos a fin de no caer; junto a un sentimiento de solidaridad que lo coloca a la vanguardia, tiene otro sentimiento de troglodita en el que externa vanidad o desprecio para su prójimo, Barrett es uniforme como lo es un caudaloso río; y por ello, como el río, es útil. Sus aguas son navegables. No tiene esas salidas de tono de los falsos rebeldes – Marinetti, Giovanni Papini - esos que lo son sólo por impulsos, no serenados por la meditación. Rara vez suena muy alto su elogio de la violencia como único sistema de emancipar a los esclavos del capitalismo. Profundamente serio en sus artículos meditativos; en los revolucionarios recorre toda la gama que va del humor al sarcasmo; y es humorista, ironista y satírico. No busca la admiración, búsqueda tan común en los artífices que ha producido el profesionalismo del arte; glosa a Jesús y dice: Deja que la admiración te legue por sí sola. Trabaja obstinadamente y ella vendrá. Te la ha de traer el entusiasmo que es sincero y puro como un niño. Mas cuando llega así, la admiración es amor. El arte de un verdadero artista se diferencia del que no lo es, en que el de aquel es amorosamente subyugante. Un artífice de gran cerebro – un Baudelaire, un Heredia – puede convencernos hasta admirarle; nunca forzarnos a amarle.

Como sucede con todos los innovadores, Barrett será un clásico. Todavía hala demasiadas resistencias para que se le considere así. Un escritor es clásico cuando ya se puede escribir sobre él sin irritar (irritar no indignar) a nuestros contemporáneos. Y cuanto más valga un escritor, más tardará en convertirse en clásico. Mucho tiempo ha de pasar aún para que la obra de este estilista admirable pueda correr entre los estultos rebaños de hombres sin levantar tormentas de negaciones y de injurias. Pero Barrett habla a la juventud.

Nos caldea de entusiasmo lírico, nos eleva por sobre nosotros y hasta por sobre él mismo. Nos mueve al amor y, al concluir de leerlo, nos damos cuenta que no es a él a quién más amamos, sino al Hombre absoluto, a la Humanidad de la que somos molécula insignificante. Amamos a los millones de seres oscuros, anónimos y lejanos que la forman, los que sufren hoy, para que los venideros sean felices mañana. ¿Cuándo?... ¡Eso qué importa! No le importa a Barrett, optimista fuerte, hombre de fe amasado con auroras. A él bastábale afirmar, creer, ir hacia delante alumbrando dudas con la pupila febril, apartando tinieblas de prejuicios con las manos crispadas. En su hipo postrero, ahogábase de agonía y de esperanza. Esta es su lección más sublime: Aprendámosla, ¡Intentémosla!